Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La transgresión de la ley como síntoma: medidas judiciales y psicoterapia

PDF: transgresion-ley-sintoma-jorge-tio.pdf | Revista: 51-52 | Año: 2011

Jorge Tió
Psicólogo Clínico, Psicoanalista (SEP-IPA). Coordinador del Equipo de Atención al Menor de Sant Pere Claver – Fundació Sanitária.

Ponencia presentada en el XXIII Congreso Nacional de SEPYPNA que bajo el título La Psicoterapia más allá del síntoma tuvo lugar en Barcelona el 22 y 23 de octubre de 2010. Reconocido de interés Científico-Sanitario por el Instituto de Estudios de la Salud de la Generalitat de Catalunya (IES) y acreditado como Formación Continuada por la Universidad Ramon Llull y por la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP).

INTRODUCCIÓN

Agradezco la oportunidad de presentar en este foro y poder dialogar con ustedes acerca de los retos que nos plantean las conductas más conflictivas de los adolescentes en el ámbito de la salud mental. A lo largo de mi presentación quisiera exponerles algunos de los desarrollos que hemos realizado en el equipo que coordino, tanto a nivel de la comprensión como del abordaje de situaciones muy problemáticas en las que llega a intervenir la Justicia cuando los jóvenes son denunciados.

El Equipo de Atención al Menor surge, entre otros dispositivos, de un acuerdo marco de colaboración entre los departamentos de Salud y Justicia de la Generalitat de Cataluña. Se trata de un equipo especializado formado por psicólogos clínicos y psiquiatras con formación en psicoterapia de orientación psicoanalítica (1). Desde el principio hemos contado con el asesoramiento y la supervisión del Dr. Luis Feduchi, cuya experiencia en el trabajo con adolescentes y su conocimiento del contexto judicial con cuyos equipos él ya había previamente empezado a colaborar, nos permitió construir desde el inicio un enfoque adecuado para nuestra función y, posteriormente ir elaborando tanto la metodología de nuestras intervenciones como las ganancias en comprensión de los problemas que tratamos. El Servicio está adscrito orgánicamente al área de Salud, aunque trabajamos en la frontera entre los sistemas de Justicia Juvenil y Salud Mental. Desde 1994 hemos atendido ya a más de dos mil menores derivados por los técnicos de Justicia Juvenil (psicólogos, trabajadores sociales, mediadores, delegados judiciales, educadores de centros).

Se trata de menores (17) que han hecho “síntoma” en una conducta que ha sido denunciada a la Justicia. Cualquier conducta delictiva puede llegar a nuestro servicio. Muchas de tipo violento con diversas consecuencias de mayor o menor gravedad. Desde peleas entre pares, agresiones a extraños, a la pareja, la cada vez más frecuente violencia en el seno de la familia, mayoritariamente expresada a través de agresiones a los padres (con mayor frecuencia a las madres), pero también a los hermanos; hasta las agresiones con resultado de lesiones graves u homicidios. Robos de diferente índole. Hurtos, robos con fuerza o intimidación, en muchas ocasiones asociados a violencia. Con menor frecuencia recibimos también menores denunciados por agresiones sexuales, así como otros delitos como el de injurias, amenazas, resistencia a la autoridad o los de conducción temeraria o delitos asociados al tráfico de drogas.

Los técnicos de Justicia encargados de atender al menor en las diferentes fases por las que atraviesa a lo largo de su proceso judicial, lo derivan a nuestro Servicio (muchas veces tras un arduo trabajo de sensibilización) cuando detectan una excesiva irracionalidad (18) en su comportamiento. También lo hacen ante situaciones de su entorno familiar o social que comprometerían peligrosamente su maduración de no contar con una ayuda psicológica que complemente las intervenciones sociales y educativas que puedan irse organizando. Se trata de casos sin familia o una mínima red social establecida, con familias desestructuradas o disfuncionales, en contextos de violencia, negligencia, malos tratos, o de migraciones calamitosas, etc…

En otras ocasiones es el propio juez, a su vez asesorado por los equipos técnicos de Justicia Juvenil, quien impone una intervención psicoterapéutica como parte de la medida. En la actualidad estas medidas suponen alrededor de un 25% de las derivaciones que recibimos para tratamiento. Y hoy quisiera centrarme en explicarles como se desarrolla nuestra intervención en estos casos. Pues es en la medida judicial de “tratamiento terapéutico ambulatorio” (así se llama en el ordenamiento jurídico) donde se conjugan de forma más manifiesta las dificultades y las oportunidades de este campo interdisciplinar de intervención.

El tratamiento como medida judicial

La problemática de la motivación y el establecimiento del vínculo.

Si consideramos la adolescencia como una etapa evolutiva en la que conviven de forma natural aspectos infantiles y adultos de la persona, la medida judicial de tratamiento se dirige a los aspectos infantiles que todavía necesitan ser cuidados por el entorno. Considerando que de no ser así una serie de necesidades (19) quedarían desatendidas al no haber alcanzado todavía el sujeto el grado de madurez que le permitiría atenderlas o no en el ejercicio de su autonomía. La Ley así lo entiende desde un paradigma de Justicia Reparativa en el que se considera al menor todavía un sujeto en formación. Para el adolescente, por lo tanto, la vivencia de lo “obligatorio” no resulta tan coercitiva como para el adulto. El tratamiento puede pasar así a ocupar el lugar de la imposición de un cuidado necesario. Con todas las dificultades que esto encierra (pues es un “cuidado” no deseado) pero intentando diferenciarse de un mero mecanismo de control del sujeto.

Habitualmente la imposición de una ayuda psicológica se intenta establecer en estas edades a través del ofrecimiento de contrapartidas (“si vas al psicólogo te compraré esto o aquello”, “si no vas ya te puedes ir despidiendo de…”). Contrapartidas que el adolescente suele vivir como meros chantajes o intentos de manipulación. Por lo que la situación con la que nos encontramos no es esencialmente diferente a la de tantos adolescentes llevados a la consulta bajo este tipo de presión. En el caso de la medida judicial la contrapartida más o menos explicitada en el proceso judicial suele ser la evitación de medidas privativas de libertad. En el caso de medidas cautelares el beneficio puede situarse para el menor en relación a la idea de que su colaboración promoverá la benevolencia de las futuras decisiones judiciales.

Va a ser por lo tanto muy importante en la recepción mantener una clara actitud de ofrecimiento de ayuda, lejos de cualquier idea de estar participando en una transacción interesada en la que el menor “ofrece” su “buen comportamiento” a cambio de unos beneficios secundarios. Explicar detalladamente en que puede consistir nuestra ayuda contribuye a disminuir la percepción de ambigüedad y la desconfianza.

Sin embargo, no fue fácil para nosotros, psicoterapeutas de orientación psicoanalítica, aprender a tratar sin demanda manifiesta.

Para ello nos fue también útil comprender la intensa vivencia de asimetría que en la relación puede experimentar un adolescente en cualquier consulta ante un experto (Feduchi et al., 2007). Asimetría que le puede hacer muy difícil tolerar el contacto con el sentimiento de necesidad de ayuda y su reconocimiento.

Esto ocurre por partida doble en el caso de la adolescencia. A la vivencia de inferioridad e inseguridad que puede provocar sentirse ignorante frente a alguien que supuestamente sabe más y con quien no se percibe una correspondencia en el intercambio de intimidad, se suma una segunda polaridad: la del niño frente al adulto.

Es una situación muy expuesta donde la amenaza que se vive para la identidad (riesgo de ser ridiculizado, acusado, despreciado por su manifiesta inmadurez,…) puede originar todo un repertorio de actitudes defensivas de características narcisistas. En nuestra población nos podemos encontrar así con actitudes que van desde la exhibición del “curriculum” delictivo hasta el más evidente desprecio hacia las posibilidades de recibir una ayuda.

En la mayoría de ocasiones se trata de adolescentes y jóvenes acostumbrados a solucionarse las cosas por su cuenta. Sus comportamientos suelen ser una mezcla de las capacidades que han desarrollado, y de las carencias que arrastran desde su infancia. Todo ello determina su desconfianza (y su desconocimiento) hacia las posibilidades de ser atendidos emocionalmente. En última instancia esto supone déficits en la capacidad simbólica que dificultan seriamente la contención mental de ansiedades, que intentarán eliminarse a través de la actuación.

Finalmente la imposición judicial de tratamiento introduce todavía una tercera asimetría: la del “reo” frente al juez. Y paradójicamente hemos podido comprobar como ésta facilita al menor la posibilidad de despojarse de su sentimiento de necesidad y de su vivencia de fragilidad frente al psicólogo. La entrevista se hace más tolerable: “Vengo porque me lo impone el juez, no porque yo necesite nada”. La obtención de los citados beneficios secundarios justifica su presencia en la consulta, así disminuye su ansiedad y la comunicación puede salir beneficiada.

De la misma manera la obligatoriedad impuesta por un estamento judicial es también utilizada por el menor para mitigar las ansiedades que una derivación a un dispositivo de Salud Mental obviamente despierta. “Yo no estoy loco, lo que pasa es que soy malo [por eso me envían aquí]…”. Un joven mostraba así claramente al terapeuta sus preferencias a la hora de construir su identidad.

El caso de Manuel ilustra esta situación de partida. Con 17 años es derivado a nuestro Servicio para cumplir su tratamiento obligatorio en régimen ambulatorio tras una medida de más de un año de internamiento cerrado por una serie de graves delitos violentos. En la primera entrevista tras presentarme y explicarle nuestras funciones se decepciona ante el hecho de no encontrarse frente a un psiquiatra. “Es que a mí los psicólogos me la sudan… yo quería lo de la medicación… Es que yo no hablo con nadie, mi padre es el único del que me fío”. Tras aclararle que no habrá ningún problema en realizar el seguimiento de su tratamiento psicofarmacológico me intereso por sus experiencias anteriores con “psicólogos”. Muy escuetamente me habla de los del Centro y aprovecho para incidir en la independencia que nuestra intervención tiene de su proceso judicial. En este momento parece abrirse algo y comunica sus temores de volver a engancharse a la coca cuando salga “…del mono, de sentirme mal…” Lo reaseguro de nuevo en la necesidad de continuar con la ayuda psicofarmacológica pero empiezo a explicarle de qué podría servir también una ayuda psicológica. A renglón seguido me intereso por su proceso de desinternamiento. La angustia de Manuel se hace aquí más evidente describiendo la situación de endeudamiento a la que le llevó su consumo y las ansiedades persecutorias que esto le genera. Señalo la importancia de su problema y la necesidad de ayuda que seguramente tiene a diferentes niveles cuando me interrumpe interesado en explicarme sus delitos. El resto de la entrevista va a estar prácticamente dedicado a esto. Manuel se muestra más vital. Su relato es obviamente poco empático con las víctimas, pero no llega a ser cruel. Se trata de robos con violencia pero él se detiene especialmente en subrayar su arrojo, su habilidad, su capacidad de enfrentar los problemas que le iban apareciendo. Cuando empezamos a hablar sobre sus expectaitivas de futuro el panorama no resulta tan halagüeño, “quiero trabajar de lo que sea… menos de chapero en las Ramblas cualquier cosa es buena…” En un momento dado Manuel parece querer terminar la entrevista preguntando cuándo vamos a volver a vernos y anunciándome que “cuando nos veamos ya te explicaré…” Aprovecho su propuesta para reforzar su compromiso de asistir a una segunda entrevista.

Nuestra intervención se va a enfrentar por lo tanto de entrada a la tarea de propiciar en el menor una transición desde la vivencia de imposición o castigo a la de una experiencia en una relación de ayuda.

Es una tarea que realizamos en un contexto general en el que el tratamiento es una medida más entre otras que van a intentar asistir al menor en el intento de recuperar su desarrollo. Por lo que múltiples experiencias van a apuntar en esta dirección.

La tolerancia y el respeto hacia las actitudes iniciales defensivas es muchas veces el primer baluarte para iniciar la construcción de una relación terapéutica. Desde el inicio, tolerando sus “exploraciones”, incluso antes de acudir a la primera visita, sus ausencias a las citas, el acudir fuera de hora,… Una serie de comportamientos que pueden ser la única manera de aproximarse sin sentir la invasión de una insoportable vivencia de fragilidad. El delegado judicial (DAM) empieza en este momento ya a cumplir una de sus funciones en relación con el tratamiento: acompañar cuando la capacidad del menor no es suficiente. Esta “vigilancia”, que comporta una tarea de apoyo psicológico y práctico, podrá irse retirando en la medida que el vínculo terapéutico se establezca y reaparecer quizás (como veremos) en momentos de “crisis” o interrupción de la relación terapéutica. La vigilancia se diferencia de nuevo del control, está más asociada al cuidado. Supone una atención y una intervención sólo cuando se estima necesario. Incluye por lo tanto un grado de confianza.

Ya en las primeras entrevistas con el menor a la tolerancia descrita se suma una actitud activa por parte del terapeuta. La explicación clara del sentido de la medida destinada a favorecer su desarrollo. La de nuestras funciones, claramente diferenciadas de lo pericial. Un manejo de los silencios que evite que se apoderen de la entrevista pues incrementan la vivencia de asimetría. Todo ello contribuye a disminuir su desconfianza.

En nuestro modelo de intervención mantenemos una separación de funciones con los profesionales de Justicia que se ha mostrado operativa a lo largo de estos años. Nosotros nos encargamos del tratamiento y mantenemos una coordinación que atiende las obligaciones del delegado en relación con su tarea de vigilar la medida. Por ejemplo informamos de las interrupciones y de la marcha general del tratamiento. Por otro lado realizamos un intercambio de información con respeto a la confidencialidad (aquí de nuevo hay que tener en cuenta la coexistencia de aspectos adultos e infantiles) que nos permite a los terapeutas conocer mejor la realidad y la evolución del menor, y al delegado orientar su estrategia educativa con mayor comprensión de las motivaciones inconscientes de los jóvenes. Le explicamos al menor o al joven este encuadre, que sobretodo va a ir experimentando a lo largo del tratamiento. Como señalaba no intervenimos en cuestiones de peritaje y valoración forense para lo cual el propio sistema de Justicia Juvenil cuenta con recursos propios.

La existencia del delegado judicial es también una ayuda importante para los terapeutas a la hora de modular nuestras respuestas contratransferenciales a la comunicación o falta de comunicación del menor. Saber que hay alguien que vela por la atención de necesidades básicas que requieren intervenciones concretas y prácticas en su mundo externo, nos permite a nosotros centrarnos en su mundo interno, en la tarea de intentar modificar unas formas de funcionamiento mental que le están impidiendo aprovechar las oportunidades que se le presentan con la medida.

Héctor arrastraba provocativamente sus pies por el pasillo cuando se dirigía hacia el despacho para mantener su primera visita en nuestro Servicio. El DAM le había acompañado. Denunciado por una agresión a su madre, empezaba también a coquetear con grupos próximos a bandas juveniles en su barrio. Grupos que había empezado a frecuentar más tras ser expulsado del Instituto. Poco a poco en la entrevista Héctor va explicando su historia. “¿No has estado nunca en un Instituto?” “Si te callas se te comen”. Hijo de un fracasado matrimonio mestizo, discute con frecuencia con su madre por la que se siente profundamente despreciado. Su “negativismo” hace que ella lo asocie con el padre que los había abandonado, a quien además ve constantemente reflejado en los marcados rasgos raciales de su rostro. “Indio de mierda”. Al final de la entrevista Héctor descubre su pecho mostrando al terapeuta las deformaciones que en su piel dejó una quemadura sufrida a los cuatro años cuando en un accidente doméstico su madre derramó sobre él una olla de agua hirviendo. Empezar a atender las “quemaduras” mentales que el desprecio que sentía le estaban causando, estimuló su colaboración con el delegado para atender médicamente la modificación de sus cicatrices corporales. La atención ofrecida las liberaba así de ser un medio para expresar de forma victimista su resentimiento. Y la existencia del delegado reducía el impacto emocional que Hector habría podido provocar en el terapeuta con su “exhibición” afectando su capacidad de pensar.

Por otro lado conocer la realidad de los chicos a través del delegado nos capacita para tolerar mejor la falta de información proveniente de ellos y evitar en las primeras entrevistas la deriva hacia un interrogatorio destinado a calmar una ansiedad que el desconocimiento y las sospechas provocarían.

Antonio cumple una medida judicial con obligación de tratamiento por su conducta violenta. Miembro del movimiento skin, se ha involucrado en múltiples agresiones a grupos de ideología contraria (skin-reds) sobre los que vuelca su intolerancia. La información previa con la que el terapeuta cuenta, le permite organizar una entrevista abierta, no excesivamente focalizada en los problemas de conducta de los que le comunica que está básicamente informado. En este primer encuentro el joven se instala en esa prototípica actitud de “si quieres yo te cuento”. Aunque muy alejado de mostrar contacto con ningún sentimiento de necesidad se muestra franco hablando de su situación familiar. Su comunicación permite comenzar a comprender la génesis de su identificación con el nazismo. La intensa sensación de injusticia, de incomprensión y rabia que le provocaba una complicada dinámica familar que muy precozmente depositó en él la etiqueta de niño difícil, alimentó sus sospechas hacia lo que empezó también a considerar como una similar “demonización” injusta del nazismo. Al igual que él “eran violentos, pero no era para tanto… se habían cometido muchas injusticias con ellos…”. Ahora Antonio parece disfrutar provocando en los demás un intenso rechazo hacia su ideología. A la vez que localiza en la reivindicación “okupa” de los skin-reds sus repudiadas tendencias regresivas con las que no se permite tener ningún tipo de contacto.

El límite de la confidencialidad lo marcan los hechos de los que pudiéramos tener noticia y que al desconocer el delegado podrían causar algún daño al menor. Obviamente entre estos daños también se encontraría la impunidad. En contadas ocasiones hemos tenido que animar al menor a que comunicara también al delegado lo que nos había dicho. Y excepcionalmente nuestra ayuda ha tenido que concretarse en una intermediación directa que ayudara al menor a informar al delegado judicial. En ningún caso hasta la fecha hemos tenido que suspender un tratamiento por este motivo. Pero conviene saber que lo podríamos tener que hacer.

Nuestra experiencia es que en la mayoría de ocasiones el menor se muestra comunicativo. “Vengo porque el juez me obliga, yo, la verdad, no necesito nada, pero si quieres te cuento…” Como he dicho este planteamiento no va a ser inicialmente cuestionado por el terapeuta exigiendo un reconocimiento de su necesidad de ayuda. A medida que “nos cuenta”, vamos a poder irle dando nuestra opinión profesional. Su relato nos permite ir elaborando una serie de hipótesis dinámicas sobre su funcionamiento.

Va a resultar muy importante en este momento conocer también sus aspectos más sanos y capaces, pues sólo mostrándole como algunas de sus maneras de funcionar pueden acabar perjudicando su desarrollo, establecemos las bases para la construcción de una alianza terapéutica, de una gradual construcción de un sentido compartido de la intervención. Que sienta que nos ponemos de parte de su crecimiento, ofreciéndole una oportunidad de modificar la experiencia de “salir siempre perdiendo” como nos comunicaba desesperado un joven. Con todo ello pretendemos interesar al menor en la propuesta que le planteamos y empezar a estimular esa transición de lo obligatorio a lo voluntario.

La comprensión del síntoma en la conducta.

El adolescente es por naturaleza un sujeto de acción. Necesita experimentar para enfrentar la tarea de construir su identidad y conocer el nuevo mundo adulto que desde su naciente posición también va a contribuir a crear. Por lo que con cada aparición de un adolescente en la sociedad se inicia un proceso de acoplamiento recíproco entre él y su entorno. La novedad que introduce el adolescente siempre lleva asociado un grado de trasgresión de lo establecido. Así, la rebeldía de los jóvenes puede contribuir a la transformación de normas inadecuadas o Leyes injustas. Que dicho acoplamiento transcurra por los cauces de una conflictividad manejable a través de la negociación, el diálogo, el reconocimiento y el cambio mutuo dependerá tanto del joven como del entorno.

Desde este punto de vista nosotros prestamos especial atención a la dinámica que se genera entre las ansiedades claustro-agorafóbicas prototípicas de la adolescencia y el trato del entorno que puede favorecer el desarrollo o dificultarlo siendo controlador y sobreprotector o expulsivo.

El caso de Ana lo ilustra. Con 15 años llega a la Justicia denunciada por sus padres tras varias agresiones a su madre. En las entrevistas de exploración se muestra convencida de que un hecho así no se volverá a repetir, y está dispuesta a demostrarlo. La denuncia y las diferentes intervenciones profesionales se han desencadenado son vividas por ella como una decepcionante muestra de desconfianza que alimenta su rencor. En su relato pronto aparecen sus grandes dificultades para aceptar la nueva situación de su familia. Sus padres decidieron separarse hace dos años, tras múltiples amenazas de ruptura. Habían mantenido, desde que ella lo recuerda, una tensa y conflictiva relación en la que habían llegado a producirse agresiones físicas entre ellos, nunca denunciadas. Al poco tiempo de la separación, sus padres organizaron sendas familias reconstituidas a las que se sumaron hijos menores de las correspondientes nuevas parejas. Esta reorganización no se hizo de forma ordenada, probablemente por las fuertes cargas de ambivalencia y culpa en una separación de difícil elaboración. Los múltiples movimientos familiares y la falta de claridad que Ana percibe de su entorno han ido aumentando en este tiempo su sensación de incertidumbre. Sus sentimientos de rabia contenida y vergüenza la están llevando a un aislamiento cada vez mayor. Es incapaz de comunicar su malestar incluso a sus amigas, y en casa opta por encerrarse cada vez más en su cuarto, donde acaba realizando hasta las comidas. Su dificultad de relación con las nuevas parejas de sus padres es importante, se le hacen muy difíciles de soportar y las evita siempre que puede. En el curso de su tratamiento Ana explica que tiene un perro que “solo muerde a los desconocidos”, pero es su vida la que se ha llenado de desconocidos. Se ve así obligada a enfrentar las ansiedades de su desarrollo, también lleno de múltiples cambios, sin ningún vínculo estable de confianza. La solución regresiva que adopta provoca que sus padres la presionen cada vez más para que acepte con naturalidad la nueva situación, a lo que ella se resiste con violencia. La espiral de proyecciones entre padres e hija va en aumento. “Para ellos nunca hago nada bien”, dice ella; “Nos estás destrozando la vida”, dicen ellos. Padres e hija tan solo son capaces de verse como mutuamente rechazantes y cruelmente abandónicos.

El síntoma, la agresión de Ana a su madre, es consecuencia de una serie de factores que interactúan. Las tendencias regresivas de Ana ante sus ansiedades agorafóbicas (propias de la etapa evolutiva que está viviendo y exacerbadas por la inestabilidad de su entorno familiar), su refugio en la pasividad, el aislamiento, el consumo de marihuana,… La mala tolerancia del entorno a este comportamiento, un entorno con dificultades particulares, también enfrentado a duelos de difícil elaboración, impaciente con Ana a la que parece gritar “¡crece de una vez!”, “acepta la nueva situación de la familia!” Aparecen entonces una serie de exigencias, límites rígidos expresados con hostilidad,… que exacerban las ansiedades claustrofóbicas de Ana, su miedo a quedarse atrapada en la infancia, sometida como una niña atemorizada a un mundo adulto controlador. Unas ansiedades que, a su vez, están también estimuladas por sus propias tendencias regresivas. Todo ello genera un círculo vicioso, un terreno abonado para la intensificación de las proyecciones (tan propias de la adolescencia): “son los adultos que no me dejan crecer y me encierran con sus exigencias y absurdas imposiciones, unos adultos con los que además no puedo contar, ese es mi único problema, eso es contra lo que tengo que luchar, eso es lo que tengo que eliminar”. Y también las proyecciones hacia ella por parte de los padres: “es un monstruo, nos está destrozando la vida, ahora que empezábamos a vislumbrar las posibilidades de una nueva vida…”. Proyecciones que obviamente no favorecen el desarrollo de un sentimiento de identidad mínimamente confortable.

Más allá de la violencia, esta espiral de conflicto puede desembocar en otra de las respuestas incontinentes que hemos observado en los entornos del adolescente: la expulsión. La familia, la escuela, cualquier institución en la que el adolescente viva o sea invitado a vivir puede responder así ante la difícil prueba a la que la someten las conductas disruptivas y disfuncionales de los jóvenes. Es fácil de entender, es una respuesta hasta cierto punto “natural” y más probable cuanto más escasas sean las capacidades de contención del entorno. Esta dinámica promueve la judicialización de los conflictos. Aunque con la aparición de la Justicia la deriva expulsiva se detiene: “Alguien por fin se va a encargar”.

En nuestro grupo Feduchi (2006) ha bautizado este funcionamiento en el seno de la familia como el “síndrome del adolescente abortado” cuando se observa la repetición de dinámicas de relación que ya se dieron durante el embarazo o los primeros momentos de la crianza. Etapas en las que por diferentes motivos (fuertes cargas de ambivalencia materna en relación con el embarazo, problemas graves de desarrollo del bebé de difícil contención) se generaron en los progenitores intensas fantasías abortivas o deseos de deshacerse del bebé, en ocasiones incluso conscientes. Pensamos que la culpa derivada de estos sentimientos puede determinar rápidas oscilaciones entre la sobreprotección y la “expulsión” en la crianza del niño que alterarían su desarrollo y que se reeditan en la crisis de la adolescencia cuando las ansiedades de separación vuelven a afectar a todo el grupo.

La identidad

Otra área a la que prestamos especial atención a la hora de intentar comprender el “síntoma” que la conducta del adolescente expresa, es la definida por su proceso de formación de un sentimiento de identidad. Una identidad que necesita percibir suficientemente estable, coherente, real, con continuidad en el tiempo, sin niveles de culpa o de vergüenza que impidan la consolidación de la autoestima.

Así nos preguntamos hasta que punto al joven le urge esa conducta y los efectos que genera para apuntalar su sentimiento de identidad. O hasta qué punto necesita defenderse con un ataque violento, de características destructivas, ante lo que percibe como una amenaza para la misma.

Jonathan, con dieciséis años, sigue su tratamiento a nivel ambulatorio tras una medida de internamiento impuesta por múltiples denuncias por robo, agresiones y lesiones. Su fortaleza física y su arrojo parecían haber contribuido a que ejerciera un rol de líder en grupos delincuenciales de jóvenes adolescentes del barrio marginal en el que vivía. Su aspecto atlético presentaba un extraño contrapunto en las cicatrices de autolesiones que llenaban sus brazos.

Segundo hijo de una familia numerosa, Jonathan había perdido a su padre hacía tres años víctima de un accidente de tráfico y a su hermana mayor hacía dos años por una sobredosis. En el momento de su detención vivía con su madre, una personalidad limítrofe sostenida por ayudas sociales, junto a sus hermanos pequeños. Gran consumidor de cannabis desde los once años, empezó a desentenderse de la escuela en la que pronto empezó a acumular expulsiones que culminaron en su ruptura con cualquier proceso de aprendizaje estructurado. Jonathan parecía haberse refugiado en su rol de líder violento en el grupo, en su frenético consumo de cannabis y en una serie de actividades físicas que tenían como objetivo fortalecer su musculatura. Sorprendía en las primeras entrevistas que no rehuyera el relato de su historia, consiguiendo mantener a raya las emociones más desestabilizadoras sin llegar a ser frío en su forma de expresarse. Cuando la emoción podría haber hecho un asomo de aparecer o cuando en su narración se agolpaban las descripciones de situaciones traumáticas, Jonathan proponía con algún pretexto la interrupción de la visita hasta un nuevo encuentro.

Si resulta muy difícil alcanzar un equilibrio suficiente en la reorganización interna que tiene lugar en la identidad, la violencia puede aparecer como un desesperado intento de regulación. A través de ella se van a eliminar vivencias de fragmentación, de vulnerabilidad extrema, intensas ansiedades confusionales o fuertes sentimientos de culpa.

La violencia puede estar dirigida al objeto que se percibe como estimulador de representaciones insoportables de uno mismo, como le pasaba a Jonathan que era capaz de responder muy violentamente cuando le parecía detectar una simple mirada de desprecio. O ir dirigida hacia un objeto en el que previamente se han depositado esas representaciones indeseables por identificación proyectiva (Klein 1946). Son los ataques al débil, al desvalido, al extraño, al diferente. Como cuando Jonathan con su grupo se dedicaban a atemorizar a otros jóvenes en su barrio.

Perelberg (1997) ha descrito en jóvenes pacientes fronterizos, como la violencia puede intentar reducir un sentimiento de confusión e incoherencia internas movilizando un atributo específico para lograr mayor sensación de identidad entre un cúmulo de aspectos identificatorios entre los que existe una excesiva fluidez. Pensamos que algo similar puede ocurrir en la adolescencia problemática.

En una evolución posterior la violencia puede asimismo pasar a ser uno de los atributos sobre los que se construye una identidad con características “negativas” (Erikson 1964). El adolescente puede encontrar en aquellas cualidades más enérgicamente rechazadas por el entorno un anclaje sobre el que construir su sentimiento de identidad de forma mucho más clara y real que sobre las imprecisas y difícilmente alcanzables cualidades en las que se centran las expectativas del mundo adulto. Máxime cuando el adolescente encuentra una valoración y un reconocimiento de esas cualidades en su grupo de iguales, como ocurre con la violencia en las bandas juveniles.

El tratamiento: desarrollo

La sensación del joven de que sus vivencias son comprendidas facilita que él a su vez tome en consideración nuestras observaciones. Esto es importante para cualquier tipo de psicoterapia, pero cobra especial importancia en situaciones en las que no es infrecuente que el menor ocupe el lugar de chivo expiatorio de dinámicas familiares altamente patológicas. También por el hecho de estar sufriendo el impacto “traumático” provocado por la aparición de la Justicia y todo el proceso que se desencadena. La conducta disruptiva suele provocar rechazo y hostilidad en el entorno, contribuyendo a perpetuar una mala experiencia en la relación con los otros.

Nuestra idea es que la mayor comprensión sobre las emociones que el tratamiento puede ir introduciendo cataliza la aparición de representaciones mentales con capacidad para contener la ansiedad (la necesidad, la frustración) y modular la respuesta defensiva. Disminuye así el refugio en la omnipotencia y la negación de la realidad a las que muchos menores necesitan acudir para sostenerse psíquicamente. Las nacientes capacidades de abstracción y el pensamiento formal que surge en estas edades favorecen también esta aparición del insight.

Xavier, un joven de 16 años cuando llegó a nuestro servicio, había sido denunciado por robos y agresiones con lesiones. El mayor de una familia de tres hermanos Xavier había sufrido malos tratos por parte de una madre irracionalmente exigente, que finalmente había sido diagnosticada de un transtorno mental severo e ingresada en una clínica mental. Su padre había intentado hacerse cargo de las necesidades de la familia, pero aparecía como un hombre débil y sumiso a los ojos de Xavier.

Era un joven pendenciero, no necesitaba grandes pretextos para enzarzarse en peleas. Organizaba correrías con alguno de sus amigos, que no parecían tener otro objetivo que el de buscar pelea. Había abandonado todos sus estudios y robaba esporádicamente, principalmente para costearse un elevado consumo de cannabis. Le dedicaba horas al gimnasio con el fin de desarrollar una musculatura de la que se sentía muy orgulloso. Su comportamiento parecía otorgarle en el grupo de iguales un rol especial, a medio camino entre “el diablo” y “el indomable”, que le gratificaba. No tardamos en comprender como sus agresiones respondían a un intento desesperado de deshacerse de representaciones de sí mismo insoportables, sentirse un inútil, inservible, sentirse desechado, abandonado. Con el agravante de que Xavier parecía provocar situaciones para poder ejercer la violencia. Su propia relación de dependencia con el tratamiento era tolerada con dificultad, sus ausencias eran frecuentes y le costaba terminar las sesiones a las que asistía.

A lo largo de su psicoterapia, sin embargo, Xavier pudo ir gradualmente tolerando algo mejor sus sentimientos de soledad y tristeza. Las intervenciones del terapeuta intentaban ayudarle a considerarlos como algo valioso que le informaba de su manera de apreciar el mundo y sus relaciones. En una de sus sesiones en el segundo año de psicoterapia Xavier comunicó el siguiente sueño: “Aparecía con su madre entre sus brazos, era evidente que ésta se estaba muriendo, él sollozaba ‘mamá no te mueras…’, mientras sucedía todo esto su abuelo estaba delante…”. Tras explicar el sueño comunicó diferentes recuerdos de su infancia en torno al malestar que le generaban los absurdos y abusivos castigos de su madre. Pero en esta ocasión, incluyó algún recuerdo bueno como el de “su madre observándoles complacida a él y a su hermano mientras jugaban en la terraza”.

Pensamos que el factor “presencia” y “estabilidad” de la relación en la psicoterapia (y probablemente en toda la experiencia global de la medida judicial) posee un alto valor terapéutico en sujetos cuyas biografías suelen estar marcadas por la ausencia y la inestabilidad en las relaciones. Nuestra intervención puede desarrollarse a lo largo de todo el periplo que el menor realice por el circuito Judicial, ofreciendo una experiencia de continuidad por más cambios que su situación judicial pueda experimentar. Desde este punto de vista el manejo de las ausencias cobra especial importancia en la terapia. El adolescente puede “convertir” en ausente al objeto con su conducta. A lo largo de la psicoterapia y en la medida que se recupera (o se construye) la capacidad de contacto con las emociones, puede surgir la necesidad de poner distancia en la relación a través de las ausencias a la sesión. Puede ser una maniobra defensiva ante ansiedades de características claustrofóbicas o una necesidad de experimentar su naciente autonomía. Aquí la figura del delegado cobra de nuevo especial importancia velando por su asistencia. Ya que al menor puede resultarle todavía difícil volver tras una ausencia o llamar para recuperar el contacto. El delegado judicial asume así también el riesgo de recibir las proyecciones del menor que puede sentirse controlado por él. Así se preserva la relación con el terapeuta que puede seguir ayudándole a comprender la situación.

A medida que la capacidad de contención aumenta los intereses y la curiosidad de los jóvenes pueden desplegarse con más libertad. El reconocimiento de aspectos sanos, que ya subrayamos al hablar de las entrevistas de diagnóstico y valoración, va a constituir un elemento importante a lo largo de todo el tratamiento. Tiene en la adolescencia un valor terapéutico en si mismo pues la identidad es todavía precaria y al menor puede costarle reconocer y valorar sus propias capacidades. Nuestra sensibilidad hacia la psicopatología no debería ser mayor que la que podamos desarrollar hacia la “psicovitalidad”. Comunicar un interés sano supone también para el menor arriesgarse a contactar con el afecto de una expectativa y el consiguiente temor a la pérdida (o al fracaso) asociado a ella. Que la amenaza de la pérdida pueda ser utilizada por los adultos para manipularlo o controlarlo de alguna manera es un factor que muchas veces inhibe la comunicación más abierta de sus intereses. “Si ven que quieres algo, entonces ya te lo quitan si después tú no haces lo que te mandan…”. La vergüenza, la confusión en relación con los sentimientos, muchas veces vividos por los jóvenes como muestras de debilidad, obstaculiza seriamente el desarrollo de sus capacidades, la posibilidad de arriesgarse a ponerse a prueba. Su propensión al aburrimiento, prototípico de esta etapa (20), es mayor.

Ramón, un joven de 17 años denunciado por robos con fuerza y daño a las cosa, también ha sido expulsado de la escuela por “conducta disocial”. Es el segundo de cinco hermanos de una familia de padres trabajadores. El modelo de familia que presenta parece más definido por la ausencia de los padres absorbidos por sus horarios laborales que por una desestructuración de la familia. Su presencia física en las primeras entrevistas es llamativa: sucio y desaliñado, maloliente, parece medio dormido. Describir su situación se le hace difícil. El desinterés y el aburrimiento parecen invadirlo todo, nada despierta su curiosidad. Pasa mucho tiempo solo y sin saber qué hacer: o duerme o sale con sus amigos.

En la entrevista tan solo se anima cuando explica sus “aventuras” forjadas a través de robos y estropicios en grupo, como por ejemplo cuando “… una vez rompimos las ventanas de toda una hilera de coches aparcados…”. Conductas cuya motivación no sabe explicar, “… se nos ocurre cada cosa…”. Estas aventuras, aparte del dinero que en ocasiones le pueden proporcionar “para bebidas o para comer”, parecen tener un efecto vitalizante (observado en la misma entrevista), y constituyen una escapatoria de un sentimiento de aburrimiento invasivo e insoportable. A lo largo de su psicoterapia Ramón pudo ir comunicando su interés por los animales. Cazaba pájaros que después adiestraba para el canto. La estimulación de estos aspectos vitales a través de una escucha activa y sincera no solo contribuyó a mejorar su higiene personal sino que le permitió comunicarse mejor con su delegado que le proporcionó el contacto con un recurso formativo orientado al cuidado de los animales.

En nuestra experiencia psicoterapia y acción educativa se potencian mutuamente. Y aunque no siempre se llega a tiempo de invertir o frenar dinámicas con una fuerte inercia, comprender la formación del síntoma en el sujeto y en la relación puede servir también para mejorar la capacidad de prevención en otros niveles. El trabajo interdisciplinar es aquí también importante. El intercambio de conocimientos entre los profesionales que trabajamos en los diferentes ámbitos donde el adolescente se desarrolla puede contribuir a que la familia, la escuela, el barrio puedan también hacerse más contenedores, más “justos”.

Un campo complejo, una ética común.-

Para terminar quisiera destacar como la intervención en este complejo terreno multidisciplinar se beneficia de la existencia de un claro marco ético común. Un marco ético que se hace muy explícito a todos los protagonistas (profesionales de Justicia, de la Salud y a los propios adolescentes) pues por diferentes vías surge de ellos mismos.

En primer lugar el hecho de que sea la propia Justicia la que señala la necesidad de una ayuda psicológica no es para nada insustancial. Las medidas de tratamiento para infractores (al igual que los programas de Mediación y Reparación) son consecuencia del cambio de paradigma que para el Derecho Internacional supuso la Convención sobre los Derechos del Niño (1989). Con este cambio de paradigma (21) el adolescente en conflicto con la ley dejó de ser “objeto de tutela” para pasar a ser “sujeto de derechos y obligaciones”. Es un modelo que preconiza la responsabilidad del adolescente intentando hacerla coherente con su situación de persona en formación, promoviendo por lo tanto un equilibrio entre lo judicial y lo educativo. La Justicia también va más allá del síntoma favoreciendo así que pueda ser percibida como “justa” al atender al sujeto.

En segundo lugar el modelo de Salud Mental desde el que operamos es un modelo que, lejos de tentaciones reduccionistas, considera la complejidad biopsicosocial de la formación del síntoma. Que pone especialmente el acento en el desarrollo evolutivo del adolescente desde una perspectiva psicoanalítica. Y que, desde ese punto de vista destaca la importancia que para su desarrollo tiene la relación con el entorno (familiar, escolar, social). Respeto a la complejidad y atención a las necesidades básicas pasan a ser así características esenciales de los procesos que pretendemos instaurar.

Finalmente contamos con el propio empuje de la adolescencia pues es precisamente en esta etapa del desarrollo en la que se construye el sentido de la Justicia (22), la capacidad de pensar éticamente (23), el sentido de la solidaridad y de la lealtad.

El adolescente es muy sensible a la injusticia, al abuso de poder o al paternalismo, a que se confundan sus aspectos infantiles con sus incipientes formas de funcionamiento adulto. Por eso, al mismo tiempo, puede ser muy receptivo ante las actitudes que percibe justas.
Sandra, una joven de diecisiete años que había llegado a ponerse seriamente en riesgo con su conducta transgresora, oposicionista y descuidada llegaba a describir con estas palabras en una sesión de su psicoterapia a un educador con quien finalmente parecía estar construyendo una buena relación:
… [es justo] te escucha, se coloca en tu cabeza y comprende lo que tú dices…, aunque luego no te de la razón sientes que te ha entendido… Y…, eso sí que lo tiene…, que sabe reconocer sus errores.” Nuestra joven paciente describía certeramente lo que empezaba a ser para ella una mejor relación con la autoridad. La “autoridad” con la que ella tantas veces había chocado. Parecía conocer uno de los orígenes etimológicos de la palabra “autoridad”, la que proviene del latín “auditore” “escuchar”. El proceso que siguió Sandra a partir de poder empezar a confiar más en las relaciones de ayuda parecía desplegar otra de las raíces de esta palabra, la que la conecta con el verbo latín “augere”, “hacer crecer”.

Notas

(1) Equipo actualmente integrado por Pilar Raventós, Lluis Mauri, Begoña Vazquez, José Luis Pérez, Vicens Llibrer y Juan Antonio Pla; y por el que han pasado en diferentes momentos de su historia Victoria Sastre Asunción Soriano, Isabel laudo, Joana Lara, Mabel Elduque y Jordi sala

(17) Utilizaré la palabra “menor” en el sentido que se le da en el ámbito del Derecho: menor de edad al que se le puede aplicar la Ley del Menor. En nuestro país esta franja de edad se sitúa en la actualidad entre los 14 y los 18 años. Las medidas obviamente pueden desplegarse más allá de los 18 años.

(18) Abuso de substancias, conductas muy impulsivas o compulsivas, problemas de relación repetitivos, conductas disfuncionales en el área de la sexualidad, síntomas de ansiedad o afectivos o signos psicóticos.

(19) Entendemos la salud física y la autonomía como las necesidades básicas de las personas. En particular la capacidad de autonomía de los individuos es la razón por la que los consideramos práctica y moralmente responsables de sus acciones. Se pueden definir las variables clave que afectan a los niveles de autonomía individual, estas son: “el grado de comprensión que una persona tiene de sí misma, de su cultura y de lo que se espera de ella como individuo dentro de la misma; la capacidad psicológica que posee de formular opciones para sí misma; y las oportunidades objetivas que le permitan actuar en consecuencia” (Doyal y Gough, 1994).

(20) El aburrimiento aparece con frecuencia en los adolescentes. La falta de experiencias que todavía tienen hace difícil que puedan recurrir a vivencias o recuerdos anteriores para salir de ese estado. La infancia está muy cercana y las experiencias de esta etapa no le sirven. Necesita estímulos nuevos. (Feduchi et al., 2006)

(21) Este desarrollo del Derecho en materia de responsabilidad penal juvenil ha propiciado la elaboración de unos principios fundamentales que en el marco de diferentes acuerdos internacionales suponen obligaciones concretas para los Estados. Así surgen el Principio del interés superior del Menor, el Principio de no Discriminación, el Principio de Privación de Libertad como último recurso, el Principio de respeto al debido proceso, el Principio de gradualidad o proporcionalidad, el Principio de oportunidad y el Principio de justicia restaurativa o reparadora.

(22) Una de las principales construcciones culturales del género humano de la cual la moderna “filosofía biológica” estudia sus bases biológicas a través de interesantes estudios transculturales.

(23) Fue Piaget (1964) quien observó y supo explicar como el desarrollo neurobiológico va estrechamente asociado al de las capacidades cognitivas y emocionales del sujeto, influyéndose mutuamente. Posteriormente Kholberg describió como estas nuevas capacidades catalizan una transición de la ética de la obediencia infantil ante el mayor criterio del adulto a la ética del respeto y el reconocimiento mutuos y el pacto social entre adultos.

Bibliografía

  1. Convención sobre los derechos del niño. Ratificada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, resolución 44/25, 20 de Noviembre de 1989.
  2. Doyal L, Gough I. (1992) Teoría de las necesidades humanas. Barcelona: Icaria; 1994
  3. Erikson E (1956). The Problem of Ego Identity. J Am Psychoanal Ass, 4, 56-121.
  4. Feduchi, L.; Mauri, L.; Raventós, P.; Sastre, V.; Tió, J. (2006). Reflexiones sobre la violencia en la adolescencia. Revista de Psicopatología y Salud Mental del niño y del adolescente, 8, 19-26.
  5. Feduchi, L.; Mauri, L.; Raventós, P.; Sastre, V.; Tió, J. (2007). Abordaje Psicoterapéutico en el marco de la medida judicial para menores. Revista de Psicopatologíal y Salud Mental del niño y del adolescente, 10, 33-41.
  6. Klein M (1946). Notas sobre algunos mecanismos esquizoides, en Obras Completas de M. Klein (1990), tomo III, Buenos Aires, Paidós.
  7. Piaget, J. (1964) Seis Estudios de Psicología. Barcelona: Barral; 1980.
  8. Perelberg, R.J. (1997). El interjuego entre identificaciones e identidad en el análisis de un joven violento: cuestiones sobre la técnica. Libro anual de Psicoanálisis (2001), XV, 27-40.

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