Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La identidad y sus trastornos en la adolescencia

PDF: jeammet-identidad-trastornos-adolescencia.pdf | Revista: 19-20 | Año: 1995

Philippe Jeammet
Psiquiatra. Jefe del Servicio de Psiquiatría del Adolescente. Hospital Internacional de la Universidad de París.

Transcripción de la ponencia presentada en el VIII Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (S.E.P.Y.P.N.A.) que bajo el título “La identidad y sus trastornos” tuvo lugar del 21 al 23 de octubre de 1994 en Toledo.

Vimos ayer cómo la posición de la identidad es un tema complejo y todo lo que hemos dicho sobre las fases narcisistas de esta identidad y la importancia de los primeros intercambios me permitirá ser breve sobre esta cuestión.

Como comentaron ayer Alberto Lasa y Manzano, en la construcción de la identidad tiene que haber al mismo tiempo algo de sí mismo y del otro; existe una necesidad de alimentarse de sí mismo para existir como nosotros mismos. Además, es necesario plantear, hablar, de la diferencia y aquí estamos en el corazón de la paradoja de la constitución de la identidad.

Creo que la adolescencia constituye una referencia, una puesta a punto, un interrogatorio de la solidez de la bases de la identidad del niño. Este cuestionarse de la identidad lleva a la cuestión de la diferencia entre identidad e identificación y les recuerdo un artículo que fue muy importante para mí, sobre el cual me apoyo muchísimo, que es de Eveline Kestenberg, a la que debo muchísimo en mi práctica, que escribió en los años 60 un artículo que se titulaba “Identidad e identificaciones en la adolescencia”. Creo que la experiencia nos muestra que no hay casi ningún adolescente que no se enfrente de un modo u otro a la duda acerca de su identidad, que se pregunte un poco cuál es su identidad, yo diría que este fenómeno es necesario. Si una identidad o identificaciones se afirman fuertemente desde el principio de la pubertad habrá pocas posibilidades evolutivas para el sujeto y creo que la importancia de este cierre de la identidad, de esta afirmación de la identidad es un contrainvestimiento de la identidad. Es normal que, durante la adolescencia, en proporciones que siguen siendo moderadas, haya una cierta duda acerca de la identidad, y lo que me parece interesante es que el cuestionamiento de la identidad o sea, volviendo a la expresión de Bernardi, este sentimiento de continuidad que me parece ser una de las bases de la experiencia de identidad, se forma debido al conflicto de las identificaciones. Es interesante aquí, pero también difícil, ver que, en la adolescencia, existe constantemente una interrogación para saber, ante las dificultades de identidad, si se trata simplemente de un conflicto de identificaciones a un nivel muy secundario o casi histérico (tomando lo histérico como un modelo de la conflictualización neurótica, no como histerismo sintomático, sino el histerismo tal como lo organiza el complejo de Edipo),o sea, una duda sobre la identificación que nos remite a la cuestión de la integración de la bisexualidad, o bien si en esta duda sobre el sentimiento de continuidad existe ya algo que tiene que ver con las bases narcisistas de la identidad, más allá de las identificaciones que se plantean.

El argumento que quisiera desarrollar ahora es que lo propio de la adolescencia es, en todo momento, unir a uno mismo con otro, existiendo una conflictualización recíproca de la problemática de la identidad y la problemática de las identificaciones. Si los conflictos identificatorios no encuentran rápido una solución pueden acarrear un movimiento regresivo y despertar, actualizar los fallos narcisistas de la personalidad, mientras que si el conflicto hubiera encontrado una solución tal vez esos fallos no habrían aparecido o, por lo menos no con esa intensidad.

Y, a la inversa, toda dificultad narcisista importante va a influir inmediatamente en los conflictos de identificación con cierta intensidad. Creo además que nos encontramos en el adolescente un Edipo demasiado claro, crudo, yo diría que sería un falso Edipo porque creo que detrás de él existe una fragilidad narcisista y una duda sobre la identidad que hace que la claridad demasiado fuerte del Edipo, tanto si se trata de una versión positiva como negativa, refleje la fragilidad de las bases narcisistas y la necesidad para el sujeto de establecer una reacción en su identidad con una relación de objeto demasiado intensa, de carácter casi pasional. Me parecería de entrada que se podría considerar que la calidad de las bases narcisistas constituye un auxiliar muy valioso en el encerrase en sí mismo, como si las bases narcisistas sólidas hicieran del objeto un objeto menos atractivo o al menos un atractivo fácilmente negociable. Con lo cual, la relación de objeto puede tener un carácter demasiado intenso, pasional, porque detrás existe un fracaso de estos mecanismos de rechazo o de cierre en sí mismo y, más allá, un fracaso de la constitución de las bases narcisistas, es decir, creo que es difícil pensar en un fenómeno sin el otro.

Para comenzar, me gustaría recordar brevemente un modelo que me interesa y que algunos de ustedes conocen porque me parece necesario para que comprendan mi posterior argumentación. Y es que me parece que se puede decir, sin forzar demasiado las cosas, que la personalidad, desde un punto de vista freudiano, se constituye según dos ejes de desarrollo: uno sería el eje objetal o relacional que consiste en que para ser uno mismo hay que alimentarse de los demás. Esto ya se dijo ayer, cuando se habló de la importancia de las zonas erógenas, y aquí me gustaría hacer un paréntesis. Creo que todo lo que nos enseñan los estudios sobre las relaciones precoces madre-niño, como dijo ayer el profesor Bernardi, es que no podemos tener un concepto demasiado cerrado del aparato psíquico; todo lo que descubrimos actualmente nos muestra que el aparato psíquico se constituye por una interacción con el entorno con preformas pero creo que éstas se desarrollaran inmediatamente y quedarán inhibidas en función de la respuesta del entorno y, personalmente, destacaría esta importancia del entorno.El niño comienza por alimentarse del otro.

El segundo eje de desarrollo sería que pronto existe una necesidad de diferenciarse del otro. Manzano habló ayer sobre esta paradoja y, en efecto, creo que al mismo tiempo que el niño se nutre del otro debe saber enfrentarse a la separación. Es ahí donde la diferencia entre el padre y la madre permite un modelo de diferenciación posible dentro de la complementariedad, lo cual es importante para no hacer surgir demasiado pronto la paradoja explicada ayer, y que considero la base de este desarrollo. Esta paradoja consiste en que la necesidad de nutrirse de los demás aparece opuesto a la necesidad de diferenciación y me parece que esta paradoja se reactiva de forma específica en la adolescencia. Aquí me pregunto si no es éste el elemento central de la adolescencia, si esta paradoja, junto al efecto de la pubertad, va a hacer que lo complementario se convierta en lo opuesto, es decir,si la necesidad que tengo de otras personas amenaza mi integridad narcisista cuando sabemos que en realidad es lo contrario. Lo que ocurre en una adolescencia con fallos narcisistas importantes es que se toma el objeto como un objeto de invasión, de amenaza, totalmente intolerable. Creo que aquí, además del contenido fantasmático, existe un problema de economía psíquica que exige medidas para apropiarse del marco. ¿Cómo intentar evitar, durante la infancia, que el niño sienta demasiado pronto o demasiado intensamente una impotencia hacia el objeto que va a representar muy rápido una herida narcisista la cual me parece que va a desarrollar reacciones, o bien de sustitución con un sobreinvestimiento del marco, o bien de oposición?. La solución es la paradoja de Winnicott: para que el niño tenga la sensación de crear el objeto, el objeto debe estar ahí, es la capacidad de adaptación del objeto (los padres, la madre particularmente) lo que va a permitir al niño creerse el creador, y, a partir de ese momento, aparece un sentimiento de omnipotencia no psicótica, que garantiza la salud, y que debido al dilema “qué vuelve al otro, qué vuelve a mí”, no va a aparecer demasiado pronto.

Me gustaría poner tres ejemplos de las tres formas posibles de respuesta de un niño ante una mejor o peor resolución de esta paradoja. Estas respuestas están muy relacionadas con las experiencias de separación que se explicaron ayer y que van apareciendo durante la infancia, como en la adolescencia pero en menor término, consolidando las bases narcisistas. Es decir, cuando se separa a un niño de dos años de su madre para acostarlo, por ejemplo, pueden aparecer tres casos distintos que me parece fundamental tenerlos claros para entender la adolescencia.

El primer caso sería que el niño sustituya a la madre ausente por el placer de los auto-erotismos, el placer de funcionar con su propio cuerpo (chupándose el dedo gordo o el pequeño,…).En este caso la madre está presente en el placer de funcionar consigo mismo, ya no hay oposición, no hay paradoja, el objeto está presente en el placer del funcionamiento con su propio cuerpo, o con su pensamiento; es lo que Freud ha descrito como las satisfacciones alucinatorias del deseo, es decir, el objeto está presente y ya no hay oposición entre las bases narcisistas y la necesidad del objeto. El objeto está presente porque se ha interiorizado en la relación con el objeto no sólo su representación sino también el placer del intercambio que enriquece nuestro propio funcionamiento.

El segundo caso sería aquél en el que, ante la separación, el niño llora, necesita que venga su madre, que la luz permanezca encendida,…Aquí el niño necesita rencontrar su seguridad interior, una restauración narcisista, el sentimiento de la permanencia de su continuidad y lo hace gracias a un contrainvestimiento del mundo perceptivo y motor, es decir, de la realidad externa. Para contrainvestir una realidad interna donde existe una angustia, una inseguridad, que hace que el niño sienta una dependencia del objeto –necesito que mamá esté aquí–, es preciso un sobreinvestimiento del marco perceptivo y motor: presencia de la madre pero también de elementos sensoriales como la luz,… Tenemos una dependencia de la realidad externa; es una dialéctica de contrainvestimiento de la realidad interna que tiene su importancia (fantasmas angustiantes,..) pero creo que no se puede pensar en ese contenido de la realidad interna independientemente de la respuesta de la realidad externa. Esto implica un esfuerzo por el ordenamiento de la realidad externa que recobrará toda su importancia durante la adolescencia.

El tercer caso sería el del niño que, enfrentado a la soledad, ni siquiera tiene la posibilidad de recurrir a un objeto que falta –es el caso de los niños carentes – y que encuentra la autoestimulación en el balanceo rítmico del cuerpo o, yendo más lejos, en los golpes que se da a sí mismo, pegándose en la cara o estirándose de los pelos,… Lo que caracteriza a estos niños carentes creo que es la calidad de la interiorización del objeto en una relación personal, y lo que nos muestran estos niños es que cuando el objeto está ausente, para no caer en la desesperanza, hace falta una autoestimulación, que siempre es autodestructiva y que siempre trae consigo la violencia. No conozco ningún caso de niños carentes que no se autoestimulen recurriendo a tentaciones con una dimensión violenta o autodestructiva. Luego, en el fondo, diría que cuanto más ausente está el objeto, más autodestructiva será la manera de autoestimularse. Este es un modelo que va a aparecer en la adolescencia y creo que sólo puede verse en los defectos en la relación con el objeto la capacidad de destrucción y que cuanto menos placer se encuentre en el entorno más aspectos destructivos se desarrollarán.

Volviendo a la adolescencia, podemos ver que la mayoría de los trastornos durante la adolescencia pueden amenazar los sentimientos de continuidad y hacerles cuestionar su identidad. Lo que solemos observar frecuentemente es que, a medida que los fantasmas o los trastornos del comportamiento se reducen demasiado bruscamente, podemos ver aparecer momentos de despersonalizaciones de los adolescentes que muestran bien el papel de los fantasmas o trastornos para garantizar un sentimiento de permanencia. Vemos así que, en la adolescencia, vamos a asistir a la reactualización de los fallos narcisistas, de los conflictos de identificación y, por eso, estamos ante la piedra de toque, el interrogante, de lo que ha ocurrido en nuestra infancia. Y bien, ¿por qué?, porque me parece que lo que va a caracterizar a la adolescencia es que el adolescente va a cuestionar muy seriamente el distanciamiento del objeto y si esa distancia del objeto está sólidamente establecida porque tiene bases narcisistas suficientemente sólidas,–porque por otro lado el niño ha sido capaz de adquirir, por procesos de identificación y de interiorización, modelos suficientemente diferenciados que le van a permitir un cierto juego dentro de su espacio psíquico – va a poder variar su distancia del objeto por mecanismos internos. Pero aquellos que tengan problemas de identificación importantes o bases narcisistas frágiles, van a intentar contrainvestir esa realidad interna por la relación con ese objeto externo. Y, como bien sabemos, lo que va a caracterizar a la pubertad es el hecho de cuestionarse efectivamente la distancia de la persona u objeto externo, los padres.

Con este modelo, la conducta de oposición del adolescente es una manera de regular esta distancia con los padres, apoyándose en la diferenciación de ellos. Lo vemos en la dificultad en un adolescente para decir “sí”, como ocurre en un niño de dos años en la etapa de separación. Y dicen “no” porque ahí está la diferenciación. Y el porqué de esta reaparición creo que se encuentra, por una parte, en la reactivación de los investimientos pulsionales en el sentido de que el cuerpo va unido a la líbido, a la agresividad, a la sexualidad; existe una sexualización del ambiente en la adolescencia que va a traer consigo ese elemento de molestia física. La sexualidad es como una especie de acercamiento, de imán, que atrae, y ahí, en esa atracción, hay algo que amenaza la autonomía narcisista de la adolescencia y su identidad. Por otra parte, el segundo factor que hace la adolescencia difícil es el movimiento de autonomía con respecto a los padres que va a suponer una interrogación sobre las bases narcisistas: ¿Tienes lo que se necesita para separarse de los padres?. Los que lo tengan podrán hacerlo, negociar de una forma u otra, mientras que los que están vacíos por dentro (fallos narcisistas, dificultades en el sentimiento de continuidad) van a sentirse atraídos por esos adultos, los necesitan para nutrirse de ellos ya que son su apetencia objetal, y ésta es tal que amenaza con invadirles, con engullirles. Así, vemos que éste es el dilema central de la adolescencia, que es evidente en los llamados estados límite. Pero creo que los estados límite son verdaderos problemas de la adolescencia que no llegan a resolverse. Es un problema típico de la adolescencia y va a ser necesario encontrar una nueva distancia del objeto.

Aparecen aquí las paradojas explicadas anteriormente: lo que necesito es lo que me amenaza. Entonces, existe una contradicción: para asegurar su identidad necesita el objeto, pero el objeto en ese momento, sexualizado, se ha vuelto algo amenazador. Y, al contrario que en la infancia o, al menos, en un nivel inferior del conflicto, mucho más difícil, el adolescente está obligado a gestionar su bisexualidad. Aquí, encontramos algo dicho esta mañana, y es que el problema de la bisexualidad el adolescente lo va a llevar a su límite y van a aparecer efectos de desdoblamiento de la problemática bisexual y de la problemática narcisista. Y, por ejemplo, en lo referente a la problemática femenina, lo femenino va a estar asociado a lo infantil, lo que está sin control, con fantasmas reactivados con la aparición de la regla; la mujer deja ver sus emociones más que el hombre, no puede controlar su regla,….Ante esta falta de control de la feminidad, sobre todo en los niños y en un número importante de niñas, se reduce todo el problema de identificación femenina y de la bisexualidad a una amenaza narcisista, contra la cual va a ser necesario luchar con contrainvestimientos y, en mi experiencia, he visto muchos chicos que tenían ideologías totalmente en contra de la feminidad, siendo lo femenino lo infantil, las emociones, el “dejar ir”, lo sucio (una contaminación regulada por la analidad; “si no lo controlo, todo lo que sale es sucio”, y, por lo tanto, “hay que excluir a todos aquellos que son sucios, blandos, débiles,…”). Aparece una implicación de la problemática narcisista-identificatoria y de la problemática objetal. Pero por el lado masculino, lo que frecuentemente vemos como una imagen dominante, viene dado por lo referente a lo fálico asociado a lo masculino; es una connotación de las armas y, como las armas militares, en lo referente a la dimensión fálica, va a acarrear una carga de agresividad que amenaza a los objetos con la destrucción y, por lo tanto, enfrentarse a esos elementos masculinos es poder tener una dimensión de destrucción del otro, que puede provocar el desarrollo de un mecanismo de defensa. Y creo que se ve que el punto de articulación entre esa problemática narcisista y esa problemática psico-objetal y esa bisexualidad se encuentra en lo que se refiere a la homosexualidad.

Creo que los grandes puntos de explosión posibles en la adolescencia son los concernientes a la homosexualidad. Creo que quizás haya que dejar un poco de lado la dimensión sexual para centrarnos en la dimensión homofílica, de atracción por el mismo, y, además, en esa atracción por el mismo existe un deseo de restauración narcisista y, a la vez, un riesgo de excitación y, digamos, de feminización que nos lleva a los fantasmas que he nombrado anteriormente. Y por lo tanto, esa manera de tratar la homosexualidad va a ser uno de los puntos de articulación de esas dos problemáticas narcisista y objetal. Ahora deberíamos ver: ¿Cómo va a intentar el sujeto restaurar una identidad que el propio proceso de la adolescencia hace cuestionar?. Pues, bastante esquemáticamente, se puede ver que existen varios niveles para tratar esta problemática de la identidad.

El primer nivel es aquél en el que gracias a una buena adaptación al entorno se deja al individuo recoger el proceso identificatorio sin demasiados problemas. Es el caso de la mayoría de los adolescentes que, ayudándose de esos elementos que llamaría elementos de mediación que se van a interponer entre el adolescente y la figura de los padres (profesor, abuelo,…), se encuentran con el riesgo de contaminación de cada figura de investimiento por la indiferencia. Recurrimos a D. Green, quien ha propuesto el arcaísmo, que no es tanto un retorno a los fantasmas más primitivos como el anclaje de un proceso de des-diferenciación del espacio psíquico interno, des-diferenciación por la cual el “yo”, el deseo y su objeto se confunden. Creo que esto es también muy típico de la adolescencia, en la cual desear un objeto significa introducir el objeto en el interior de uno mismo. Y esto se ve muy bien en los adolescentes cuando nos dicen “(esta persona) me trae de cabeza, me cabrea,..” donde se ve que en cuanto tienen interés por alguien lo introducen en su interior, y este objeto se convierte en un objeto de amenaza. Creo que es un proceso de incorporación donde el deseo del objeto es el “caballo de Troya” del objeto en el interior. Si lo deseo, me penetra, y vemos como la problemática objetal hace cuestionar la problemática narcisista. Existe un riesgo de contaminación y, por ejemplo, el Edipo, la diferenciación de los padres pueden no ser suficiente.

Primera posibilidad: entro en conflicto de investimiento con mi madre pero el padre interviene, y rápidamente se forma el bloque papá-mamá, es decir, hace falta una nueva figura de mediación de la cual hablaba anteriormente (un profesor, otro paciente,…) porque, como sabéis muy bien, un adolescente en oposición en su caso tendrá un comportamiento totalmente distinto cuando esté con los padres de un compañero, con los abuelos,…Sus imagos, su mundo interno permanece igual pero cambia el equilibrio económico; es la posibilidad de contrainvestimiento de las figuras externas que vienen a compensar la invasión por los objetos internos que se han vuelto sobrexistentes por ese investimiento, amenazando así el narcisismo del adolescente. Luego vemos cómo hay un nivel externo, una dialéctica entre ese mundo interno y ese mundo externo y cómo la realidad externa puede ayudar a contrainvestir.

Esto es parecido a lo que sucede en los conflictos sociales, donde la identidad está tan asumida que dos grupos cara a cara podrían llevar a la autodestrucción. Así, vemos que esa función mediadora de figuras externas es muy importante en la adolescencia y encontramos mediaciones que permiten al adolescente negociar sus problemas de identidad. Si no se encuentran mediaciones vemos que en el adolescente aparece una anarquía de respuestas que se pueden entender con respecto a esta problemática.

La primera figura es la figura del doble: un adolescente va a apoyar sus bases narcisistas insuficientes en un doble, un compañero, una amiga…,en la figura del mismo, y comienza un rol de apoyo muy importante. Vemos también cómo la ruptura muy corriente con ese doble, que también puede ser un hermano/a y con el cual puede existir también una relación de ambivalencia pero que puede ser parte de ese doblamiento narcisista, va a traer una descompensación psicopatológica, por ejemplo, porque su compañero comenzara una relación amorosa por su parte,…

Otra figura es la idealización del objeto, es decir, que en ese momento, se vuelve narcisísticamente soportable porque está idealizado. Aquí, sabemos que las figuras de idealización son un soporte de mediación que tiene no tanto una función de un tercero como un papel de lleno narcisista en ese instante. Sabemos lo importante que es respetar esa idealización de los adolescentes y cómo una idealización demasiado brutal puede acarrear desorganizaciones con trastornos de identidad mayores. Y, con respecto a esa idealización, se puede pasar de esa idealización a todo lo que Kestenberg ha descrito perfectamente en el tema de apresar el objeto, de su fetichización; se pasa de un objeto idealizado, todavía viviente, a un objeto que debe ser garantía de narcisismo y de la continuidad de identidad del adolescente.Y se pasa fácilmente de un objeto fetiche a una ideología y vemos cómo una ideología en ese momento, por su propia rigidez puede acarrear una actitud narcisista que será flotante. También encontramos lo que he denominando como las organizaciones perversas de la relación, es decir, cómo se va a sustituir une relación humana por una relación en la que se va a tomar el objeto apresado. Éstos son todas las conductas adictivas, conductas de dependencia y creo que la toxicomanía, los trastornos de conducta alimenticia, muestran cómo una parte de la identidad del sujeto está asegurada por el hecho de apresar un comportamiento, un objeto de sustitución (la droga, el alimento). Esto permite una relativa relajación de los intercambios sobre otros dominios pero a condición de que la identidad del sujeto esté asegurada por esa relación de apresamiento y de dependencia. De ahí que sea tan difícil el abandono de esa adicción por el sujeto y que en el momento del abandono es posible que tenga momentos de despersonalización particularmente preocupantes. Diría también que los trastornos de los transexuales representan la esencia de la dismorfofobia y creo que el conjunto de esas dismorfofobias puede ser una manera de llenar la brecha narcisista, en general articulada estrechamente con esa bisexualidad. En mi experiencia todos los dismorfofóbicos tienen dificultad particularmente intensa para gestionar la bisexualidad. En el fondo, se viven como algo monstruoso, como si tuvieran una identidad de quimera, de monstruo, que consiguen focalizar en un proceso –que no deja de tener cierta similitud con los procesos fóbicos– utilizando un desplazamiento y una proyección sobre un elemento focalizado del cuerpo. Si tocamos estos elementos focalizados, como cuando confrontamos al fóbico con los elementos fobógenos, pueden desorganizarse e incluso tener momentos de carácter psicótico y es importante ver cómo la refocalización sobre la dismorfofobia permite mantener las cosas.

Entonces, para terminar, pienso que existe también un proceso que ayuda a mantener las dificultades de la identidad que es el de la creencia. Creo que es un problema que no se ha tenido mucho en cuenta en el psicoanálisis, que la fe, la creencia, en lo que sea, es justamente algo que viene a reactivar el problema de la paradoja de Winnicott, del área de ilusión. En la creencia compartida el problema de la diferencia entre uno mismo y el objeto ya no se plantea, ya que –y Freud lo dice también con respecto al ideal del yo y a la función del líder como representante de lo ideal– existe algo que comporta una posibilidad de negar las diferencias entre los objetos, notablemente las diferencias sexuales. Y ese problema de la creencia me parece que es algo que cuestiona enormemente nuestra práctica psicoanalítica actual. Con respecto a la imagen que tenemos del psicoanálisis, atribuíamos con razón gran importancia a la técnica, al contenido, a la comprensión, olvidando quizás –y creo que los adolescentes nos lo recuerdan constantemente con pasión– que las cuestiones técnicas no les interesan. Lo que les va a interesar es un encuentro con alguien, una especie de experiencia de valor más o menos iniciático y en esta espera, por parte del adolescente, del inicio de una nueva experiencia hay algo que compromete fundamentalmente el fenómeno de la creencia que es difícil de gestionar, probablemente no debe mencionarse demasiado rápidamente, porque, el confrontarnos demasiado rápido con nuestras diferencias conlleva un riesgo de ruptura de la urdimbre narcisista. Y sabemos bien que en los análisis que se prolongan o también en algunos que marchan perfectamente, vamos a saber realmente el resultado del análisis cuando se haya efectuado la separación. Y todavía, tenemos la sensación de que un buen número de análisis terminan con una separación sin problemas, con la condición de guardar una fuerte creencia compartida con su analista, o con la importancia de las teorías compartidas. Y vemos claramente lo que hay detrás de ciertas rigideces o dogmatismos, o de ciertos adeptos: la duda, interrogaciones sobre su identidad… Ello hace que sólo el aferrarse a esa convicción mantiene una identidad, la cual no sabemos en qué acabaría si no llega a ser por ésta. Por lo tanto, esto es algo importante de respetar porque supone un punto de apoyo importante y la pregunta es la de siempre: ¿Acaso esa creencia va a ser un trampolín de apoyo que va a ayudar a una negociación progresiva de la aceptación de la diferencia vivida como una complementariedad, y no como una problemática del bien o del mal, de lo bueno o de lo malo?, ¿O va a quedar, esta creencia, fijada en un dogmatismo cerrado?. Esto nos lleva a un problema que nos planteamos a menudo, el de la relación de los adolescentes con las sectas.

Esta problemática de la creencia, de la fe, me parece importante porque también hay un contrapunto en la cura analítica, o en la terapia psicoanalítica, constituido por las reacciones terapéuticas negativas. Es el caso de esos sujetos que dicen a la vez que no pueden prescindir de usted, pero “ya he empezado estoy prisionero, he perdido demasiado tiempo, no puedo ir a ver a otra persona, le necesito,.. pero lo que usted me dice no me interesa, no me ayuda,.. pero al mismo tiempo, le obligo, le exijo una solución a mis problemas”. Esto es una especie de lazo típico de los adolescentes; es la amplitud de la espera narcisista, que hace que la interiorización sea imposible. Estamos ante un equivalente de la economía psíquica de las organizaciones perversas de las que hablaba anteriormente. Porque los lazos de placer, de interiorización, de intercambio o complementariedad, que constituyen el lazo objetal, quedan sustituidos por unas relaciones de poder. El terapeuta queda sometido a una relación de dominio y control y entonces pierde el carácter de objeto libidinal en beneficio de un valor puramente funcional –debe estar aquí, lo debemos tener a mano -; y lo perverso es que se utiliza con fines puramente narcisistas y de dominio de sí mismo y donde el objeto, sea el comportamiento adictivo, sea la adicción al terapeuta, tiene características perversas ya que no se puede interiorizar, y es necesario que esté ahí, en el exterior (como la madre del segundo ejemplo de antes, en el que se verifica que está siempre ahí; como el drogadicto que tiene que verificar que puede “chutarse”), que tiene siempre algo en el exterior que va a relanzar la máquina del deseo en el interior y que va a aportarle soluciones. Pues bien, es necesario que ese objeto (el terapeuta, el objeto adictivo) lo tenga a mano pero nunca en el interior; cuando está en el interior entonces se convierte, en ese momento, en un objeto de mecanismo de distanciamiento, de rechazo, como, por ejemplo, esa relación perversa con la muerte que encontramos en la toxicomanía o en la bulimia, los vómitos. El sujeto lo que investirá no son las emociones relacionadas con la persona, sino las sensaciones que vienen de esa persona o ese objeto adictivo. Así, pasamos de una problemática de emoción, que siempre nos remite al vínculo objetal, a una problemática de la sensación, que nos remite a lo perceptivo y motor como en el caso del segundo niño de antes, con el riesgo de una desobjetalización, el comportamiento mortífero. Estos adolescentes tienen un comportamiento cada vez más autodestructor, pero también vemos que en la práctica por muy destructivo que sea es lo que de momento les permite sentirse vivos, en una continuidad y con un posible deseo.

Y termino con esto, hablando de esta noción del marco. Me pregunto si no habría aquí una relación de analogía, entre los trastornos de identidad de la adolescencia, la amenaza de la identidad y los ataques contra el marco. Creo que la necesidad de una reordenación de marco porque el individuo está agravando sus síntomas…, refleja algo referente a la amenaza de la identidad. Y esta amenaza tiene el problema de que no siempre puede resolverse dentro del marco analítico habitual porque el trabajo interpretativo es vivido entonces como una intrusión suplementaria del terapeuta dentro del sujeto. Aquí está también la paradoja: lo que necesita (porque lo necesita) es lo que le amenaza. Y volvemos al problema de la reacción terapéutica negativa como respuesta fundamental a esta problemática. Aquí debemos pensar, y creo que lo debemos hacer de forma analítica, en las reorganizaciones del marco –ya lo hemos hecho con la patología bordelaine– pero al nivel de la adolescencia debemos inventar reordenaciones conservando naturalmente cierto rigor. Hay que aceptar reordenaciones del marco que serían una forma de responder a nuestra comprensión del funcionamiento psíquico del adolescente. Aquí estoy en una encrucijada entre la práctica psicoanalítica y la práctica psiquiátrica, dado que la masa que vemos nos impide pensar de otra forma y para el pensamiento no podemos sólo referirnos al contenido fantasmático sino que debemos referirnos a la economía psíquica tal y como lo he intentado explicar. Una economía psíquica que haría que el proceso de terapia que proponemos, el encuentro excepcional con el objeto, puede ser una amenaza de la identidad, porque, además, aquí hay una contradicción. Y todo dependerá de los factores que tiene que ver con la calidad del encuentro y los elementos de creencias, y cómo el terapeuta jugará con todos esos elementos; pero en los casos en los que no funciona hay que pensar en una reordenación del marco al problema de la identidad.

Y para terminar un caso clínico.

Es un caso reciente que ha habido que hospitalizar de una anorexia mental (podría haber sido otro caso) ya que llegó en un estado de delgadez importante. Había adelgazado muy deprisa y tenía depresión e ideas suicidas. Llevaba un año en psicoanálisis, cinco sesiones semanales; es una chica de 20 años, y llegó al hospital con la presión de unos padres furiosos con el psicoanalista que la veía cinco veces por semana y un pediatra que decía “Es escandaloso, voy a intervenir,.. “Todo el mundo estaba exaltado y creo que esto refleja algo de la problemática de esta persona.

La chica nos muestra un fantasma muy importante, tiene ganas de suicidarse, tiene un pensamiento suicida cada vez más obsesivo y, finalmente, se acaba clavando un cuchillo en la tripa. Esto quiere decir que existe un contenido en estas obsesiones, pero no sabíamos si iba a actuar según sus obsesiones, según sus amenazas y la hospitalizamos ante este peligro, apartándola de su medio habitual. En este momento, lo chocante es que se pasea con un libro sobre la barriga; era un libro de psicoanálisis y le dijimos que lo cambiara por otro tipo de libro, de Bellas Artes (su padre es pintor),… Yo pensaría que tras esa cuchillada no había un intento de suicidio sino una llamada desesperada que tenía que ver con la transferencia hacia su terapeuta, hombre. Se le hospitalizó al cabo de 10 meses, o sea, casi, casi el tiempo de un embarazo tras la terapia, y esto tan sólo puede representar, de un modo destructor, una apetencia loca por su terapeuta lo que despertó en ella el deseo edípico, algo totalmente desesperado y loco hacia el padre y la carencia narcisista. Es una niña que esperaba un padre-madre que la llenara por completo y la masividad del investimiento hizo que el trabajo del terapeuta fuera imposible. La mediación del lenguaje y todo lo que podía interpretar la penetraba tanto que esto había que expulsarlo inmediatamente de una forma que ella no podía imaginar. Ella tenía un deseo de ser penetrada y de estar embarazada y la única forma que encontró fue abriéndose la barriga para expulsar ese objeto interior que la invadía tanto que le hacía cuestionar su identidad.

Obtuvimos algo espectacular en esta chica en cuanto al punto de vista sintomático, ya que la tarea de fondo no se ha resuelto. Mejoró con la separación, con la hospitalización, con la presencia de un tercero que representaba la hospitalización. Ahora hay una dificultad en negociar su alta del hospital porque en el carácter indeferenciado de su apego al personal sanitario existe también un problema. El problema de su terapia fue el no ser capaz de incluir en su modelo de pensamiento la idea de incluir dos personas que se hicieran responsables, ya que no podía ser único objeto de investimiento porque siendo un investimiento masivo, edípico y narcisista llevaba a este movimiento de la indeferenciación y la única forma para esta chica de salvar su identidad fue reforzar su comportamiento anoréxico y, como sus acciones, me pareció una forma de salvaguardar una identidad que el investimiento amenazaba.

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