Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La actuación como expresión de una perturbación en la construcción de la identidad

PDF: olmos-actuacion-como-expresion-perturbacion-identidad.pdf | Revista: 30 | Año: 2000

Olmos, Teresa
Psicoanalista

Ponencia presentada en XIII Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente, que bajo el título “Trastornos de la personalidad en la infancia y en la adolescencia”, se celebró en Donostia/San Sebastián los días 27 y 28 de octubre de 2000.

El intento de estas reflexiones es mostrar una situación de crisis de un joven de 19 años, ligada a las perturbaciones en la construcción de su identidad.

A lo largo de mi experiencia como psicoanalista, me he encontrado con adolescentes, cuyo lenguaje predominante era el lenguaje de acción. Estas características suelen considerarse como cualidades propias del adolescente, consecuencia de su desborde pulsional y de la reestructuración de sus procesos identificatorios. Y en cierto sentido, estas conductas, las consideramos como el “juego” de acción del adolescente.

Acciones ligadas a la resignificación de su mundo pulsional, sobre todo sexual.

Si bien, el ejercicio del pensamiento como fuente de placer e impulsor de la modificación de las frustraciones, que la realidad impone, estaría temporalmente alterado, los niveles tróficos del narcisismo se mantienen y sólo están oscurecidos por el estado que la pubertad promueve.

Con aspectos tróficos del narcisismo (Stolorow, R., 1975), quiero significar a la actividad psíquica que tiene por función mantener la cohesión estructural, la estabilidad temporal y la estima de la imagen de sí.

Esta función del narcisismo juega un papel importante en el repliegue narcisista adolescente y, en la reconstrucción del proceso identificatorio; en la medida que el “anclaje” de identificaciones estructurantes, posibilitará la consolidación de nuevas identificaciones.

Ahora bien, en ocasiones, resulta difícil distinguir o establecer los límites entre el proceso adolescente y su psicopatología; poder captar el significado defensivo de los modos patológicos del funcionamiento psíquico.

Y en el tema que hoy nos ocupa, comprender la función defensiva de la acción o actuación, debería llevar a preguntarnos cuál es el origen y la naturaleza de la angustia de la que se defiende el sujeto. Cual es la cualidad de la angustia que se moviliza en el proceso adolescente y, cual la naturaleza de la angustia que torna vulnerable en exceso al sujeto en quien esa disposición a utilizar la acción, muestra signos patológicos. Estos signos estarían en relación a la ruptura del equilibrio narcisista y, cumplen la función de protección de la identidad del sujeto. Es decir, estas conductas de actuación, muestran una organización patológica, traducen un fallo en la estructuración del aparato psíquico.

Freud nos decía que :“Al efecto que en el interior del yo tiene el defender podemos designarlo alteración del yo” y “tratándose del desenlace de una cura analítica, éste depende en lo esencial de la intensidad y la profundidad de arraigo de estas resistencias de la alteración del yo” (Freud, 5., 1937)

Como ya he sostenido en otro lugar, “la patología basada en fallos estructurales, se caracteriza más bien por fallos intrasistémicos, que implican una escisión del yo, fallas en la capacidad de simbolización, un trastorno de identidad; identidad que se constituye por diferentes identificaciones”. (Olmos, T., 1996)

A partir de la instauración del narcisismo, y por ende, del anclaje de identificaciones que constituyen el yo, el sujeto comienza a acceder a la cuestión de “quien soy yo”. La identidad se expresa corrientemente por la expresión “yo soy yo”, expresión que traduce una experiencia de autoconocimiento. La identidad es un elemento esencial de la vida psíquica, es una búsqueda permanente del yo y, sólo puede recibir su respuesta reflejada desde el otro y la realidad exterior.

El logro de ella se realiza a través del proceso identificatorio, identificaciones que se asientan en experiencias de satisfacción.

Los procesos de identificación se caracterizan por su dinámica y cambio, también ofrecen al yo, puntos de certidumbre que le permiten seguir sintiendo “Yo soy Yo” a lo largo de las situaciones de cambio en su historia de vida.

Asimismo, el narcisismo en la vida psíquica introduce la noción de valor y es condición necesaria para el funcionamiento de los sistemas diferenciados.

Freud decía que “en el individuo no está presente desde el comienzo una unidad comparable al yo, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica (1) para que el narcisismo se constituya”. (Freud, S., 1914).

Esta nueva acción psíquica, que viene del semejante, es un momento de salto estructural, cuyos pre-requisitos, están ya en funcionamiento a partir de los cuidados maternos que la madre prodiga, de las ligazones que ella propicia a partir de la disrupción misma que su sexualidad instaura. (Bleichmar, S., 1993).

Entramado de base, para que la identificación narcisista constitutiva del yo no caiga en el vacío. Podemos recordar aquí

lo planteado por Freud en “Duelo y Melancolía” (1917). Allí consideró al narcisismo como idéntico a las formas primarias de la identificación narcisista, por lo tanto podemos ubicar el origen y la evolución del yo en la identificación.

El investimiento narcisista del yo supone la referencia a un núcleo identificatorio estable y a un ideal del yo asumible.

En un primer tiempo el yo forma parte de las investiduras y de los enunciados que lo nombran; el segundo tiempo, corresponde a la interiorización y apropiación por el yo de la posición identificatoria, que resulta del trabajo de transformación, de duelo y de simbolización. Y adquiere una posición intrapsíquica definitiva, con la instalación de las instancias ideales a través de las identificaciones edípicas y post-edípicas.

Del yo ideal infantil se genera el ideal.

Freud decía que “la formación del ideal, sería por parte del yo, la condición de la represión”. (Freud, S., 1914). La formación del ideal es un desplazamiento del narcisismo; pero para ser desplazado y al mismo tiempo retenido en forma de ideal, el narcisismo tiene que estar mediatizado por la instancia parental.

A partir de la triangulación edípica el ideal se ubica más allá del yo actual, la herida narcisista produce una fisura que separa al yo del ideal y proyecta un encuentro con él en el porvenir. Así podrá unir lo que es a lo que ha sido y proyectar al futuro un devenir que conjugue la posibilidad y el deseo de un cambio, con la preservación de esa parte de “cosa propia singular” no transformable, que le evite encontrar en un ser futuro, la imagen de un desconocido.

Cuando estos procesos fallan, un destino del yo es la alienación. Alienación, que como bien señala P. Aulagnier, es un término que define un destino del yo y de la actividad de pensar, cuya meta es tender hacia un estado a-conflictivo, abolir todas las causas del conflicto entre el identificante y el identificado, pero también entre el yo y sus ideales”. (Aulagnier, P., 1979).

El estado de alienación del yo se apoya en una idealización excesiva del que ejerce respecto a él, la función de la fuerza alienante.

Luego podremos visualizar a través del caso clínico, estos fenómenos que vengo describiendo.

Ahora bien, la falla en la instalación de las identificaciones estructurantes, puede ser efecto de una falla estructural, fracaso del narcisismo de la instancia yoica, que impide a la madre ejercer la función de “objeto materno narcisizante” o, puede ser una falla circunstancial, por ejemplo un estado depresivo, que retira, temporalmente, libido narcisista del objeto.

Ejemplo de ello sería “la madre muerta” en el sentido que A. Green la ha descrito. En ese caso el objeto materno se convierte en presencia de una ausencia.

La incapacidad de la madre de ejercer un “narcisismo trasvasante” sin otorgar elementos ligadores, no estructura el entramado de base, y la identificación puede tomar el carácter de una pseudo identificación o el de una identificación que se establece como desenlace de situaciones traumáticas, como solución a injurias narcisistas. Identificaciones que forman parte de una organización escindida dentro del sujeto. Son por así decir, “un Estado dentro del Estado”. (Freud, S.,1939).

Situaciones traumáticas generadoras de angustia, que por su intensidad, operan como injuria narcisista en el yo. Por eso suele decirse que algunas identificaciones, aunque patológicas, actúan como guardianes de la vida.

Es decir, en estos casos, el proceso identificatorio se instaura como fallido y al terminar los tiempos de infancia, el narcisismo, con su correlato, la identificación, no quedan claramente posicionados del lado de lo que reprime, instaurándose en ese yo, una potencialidad “desorganizante” que decidirá sobre las formas de respuesta y de defensa, al enfrentarse a nuevos conflictos en diferentes puntos de su trayecto identificatorio.

Trayecto identificatorio, también sostenido y articulado por la “función paterna”; función que se constituye como polo simbólico ordenador de las funciones secundarias, que se sostiene en un interjuego complejo entre soporte de “padre real” y “función paterna”.

El ejercicio de la “función paterna” culmina con la identificación constitutiva del super-yo en su doble vertiente: conciencia moral- ideal del yo.

Antes de pasar a examinar juntos la viñeta clínica, quisiera destacar lo siguiente:

  1. La diferenciación de los límites, desde la visión teórica, entre aquellos conflictos resultado de la represión como defensa principal, en que el conflicto se sitúa fundamentalmente entre el deseo y la defensa, y los conflictos consecuencia de un fallo estructural. Muchas veces, esta diferenciación no es tan clara en la clínica. Allí surgen diferentes estratos y combinaciones; y nos encontramos con ciertas organizaciones edípicas junto a fallos estructurales del yo; en donde podemos visualizar por ejemplo: una relación incestuosa al servicio del narcisismo, más que al servicio de una verdadera relación de objeto. Relación que suple carencias narcisistas.
  2. Estos estados, consecuencia de fallos estructurales, implican para el analista permanecer en los “límites de lo analizable”, por las características que presentan. Estados que remiten a las angustias de intrusión, de separación o de aniquilamiento. Angustias que recaen sobre todo en la problemática del pensar más que en la del deseo. Son sujetos en los cuales predomina la confusión identificatoria.

CRISTÓBAL O EL “PROTOPLASMA SIN FORMA”

Cristóbal, de 19 años de edad, es el segundo hijo de una familia de 4 hermanos. En el primer contacto con él, tuve la impresión de encontrarme frente a alguien que se mostraba como un joven acorde con su edad, muy guapo, alternando por momentos con un niño muy asustado y desbordado de angustia, que expresaba el deseo de psicoanalizarse “porque no daba más, ya no podía con él mismo”.

Consultaba porque no podía estudiar y concentrarse, “no puedo estar quieto” decía, muchas horas del día caminaba, como una forma de descargar y calmar su angustia.

Su preocupación principal eran sus estudios, ya que al no poder estudiar y pensar, lo suspendían en los exámenes. Me expresaba entonces: “Los estudios me dan vuelta la cabeza todo el tiempo, pero no puedo estudiar”.

Espontáneamente me contó, que comenzó a sentirse mal en la “mili”; no tenía ganas de comer, lloraba mucho y no dormía. Esto había sucedido un año antes de la entrevista.

A través de su discurso, y en ocasiones de manera expresa, se podía apreciar una gran idealización y admiración por la figura del padre, a quien describía como “un hombre muy trabajador y con mucha voluntad, de mucho mérito”, ya que siendo de un pueblo, había llegado a ser un profesional importante. Junto a esta manera de referirse al padre, manifestaba sentimientos de vergüenza diciendo; “Mi padre es de origen humilde y a mí me da vergüenza cuando me ven con él, en el club, por ejemplo, en cambio mi madre es una gran señora, muy inteligente, con una sensibilidad exquisita y muy depresiva”.

Él, se describía como “un viscoso protoplasma sin forma” y expresaba sentirse parecido a la madre con quien mantenía un estrecho vínculo y sentía que tenía el mismo carácter neurótico”. Describió a la familia materna como “una familia muy conflictuada y envidiosa”.

Podemos apreciar aquí, una doble vertiente en relación a la imago materna. Por una parte es “una gran señora, con sensibilidad exquisita e inteligente”, y por otra, aparece desvalorizada junto a su familia “muy conflictuada y envidiosa”.

En relación a los hermanos sentía que la relación era distante, y en cuanto a su hermano siguiente expresó: “Lo quiero mucho, aunque el otro día, en relación a un comentario que yo hice sobre un maravilloso atardecer, me dijo: No seas hortera.”

Eligió su carrera universitaria por descarte y se sentía descontento en la Universidad. “El ambiente es muy competitivo y envidioso” dijo. En aquel momento dudaba si dejar la carrera y estudiar otra.

En la segunda entrevista, comenzó hablando de la “disociación que él tenía entre su vida mental y su vida real”, cosa que era cierto, pero tuve la impresión que hablaba por boca de otro (había leído tiempo atrás a E. Fromm). Al referirse al servicio militar, describió esta experiencia como de “enfrentarse a la realidad del mundo”. Por sugerencia del padre había hecho el servicio militar en aquel momento.

Tenía dificultad para relacionarse con los amigos, porque según él “eran unos pijos refinados” y a él lo “miraban como inferior”.

Si bien expresaba a nivel consciente su deseo de “dejar de mentirse a él mismo”, a nivel más profundo creo que buscaba el análisis y a mí como analista, para que yo lo transformara en un “superhombre”, como luego lo expresó en su tratamiento, alimentando su narcisismo y sus fantasías omnipotentes.

Oscilaba entre sentimientos de inferioridad, clara expresión de su baja autoestima, y sus fantasías omnipotentes de ser un superhombre.

Tenía dificultad en vincularse con las mujeres, “no me gustan las mujeres superficiales” decía. No iba a discotecas por considerar que “eran lugares superficiales y mal sanos por el encierro”. Yo creo que en realidad no iba por el miedo que le producían las chicas, el contacto corporal a través del baile, encierro en ellas, etc.

Me expresó que le daba miedo enamorarse y comprometerse, “no sé si influye el rollo que me vaya a meter mi padre”.

El “rollo” en lo manifiesto consistía en que el padre le había dicho que de “mujeres nada, ni hablar ni pensar en ellas, y que sólo había que pensar en estudiar y trabajar”. Por otra parte me relató unos fragmentos de sueños uno tras otro:

  1. “Una vez soñé que C. (una chica que le gustaba) se iba con otro”. Me vienen a la mente sueños con militares que no recuerdo, pero “temerte muy pequeñito en una mesa muy grande”.
  2. “Recuerdo un sueño que se trataba de un sombrero carcomido que yo llevaba agujereado”.
  3. Otro sueño: “Cruzando una calle un amigo venía con una mujer (esta mujer le dijo a mi amigo que hubiera salido conmigo) y yo en pijama y empalmado cruzaba para el otro lado para huir de ellos”.
  4. “En Gobierno Civil, un amigo perfecto le preguntaba: qué te pasa que estás tan mal, tan descontrolado”.
  5. “Sentarme en una mesa, llena de marroquíes y los subían a todos en un camión”.
  6. “Soñé con un profesor de Física y me decía si yo era Einstein o no”.

Yo creo que en estos sueños me mostraba ya su conflictiva edípica, C. mamá yéndose con papá. En el siguiente sueño aparecían sus aspectos infantiles, y su temor al tener que enfrentarse con obligaciones adultas, la milicia. Luego en el tercer sueño muestra la clara percepción de su deterioro psíquico para después reaparecer la conflictiva edípica y la escena primaria, acentuada por la cercanía del domicilio real de los padres, (en la calle que cruzaba), y la importancia de la erección, no es un niño pasivo, aunque en el sueño, se queda sólo con la erección. Luego aparece un nuevo aviso de descontrol y enfermedad (está tan mal, descontrolado), y se identifica con objetos desvalorizados (él como marroquí). Frente a todo ello, la omnipotencia maníaca como defensa, (él, genial).

En cuanto a recuerdos de su infancia, había en Cristóbal un verdadero bloqueo, sólo recordaba su época puberal-adolescente, en que se sentía mal en relación a los compañeros, porque lo veían inferior. Luego en el análisis recordó, que cuando los amigos se reían de él, haciendo un juego con su nombre y el apellido, le decían: “Cristóbal F. perrero”, denotando su intenso sometimiento a los compañeros.

A través de nuestros diferentes encuentros, Cristóbal me impresionó como una persona que buscaba desesperadamente ayuda, porque se sentía muy angustiado, pero aunque manifiestamente buscaba el análisis para “dejar de mentirse a sí mismo”, llamó mi atención desde el principio su superficialidad mental, aunque pudiera observar por algunos comentarios que era muy inteligente.

Me trasmitía un sentimiento de vacío e inautenticidad, que rellenaba hablándome desde distintos personajes, autores por ejemplo a quienes estaba leyendo en aquel momento. Él mantenía, según mi criterio, una relación con el otro de seudocontacto, como si fuera realmente verdadera.

Como en toda comunicación, en la información que trasmitía había “un núcleo de verdad”. Por ejemplo cuando haciendo uso de frases de E. Sábato (que no me dijo que eran de Sábato en su libro “El Túnel”) expresaba sentirse “un viscoso protoplasma sin forma alguna”, decía una verdad en la medida que él no sabía quién era, por lo tanto no podía sentirse un sujeto dueño de sus propios deseos ocupando un lugar junto al otro, en cambio vivía intrusivamente en la cabeza del otro, para decir como el otro y para hacer lo que sentía que el otro quería que hiciera o que fuera. Introducirse en el objeto y la ilusión de ser el objeto. Él invade al otro, y aunque es un modo de control, en definitiva él es poseído por el objeto. Yo diría que tuve la impresión que él “robaba” ideas, pensamientos, etc. pero no despojaba.

Esto me parece de importancia teórica y técnica fundamental, pues creo que en la medida que podamos pesquizar estos funcionamientos de entrada, podemos evitar confundir al posible analizando con un psicópata, corriendo el riesgo de convertirnos en un super-yo acusatorio.

Su discurso era básicamente evacuativo, y, su estilo, maníaco en general; que me llevaron a pensar que el uso que hacía de las palabras estaban al servicio de la descarga (actuación), más que al de una verdadera comunicación.

Pensé que Cristóbal se movía en el mundo del narcisismo, desde donde partía la huida a enfrentarse con su realidad psíquica.

Predominaban en él las identificaciones narcisistas patológicas, que en parte, quizá debido a este funcionar no podía aprender, sino sólo retener los “conocimientos” en la superficie “pegados con alfileres” como él me expresó luego en algún momento.

Estas características de su persona, me hicieron intuir, que quizá pasara algo parecido con mis interpretaciones luego en la transferencia. Asimismo, me impresionó sobremanera en Cristóbal la importancia de los mecanismos de disociación y mi acceso a estos niveles fue posibilitado por el material onírico, que aunque fragmentario, resumía no sólo su conflictiva básica: intenso conflicto edípico, infantilismo frente a obligaciones adultas, omnipotencia maníaca, pero al mismo tiempo pre-consciencia de su precaria situación mental (sombrero agujereado, descontrol y Gobierno Civil), expresada por otra parte en su búsqueda de la ayuda analítica.

Me pareció entonces y lo destaco hoy, la importancia de esta información onírica, para no quedar encerrados con prejuicios por sus indiscutibles mecanismos evacuativos y sus inevitables actuaciones, expresión de su angustia de aniquilamiento y de castración.

En su primer año de análisis, Cristóbal acudía a las sesiones puntualmente y no paraba de hablar, parecía “una máquina de emitir palabras”.
La temática central giraba alrededor de sus estudios, libros de novela que compraba y él decía que leía, describía su que-hacer diario. Yo me sentía inundada de información y tenía la impresión que Cristóbal no entraba en contacto ni conmigo ni con él mismo. En sus fantasías, él sentía que yo le infundía “ciencia y conocimientos”. No me escuchaba y me interrumpía cuando le interpretaba o se adelantaba a partir de una palabra que yo comenzaba a decir.

Mi contratransferencia oscilaba entre sentirlo como un niño dando pataletas, y en otros momentos me preguntaba a qué venía este paciente, dudando que pudiera alcanzar una verdadera dependencia analítica. Yo solía intervenir con este estilo: “A pesar de lo que tú dices, hoy has venido y tú estás aquí; podríamos intentar pensar por qué estás tan enfadado y con quién”. Esta intervención señalaría acaso un uso de la transferencia sin interpretarla.

Su regreso de las vacaciones, al comenzar el segundo año de análisis, mostró el proceso analítico en este nivel: luego de expresar Cristóbal que me había echado de menos y que se había sentido perdido, pasó a quejarse, diciendo: “tú me chupas la pasta, esto es muy caro y realmente siento que tú me chupas la pasta para comprarte cuadros”. Le interpreté aquí: “Parece que tú sientes que estoy hambrienta de tu pasta, que dependo de ti para comprarme cosas, quizás para evitar sentirte hambriento de mí, que te dejé en las vacaciones”. Luego de un largo silencio, Cristóbal comenzó a recordar. Dijo entonces: “estoy comenzando a recordar que mi padre me contó este verano que, en la época de las papillas yo lloraba todo el tiempo, lloraba de hambre, desesperado porque no me alimentaban”. Aquí hizo una pausa en su relato, al tiempo que se movía reiteradamente en el diván, mostrándose muy angustiado. Luego continuó diciendo: “Tengo ganas de explotar” e irrumpió súbitamente en un llanto desesperado, por primera vez en su análisis. Le interpreté aquí su deseo de ser alimentado y cuidado con mis palabras y mi comprensión, ante lo cual Cristóbal dijo: “Siempre me he sentido muy solo y rebajado” y continuó llorando silenciosamente hasta el final de la sesión.

Es así como se fueron produciendo cambios en el proceso y en el vinculo transferencial, creo también que mis interpretaciones reflejan estos cambios.

Una sesión realizada un año después de la comentada, es decir en el tercer año de análisis, nos permitirá ver la instalación de la Neurosis de Transferencia, confirmada en un sueño de sesión que, junto a otro sueño traído a la misma sesión reflejan la situación alcanzada y su manejo interpretativo. Dijo Cristóbal entonces: “Te voy a contar un sueño muy complicado. Soñé con un Mercedes Benz del novio de una amiga, de María. Me ha dejado a mí el coche, yo lo aparco en medio de una avenida. Aparco allí y cuando salgo estoy descalzo. Tengo imágenes deslabazadas, otra imagen es que cojo un camión muy grande y me sentía inseguro, no sabía conducirlo bien y daba un poco marcha atrás y por suerte no me caía. Y dos camiones vamos por una carretera, casi invadiendo el otro carril. Yo me adelanto al otro camión, como carreritas, como paralelo al otro camión enorme y me sentía muy inseguro con un camión tan grande en mis manos. Y tuve otro sueño, soñé contigo. Estábamos aquí en esta habitación y no sé como, en vez de sentarte en el sillón te sientas aquí, en el diván… al final atacábamos, pero yo sin hacer nada, disfrutando mucho. Tú hacías todo y eras más joven de lo que eres ahora. No llegas a estar desnuda cuando empezábamos a acariciarnos y cosas de esas. Había un armario, entran cuatro o cinco personas a cambiarse dentro del armario; tú o no sé quién cierra la puerta, por si acaso viniera tu marido, sin pasar pestillo. Bueno, nos interrumpen los tíos esos que entran ahí al armario a cambiarse, no sé si se desnudan, creo que sí.”

La interpretación de estos sueños incluyó las diferentes fantasías edípicas en él dramatizadas (seducción materna, irrupción de los hermanos rivales en dos niveles: interior del cuerpo materno y escena primaria). También se puso en evidencia la rivalidad edípica y su evidente angustia de castración (“estoy descalzo cuando salgo”). Luego de escucharme y permanecer en silencio, Cristóbal expresó: “Siempre me he sentido un niño pequeño. Me he quedado pensando que en el sueño en que acabo haciendo el amor contigo, se corta, en el fondo no sé si es una especie de censura. Claro en la relación de un hijo pequeño con la madre, la madre es quien siempre mima al hijo y el hijo se deja mimar contentísimo me llama la atención que los dos sueños se cruzan y pienso que con María (su novia) y con las mujeres, yo no tengo una relación de tú a tú y, lo que no puede ser es que la vida de la mujer a mí se me suba encima. Después de una pausa continuó diciendo: “Es que juntando lo que me has dicho, yo siento que yo vivo dentro de mi madre y no puedo mirar hacia afuera”. En la misma sesión dijo más adelante:” Si yo me hago historia y me veo qué he hecho todos estos años, me veo embarrancado. Y ahora sí, yo soy consciente un poco más de que puedo arrancar. Y de hecho sé que el camino de arrancar es analizarme y encontrar mis mecanismos, y no que el problema del momento me lo soluciones tú”.

Sin lugar a dudas, todavía fue largo el camino que Cristóbal tuvo que recorrer en su proceso analítico, para terminar de encontrarse con su propia identidad y sentirse dueño de sus deseos.

Asimismo creo, que el trabajo reiterado en sus diferentes niveles psíquicos, permitió la creación de un espacio analítico, lugar de desarrollo y resolución específico de la Neurosis de Transferencia.

Como hemos señalado en otro lugar, la transferencia es repetición, pero también posibilidad y búsqueda, es posibilidad de apertura al futuro; la repetición adquiere nuevas características en el vinculo con el objeto nuevo: el analista. La regresión es también posibilidad en la búsqueda de la verdad del cambio; ayudamos al paciente a descubrir lo que no sabe, y éste va encontrando y descubriendo un sentido, a lo que nunca lo tuvo para él. (Paz, C., Olmos de Paz, T., 1992).

(1) Las negritas son del autor (N.E.)

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