Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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El objeto de un adolescente

PDF: baekeland-objeto-adolescente.pdf | Revista: 37-38 | Año: 2004

Charles Edward Baekeland, Psicólogo.

Comunicación libre presentada en el XVII Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatria y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (SEPYPNA) que bajo el título “Familias…”, se desarrolló en Madrid los días 1 y 2 de octubre de 2004.

INTRODUCCIÓN

Con esta comunicación quisiera describir algún eje que puede encontrarse en la psicoterapia del adolescente cuya sintomatología va en la línea psicopática, pero sin haberse declinado radicalmente en esa dirección. Me voy a referir a un paciente que ha logrado constituir un funcionamiento histérico frágil que le permite cierta satisfacción pulsional desplazada en sus relaciones objetales, aunque resulten precarias y frecuentemente insostenibles psíquicamente. En honor al título del congreso, no está de más decir que la constelación familiar particular del caso que voy a presentar incide claramente en sus dificultades como un factor de riesgo.

MATERIAL CLÍNICO

Andrés es un adolescente de 13 años que me es derivado por un colegio a causa de recurrentes problemas comportamentales, de orden psicopático: robos, mentiras, agresiones, etc. La directora del colegio me llama y me informa sobre la muy conflictiva relación entre Andrés y su madre y lo inestable que ve a esta última. Me pide que nos mantengamos en contacto ya que prevee serios y constantes problemas.

En las entrevistas preliminares la madre me describe un hijo con un carácter imposible, con el cual está siempre enfrascada en broncas infernales y que ya no puede más. Dice que se quedó embarazada a los cuarenta años de un hombre que no tenía interés en ser padre y se separaron durante el embarazo. Un amigo suyo, no pareja de ella, con familia propia y que vivía en otra ciudad, le dijo que ese niño iba a necesitar un padre y le propuso ponerle su apellido y venir a Madrid lo más posible para ejercer de ello. Ella aceptó y así fue hasta que Andrés tenía 4 años, momento en el que este hombre, con el que Andrés había formado un vínculo muy cariñoso, se murió de cáncer. Esto coincidió con la partida de una cuidadora a la que tenía mucho afecto.

Desde que nació Andrés hasta ahora la madre no ha tenido pareja ni interés en tenerla. Tiene un trabajo que la obliga a estar fuera frecuentemente por períodos de uno o dos semanas. Mientras está fuera Andrés se queda con una madrina.

La madre de Andrés es de un país cuya situación política era problemática y del que huyó hace 30 años. Dice haber tenido la “peor madre imaginable” y rompió todas las relaciones con su familia cuando se fue. Ahora dice: “Estoy absolutamente sola con mi hijo, pero no pasa nada, lo tengo superadísimo.” Me permito dudar de esta afirmación de la madre, ya que presenta una patología histérico-narcisista grave que se manifiesta rápidamente en la relación conmigo, descalificándome, dominándome y seduciéndome. Contratransferencialmente termino las entrevistas con ella como si me hubieran dado un rotundo varapalo.

Andrés estuvo en España hasta los 8 años, momento en el que su madre le mandó a un colegio interno en otro país porque no lo soportaba más. Estuvo allí dos años, y volvió a los 10. Desde entonces está en el colegio que me lo deriva. Ha estado con una psicóloga a los 5 años y otra a los 11. Con las dos ha terminado en peleas que han llevado a la ruptura del tratamiento. La madre ahora quiere un psicólogo hombre. Por lo que relata la madre, su desarrollo temprano ha sucedido con normalidad, lo único que destaca es una anécdota respecto a su carácter, dice: “Cuando le daba el biberón él me pegaba en la cara.”

Con semejante presentación entenderán mi sorpresa al encontrarme en la primeras entrevistas con un adolescente prepúber encantador, hipermaduro y brillante que llora por lo solo que está y lo que le ha faltado un padre. Habla mucho de sus extensas defensas autoeróticas ante la soledad —televisión, play-station, ordenador etc.- y no habla nada de amistades. Me idealiza, lleno de esperanza y no poca seducción, diciéndome que le han dicho que soy un psicólogo estupendo que le va a ayudar mucho. Asocia fluidamente, tiene lapsus, sueña y demuestra una gran permeabilidad al inconsciente y a sus afectos. Su carencia afectiva se hace dolorosamente evidente a través de la descripción de su madre, dice: “Ella no es nada cariñosa, se enchufa a internet cuando llega a casa y allí se queda, ni caso. Luego se va fuera todo el tiempo…”.

Empezamos el tratamiento al ritmo de una sesión por semana tomando en cuenta la recomendación de la madre de que él no aguantaría más, ya que “empieza muchas cosas y las deja enseguida”. Unos seis meses más adelante subimos a dos por semana. A efectos de mayor claridad me centraré en la relación transferencial-contratransferencial.

Andrés empieza su tratamiento con un despliegue de inteligencia, comprensión y participación activa que me dejan fascinado y seducido por este brillante y sensible joven que entiende todo tan rápido, que viene sin faltar a su hora, y que se emociona libremente ante mí. Con algo de desconcierto descubro que a la vez me embarga una fuerte angustia de que no vendrá a su hora, lo cual es bastante contradictorio con el contenido manifiesto de las sesiones. Andrés va describiendo la relación con su madre a través de los petardos que tiran entre los dos en la calle, los enfados que les dejan agotados, lo explosivos que son los dos, y lo solo que se encuentra después de que se hayan enfadado ya que ella se refugia en el ordenador y él tiene que alejarse.

Por otro lado Andrés nos somete a mí y a mi consulta a una minuciosa observación, haciéndome saber que ha visto todo. El mobiliario, los cuadros, mi vestimenta, mi acento, el color de las fotocopias, los libros y mis gestos pasan por un escrutinio tal que siento que Andrés terminará sabiendo tanto de mí como yo de él. Intenta descubrir mi vida personal; adónde voy de vacaciones; quien estará en mí agenda; quién me ha dado el reloj nuevo, etc.

Bien, el aparente idilio inicial dura unos meses antes de que Andrés empieza a decirme que lo que le digo son chorradas mientras se mantiene en un hermético mutismo, llega muy tarde, falta a muchas sesiones, se niega a mirarme y me dice que quiere verme 0 veces a la semana. Mi angustia de que me vaya a abandonar se acrecienta y me siento traicionado, como si él hubiera roto un pacto de afecto que teníamos entre los dos. Contiguo con esto, las habituales manifestaciones psicopáticas antes de las partidas de su madre al extranjero desaparecen y aparecen irrupciones psicosomáticas de tinte conversivo que se manifiestan en dolores abdominales agudos y diarreas. Acude al gastroenterólogo y no encuentran agente patógeno ni lesión orgánica.

DISCUSIÓN

Por razones de espacio lamento el hecho que debo prescindir de contextualizar Andrés a fondo en la constelación específicamente adolescente en la que se encuentra. A falta de una detallada exposición, tengamos como telón de fondo el recrudecimiento pulsional, los duelos múltiples, los cambios en las investiduras, los procesos identificatorios típicos y la severa reorganización del psiquismo que todo esto implica.

Partiendo de la base de que el Edipo se organiza en función de aquello que lo precede, me parece que el eje central de sus dificultades es una paradoja en la que los aspectos carenciales –madre poca afectiva y pérdidas tempranas de padre y cuidadora– se han tornado excesivamente peligrosos para atreverse a intentar repararlos por la resignificación edípica que habrán adquirido. Una significación muy difícil de elaborar porque no existe ni un padre real, ni un tercero suficientemente bien instalado en el psiquismo de la madre, que ponga los límites necesarios para protegerle del incesto. A eso se añade la muerte del hombre que actuó como su padre cuando Andrés tenía 4 años, lo cual puede haber promovido una fantasía omnipotente de que sus deseos parricidas podían realizarse de hecho.

Y viceversa, el Edipo se vuelve inelaborable no sólo por ausencia paterna, sino también porque existe una hemorragia narcisista cuya demanda de reparación tuerce el desarrollo del erotismo y la agresividad en función de poder rellenar un capital narcisista deficiente. De esta paradoja se organiza el evidente vínculo sado-masoquista de Andrés con su madre.

Las carencias de afecto crean fijaciones primarias que para ser elaboradas requieren un trabajo de duelo en un contexto regresivo. De por sí esto es un trabajo doloroso, pero se vuelve mucho más difícil si está amalgado con pulsiones edípicas cuya expresión fantasiosa en un marco tan primitivo suele ser terrorífico. El resultado es la instalación de relaciones objetales que se mueven en la dialéctica de intensa necesidad, casi fusional, y la huida ante la repentina proximidad del objeto abandonante que se ha fundido con un objeto edípico incestuoso o parricida. Me parece que esto es lo que ocurre en la transferencia de Alexis.

Los movimientos transferenciales-contratransferenciales nos pueden guiar para entender qué aspecto de su mundo interior se está manifestando. Unas veces tiene que ver con lo que él describe de la relación con su madre, a la que tanto necesita y con quien explota si se acerca demasiado, y cómo revive eso conmigo: me seduce, me hace reír, piensa y se comunica, pero en cuanto me siente cerca, huye despavorido ante el miedo de que explotaremos. Una huida que vuelve a dejarle solo y que manifiesta su generalización en su falta de amistades cercanas o grupo de amigos.

Otras veces los vaivenes tienen que ver con sus dos padres —el biológico y el adoptivo— los cuales él busca en mí con su examen de la consulta y mi persona. La contrapartida a esta búsqueda es su correspondiente fuga expresada en que venir a la terapia es como un castigo para él y que quiere venir a verme 0 veces a la semana. Le interpreto que quizá quien quiso verle 0 veces a la semana fue su padre biológico y que puede ser que él tenga mucho miedo ante la posibilidad de necesitarme por lo que ocurrió cuando necesitó y quiso a su padre adoptivo.

Me parece que en el caso de Andrés el afecto intolerable contra el que se defiende es el amor y el riesgo de dependencia mortificante que conlleva. No obstante, aquí es donde lo diferenciaría de una psicopatía francamente instalada ya que Andrés ha encontrado una formación de compromiso a través del funcionamiento histérico que le permite seguir buscando fuentes de afecto a través de una fascinación superficial. Está atrapado entre su necesidad y su miedo y solo puede manejarse en las aguas someras de la seducción histérica y la actuación psicopática cuyo resultado es una soledad penosa.

Considero que la cercanía afectiva es intolerable para Andrés por las siguientes razones:

  1. En los niveles más evolucionados, porque le evoca demasiado fácilmente el incesto y la culpa por el parricidio, lo cual nos llevaría a preguntarnos por la constitución de su super-yo.
  2. A nivel algo más deficitario le remite a la cualidad defectuosa de la relación afectiva con su madre, a una falta básica, como diría Balint.
  3. A nivel abandónico, porque su experiencia es que no se puede confiar en quien se quiere porque se muere como su padre adoptivo.
  4. Y finalmente, me pregunto si él no sentirá que intrinsecamente no tiene valor suficiente para ser querido, como no lo fue por su padre biológico.

A pesar de haber pensado que el tratamiento estaría constantemente invadido por el colegio o saboteado por su madre de quien pensé que no toleraría la exclusión que le supone, no ha sido así. Y, aunque la madre me dispense sólidos rapapolvos cuando viene a entrevistas de seguimiento, reconoce que Andrés está mucho mejor, menos enloquecido.

Quisiera concluir con un apunte técnico. Andrés me enfrenta sistemáticamente con la castración, con mi inexperiencia y la incertidumbre. He creído entender que él solamente puede enfrentarse a sus conflictos en la medida en que observa que no soy omnisciente, sino que también no sé y también me equivoco. Andrés me lleva incansablemente a sufrir yo aquello que él no puede soportar y necesita observar mi falta en ese momento. Pero hay otra necesidad, ligada a ésta. Necesita ver que sobrevivo a la castración, y me pregunto si eso no podría ser un deseo de descubrir e identificarse con una renuncia que no tiene por qué jugarse exclusivamente en el terreno de la catástrofe narcisista, sino que sencillamente permite continuar siendo, sea uno él que sea.

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