Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Adopción internacional en familia monoparental. Dos historias para un proceso

PDF: bejar-adopcion-internacional.pdf | Revista: 35-36 | Año: 2003

Agustín Béjar Trancón
Psiquiatra. Psicoterapeuta.

Comunicación Libre presentada en el XVI Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (SEPYPNA) que bajo el título “La psicoterapia en nuevos contextos”, se desarrolló en Las Palmas de Gran Canaria los días 25 y 26 de octubre de 2003. El autor quiere manifestar expresamente su agradecimiento a Marian Fernández Galindo por la supervisión y ayuda en la elaboración de este trabajo.

RESUMEN
Se resume el proceso terapéutico con un niño adoptado, en una familia monoparental, para ejemplificar los problemas de vinculación en estos casos y la necesidad de adecuar los encuadres terapéuticos a situaciones relacionales tan especiales, en donde se mezclan situaciones previas de carencia y pérdidas importantes, la transculturalidad y los “nuevos contextos” familiares. La utilización conjunta de entrevistas individuales con el niño y terapia madre-niño, permite además una perspectiva privilegiada para observar ese proceso de vinculación en las narraciones que ambos participantes fueron estableciendo.

Palabras clave: adopción internacional, parentalización, psicoterapia madre-niño.

En las situaciones de adopción la predisposición para “entender a un bebé”, cuya base está en la capacidad de identificación y empatía manifiestas en la preocupación maternal primaria y las capacidades de contención y mentalización que le siguen, estará más dificultada, pero podemos pensar que en parte es la tarea a realizar incluso con niños de varios años. El problema para la terapia es cómo crear una situación que de alguna manera apoye las capacidades para ese fenómeno, dados los graves factores que juegan en contra, como la ausencia de todo lo que un embarazo y la naturalidad del proceso pone en ello. A eso hay que añadir historias previas a la adopción a veces muy traumáticas y precoces que pueden interferir permanentemente el desarrollo mental del niño. Entonces, como en frase lapidaria decía Winnicott, los padres no se llevan un niño, sino un caso para hacer terapia. Favorecer la sintonía padres-niño va a ser una herramienta fundamental para acercarse a la situación en que un niño sólo necesite de “cuidados comunes”.

Los problemas de la función parental y la necesidad de adecuar los encuadres terapéuticos en estos casos es todavía mayor si se suman situaciones que constituyen contextos muy especiales, como se daban en un niño de siete años, Guille, adoptado a los cinco por una mujer sin pareja: Es un niño de otra raza y otra lengua que en esos dos años de adopción ha conseguido un conocimiento del español que le permite comunicarse con suficiencia, no hablando su lengua materna. Por si esto fuera poco, el niño ha perdido ya, cuando es adoptado, además de a su madre biológica (en los dos primeros años de vida), a una primera madre adoptiva de su comunidad (en torno a los cuatro), tras lo que malvive “criado comunitariamente”, luego es recogido por una institución hasta que lo adoptan nuevamente.

La madre consulta por los problemas de conducta del niño, con peleas frecuentes y momentos de agresión en cuanto se dan situaciones que le frustran (por ejemplo, visita de un amigo de la madre que la saluda cariñosamente). Otro tipo de conductas que le preocupan tienen un claro contenido sexual, mostrando gran desinhibición con otros niños. Los episodios violentos pueden ser realmente espectaculares para un niño de esta edad: llegando a coger cuchillos con los que amenaza atacar a la madre o matarse.

Me apoyaré en viñetas de la evolución de este caso clínico para mostrar además como el proceso de adaptación complejo que lleva a “convertirse en madre” y “convertirse en hijo” corre en las dos direcciones, hacia la sintonía en los movimientos psíquicos de ambos.

En la evaluación con el niño, Guille se mostró muy participativo a través de los dibujos y verbalmente, impresionándome su capacidad de comunicación emocional: Se presenta con unas cuantas fotos, todas menos una a partir de su adopción; esa primera foto son unas montañas y comenta, con tono bien triste: “Mi pueblo está tras esas montañas” a lo que siguió un doloroso silencio, le comenté “es duro irse lejos de donde uno nació”. –“Sí”, respondió. Creo que en estas palabras del pequeño estaba toda la carga de los múltiples duelos que arrastraba. La barrera montañosa aludía a (y ocultaba) toda su historia pasada.

Las circunstancias del caso nos inclinaron por hacer un encuadre más próximo a lo que sería una terapia madre-bebé, de potenciación de la función materna de cuidado y empatía con su hijo, que favoreciera en éste una filiación estable así como la parentalización de la madre, con un abordaje en el que se prioriza la observación y las intervenciones sostenedoras. Las fuertes ansiedades y trastornos de conducta de Guille nos hicieron mantener a la vez el encuadre de entrevistas individuales con el niño, quincenalmente y previas a las entrevistas conjuntas.

Con el hecho de adoptar no se ha hecho una mamá ni un hijo ¿Qué es un adoptado? ¿Qué es y dónde está una mamá, en qué posición con relación a su hijo? Estas parecían las preguntas básicas que Guille y su madre tenían que investigar.

En una de las primeras entrevistas Guille juega con la plastilina, haciendo diversos animales: serpientes, también un “pene que hace pis”, que luego retuerce (sugiriéndome una transformación en “caca”), va comentando cosas que le asustan y a la vez parecen atraerle mucho: los dinosaurios que arrancan cabezas de cuajo, la serpiente que puede tener un hombre en la panza, los ciervos que viven cerca de su pueblo y que ha oído están en peligro de muerte y los van a trasladar a una ciudad con más bosques, pues la contaminación que sufren fuera de su hábitat los puede matar. Me cuenta la historia de un perro que hay en su pueblo, muy fiero, que ha atacado a varias personas, que siempre está rabioso. Comento “¿Qué le pasará a ese perro?” y me responde que no sabe, que quizás es que es un perro adoptado. También me cuenta la historia de una gata que muere estando embarazada y mueren sus cachorros.

Guille, a su manera, expresaba su conocimiento acumulado y vivido sobre transplantes, cambios y adopciones, sobre la rabia y la violencia que genera la carencia y las heridas traumáticas.

La madre me cuenta que le ve muy agobiado con las tareas escolares. Coincido con ella, incluso señalo que la exigencia de adaptarlo “intelectualmente” hace perder de vista que es un niño, que también puede necesitar otras cosas mucho, lo comparo con ser un niño de 2 años en nuestra cultura, en relación a lo que debe ser la adaptación del niño a nuestro mundo y a ella, y de ella y la familia al niño. Me cuenta la madre cómo todos los mensajes que recibe, sobre todo de un familiar en quien confía, son de mantenerse firme, fijar los límites, no jugar con él (actividad que, cuenta, ella hacía y en la que ahora se inhibe, pensando que si no es así, borra las distancias con él). Hablamos de esos consejos y del atolladero para ella de esas dos “tareas”: quererle-ponerle límites, sugiriendo que quizás no es incompatible el poner límites con que encuentre ella la forma de demostrar su cercanía como madre (por ej. jugando).

La madre, profesional de la educación, se refugia en lo conocido frente a las inseguridades que le crea un estado (ser mamá) para el que le cuesta encontrar referencias emocionales. Su angustia, racionalización y los consejos le llevan a ser la que lo limita (hay que parar al “salvaje”, controlar, frenar) pero su capacidad maternal le lleva a dudar de esos consejos.

En una de las primeras sesiones, en que él me muestra al Guille “agresivo”, escribe una inicial: “M” (yo pienso: “mamá”) él me dice: “Monstruo”. “Soy un monstruo”. Comento: “¿Por qué Guille se verá como un monstruo?” a lo que responde: “¿Qué quieres que sea? ¿Qué quieres que sea? Le digo que creo que ser un monstruo tiene algunas ventajas si uno se siente amenazado o en peligro. Él sigue dibujando o haciendo tiras de papel con los dibujos. Luego coge dos muñecos y los hace pelear. Señalo: “El problema de ser un monstruo es que puede uno sentirse muy solo”, sigue representando una dura pelea con los muñecos, y reclama que haga pasar a su madre.

Ese día la madre me trae también al “hijo monstruo”: Es el niño que agrede a otros, que llama a unos amiguitos y los apedrea, del que le llegan todas las quejas, para el que no encuentra la forma de educar para que se comporte, y no puede ponerse seria con él, pues él se enfada y ella no se siente segura de que le quiera –El niño dice entonces: “segurísimo”… Sorprendentemente, la madre sólo reconoce estas palabras del hijo cuando le señalo lo que está diciendo. Surge luego la otra perspectiva: Sí, agrede a veces, pero también tiene ya la fama y se carga con todas.

¿Qué haría una madre? Es la pregunta entre líneas que me dirige y se hace entonces ella.

El conflicto de la madre para ser madre y asumirse como tal se expresa también en el problema con un sobrino: como si temiera que si asume su maternidad y la relación preferencial que implica con su hijo, destruirá al sobrino preferido, que compite con Guille. Por primera vez, ella puede hablar de su inseguridad no sólo racionalmente, se emociona y llora, y habla de su sentimiento de dificultad con relación a las madres de “hijos naturales”. La intervención del niño será clave aquí: la madre sigue diciendo que ha sido difícil para ella y piensa que más para él. El niño se levanta de la silla y se va a su lado, le da un beso. Ella (llorosa) dice mirándole que ya sabe que es muy llorona. Él dice “como la abuela”. Comento como él muestra que puede estar a su lado. Ella asiente. Se podría pensar que una ventaja para esta mamá reciente es que su hijo habla y le puede ayudar en el camino de elaborar su situación.

Si la madre tiene que encontrar su línea de identificación en las generaciones para colocarse como madre y manejarse con los sentimientos que implica, también Guille para poder acceder a ser su hijo:

En la sesión individual previa, otro día, el niño cogió la plastilina e hizo como si la excavadora retirara arena de un sitio y la pusiera en otro. Pregunto:“¿Donde irá?” –“Es una carretera”. Luego deja las huellas de las ruedas sobre la plastilina. Hace una figura plana: es un camino con ramificaciones, dice que es como una imagen de su mano (5 caminos) –“¿Donde irán?” –“A Madrid, a “Barce” (por Barcelona), otro al “uricamish” (un huracán)”. Es por tanto una carretera con caminos que se desvían a destinos buenos y nefastos. En la carretera hace huellas con los coches, las alisa, con los rinocerontes, las alisa también, hay obstáculos que levanta la excavadora. En la entrevista conjunta me cuenta la madre que Guille está celoso de ver más fotos en casa de la abuela de ella con sus sobrinos, antes de que él llegara. Comparo con la pregunta de los niños pequeños: “¿y yo dónde estaba?” y la necesidad de engarzar con esa historia. A la vez Guille dice: “a partir de ahí”.

El niño trae una imagen muy plástica (el camino de su mano y las ramificaciones) de los avatares de vida y las huellas de los rinocerontes-traumas-peligros, de las ansiedades que tiene que elaborar para encontrar un camino transitable desde la historia previa a la futura.

Este juego con la plastilina en que pasan cosas que dejan huellas, que luego es alisada y vuelven a suceder cosas, era repetido a menudo. En otra sesión me habla luego de una ciudad arrasada por el agua. Le comento sobre su preocupación con los desastres y lo interpreto en relación a su dejar-borrar huellas como un intento por borrar las “tormentas que él ha vivido”. Hace luego una especie de puente uniendo trozos, por el que un camión tiene que pasar haciendo equilibrios entre 5 postes. En la entrevista conjunta la madre hablará luego de las “tormentas” que ella ve: problemas en el colegio y en casa; también tormentas soñadas: me cuenta que tiene pesadillas. La madre me cuenta que en su pueblo(del niño) a los muertos les cogían pelo que colgaban de un alambre (como rito para la “reanimación”). El niño alude a lo de los pelos, según ella eso es algo que vio en la mujer …que lo acogió (su segunda madre). Hablamos de las especiales circunstancias de Guille y como eso se puede reflejar más en los sueños. Comento:“No sólo en su pueblo la gente tiene pesadillas”. La madre me dice que ella también, sobre todo por un accidente con un camión hace 5 años, sin secuelas físicas, y a raíz de adoptar al niño, las circunstancias al principio y todo eso. Comento que las circunstancias traumáticas a veces sólo se pueden expresar a través de los sueños, que es preciso tiempo para poder hablarlas y asumirlas.

Ellos tenían no sólo que hacer una familia, sino que había muchos huracanes vividos, esa historia previa que estaba por pensar para a partir de ahí seguir.

Guille seguiría trayendo su angustia de muerte, como en una sesión en que trae un peluche al que pone una pistola en la sien y luego sobre la suya. Me habla de que tiene un pez de río en la pecera, que lo cogió el. Antes tenía otros de mar que murieron. ¿Podría él encontrar él su agua? Parecía la cuestión. La madre traerá después su lástima por el poco tiempo que a su juicio puede dedicarle, así como la circunstancia de que esté ella sola, sin padre para él ¿Cuál será la calidad del agua y medio que necesita? Parecía la cuestión de ella. Reconocía que, sin embargo, daba muestras el niño de desenvolverse, como en una reciente excursión con adultos en que Guille se comportó bien, o su poder soportar a un amigo de la madre que la abrazaba. Creo que ella empezaba a pensar que su agua no era tan mala.

La madre contó otro día un episodio de pelea en casa al final del cual Guille le pide perdón y que le clave un cuchillo si quiere. Al contarme esto él comienza a bizquear y decir que ve todo doble, incluidos dos mamás y dos Agustín. La madre me había pedido hablar unos minutos a solas, quería hablar de sus temores sobre la evolución futura, en la adolescencia, del niño. Creo que en esta etapa, en la que el niño comenzaba a mostrar un sentimiento de culpa más elaborado (aún muy persecutoria) e integración del objeto, si bien muy frágil, la conciencia de las dificultades por parte de la madre comenzaba a ser también mayor.

Posteriormente Guille me cuenta que vio dos culebras, también que tiene dos ranas. Le recuerdo lo de ver doble el otro día y como así uno tiene repuesto si pierde algo: su miedo a perder y lo mal que se encontró al sentirse sólo porque su madre no le dejó ir con ella al lavabo. Con la madre, ésta contará que va mucho mejor: le han llamado por primera vez amigos por teléfono, sale con ellos, juega al fútbol, no ha habido ningún lío gordo. La madre señala como él ha comprendido que pelearse no es romper (se refiere a los amigos). Señalo lo de las dos ranas como lo de que él pida ahora una hermana me hace pensar en la posibilidad de otras relaciones, como no ser él el único: tener repuesto.

El tema del doble-repuesto seguirá siendo clave para él, como muestra en una de las últimas sesiones con un dibujo donde todo es doble, cobrando además relieve como situaciones problemáticas aquellas en donde su sentimiento de exclusión es evidente y por tanto para él la angustia de pérdida y abandono. Pero ahora puede suavizar su expresión agresiva. Conmigo muestra interés por primera vez por saber si vienen otros niños aquí y cuantos. La pelea entre los muñecos la define como entre hombre y mujer, la representa con gran agresividad. En la entrevista conjunta, la madre también coincide en la mejoría. Aumenta su tolerancia a otro al que se dan cuidados (ahora toleraba tener perro, cosa que antes no). En un momento de la misma, Guille dice: “Hago un puente: Sta María de Dios, porque mi madre es una diosa (con humor). Y porque me da muchas cosas”. A lo que respondo: “ Los dioses no mueren y son los que dan “dones”, señalo que con ella es con quien más tiempo ha estado y que comprendo que él se pueda sentir así (pienso que para este niño era un logro llegar a esta “madre idealizada”). La madre dice que lo ve más seguro, y ella también lo está.

Guille dice en una de las últimas sesiones que quiere una medalla, perdió el colgante que tenía (uno que compraron a unos paisanos de Guille). La madre habla luego de la espera de papeles para poder ponerle sus apellidos. Él dice que sí quiere los de ella a preguntas de la madre.

La impresión mía era que para ambos se estaba empezando a crear una solidez del vínculo. Creo que, efectivamente, entre los dos estaban construyendo activamente un puente. La función del encuadre terapéutico podemos verla en ese símil como la de un contrafuerte. El encuadre permitió además observar como ambos describían un proceso común desde sus orillas respectivas.

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