Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La observación de bebés en una unidad funcional de atención a la salud mental de la primera infancia (UFAPI)

PDF: artigue-observacion-bebes.pdf | Revista: 37-38 | Año: 2004

Tercera observación. Soraya tiene 5 meses y 9 días. (Fragmento).

La madre acaba de cambiarla, la coge en brazos y la estira encima de su cama. Busca su ropa y me dice que Soraya siempre la moja mientras come o bebe (¿Incontinencia, en el sentido del objeto “que resbala de su boca, que resbala de dentro”?).

Le quita la camiseta que lleva y le pone un body. Soraya está tranquila, mira a su alrededor y va moviendo las piernas suavemente. Dolores me dice que no sabe qué más ponerle de ropa. Me pregunta si hace calor y yo le contesto que hoy ha refrescado un poco. Busca más ropa en los cajones, unos pantalones largos, pero sigue diciendo que no sabe qué hacer, que si la abriga luego suda y se constipa y es peor. Le pone unos pantalones, se los vuelve a quitar, le están pequeños, al final encuentra unos y se los deja puestos, aunque son iguales que los otros. Soraya sigue quieta, aunque lo mira todo. No hay contacto ocular con la madre.

Mientras la va vistiendo, me comenta que ha empezado a darle papilla de frutas y que parece no gustarle mucho, que le cuesta acabársela. Me pregunta si es normal y yo le contesto que quizás sí, que tendrá que acostumbrarse a un gusto nuevo.

(La necesidad de esta madre y de esta familia del “cuarto mundo” es tan grande que necesita todo tipo de orientaciones y apoyos… Y algo así debe haber sentido la observadora para lanzarse a dar respuestas u orientaciones, aunque prudentes, pero saliéndose de su papel de “observadora benevolente”.)

Coge a la niña en brazos y salimos al comedor. La tiene unos minutos en brazos. Soraya me mira. Su cuerpo se tambalea, sus brazos cuelgan. La deja en la tumbona y pone varias cosas: dos muñecos de trapo, una bolsa, un cuento de plástico, dos sonajeros con llaves… Soraya coge enseguida el cuento con una mano, la derecha, y lo chupa, pero se cansa pronto. Lo deja y se decide por uno de los sonajeros de llaves. Empieza a moverlo con su mano izquierda. La derecha permanece inmóvil, bajo el cuento y uno de los muñecos: Se mete el sonajero en la boca y lo chupa.
Lo hace varias veces. (En el seminario pensamos que, posiblemente, el destete ha sido brusco, inadecuado, que la oralidad de la niña, si sigue siendo llamativa, lo recordará durante meses). La madre va a la habitación a recoger la ropa de S. En ese momento, llega el abuelo, me saluda y me explica “que está lloviendo mucho, que ha venido a cambiarse, que iba a comprar pero que se ha mojado”. Mira a Soraya y la saluda. Comenta que “hoy ha dormido mucho, que otras veces se queda dos o tres horas despierta, pero hoy no. Que se ha despertado a las ocho, como siempre, que le ha dado el biberón y enseguida se ha vuelto a dormir”. Se va hacia dentro y saluda a su hija.

(El abuelo es la única persona que ayuda cada día a la madre, él único que está en casa. La abuela materna de Soraya vive en una ciudad a 600 kilómetros de distancia. El padre de Soraya, en estos momentos, no se sabe quién es, ni dónde vive, ni la relación de la madre con él… Y es delicado que los pediatras pregunten demasiadas cosas en este caso: parece que la frágil unidad familiar vive con el temor latente a que “servicios sociales les quite a la niña”.)

Soraya sigue jugando con el sonajero: Está tranquila. De vez en cuando me mira y se ríe. Luego gira la cabeza y sigue chupando el objeto a la vez que emite sonidos.

Vuelve el abuelo y me dice que “ha tenido que cambiarse porque si no lo hace se constipa enseguida, que a la que se moja los hombros coge unos resfriados muy fuertes, que le duran mucho tiempo y que está delicado”.

(El propio abuelo está mencionando la fragilidad familiar y su fragilidad ante el papel que le está tocando jugar)

(…) Se queda mirando a Soraya y me dice que “la niña está muy bien, que se ríe mucho, que no sabe si es normal que se ría tanto”. Yo le miro y hace un gesto de no saberlo.

(En realidad, padre e hija están tan desorientados y sólos ante la maternidad…).

Continúa diciendo que no sabe si los otros niños son así y que él ya no se acuerda de lo que hacían sus hijos cuando eran pequeños (No es el papel del abuelo hacer de padre…). Me continúa explicando que Soraya ha empezado a comer papilla de frutas pero que no se la come muy bien. A todo esto, Soraya no deja de mirar a su abuelo. Apenas se mueve y sigue entretenida con el sonajero, chupándolo.

(Parece muy “fijada” al objeto parcial. ¿Al pezón que le falta?).

Viene Dolores y se sienta en una silla del comedor. Le dice a su padre que no se come bien la papilla. El abuelo me pregunta si es normal (Otra vez es patente la desorientación de padre e hija y cuánto les desborda esta maternidad. De ahí lo adecuado de la observación y el resto de medidas puestas en marcha en la UFAPI, todas ellas basadas en la máxima prudencia, en “intervenir” lo menos posible).

Le contesto que seguramente tendrá que acostumbrarse al nuevo sabor, que lo debe encontrar diferente. El asiente y su hija comenta que “hasta ahora Soraya ha sido un lactante puro, que se ha alimentado de pecho un poco y luego a base de leche y cereales”. Soraya mira a su madre, sigue con el sonajero en la mano, lo va chupando, de vez en cuando emite sonidos…

(Evidentemente, el destete está por medio y la niña necesita agarrarse más al sustituto del pezón de lo que habíamos vito en observaciones anteriores. A la madre no se le ha puesto en contacto a tiempo con asociaciones “profanas” de ayuda a la lactancia materna. Visto desde el momento, tal vez fuera difícil. Pero en esos días pensamos que hubiera sido indispensable y que el error o la falta de decisión había sido nuestra, de la propia Unidad Funcional. Luego veremos que las cosas son aún más difíciles.).

Siguen hablando entre padre e hija. El abuelo pregunta a Dolores que si Soraya se comió ayer la papilla de fruta. Ella le contesta que sí, pero que dejó un poco. Su padre le dice que por la mañana se ha dejado bastante biberón, casi 50. Me explican entre ambos que Soraya sabe muy bien con quién come: que si le da el biberón el abuelo nunca se lo acaba del todo. En cambio, con su madre sí. (La niña diferencia, a pesar de que a ellos les cuesta diferenciarla). Dolores dice que es a ella a quien le tiene miedo. Que como ella insiste, debe ser que se lo come para que no la fuerce más. Le dice a su padre que él no tiene paciencia, que se cansa. Él me mira y me dice que no quiere forzarla, que en cuanto ve que no quiere más la deja tranquila y que su hija insiste más. Por eso con ella se lo acaba. Me dice que no saben si es mejor una cosa o la otra.

…Más adelante, en esta tercera observación, la madre intenta jugar con Soraya, pero Soraya tarda mucho en responder. Al fi nal, mira a su madre y se ríe. (…) La madre intenta encontrarse con la mirada de la niña y no puede. Soraya cruza nunca la mirada con ella. Entonces la madre se levanta y la pone en el rulo. Soraya no toca el suelo y su madre la balancea un poco.

(¿Hay que insistir porque es hipotónica, también para “agarrar al objeto”?. Y eso significará un retardo emocional, pero también psicomotriz y cognitivo…)

En las observaciones siguientes vemos como, poco a poco, la niña va recuperándose, hasta el extremo de que, ya en la quinta observación, cuando tiene 5 meses y 23 días, observamos que, tras darle el biberón, cuya última parte Soraya ha rechazado activamente, la madre incorpora a Soraya, le limpia la cara y los mocos con el babero y le vuelve a cambiar la tetina del biberón, para que siga comiendo. Lo intenta de nuevo. Soraya se enfada mucho y muy activamente: retira el biberón, se estira, hace fuerza. En ese momento, Dolores empieza a cantarle “Cinco lobitos” y entonces Soraya se calla: mira a su madre y con la mano derecha le va tocando la cara, incluso la pellizca. Con la otra, coge el biberón (Jugando con el objeto sí se puede introyectar al Objeto). Pero no dura mucho tiempo así: De nuevo, se enfada, se quita el biberón de lo boca, llora: no quiere. Está claro. Incluso se pone las manos delante de la cara, se estira, gruñe. Su madre se enfada con ella y le dice “¡Soraya, hombre!” (¡y es una niña!).

Cambia de táctica: primero sienta a la niña mirando hacia ella. Luego, la pone de pie, también mirando hacia ella. Soraya le coge la ropa y acerca su rostro al de su madre. Dolores le acaricia la espalda y le da golpecitos suaves, con lo cual Soraya hace un eructo. Mientras la tiene así, la madre coge el biberón, se pone un poco de leche en la mano, mirando la temperatura: “Está fría. Lo voy a calentar”. Ambas se van hacia la cocina. Mete el biberón en el microondas mientras sujeta a Soraya con su brazo izquierdo. Se sienta en una silla esperando al microondas y me dice que “Soraya la tiene amargada con la comida”. Vuelve a poner a la niña sobre su brazo izquierdo. Soraya se pelea con el biberón, se lo retira con las manos, protesta enérgicamente, estirando todo su cuerpo… Y así continuará la observación durante más de un cuarto de hora.

Pero, a pesar de esos avances en las capacidades expresivas y posturales de Soraya, en la Unidad Funcional (UFAPI) estábamos muy preocupados por la epilepsia de la madre y, ante su hipotonía, confusiones, “despistes”, torpezas, empezamos a temer qué tipo de tratamiento estaría utilizando. Los pediatras no lo sabían y el médico de familia, ni conocía a la paciente, o sea que no había vía de aclararlo… salvo en la observación. Y fue ya en las primeras observaciones cuando el abuelo, insistiendo en la epilepsia de su hija, nos comentó que ingería cuatro medicamentos para la epilepsia (cosa más bien rara). De ellos, dos o tal vez tres, eran benzodiacepínicos, alguno sin propiedades anticomiciales: sólo tranquilizantes. Y todo lo ingería en dosis altas. Para colmo, enseguida quedó claro que no se sabía las dosis que en realidad ingería: la mismas confusiones y olvidos con respecto a los biberones, comidas, la cantidad, eran aplicables las dosis de fármacos que la madre ingería. Desde luego, la hipotonía materna quedaba explicada y más que explicada por esas dosis de benzodiacepinas miorrelajantes. También, al menos en parte, sus confusiones, olvidos, dificultades cognitivas, etc. Y por otra parte, la situación proporcionaba al menos indicios de cómo la hija, tras un posible síndrome de dependencia postparto, se estaba identificando con una madre hipotónica a nivel muscular, que transmite esa hipotonía mediante el contacto corporal, pero también a nivel relacional: su propia madre no sostiene ni el embarazo ni a la diada, como tampoco el padre ni la niña, ni el abuelo… A lo largo de la observación, pudimos entonces asistir a momentos de nuevo “derrumbes hipotónicos” (observación 11). Estaba clara la inadecuación de la medicación. Tan clara que incluso la pediatra le recomendó a la madre una nueva interconsulta por su supuesta “epilepsia”. Pero la dependencia de la madre con respecto al neurólogo “de hospital” que la llevaba era total, y a ella habría que añadir, probablemente, una dependencia farmacológica y, tal vez, elementos de la típica adhesividad epiléptica. El resultado es que la madre se negó a consultar con otro neurólogo.

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