Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

Paseo de la Castellana 114, 4º Pta. 3 - 28046 Madrid • Teléfono/Fax: 91 319 24 61

Psicoterapia y autismo

PDF: lasa-psicoterapia-autismo.pdf | Revista: 13-14 | Año: 1992

Alberto Lasa
Psiquiatra. Profesor Titular de Psiquiatría Universidad del País Vasco. Jefe del Servicio de Psiquiatría Infanto-Juvenil de Uribe. Osakidetza.

Comunicación libre presentada el 4 de octubre de 1992 dentro del VI Congreso Nacional de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia de Niños y Adolescentes (SEPYPNA), celebrado los días 2, 3 y 4 de octubre de 1992 en Barcelona.

Me propongo en esta comunicación, primero, describir a grandes rasgos, una larga e insólita relación terapéutica con un niño, ahora ya adulto, autista. Esta relación se inició hace algo más de 10 años, y se ha mantenido ininterrumpidamente (salvo en las vacaciones escolares) a razón de una sesión semanal, ritmo que se mantiene actualmente,…supongo que aún por muchos años.

En segundo lugar y como conclusión me gustaría exponer para su discusión algunos comentarios, respecto a esta experiencia y a la problemática de la relación terapéutica con los autistas.

Cuando conocí a J. tenía 11 años de edad (tiene ahora casi 21).

Un año antes había visitado en su domicilio a un eminente psiquiatra quién al decirle los padres que desde siempre se les había dicho que era un autista les contestó. “Lo que es no sé, pero desde luego un chico que tiene tantas ganas de hablar autista no es”. Les aconsejó también que trataran de encontrar “alguien con paciencia y que entendiera de estas cosas porque lo que sí está claro es que necesita hablar con alguien”. Y al año me encontraron.

Investigando en su pasado menos reciente, más bien habría que decir remoto, su familia me informó de que siempre fue un niño especial, sensible y huidizo, aunque creían recordar que de bebé fue muy tranquilo.

Después de dudarlo mucho consultaron por primera vez con un psiquiatra infantil cuando J. tenía 4 años. Fué diagnosticado de “autismo” y tratado con neurolépticos.

Un año después consultó por consejo de su pediatra con otro especialista que reiteró el diagnóstico “autismo precoz” y aconsejó su incorporación a un centro para niños autistas de reciente creación (y precario equipamiento).

Los padres decidieron pronto sacarle por juzgar insoportable su convivencia con niños muy deficitarios, y fue integrado en un aula especial del único centro escolar entonces pionero en la política de integración. (junto con su hermano pequeño, J es el 3.º de 4 varones, y los dos mayores han hecho su escolaridad en otro centro).

Cuando le conocí cursaba 4.º curso de EGB, y sus padres preferían que no contactara con los profesores “porque sus notas eran muy buenas”. Otra cosa eran su integración y relaciones, de las que el propio J. me hablaría años más tarde, y que implicaban un gran sufrimiento, para él,… y para sus padres.
Aún no he olvidado mi primera entrevista con él.

Podría resumir en términos metapsicológicos diciendo que me encontré frente a su funcionamiento en proceso primario particularmente productivo. Pero creo que vale la pena describirla con algún detalle.
Sus dos primeros comentarios me sirvieron para entender que efectivamente podía asimilar de carretilla ciertos conocimientos escolares.

“He observado que este edificio esta construido sobre un cultivo de cucurbitáceas” fue su frase de saludo con un tono de conocerme de toda la vida. La segunda tampoco fue manca “Sabes Alberto, me han informado de que te llamas Alberto, han instaurado la veda de los salmónidos, aunque lo que tal vez no sepas es qué son los ciprínidos”. Con mi perplejidad, fácilmente imaginable, no se me ocurrió más respuesta que invitarle a dibujar aquello “de lo que veo que estás muy enterado”.

J. hizo dos dibujos (transparencias 1 y 2) que denotaban que la caza y la pesca le entusiasmaban (por razones portentosamente patológicas), y que era absolutamente incapaz de construir un relato coherente sobre lo que dibujaba. En palabras entrecortadas, acompañó la realización del primer dibujo con múltiples musitaciones en voz baja, acompañadas de una mímica estereotipada y complicada, me habló de asesinatos, cadáveres enterrados, animales cazados y destripados, crías aplastadas y algunos horrores más, difíciles de oir.

No hizo ningún comentario al realizar un dibujo de episodios con escenas de pescadores que interrumpió antes de terminar.No volvió a dibujar hasta pasado muchísimo tiempo. El resto de esta primera y larga entrevista, enumeró con un tono de papagayo resabiado, infinidad de conocimientos referentes a diversos animales y sus características.

Yo le dije que me había hablado de cosas que le interesaban mucho y que eso le ayudaba a estudiar y aprender lo que ponen los libros, pero que también le hacía pensar en cosas que le daban mucho miedo y mucha pena, y de eso le resultaba imposible hablar en voz alta. Le dije también que a mí me gustaría que siguiéramos hablando “de las dos cosas, de lo que te gusta pescar y cazar, del calendario de la veda, y también si eso te va a dejar más tranquilo,de los pobres animales muertos”.

Quiero matizar que al hablarle él miraba por la ventana,” sin escucharme”, y sobre todo que no suelo hacer proposiciones tan comprometedoras en una primera entrevista. Creo que si lo hice fue, por el terror que creí adivinar en su fantasía inicial “estamos hablando sobre un cementerio de calabazas aplastadas” y porque le imaginé desesperadamente necesitado de evacuar ideas muy destructivas y agresivas. (“ya me han informado de cómo te llamas”).

El resultado de mi alarde imaginativo ….diez años de apasionante diálogo. Diez años que tengo que resumir en diez minutos.

A la entrevista descrita siguieron largos años de sesiones caracterizadas por un juego psicodramático, estereotipado, y repetitivo hasta la saciedad. Cazadores y pescadores furtivos sorprendidos por policías, y ladrones de tesoros atrapados en trampas fueron las dos escenas en las que me mantuvo inmovilizado durante muchos meses. Este juego era muy a menudo bruscamente interrumpido, por cualquier ruido exterior, por cualquier emoción imprevista o por razones absolutamente desconocidas para mí.

Las interrupciones daban lugar a un comportamiento muy ritualizado, letanías en voz ininteligible (que mucho más tarde conseguí oír, y que consistían en insultos sorprendentes, exclamaciones blasfematorias y declaraciones de inocencia como por ejemplo “jamás cometeré quebrantahuesadas”), y movimientos de huida acompañado de tocamientos misteriosos de objetos y muebles, y escapada al pasillo para volver y reiniciar el juego, o al retrete para realizar enigmáticas actividades,ante las que siempre me mostré extremadamente respetuoso, y de las que me ha hablado sólo 8-9 años después. (En general se trataba de lavados de boca-lengua, de abluciones “para serenarse y templarse los nervios”, o de expulsiones irrefrenables, en forma de defecación, de emisiones de gases silenciosas, pero olorosas, o de complejas sesiones de escupitajos hacia diferentes blancos).

Resulta difícil en este resumen matizar la monotonía y lentitud de movimientos (psíquicos) de J. y su enorme dificultad de contacto (evidentemente jamás se podía hablar de él ni de lo que le pasaba por la imaginación y mucho menos por el cuerpo). Pero aunque en un mar de dudas siempre me pareció que estaba claro entre los dos que teníamos que seguirnos viendo, que yo no debía pretender por mi parte marcarle otro ritmo, (más sesiones, más actividad interpretativa), so pena de una ruptura inmediata o de un repliegue masivo. Mi duda fundamental era, y sigue siendo, que es lo que esta relación puede movilizar en él.

De vez en cuando y prudentemente, J. parecía soltar algún signo de que el tratamiento le importaba. Una vez, al inicio del 5.º año de tratamiento, la reanudación de sesiones tras el verano se retrasó. Cuando vino pasó casi media hora garabateando sobre el papel un ovillo. Al preguntarle que era me respondió que era un plano del pueblo en que veraneaba. Le pedí más detalles, pues yo solo veía una maraña de rayas. El me explicó todo un complejo nudo de carreteras y caminos, con referencias muy concretas, la panadería, el kiosko, la plaza etc. “Con esto hubiera encontrado tu casa hace tiempo” le dije. Sonrió, hizo una bola con el papel, se la metió en el bolsillo y se fue sin decir absolutamente nada. La sorpresa vino después.

El nuevo juego, también muy repetitivo y que también duró lo suyo era, yo te doy pistas para que encuentres un tesoro. y me escribía notas, para encontrar juguetes, y, gran sorpresa, para encontrar mis propias cosas, que el buscaba en mis cajones, o en mi ropa, para esconderlas y ayudarme a encontrarlas, todo hay que decirlo en sitios bastante insospechados. En la taza del WC; envueltos junto con cosas suyas en bolsitas requeteusadas, chupadas etc. Lo más importante era la incipiente aproximación entre sus cosas, su cuerpo, sus deyecciones corporales y las mías y mi cuerpo.

Bastante rápidamente este juego se transformó en “tú me buscas, yo te busco”. El se encerraba, o me encerraba en un armario, y desde allí me daba o le daba pistas. A veces tenía que encontrarle, a oscuras, a ciegas, o “embalsamado”. Pronto la cosa se animó mucho.El enterrado al principio yo, luego también él, era un muerto, lleno de gusanos, blasfemaba,(eso solo yo, cuando era mi turno) el de fuera rezaba un credo o repetía “jaculatorias a la gloria de Cristo y su Resurrección” y entonces el encerrado salía vivo. No siempre porque a veces era pescado o cazado como una perdiz o una anguila, y asado inmediatamente.

A la vista de lo que parecia una gran productividad psicodramática, y en un alarde de optimismo en cuanto a una posible aceleración del proceso terapéutico intenté con dos coterapeutas un abordaje psicodramático, que fracasó estrepitosamente en tanto que tal, pero que sorprendentemente sirvió para que ignorando absolutamente a los coterapeutas presentes me hablara de su vida cotidiana. Fué la primera vez que se quejó de su madre y del acoso escolar en que vivía y en que me solicitó que interviniera para que sus padres entendieran que no era fundamental el enorme esfuerzo intelectual que hacía.

De vuelta a la relación individual, comenzó una nueva fase. Ocurrió que, como el tiempo pasa, fue llamado a filas, y aceptó mi proposición de librarse del servicio militar, para lo cual le hice un certificado médico en el que se hablaba de su pasado infantil,y de las dificultades relacionales que seguía padeciendo.

Nunca imaginé el efecto de tal intervención. J. empezó a asediarme con preguntas acerca de su pasado, sobre todo en lo referente a las cosas que había hecho conmigo, y que al parecer había olvidado por completo.

Es en esta fase cuando pudo empezar a contarme las pesadas bromas de sus compañeros de clase, su sentimiento de ridículo cuando le humillaban o cuando se reían de su tartamudez o de “este tono de voz y esta manera de hablar que tengo”. Sus lloros al recordarlo eran estremecedores,y todavía hoy es muy patético oirle lamentar su inadecuación cuando intenta hablar con alguien desconocido.

También comenzó otro estilo de indagación, consistente en preguntarme acerca de mi infancia. Sobre todo su interés repetido y machacón se centraba en saber si yo fui un alumno travieso, si blasfemaba, si contaba chistes y si estos eran marrones o verdes, y también como eran las reacciones de mis compañeros y de los profesores. Me preguntaba cien veces cual era la sanción que hubiera recibido “ si hubieras contado un chiste por ejemplo como este”, y acto seguido me contaba él un chiste,
o cochino o irreverente, que acompañaba de carcajadas atronadoras (que le han hecho ser conocido por los vecinos).

Y en el exterior ¿que estaba pasando entretanto?

Terminó EGB con grandes apuros desde 6.º curso. Como suele ocurrirme habitualmente ninguna de las propuestas de salidas escolares más adecuadas para él, que hice a los responsables escolares fue escuchada.Se intentó que entrara en una escuela agraria, porque la ecología y sobre todo la pesca y el contacto con los animales son algo en lo que destaca. En el examen de entrada sacó un sobresaliente en letras (tiene enciclopédicos conocimientos en política e historia), pero suspendió en matemáticas.

En vista de lo cual terminó en Formación Profesional, en una rama técnica muy alejada de sus aficiones. Pues bien desarrolló insospechadas capacidades de dibujo técnico, pero como era lento y muy perfeccionista y terminaba los trabajos en casa, a veces a altas horas de la noche. En la escuela pensaron que se lo hacían sus hermanos y no estoy seguro de que se convencieran de la verdad pese a los intentos de sus padres.

En vista de lo bien que iba, pensaron que pasara a FP 2, rama hostelería. Una vez más tratamos de explicar que el contacto imprevisto con desconocidos era una de sus terribles dificultades. Tras tres años en esta escuela, y después de que en su primer día de servicio a clientes del restaurante, se cayera al servir la sopa produciéndose serias quemaduras, alguien decidió que la elección no era muy acertada, y que era mejor que lo dejara.

Los padres al saberlo, pensaron que nadie mejor que yo para decírselo. Yo les dije que estaba casi seguro que para J. sería un alivio dejar de hacer el descomunal esfuerzo de adaptación que estaba haciendo, y que podían anunciarle con tranquilidad su “fracaso”. También les dije que yo le hablaría a J. de nuestra conversación.

Cuando le dije a J. que le suponía aliviado por dejar la escuela estalló eufórico. “No lo sabes tu bien hasta que punto”. Y añadió: “Te diré lo que en cierta ocasión, según he leído, exclamó el deán rojo de Canterbury: Dimito, pero no porque haya menguado mi entendimiento, sino porque se ha agotado mi paciencia”.

Impresionado, le pregunté que donde había leido eso. Su respuesta me impresionó aún más. “Lo he leido en un libro de Vallejo Nájera. Supongo que sabrás que es un famoso psiquiatra…(y evitando cruzar su mirada llorosa con la mía)… recientemente fallecido “. Salió al WC, en el que por los ruidos deduzco que se lavó la cara. Al volver añadió: “Trato de leer todos sus libros…”

Comentarios

  • Desde siempre hemos sabido que la evolución deficitaria amenaza a todo niño psicótico. Sin embargo actualmente se está extendiendo desde áreas anglosajonas y como algo novedoso, una vieja ideología que equipara autismo, y psicosis, con deficiencia, atribuyéndoles una causalidad orgánica que se basaría en nuevos hallazgos neurobiológicos. Esta hipótesis causalista se acompaña de una defensa de opciones, terapéuticas y político-asistenciales, de corte rehabilitador, y aún más de la descalificación de otros tipos de tratamientos o de planteamientos institucionales, dada la “incurabilidad “ del autismo.
    Con ello los niños autistas que se benefician de tratamientos a largo plazo pueden convertirse en una especie en riesgo de extinción.

    Se trataba pues de testimoniar a la contra, afirmando que hay autistas, y muchos, que pueden beneficiarse de estos tratamientos, que pueden marcar su destino evolutivo, aunque no se curen. Dicho de otra manera la prevención secundaria o terciaria, sigue siendo una aspiración muy digna, que justifica la opción “psicoterapia” aun cuando el proceso patológico se mantenga en la cronicidad.

  • Desde otras posiciones también otra opción, la que defiende que sólo un tratamiento muy intensivo o institucional es válido, puede condicionar cierta pasividad ante cualquier otra oferta terapéutica, juzgada como “insuficiente” y desechada por ello.
    Lo que este caso ilustra es la existencia de autistas que toleran una relación terapéutica relativamente poco intensiva, y que aunque no sea curativa, es beneficiosa para su evolución.
    Lo que yo entiendo como beneficioso es que un autista acepte hablar de sus procesos psíquicos con otra persona, y que ello le sirva para rehacer su biografía y restablecer cierta continuidad en su vida psíquica.
  • El tercer y último comentario se refiere a la necesidad de adaptarse a las particulares capacidades y limitaciones relacionales de un autista a la hora de idear modificaciones en el setting habitual en otras psicoterapias.

    Aunque ello exigiera una teorización más profunda sí apuntaré a la ideas de que solo podemos llegar a la hora de la interpretación, hasta donde el autista lo tolere. Dicho de otra manera que no se le puede decir, y por tanto no se le debe decir, todo lo que comprendemos.

    Sin embargo que el autista sepa que comprendemos cosas que callamos tiene para ellos un gran papel de contención, pero además puede ser utilizado retrospectivamente, cuando su permeabilidad psíquica es mayor.

    Por esta razón la continuidad en estos tipos de tratamientos es imprescindible. No se puede rehacer su propia historia con quien no la ha conocido, o mejor dicho, no la ha compartido. El grave problema asistencial que padecemos es que hay muy pocas personas disponibles para aceptar este compromiso, sobre todo entre las que se dan cuenta de lo que ello supone.

    Me gustaría que esta comunicación fuera vista, por los que sí que saben lo que es tratar durante años un autista, como una propuesta de que militen por la apertura de este espacio terapéutico y asistencial que parece optar por la retirada.

Subir