Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La cuestión de una posible búsqueda de sus progenitores por el niño adoptado, y la novela familiar

PDF: soule-busqueda-progenitores.pdf | Revista: 23-24 | Año: 1997

Michel Soulé
Profesor Honorario de Psiquiatría del Niño y del Adolescente en la Universidad René Descartes, París V, Director de COPES.

Documento aportado por M. Soulé sobre el que ha versado su exposición en el XI Congreso Nacional. Extraído de “La Adopción”, capítulo 156 del Nuevo Tratamiento de Psiquiatría del Niño y del Adolescente. Dir. Lebovici S., Diatkine R., Soulé M., 4 volúmenes, 3.200 páginas, PUF. ed., París 1995.

Las reticencias que conciernen a la información del niño se explican por el temor a que el niño quiera menos a sus padres adoptivos que a sus progenitores, a los cuales él considera sus “verdaderos padres”, y tenga la tentación de buscarlos. De hecho, cuando los padres adoptivos acuden al psiquiatra infantil, tanto éstos como el niño suelen recurrir al hecho de la adopción para explicar la causa de los trastornos, y muchos adolescentes adoptados se han basado en su adopción para justificar su malestar, sus fugas o su rebeldía.

Además de que los síntomas, las angustias y las fugas no son típicas de los niños adoptados, en la clínica y en la terapéutica se encuentran problemas específicos propios de la psicopatología general y el estudio clínico de los trastornos supuestamente ligados a la adopción pone en evidencia la existencia de dificultades derivadas de la movilización de las fantasías de la novela familiar, tanto en los padres como en el niño. Esta fantasía prevalece y está muy extendida ya que se encuentra, según Freud, en todos los destinos. Las páginas que escribió sobre ello figuran en el ensayo de Otto Rank El mito del nacimiento del héroe, aparecido en 1909 (trad. 1983).

Freud recuerda la necesidad de oposición entre generaciones y describe las etapas.

“La tensión, nacida del hecho de que sus propias inclinaciones difícilmente encontrarán la respuesta que exigen, tiende a resolverse dentro de esta idea, a menudo conscientemente evocada desde la infancia, de que es niño de otro lecho, un niño encontrado”.

La siguiente etapa en la puesta a distancia de los padres constituye la novela familiar de los neuróticos, que no siempre es evocable conscientemente, pero que, según Freud, aparece prácticamente siempre en el psicoanálisis.

El niño quiere realizar sus deseos y corrige la realidad. Se aleja de sus padres desdeñados, sustituyéndolos por otros de un mejor nivel social, bien sea utilizando el encuentro casual de elementos reales, bien por una elaboración surgida de lecturas o de deseos particulares.

Además, más adelante, el niño percibe la diferencia entre las funciones sexuales del padre y de la madre y comprende que “Mater est certissima, sed pater semper incertus”. Ya no duda del parentesco físico con la madre, pero elige otro padre al cual ennoblece. Éste es el segundo estado, llamado estado sexual de la novela familiar, con el deseo de imputar a la madre, objeto de la curiosidad sexual más grande, amores secretos y colocarla en una situación clandestina de adulterio.

Freud termina mostrando cómo el niño es capaz de saciar sus necesidades de venganza y represalias, de robar las prerrogativas a sus hermanos mayores y de sentirse inocente de toda atracción sexual, incestuosa, por sus hermanas que no son de su sangre.

E. Jones (1953) recalca que, teniendo en cuenta la particular relación entre las edades de los diversos personajes en su constelación familiar, Freud se interesó muy pronto, desde las cartas de Fliess, por la novela familiar.

La novela familiar es una fantasía diurna consciente, más o menos elaborada, y que se sitúa dentro de reelaboraciones conflictivas muy diferentes.

Laplanche y Pontalis (1964), en su artículo sobre los fantasmas originarios, lo definen así: “Es un escenario con elaboración secundaria, una escena, en el sentido en que lo entiende Freud. Con relación al fantasma inconsciente, es un sueño contado a doble escalón y con doble transcripción.”

“Constituye una removilización del fantasma originario con interferencia de la vivencia individual.”

Sus relaciones con el recuerdo-encubridor fueron evocadas por el propio Freud: elementos sacados de la realidad, encuentro con personajes importantes, desacuerdos de los padres, seducción por personal del servicio, etc.

En todo caso, es un encubrimiento con valor temporal, donde la realidad con respecto a la fantasía, juega un papel comparable al del resto diurno en el sueño.

La novela familiar constituye un bello ejemplo del papel y de la función de las fantasías.

Su papel, con respecto al conflicto edípico, es flagrante, y se sitúa:

  • Nivel del conflicto objetal
  • Nivel de la restauración narcisista.

Fantasía típica del período de latencia, la novela familiar forma parte de la herencia del conflicto edípico que el niño reorganiza protegiéndose constantemente; y el conflicto edípico está ligado al lazo recíproco del parentesco y de la filiación, y no a la continuidad cromosómica: aun siendo informado de que tiene otros progenitores, que incluso pueden ser “racialmente” diferentes de sus padres, el niño adoptado no puede escapar de los fantasmas originarios, de la escena primitiva, del conflicto edípico y de sus angustias.

La novela familiar arregla el personaje paterno desvalorizándolo y haciéndole sufrir una castración simbólica en varios registros, privándole incluso de su filiación: su hijo ni vino de él ni le pertenece.

También el papel maternal es modificado. El niño reconoce la seducción sin sus peligros; se autoriza fantasías sexuales sobre su madre por un “héroe interpuesto” y corre menos riesgos prestándoselas a otro, todopoderoso, con el que se identifica. Utiliza además, a menudo, sus fantasías “manipulables” como tema masturbatorio.

Gracias a la novela familiar, segunda versión, el niño niega la escena primitiva. Separa a los padres y lleva las relaciones de su madre, todopoderosa, a otro lugar con un desconocido todopoderoso y no castrable.

La noción de la restauración narcisista está totalmente implícita en la temática de la novela familiar. Ésta, como indica Freud, está organizada por el resurgimiento de la megalomanía infantil, y es una tentativa para vivir el edipo de un modo aconflictual. Restablece el “poder total” megalomaníaco del niño cuando en los momentos de desesperación, se siente impotente: edipo, castración. La personalidad banal y la impotencia social de los padres hacen que sea urgente una rehabilitación de personajes que asuman plenamente sus papeles.

Se crean unos padres míticos reconstituídos por un sobreinvestimiento narcisista a la medida del individuo, es decir, desmesurados. Los héroes, o incluso los hombres, sólo pueden ser héroes u hombres porque han creado ellos mismos a sus padres, como superpoderosos. La novela familiar es, sin duda alguna, un intento de exteriorizar el Ideal del Yo sobre un personaje y librarle así de las relaciones conflictivas con el padre real, Superyo presionante que se desinviste. Y en consecuencia el Ideal del Yo y una imago superyoíca tolerante se oponen al Superyo sádico.

Esta fantasía permite una reorganización muy beneficiosa y se comprende que la podamos encontrar en estructuras muy diferentes:

  1. Ensoñación diurna consciente, utilizada como ensoñación masturbatoria con complacencia narcisista durante la preadolescencia;
  2. Tema dinámico de ambición, de carrera e incluso de destino, como se comprueba en la historia de ciertos héroes y, particularmente, en la aventura de Alejandro Magno.
  3. Fantasma proyectado como realidad en el psicótico; puede convertirse en el tema del delirio de filiación en el niño o en el adulto y proporciona el tema favorito de los delirios imaginativos.

El gran valor dinámico de la novela familiar, durante los períodos críticos del desarrollo, lo demuestra el interés que tienen adultos y niños en todas las producciones literarias relacionadas con ella, tanto si se trata de cuentos para niños como si son melodramas o mitologías, en las cuales la novela familiar constituye la “trama prototípica” (Robert M., 1967).

En cuanto a la elaboración de la novela familiar en las familias adoptivas, tenemos que observar primero si el niño adoptado, sobre todo si le adoptaron desde muy pequeño, es un niño comparable a los otros en este tema. Si elabora fantasías, si lo hace con el mismo fin que los otros, si utiliza los mismos métodos y temas que los demás niños. Su situación legal y su doble red de referencia parental son nociones que intervienen de forma tardía en el campo de su comprensión y bastante más tarde en las bases de sus identificaciones y su asentamiento narcisista.

Si busca el compensar heridas, son las de su condición de niño en el sentido más general. Y si, en algunos casos, más tarde empieza a echar de menos a estos padres o a los otros, es por las mismas razones que tienen otros niños legítimos desgraciados o decepcionados por unos padres débiles. La realidad no aporta fantasmas.

Helène Deutsch (1949) describe ejemplos en los cuales el hecho de que los padres rechazaran la idea de revelar al niño su verdadera filiación se debía a su propia culpabilidad dentro de su propia novela familiar anterior, culpabilidad reavivada por la situación, pero proyectada y atribuida al niño con un desfase de una generación.

Nos hemos encontrado con numerosas situaciones en las que los padres llegan a inventar, con intención de prevenir al niño, una novela familiar en cierto modo profiláctica: “Obligados por circunstancias funestas, tuvieron que confiar su verdadero hijo a padres nutricios y luego no pudieron encontrarlo.” Entonces tuvieron que recurrir a la adopción legal para encontrar por fin los hijos robados.

Se entiende el juego de relaciones y las identificaciones cruzadas que estructuran definitivamente este temor de los padres. Éstos, que ya temían, como hemos visto, que la revelación reavivara sus angustias de castración, imaginan [N del T. En el original “déni”, traducible como: “negarse a reconocer”.] gracias al recuerdo que tienen de su antigua fantasía de la novela familiar* que su hijo fijará el suyo en sus padres naturales que idealizará a su antojo; no ven en ello más que la agresividad, y creen que serán atacados y desvalorizados de nuevo.

Probablemente sea en este análisis de los temores de los padres adoptivos a la búsqueda de los progenitores, donde mejor se percibe el valor de la adopción como revelador de la dinámica intrafamiliar.

Una situación bien distinta es la del niño abandonado, educado en una institución o cuyos cuidadores no le aportaron precozmente una familia afectiva. Estos niños no disponen de adultos parentales capaces de soportar las proyecciones fantasmáticas que requiere la organización de la novela familiar. Esta situación, por las carencias que comporta, induce en muchos casos a una neurosis de destino y a una estupidez neurótica: el niño abandonado y que ha vivido sin una familia, ni siquiera sustituta, elabora ciertamente una novela familiar, pero como una tentativa de esperar, y para fundar las bases de su narcisismo y de sus identificaciones. Buscan, más que nadie, convertirla en una realidad. Sus fugas, al contrario que en el caso del niño, adoptado o biológico, no tienen como objetivo el arreglar una relación parental conflictiva sino el acreditar que posee un origen real. El hecho de que frecuentemente abandone las búsquedas cuando está a punto de lograrlas demuestra el temor de encontrar en la realidad una renegación* que reactivaría heridas narcisistas profundas.

Un caso particular, pero que cada vez aparece con más frecuencia, es el de los niños que han vivido desde muy temprana edad en familias de acogida y que más tarde se convirtieron por decisiones jurídico-legales en niños adoptables durante el transcurso de su novela familiar.

La pobreza, la mediocridad o la incultura de los cuidadores de acogida, junto a las presiones de quienes requieren al niño, llevan a menudo a pensar que la adopción por parte de otra pareja es preferible al mantenimiento del niño * sin adopción por parte de su familia de acogida, o incluso a la adopción por parte de ésta.

Los padres propuestos al niño pueden ser investidos como los padres ideales de la novela familiar, y el niño adoptado puede pensar en vivir su “cuento de hadas”; los cuidadores con quienes el niño puede haber vivido plenamente su complejo de Edipo son “rebajados” al rango de mercenarios vulgares, sexuados, sórdidos. El equilibrio económico de los diferentes interesados y la fuerza de la realidad, arrastran con frecuencia a serios conflictos internos e interpersonales entre padres adoptivos, niños y familia de acogida.

Sin embargo, la transferencia hacia los padres adoptivos de las emociones edípicas no liquidadas vuelven a sumergir al niño en una situación de angustia, sin la posibilidad de poder recurrir a una nueva novela familiar que resulte eficaz. Entonces los genitores son investidos como los padres ideales, a menudo suele tratarse únicamente de una “virgen-madre”, mientras que los padres de acogida representarían a las imágenes primitivas aterradoras, dispuestas a una persecución vengativa justificada hacia los niños que les han traicionado.

Para los niños que han seguido esta evolución, es muy difícil efectuar con sus padres adoptivos la reconciliación liberadora que les permitiría sentirse el “verdadero hijo” de sus “verdaderos padres”.
La noción de “padres verdaderos” y su asimilación a los procreadores se constituyen únicamente al declinar la novela familiar. Los verdaderos padres son efectivamente aquellos a los que el niño ha devuelto su status de padres, aunque no sean ideales, y sí vulgares y sexuados. Son los que han cuidado a su hijo, sin ejercer la retaliación (muerte, maldición, abandono), a pesar de sus sentimientos edípicos y la traición de la novela familiar, y que le invitan a crecer para convertirse a su vez en sexuado y padre.

Se entiende pues, que los sentimientos de filiación y de parentesco se establecen, no entre procreadores y procreados, sino entre los que han vivido juntos el conflicto edípico y la novela familiar.

Se entiende también, que la adopción tardía pueda presentar riesgos y que sólo pueda conducir a lazos familiares reales si los padres de acogida toman grandes precauciones y se comprometen en una participación auténtica.

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