Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Los orígenes de la identidad

PDF: bernardi-origenes-identidad.pdf | Revista: 17-18 | Año: 1994

Ricardo Bernardi
Profesor de Psicología Médica, Facultad de Medicina de Montevideo.

Ponencia presentada en el VIII Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (S.E.P.Y.P.N.A.) que bajo el título “La identidad y sus trastornos” tuvo lugar del 21 al 23 de octubre de 1994 en Toledo.
NOTA DEL EDITOR: En la ponencia se presentaron videos. Se ha tratado que las referencias a ellos sean lo más claras posibles.

El concepto de identidad hace referencia a la experiencia de continuidad y mismidad del self, como algo que mantiene su permanencia en medio de los procesos de cambio y crisis. Unir identidad y cambio implica una cierta paradoja, ante la que fracasaba un niño psicótico, que se preguntaba angustiado cómo haría para saber que seguiría siendo él mismo cuando creciera. La identidad es precisamente esa experiencia de continuidad a través de las transformaciones del tiempo y las circunstancias.

Los trastornos de la identidad, tema elegido por este Congreso, poseen especial interés en la época actual. Por un lado se ha incrementado el estudio de los cuadros clínicos borderline o narcisistas, en los que los problemas de la identidad ocupan un lugar central. Pero al mismo tiempo este fin de siglo nos obliga a reflexionar sobre el lugar que ha pasado a ocupar la subjetividad en la crisis de la modernidad. Junto con el descubrimiento del inconsciente el siglo debutó con el anuncio nitzcheano de la muerte de Dios, y en ese mundo desacralizado hemos visto desplegarse distintos proyectos colectivos, tanto humanistas como antihumanistas. Cuando Erikson escribió sus ensayos sobre la identidad, a mediados del siglo, la identidad individual estaba enmarcada en proyectos colectivos vigorosos y confrontados entre sí. Pero a medida que nos aproximamos al final del siglo, se han vuelto predominantes los temas que anuncian la muerte, no ya de Dios, sino del hombre y de sus utopías, y con ellas, el fin de la historia, el vacío, la futilidad y el desencanto. Pero a modo de un retorno de lo reprimido, junto a éste relativismo escéptico encontramos, en el otro extremo. La afirmación intolerante de las identidades nacionales, o grupales, que hacen reaparecer por un lado inesperado los emblemas identificatorios cuya necesidad parecía haber caducado.

Cuando desarrolló su concepto de identidad, Erikson lo situó en el cruce de un psicoanálisis abierto a las ciencias sociales y de una psicología social capaz de incluir los dinamismos psíquicos. En esa misma línea se ha señalado que el incremento de las patologías narcisistas guarda relación con la crisis de las estructuras familiares y sociales que son su sostén. Esto conduce el interés hacia la forma en la que los procesos intrapsíquicos y sociales confluyen para dar origen a la identidad. ”De la filiación a la afiliación” titulaba S. Lebovici sugestivamente uno de sus trabajos.

¿Cómo articular conocimientos provenientes de distintas disciplinas? Sabemos que no es posible simplemente yuxtaponerlos pues los paradigmas propios de cada campo de conocimiento tienden a crear su propio lenguaje, potencialmente inconmensurable con el de los demás. Pero no se trata de excluir: este fin de siglo también nos ha hecho menos afectos a las grandes síntesis o a las verdades absolutas de escuela. Confiamos más en las verdades parciales y en la confrontación trabajosa y humilde entre las distintas disciplinas, que respete lo especifico de cada una de ellas a la vez que estimule el surgimiento de nuevos métodos e hipótesis.

Mi perspectiva será la de un psicoanalista interesado en los estudios interaccionales y epidemiológicos sobre el desarrollo. Esto hace necesaria una aclaración. Si bien el psicoanálisis ha puesto su énfasis en los aspectos intrapsíquicos, para comprender mejor la contratransferencia, los tratamientos de pareja y familia, y los fenómenos sociales, debió diferenciar y prestar también atención al espacio vincular y al espacio transubjetivo en el que se da la relación del individuo con el contexto macrosocial al que pertenece (J. Puget e I. Berenstein).

A estos tres espacios: intra, ínter y transubjetivo, es necesario agregar el espacio corporal: la noción freudiana de pulsión pone de manifiesto la relación a la vez de interioridad y de exterioridad que existe entre el cuerpo y el psiquismo, al hacer referencia al trabajo que los estímulos procedentes del interior del organismo imponen al aparato psíquico. Para considerar el tema de esta conferencia, los orígenes de la identidad, es útil partir del estudio de los espacios corporal y vincular.

Erikson decía que el desarrollo de la identidad comenzaba en el primer encuentro verdadero de la madre con el niño como dos personas que pueden tocarse y reconocerse una a la otra. De la cualidad de este encuentro entre las capacidades más o menos coordinadas de ambos, decía, dependerá el sentido de identidad del niño, de ser uno mismo y de confianza hacia el ambiente.

¿Qué significa “reconocerse uno al otro”, madre e hijo, en las primeras interacciones y de qué manera comienza allí el desarrollo de la identidad del niño?

Para considerar esta pregunta abordaré tres niveles:

  1. El reconocimiento mutuo en la interacción corporal temprana
  2. Las representaciones maternas acerca del niño.
  3. La resignificación que el sujeto hace de las experiencias vividas en su historia.

1. EL RECONOCIMIENTO DE SI MISMO Y DEL OTRO EN LA INTERACCION CORPORAL TEMPRANA

¿Qué es lo que madre e hijo reconocen inicialmente uno en el otro?

Espero poder ejemplificarlo en unos fragmentos de vídeos filmados por un neonatólogo, el Dr. José L. Díaz y que hemos estudiado conjuntamente. Pertenecen a la puesta al pecho dentro de las primeras 72 horas de vida del niño.

En el primero de ellos es posible apreciar:

  • La forma en la que la madre, junto al alimento da el sostén (holding) y la contención a la experiencia de interrelación.
  • La búsqueda del acople mutuo a través de movimientos de complementación y de concordancia, que, como ha sido señalado, tendrán luego las características de danza (estamos en presencia de sus precursores).
  • Los movimientos de complementación:
  • Los estímulos a través de distintas modalidades sensoriales (caricias, movimientos, peinado) se corresponden con la capacidad del niño para lograr percepciones multi o amodales.
  • Para que el niño deje de llorar, y pase a un estado de conciencia más apropiado para la mamada, la madre calma su llanto intercalando su voz en las pausas del llanto, intercalando “no llores… no llores”. A su vez al hablar deja espacios como si el niño contestara, o en una suerte de ventriloquismo contesta por él con voz aniñada.
  • Las experiencias de concordancia: la madre busca engancharlo a través de una sincronía de ritmos. Vemos también fenómenos de contagio o imitación que favorecen la identificación: la madre succiona junto con el niño.
  • La canción de cuna promueve una envoltura sonora que regula y hace coincidir los ritmos de ambos.

    Madre e hijo establecen los márgenes dentro de los cuales dan los comportamientos complementarios y concordantes que caracterizan las formas de encuentro y separación.

    Los estudios pioneros de Racker habían puesto de manifiesto que la contratransferencia del analista se daba sea en forma complementaria, cuando se identificaba con un objeto interno con él cual el paciente interactuaba, sea en forma concordante, cuando compartía una misma emoción. Los actuales estudios empíricos en el campo de la psicoterapia tienden a confirmar la existencia de fenómenos interactivos similares a los que estamos estudiando.

    Atendamos ahora a lo que nos muestra un vídeo centrado en la actividad del niño, tomado cerca del fin de la mamada:

    • La actividad nutritiva se combina con la exploratoria. Todo el cuerpo, incluso el cierre de los ojos, se concentra en la exploración oral del cuerpo materno.
    • Los movimientos rítmicos del pezón que la madre provoca con su mano, sirven no sólo para desencadenar el reflejo de succión, sino que dan pie a un diálogo corporal, que va mucho más allá de la actividad refleja.

    Estamos en presencia de los primeros pasos en lo que Brazelton (1979, 1990) ha llamado la integración primordial: el niño tiene que controlar sus estados de conciencia y sus sistemas motores y autónomos y permitir o no la recepción de estímulos. De esta forma inicia un desarrollo que, a través de distintos estadios, lo conduce desde estas primeras manifestaciones de un self emergente (Stern, 1985) a la adquisición de una creciente autonomía, a medida que constata su capacidad de control sobre sí mismo y sobre el ambiente.

    Este reconocimiento del propio cuerpo en el vínculo interactivo es uno de los precursores de la identidad.

    ¿Cuáles son las vivencias subjetivas de este self emergente? Desde el psicoanálisis se han propuesto distintos modelos de lo que podrían ser los inicios de la vida psíquica. Algunos autores han defendido la existencia de un yo inicial (p. ej., M. Klein), otros (p. ej. M. Mahler) la existencia de una fase de simbiosis y también se ha postulado un estadio inicial anobjetal o de autismo primario, difícil de conciliar hoy día con la rica capacidad de relación que muestra el recién nacido. También se ha sugerido que más que de un estado de simbiosis correspondería hablar de momentos de fusión transitorios (F. Pine, citado por Hoffmann, 1994). Distintos autores (D. W. Winnicott, H. Kohut, Bion) han propuesto modelos más complejos de la relación entre el objeto externo, el objeto interno y el desarrollo del self.

    El diálogo entre los estudios interaccionales y el psicoanálisis pasa en buena medida por la comprensión de las relaciones entre las representaciones de la interacción que puede formar un bebé en estado de vigilia tranquila y los problemas que encuentra el psicoanálisis en la integración de los impulsos libidinales y agresivos por un lado y por otro con los problemas creados por la ausencia del objeto, la simbolización y los fenómenos de desinvestimiento.

    En el siguiente vídeo muestra las dificultades del encuentro inicial entre una madre y su bebé. Si bien estas dificultades no impiden la mamada, muestra la dificultad para los movimientos de complementariedad y concordancia y el desasosiego cuando fracasan los intentos de acople. La madre, ansiosa e hiperactiva no parece dar tiempo a que se sincronicen los ritmos. Ambos muestran por momentos reacciones de evitación mutua. Esto continúa hasta que un grito del bebé, equivalente a un “¡Basta ya!”, acompañado por una expresión en espejo de la madre, pone fin transitoriamente a la situación y conduce a una distensión mayor y a permitir una mamada más exitosa.

    ¿Qué sugiere este video?

    • Los afectos, como en este caso el displacer y el disgusto expresado en el grito parecen cumplir una función esencial de comunicación.
    • El niño puede ser requerido muy tempranamente a ejercer cierto control sobre un ambiente no empático. De persistir, una situación de este tipo puede obstaculizar el desarrollo de un self cohesivo (Kohut) o verdadero (Winnicott) o generar situaciones de indefensión adquirida (Seligman). El estudio de videograbaciones de la alimentación en el segundo semestre tiende a confirmar los efectos negativos de la falta de reconocimiento a las iniciativas y autonomía del niño (Hoffmann, 1994)
    • Los afectos correspondientes a los “estados pico” como el grito, parecen tener efectos diferentes a los de los estados de base como los que presenta el 2º vídeo. Mientras estos permitirían una actividad cognitiva discriminatoria, los picos afectivos favorecerían la internalización de experiencias con objetos totalmente buenos o totalmente malos, con el cual sería difícil la discriminación (Kernberg, 1991)

    Este último punto permite retomar los problemas desde la perspectiva psicoanalítica señalada más arriba.

    Para la actual teoría de las relaciones objetales la integración de los impulsos agresivos y libidinales es esencial para la adquisición de la identidad. Kernberg (1980) define la formación de la identidad como el proceso intrapsíquico de integración de las representaciones del self investidas libidinalmente y agresivamente en un self cohesivo, proceso que ocurre paralelamente a la integración de las representaciones del objeto investidas en forma libidinal y agresiva. Para Kernberg la identidad del yo es el resultado de este proceso de integración intrapsíquica.

    Para Bion una madre continente es la que permite transformar experiencias displacenteras no metabolizables en elementos capaces de ser pensados (elementos alfa).

    Para completar el panorama y seguir adelante con nuestro recorrido es también necesario atender a los autores franceses que han puesto el énfasis en los procesos relacionados con la ausencia, los procesos de desinvestimiento, la simbolización y las discontinuidades y a posterioris de la historia. Volveré sobre esto al considerar el punto siguiente.

    2. LAS REPRESENTACIONES MATERNAS ACERCA DEL NIÑO

    Observemos ahora un fragmento de lo que dice la madre en este tercer video:

    “Yo sé, yo sé que te frustro…”
    “Mamá necesita una almohada”
    “Pon tu lengua abajo…vamos…” (intenta dirigir la cabeza del niño).
    “Aaahh…” (Grito del niño). –“Aaahh…” (Expresión de la madre), (la madre se distiende; el niño succiona)
    –“Cuando te pones furioso… cuando te pones furioso, ¡Tú sabes lo que tienes que hacer!…”
    –“¿Está mucho mejor, no? Fue difícil someterte –eres un buen niño…sí”
    .

    La madre reconoce que el grito del niño ha hecho cambiar la situación y da su interpretación: “cuando te pones furioso, sabes lo que tienes que hacer”, pero en seguida aparece la interpretación opuesta: “Fue difícil someterte”.

    ¿Qué significan este tipo de interpretaciones maternas? En las últimas dos décadas se han desarrollado numerosas investigaciones sobre este tipo de fenómenos.

    • La madre ejerce inevitablemente una violencia primaria sobre al niño, pues su interpretación lo convierte en su “sombra hablada” (Piera Aulagnier).
    • Es preciso distinguir el bebé real del imaginario (preconciente) y del fantasmático (inconsciente) (S. Lebovici).
    • El bebé es objeto de la proyección o “transferencia” de los objetos internos de los padres que de esa manera convocan los fantasmas familiares en la nursery (Selma Fraiberg).
    • Las pautas de apego y los modelos operativos internos (workings models) o escenarios representativos que las caracterizan son objetos de transmisión transgeneracional (Bowlby, M. Ainsworth, Ch. Zeanah y otros).
    • El mundo interno parental se “materializa” en el niño que adquiere así las características de un objeto interno, una estructura psíquica o una extensión del psiquismo de los padres (Escuela de Ginebra: B. Cramer, F. Palacio Espasa, J. Manzano).
    • Todo mensaje de los padres puede constituir un “significante enigmático”, pues incluye un resto inconsciente capaz de ejercer un poder de seducción sexual en el niño: el ponerse furioso o someterse, pueden no sólo convocar la imagen de antepasados sino también ser vividos como la invitación a tomar parte en una escena sadomasoquista.
    • Por último, es preciso tomar en cuenta el contexto sociocultural: diferentes sociedades pueden entender de diferente manera la relación entre ponerse furioso y conseguir lo que se quiere.

    Estas distintas capas fantasmáticas no son ciertamente algo a eliminar: el niño debe atravesarlas para que su sentido de filiación adquiriera densidad y espesor humano.

    Tomadas en conjunto, estas investigaciones de la últimas dos décadas han puesto en evidencia el peso de las representaciones parentales que tienden a ser proyectadas en el niño, obturando el reconocimiento de lo propio y singular de su identidad.

    Ya Helen Deutsch había señalado que la madre debe pasar de un investimiento predominantemente narcisista del hijo –al que vive como parte de sí misma (o de sus objetos internos)– a una investidura objetal que permita reconocerlo como un otro diferente.

    Más arriba nos interrogamos sobre los estadios iniciales del self del niño. Podemos ahora dirigir la pregunta hacia la madre y preguntarnos si en su relación con el niño ella supone en el un yo inicial, un estado de simbiosis o si se dan fenómenos más complejos.

    Para contestar a esto voy a referir algunos datos que hemos recogido en 49 madres de una población hospitalaria no seleccionada. Las madres tenían entre 15 y 39 años con una media de 23 años. Treinta y siete eran multíparas y doce primíparas. El nivel socioeconómico era bajo o medio-bajo y en 11 casos carecían de compañero en el hogar. La edad media de los niños era de 4 meses, (entre 2 y 9 meses).

    I. ¿Son los niños inicialmente representados como capaces de tomar iniciativas y dar comienzo a la interacción? ¿Cómo se prepara la madre para lo imprevisto y espontáneo del niño?

    Encontramos que la mayoría de las madres recordó haber tenido, durante la época del embarazo, algún tipo de representación del niño; la ausencia de recuerdos se asoció con problemas severos de apego.

    Más de la mitad recuerda haberse representado al niño como un tercero diferente de ellas mismas, en escenas que podían implicar interacción o no con esta persona (p. ej. en el primer video, cuando la madre dice: este niño que me regaló el Señor). En general este tercero solía ser el padre pero también fueron mencionados hermanos, abuelos, o personas allegadas.

    Los entrevistadores evaluaron si algún tipo de los recuerdos evocados incluían escenas de interacción en las que el niño fuera participante activo. Esto se dio en la mitad de las madres, pero sólo una cuarta parte atribuyeron al niño algún tipo de iniciativa.

    Vemos que existe una disminución progresiva en los porcentajes a medida que las representaciones implican una mayor actividad, autonomía o independencia del niño frente a la madre.

    Por lo general las representaciones que implican autonomía parecen surgir a consecuencia de actividades del niño que las imponen (por ej.: movimientos fetales, autorregulación de la succión, de la defecación, etc.) y son primeramente reconocidas y respondidas a nivel de la interacción corporal antes que a nivel representacional. Es como si el niño con sus acciones desarrollara progresivamente ese espacio en la psique materna. Al principio pueden tener una connotación displacentera, como si perturbaran la fantasía de unidad narcisista e incluso si son precoces e intensas pueden indicar dificultades de apego.

    El testimonio de embarazadas capaces de una actitud de autoobservación e incluso de autoanálisis confirma estos datos. Dice una embarazada: “A los dos meses y medio, me descubro sintiendo a mi embarazo como algo que me concierne solo a mí, y me molesta pensar en el bebé como otra persona: me doy cuenta que lo pienso como estático y como una posesión sólo mía”.

    Estos testimonios muestran otro fenómeno de la mayor importancia: durante el embarazo las representaciones del hijo constituyen una especie de caleidoscopio de múltiples y mutantes posibilidades, en el cual alternan y coexisten representaciones distintas, complementarias algunas, antagónicas otras, que van y vienen como una marea representacional. En este caso, lo incontrolable y potencialmente atemorizante de la realidad pone un segundo límite a la fantasía omnipotente de la madre de anticipar a su bebé y refuerza la apertura a las características inciertas del niño.

    Esta “marea representacional” requiere un buen funcionamiento del preconsciente de la madre, en el sentido de las funciones señaladas por Pierre Marty (1990): espesor, fluidez y permanencia de las representaciones de diferente cualidad fantasmática, a las que la situación del embarazo moviliza de un modo particular.

    II. ¿La madre vive como simbiótica su relación con el hijo?

    Interrogadas acerca de la transmisión de afectos de la madre al niño la casi totalidad de las entrevistadas cree que el niño percibe sus estados afectivos desde los primeros meses del embarazo. La mitad de ellas piensa que la madre trasmite al feto lo que ella está sintiendo en forma idéntica (es decir, que el niño siente exactamente lo mismo que ella, p. ej., angustia, tristeza, etc.) y sólo una cuarta parte opina que el niño al percibir los sentimientos de la madre reacciona “a su modo”, es decir, en forma propia, lo que implica por lo tanto algún tipo de interacción afectiva. Un sexto no pudo definirse por ninguna de las dos modalidades y sostuvo que se daban ambas. Sólo tres madres negaron todo tipo de transmisión de afectos con el feto, tratándose de madres que mostraban dificultades de apego o estados de angustia importante.

    Luego de nacido el bebé la idea de que continúa la transmisión idéntica de los afectos se encontró solamente en la cuarta parte mientras aumentó la creencia en la forma interactiva. Un quinto sostuvo que luego del nacimiento ya no existía transmisión de afectos.

    Estos resultados sugieren la casi universalidad de la convicción de una situación simbiótica o fusional con mecanismos de transmisión de tipo contagio o especulares. Tras el parto, si bien se mantiene la creencia en la transmisión afectiva, pasa a predominar un mecanismo que implica mayor diferenciación entre los sentimientos del niño y los de la madre.

    Madres y psicoanalistas parecen creer en la existencia a niveles originarios o regresivos en fenómenos de naturaleza regresiva o fusional, al mismo tiempo, como dije antes, actúan de manera tal que suponen un otro diferenciado al que hay que “enganchar” para la interacción. probablemente ambas cosas sean verdad en una forma que revela una de las complejidades de la mente humana.

    III. ¿Cuándo y cómo el niño comienza a diferenciarse?

    Al cuestionar sobre la edad en la que, para la madre, el niño puede expresar determinado o determinadas necesidades, deseos y estados afectivos, obtenemos una gran dispersión en las respuestas.

    Para el hambre, el sueño y los sentimientos de alegría, algo más de la mitad de las madres opina que el niño puede expresarlos en los primeros dos meses de vida, pero el 40% restante da respuestas muy dispares, llegando una de cada 10 madres a colocarlos después del primer año de vida.

    La expresión de afectos como la tristeza, el enojo, o el reclamo de “mimos” (es decir, expresiones de ternura) por parte del niño son reconocidos más tardíamente que los anteriores, aumentando el número de madres que los ubica entre los 3 y los 5 meses. Un quinto de las madres no logra dar una edad de comienzo para la expresión de tristeza.

    Las madres califican como “mañas” un fenómeno especial, que caracteriza de parte del niño una búsqueda activa e intencional de ciertas satisfacciones, (por ej., ser alzado en brazos), ejerciendo un manejo o coerción sobre la madre, generalmente a través de un llanto con características de queja o protesta. Las “mañas” tienden a ser reconocidas más tempranamente que los “mimos’, con un perfil similar al del hambre o el sueño, pese a que son interpretadas como un comportamiento que implica mucha mayor complejidad.

    Resulta interesante señalar que interrogadas respecto a cuando un niño comienza a querer cosas distintas a las de la madre sólo una de cada siete lo refirió a los primeros dos meses mientras una de cada tres entendió la pregunta de un modo tal que su respuesta fue después de los seis años.

    De estos datos se desprende que en la madre coexisten diferentes representaciones que pueden implicar cierto grado de contradicción lógica o incompatibilidad entre sí, sin que exista conciencia o interés por esta contradicción. Por ej., en relación con los afectos, como hemos visto, muchas madres afirmaron que percibían que podían transmitir al niño sus estados emocionales, por ej., angustia o tristeza, desde el embarazo. Sin embargo esas mismas madres afirmaban que este estado sólo podía verse en niños mayores de un año. Del mismo modo a la vez que afirmaban que el niño empieza a querer cosas distintas después del año, sostenían que el niño tiene “mañas” o reclama “mimos” muy tempranamente, atribuyéndole así una voluntad propia en eventual conflicto con la voluntad de la madre.

    Cuando estas contradicciones fueron señaladas por el entrevistador las madres se mostraron sorprendidas y confundidas por la pregunta. En uno de los casos, mientras el padre, presente en ese momento de la entrevista, detectaba la contradicción, la madre no lograba comprender claramente el problema que se le planteaba. Del mismo modo la diferenciación entre una transmisión de afectos idéntica o interactiva parecía no tener mayor sentido para ella.

    Esto puede deberse a que éstas preguntas colocan a nivel verbal fenómenos que la madre vive primariamente a nivel de la interacción corporal. Pero también sugieren que la madre dispusiera de diferentes modelos simultáneos para la construcción de la representación mental del self del niño.
    Es posible señalar tres de estos esquemas o modelos:

    1. En un primer grupo de representaciones el bebé carece de manifestaciones subjetivas. Al inicio para un tercio de las madres el niño no podría expresar ni siquiera hambre o sueño A esto corresponden imágenes durante el embarazo en las que el niño aparece desprovisto de toda iniciativa o actividad propia. La madre de éste bebé cumple una pura función de “portavoz”, para usar la expresión de Piera Aulagnier.
    2. Otro conjunto de representaciones muestra al bebé con una subjetividad constituida a imagen y semejanza de la de la madre. Desde la etapa fetal se le asigna un self subjetivo, pero éste sólo es admitido cuando el niño refleja los afectos de la madre. Ha sido extensamente comentado por la literatura psicoanalítica, desde Winnicott a Lacan, el papel de espejo que juega el rostro de la madre para el niño. La prevalencia de la idea de una transmisión de afectos idéntica durante el embarazo sugiere que existe una etapa previa en la que el niño actúa como espejo de las emociones de la madre. Esta situación no es totalmente ajena a las transferencias especulares descritas por Kohut. En el caso específico de la relación madre-feto podría considerarse como un precursor de la empatía en un momento en que ésta no puede aún emplearse con el feto. Permitiría, aún a costa de una negación de la alteridad, un ejercicio anticipado de los mecanismos de identificación que podría actuar a modo de soporte de los procesos ulteriores. Se trata de un tipo peculiar de identificación transitoria que serviría para facilitar el pasaje entre la investidura del niño con libido predominantemente narcisista (es decir, como parte de la madre) durante el embarazo a su investidura con libido objetal, preparando los procesos de diferenciación.
    3. Un tercer grupo de representaciones muestra al niño con una subjetividad propia, como copartícipe a pleno derecho en situaciones de interacción y con manifestaciones de iniciativa y autonomía y que puede ser visto como interlocutor de la madre. Escasa durante el embarazo, aparece claramente en el fenómeno de los “mimos” y en especial en el de las “mañas”. El predominio precoz de este último tipo de representaciones, que a menudo bordea cierto grado de hostilidad o enfrentamiento, puede ser índice de cierta dificultad de apego de parte de la madre. A la inversa, su ausencia o rechazo es posible que anticipe dificultades para el crecimiento autónomo del niño. Los distintos datos sugieren, todos ellos, que la posibilidad de alternancia entre distintos modelos facilita a la madre la relación de la madre con lo nuevo y desconocido del niño. Cada madre daría su sello peculiar a la forma en que combina estos diferentes esquemas para dar apoyo al proceso de desarrollo de su hijo.
    4. El psicoanálisis actual ha jerarquizado (Wallerstein) no sólo la multiplicidad de modelos teóricos actuales sino también el proceso de teorización del analista, el cual presenta ciertas características del proceso primario. Entre estas características se encuentra la utilización de una lógica paraconsciente (E. Caorsi) que acepta cierto tipo de contradicciones que serían imposibles de admitir en la lógica clásica. Permitirían una mayor flexibilidad ante el mundo emocional, evitando las rigideces del falso self. La multiplicidad de representaciones conlleva cierto caos, pero la relación entre el caos y la capacidad creadora es un tema de nuestro tiempo.

    3. RESIGNIFICACION QUE EL SUJETO HACE DE LAS EXPERIENCIAS VIVIDAS EN SU HISTORIA

    Por último es necesario decir unas palabras acerca de la forma de concebir la relación entre los fenómenos de los orígenes y el desarrollo posterior. No sólo importa las experiencias que el niño vive, sino lo que hace con ellas.

    De hecho es posible señalar al menos tres formas de entender esta relación temporal.

    1. En la primera de ellas un hecho psíquico es capaz de permanecer inalterado a través del tiempo, produciendo sus efectos a distancia.
    2. Un segundo modelo es el del “nachträglich” o “a posteriori” freudiano: un episodio de la temprana infancia pasa a producir efectos cuando el desarrollo psicosexual ulterior permite que adquiera nuevo significado y nueva eficacia psíquica.
    3. En tercer lugar tenemos la experiencia del “Zurückphantasieren” o “fantaseo retrospectivo” que hace que sucesos posteriores sean atribuidos al período de la infancia.

    Estos distintos modelos de relación temporal entre el antes y el después han llevado a una polémica acerca de hasta dónde descubrimos o creamos el pasado que intentamos reconstruir desde el adulto. Para la posición hermenéutica (Schafer, Spence, Viderman) no tenemos hechos sino relatos, mientras la posición clásica defiende la posibilidad de reconstruir los traumas infantiles a partir de su tendencia a reactualizarse.

    Creo que esta polémica no es soluble mientras se mantenga en términos generales. Es necesario en cambio reconocer que encierra distintos tipos de problemas.

    En un extremo encontramos situaciones en los que el trauma actúa en forma acumulativa y persistente y sus efectos parecen producirse en forma lineal. Como ejemplo podemos referir los efectos de las situaciones sociales de marginación sobre la identidad de los niños que la padecen. En el caso de la pobreza, que es la que he estudiado, pero no es el único ejemplo, podemos ver efectos que se agravan con el tiempo y que afectan diversos aspectos de la personalidad. Si tomamos el retraso psicomotor en la edad preescolar –que preludia la marginación escolar– vemos que se asocia en forma directa con una serie de características de las circunstancias del ambiente y de la persona de los padres.

    A continuación podemos ver que más que los indicadores de nivel de pobreza, importan factores dependientes de la cualidad de los vínculos.

    Las cifras de OR pueden considerarse como la proporción en la que aumenta la posibilidad de que ocurra el retraso en los niños expuestos al factor de riesgo en comparación a los no expuestos.

    Esto no quiere decir que no existan individualmente niños resistentes, sino que existe una gran proporción de la población vulnerable a los agentes que se expresan a través de esos indicadores. En ellos, como en capas de cebolla, podemos señalar el contexto socioeconómico –y en especial el uso que se hace de él–, la dinámica familiar y la disponibilidad de los padres, afectada por sus propios conflictos. En el interior de estas capas y nutrido por ellos, el niño desarrolla su identidad.

    Junto a estos datos que muestran la acción directa y acumulativa de los factores externos, debemos prestar ahora atención a los procesos de resubjetivación de la experiencia vivida.

    Louis Althusser, filósofo francés muerto en 1990 escribió su autobiografía –que pide sirva de documento de estudio– poco después de dar muerte a su mujer durante una crisis psicótica en 1980 en un acto del que no guardó motivo ni memoria. En sus páginas nos habla del sufrimiento causado por sus trastornos de identidad: su sentimiento interior de vacío, de ser un impostor, de no existir verdaderamente, de su terrible ambivalencia con las mujeres, de sus ingresos psiquiátricos en los que los diagnósticos pasaron de la esquizofrenia a la depresión (por la influencia de un español ilustre que lo trató en su juventud, Julián de Ajuriaguerra) Destaca la imposibilidad de sentirse querido y reconocido por su madre, conflicto que remonta al horror que sentía por su propio nombre, Louis, que correspondía al de un hermano de su padre que había sido novio de su madre y que había muerto antes que su madre se casara con su padre. Nos centraremos en el significado que tomó este hecho.

    Dice Althusser sobre el horror a su nombre, Louis: “Decía demasiado en mi lugar: oui (sí), y me sublevaba contra aquél “sí” al deseo de mi madre, no al mío. Y en especial, (…) me despojaba de toda personalidad propia y aludía a aquél hombre tras de mí. Luí (él), era Louis, mi tío, a quien mi madre amaba, no a mí”.

    Podemos preguntarnos: ¿Hasta dónde la realidad tal como fue elaborada psíquicamente coincide con la realidad de los acontecimientos infantiles?

    Sabemos hoy día los efectos de la depresión materna sobre el niño, afirmada tanto por los estudios clínicos como epidemiológicos, psicoanalíticos y experimentales.

    ¿Pero tenía el duelo de la madre de Althusser –incluso si lo admitimos como real– el significado hacia él que su hijo le atribuyó? ¿Hasta dónde está en la raíz de sus severos trastornos ulteriores? ¿Cuándo y cómo se realizó la conexión entre el suceso infantil y su significación adulta?

    Desde el punto de vista clínico los interrogantes no pueden ser cerrados. De hecho no encontramos en la autobiografía los afectos de un verdadero duelo. La reconstrucción de su infancia puede haber sido influida no sólo por su psicoterapia sino también por las teorías psicoanalíticas de autores como Lacan que pertenecían a su mismo círculo intelectual. No podemos saber en qué medida esa reconstrucción de su historia puede haber cumplido el papel de una prótesis supletoria frente a los aspectos no resueltos de su propia personalidad.

    RESUMIENDO:

    Podemos ver que la formación de la identidad se da en la interrelación con los diferentes niveles:

    1. Con el equipamiento de lo corporal, que desde antes de nacer, marca predisposiciones temperamentales y después del nacimiento participa en la determinación de las pautas de interacción.
    2. Con el mundo representacional de los padres, que anticipa su propia imagen subjetiva y genera una zona de potencial conflicto entre la prefiguración materna y el niño real a la vez que de transmisión inconsciente.
    3. Con el mundo de las representaciones culturales y simbólicas que enmarcan el “contrato narcisista” (P. Aulagnier) entre el individuo y su sociedad.

    Hoy día somos más conscientes de que la comprensión de estos fenómenos implica un triple desafío: Por un lado el niño debe lograr una integración entre los distintos componentes que cada vez más sabemos que será parcial, flexible y cambiante. Por su parte, los datos que hemos señalado, sugieren que las madres también buscan la imagen de su hijo entre múltiples y cambiantes representaciones. Por último, los clínicos e investigadores sabemos que por encima de las verdades de escuela la tarea que nos aguarda implica el poder movernos entre múltiples modelos conceptuales, cuya compatibilidad no siempre está asegurada. El desafío, pues, es el de lograr referencias suficientemente firmes como para poder lograr que esta multiplicidad sea factor de enriquecimiento y flexibilidad más que de caos e incoherencia.

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