Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Inauguración del congreso “De la comprensión de la psicopatología al tratamiento”

PDF: lasa-comprension-psicopatologia-tratamiento.pdf | Revista: 26 | Año: 1998

Alberto Lasa
Presidente de SE.P.Y.P.N.A.

Conferencia Inaugural del II Congreso Europeo de la Asociación Europea de Psicopatología del Niño y del Adolescente (A.E.P.E.A.) y XI Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (S.E.P.Y.P.N.A.) que bajo el título “De la comprensión de la psicopatología al tratamiento” se desarrolló en Sevilla (España) del 15 al 17 de octubre de 1998.

Cuando confirmamos a Pierre Ferrari que aceptábamos la organización de este Congreso nos planteamos inmediatamente una única y doble pregunta ¿cuánta gente podría atraer, en estos tiempos, la reflexión sobre la psicopatología del niño y del adolescente? ¿cuánta gente podría atraer una ciudad como Sevilla?, hoy sabemos la respuesta. Ya un poco más tranquilo, visto la concurrencia a nuestra convocatoria, permítanme que les cuente una historia que cuenta del sufrimiento de una niña y que, al parecer, si non e vero e ben trovato, ocurrió en esta ciudad de Sevilla.

Habitaba en un alcázar, junto a un río ya cercano al mar, una niña, hija de un sultán, que enfermó bruscamente. Se pensó que se había indigestado al abusar de almendras, aceitunas y miel. Se sentía muy mal y muy triste, y nadie daba con un remedio a sus males. Cada vez más triste, ya no podía dormir. Una noche de luna llena, su padre el sultán, amoroso, y también insomne, se acercó a su lecho y le preguntó: ¿Qué tienes hija, qué necesitas? “Quiero la luna” respondió. “Si tú quieres la luna la tendrás. ¿Acaso no soy yo el sultán?”.

Dicho esto el sultán movilizó a su corte. Llamó primero al gran chambelán. “Consígueme la luna para mi hija”. Este sacó una lista. “Vamos a ver le he conseguido ópalos, rubíes y esmeraldas, elefantes rosas y perros azules, lenguas de colibrí, gigantes y enanos… pero la luna imposible”.

“Pues mi hija quiere la luna y yo quiero que se cure”, respondió irritado el sultán.

“Imposible. Está a 56.000 kilómetros y es más grande que esta habitación y está hecha de cobre fundido”.

El sultán llamó a su mago. “Consígueme la luna”. También el mago sacó una larga lista de cosas conseguidas (que les ahorro), para finalmente afirmar solemne. Es imposible. Está a 240.000 kilómetros, está hecha de queso verde y es dos veces mayor que este palacio”.

El sultán, bramando, llamó al matemático de la corte. Este respondió: “Le he calculado la altura de “lo alto”, la distancia de “lo lejano” y la profundidad del pasado, la longitud de la serpiente de mar y el cuadrado del hipopótamo. Y hasta cuántos pájaros de pueden sazonar con la sal del mar, 187.796.132 exactamente. Pero no me pida la luna. Esta a 1.000.000 de kilómetros, es plana y de amianto y tan grande como este reino. Nadie puede traerla.

Desesperado el sultán llamó al bufón y le contó sus penas. El bufón le preguntó: “¿Por qué te decepcionan tus sabios? “Cada vez que les pido la luna, me dicen que es más grande y está más lejos”, respondió el sultán.

“Si los hombres sabios dicen eso, todos deben de tener razón. Si todos tienen razón la luna debe ser del tamaño y estar a la distancia que cada uno piense. En ese caso tenemos que saber de qué tamaño y a qué distancia cree la princesa que está la luna”. Tras esta reflexión el bufón se dirigió a la princesa, cuya tristeza era ya cósmica y se lo preguntó. Ella contestó: “Es un poco más pequeña que la uña de mi pulgar, porque cuando la miro la tapo con ella”. “¿Y está lejos? continuó el bufón. “No tan alta como la copa de ese árbol porque suele engancharse en sus ramas”. “¿Y de qué esta hecha?”. “Qué tonto eres bufón, de que va a ser… pues de oro”.

El bufón corrió donde el orfebre real y le encargo una lunita de oro del tamaño de la uña de la princesa. Al atardecer se la dio a la princesa que por primera se mostró entusiasmada, y se levantó a jugar al jardín.

El sultán al verla, se sintió muy feliz, pero inmediatamente se sobresaltó. “La luna brillará de nuevo esta noche y en cuanto la vea la princesa se volverá melancólica otra vez”. Así que convocó de nuevo a sus sabios para preguntarles cómo impedirlo.

El gran chambelan propuso que la princesa durmiera con unos cristales ahumados. El mago propuso rodear el jardín con unas cortinas negras, “como si fuera un circo”. El matemático hacer estallar cada noche de luna un surtido de fuegos artificiales. “Deslumbrarán a la princesa, y no le dejarán ver la luna”.

Escéptico, el sultán volvió a consultar al bufón. “Si los sabios dicen que no hay ninguna manera de esconder la luna, es que no se puede esconder”. “Si la princesa sabía cómo conseguir la luna, debe saber cómo esconderla”, reflexionó el bufón.

Cuando el bufón llegó a su habitación, la princesa, despierta a pesar de que era noche avanzada, contemplaba ya la luna, que como habían previsto los sabios y temido el amoroso (y a estas alturas ya habrán sospechado ustedes que también viudo) sultán, había acudido a la cita.

“Dime princesa, ¿como puede ser que la luna esté en el cielo cuando está colgando de tu cuello?”, indagó el bufón.

“Qué ingenuo eres, bufón. Es muy sencillo. Cuando se te cae un diente, nace otro. Cuando el jardinero real me corta una rosa, otra aparece en su lugar”.

“Debería haber caído en ello, dijo el bufón, porque igual ocurre con la luz del día”.

“Claro, y supongo que lo mismo debe ocurrir con todas las cosas”, concluyó la princesa, bostezando. El bufón silencioso la tapó y salió al jardín. Le pareció que la luna le guiñaba un ojo. El también lo hizo y se perdió en la noche.

Aunque los guías, en su visita a los reales alcázares, esta tarde-noche, les dirán que no existe confirmación histórica de estos sucesos, yo como organizador de este congreso les digo que deben creerme. Así que estén atentos luego en la primera pausa, porque tengo que hablarles de otros sucesos que afectan al disfrute y buena marcha del congreso y de sus noches sevillanas.

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