Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La violencia del padre y su repercusión en el hijo adolescente

PDF: aduriz-ugarte-violencia-padre-repercusion.pdf | Revista: 53 | Año: 2012

How the father’s violence influences his teenage son

Sabin Aduriz Ugarte
Miembro titular de la APM. Miembro de Sepypna

RESUMEN

Deseo exponer, desde una perspectiva psicoanalítica, el problema que supone para el hijo varón adolescente la violencia de su padre, en tanto influye en la asunción de su identidad sexual y en su compromiso con la realidad. La vía privilegiada a través de la cual el adolescente capta la violencia del padre es la de la identificación, sea como identificación con el agresor o instalándose el lugar de víctima pasiva. En este último destino se produce una fijación masoquista en el adolescente a hacerse pegar, a excitar la violencia del otro, a perderse él mismo. A través de un caso clínico se muestra que es esencial que en el vínculo terapéutico se puedan desplegar los fantasmas de la escena primaria, las imagos materna y paterna que marcan la vida del paciente, para hacerlas conscientes y poder transformarlas para que el sujeto no quede fijado en la posición de víctima.

PALABRAS CLAVE: violencia paterna, identificación, pasivizacion, escena primaria.

ABSTRACT

I wish to lay before the problem posed to the teenage son of his father’s violence, whiletaking influences sexual identity and its commitment to reality. The privileged way through which the adolescent captures the father’s violence is the identification, whether as identification with the aggressor or settled place of passive victim. In the latter destination there is a masochistic fixation on the teen to become hit, to excite the violence of another, to loss himself. Through a clinical case shows that it is essential that the therapeutic relationship can be deployed the ghosts of the primal scene, the maternal and paternal imagos that mark the life of the patient, to make them aware and to transform them in order to the teen isn ́t tight as a victim.

KEY WORDS: father’s violence, identification, passivity, primal scene.

1. EL ADOLESCENTE AFECTADO POR LA VIOLENCIA PATERNA

Deseo exponeros el problema que supone para el hijo varón adolescente la violencia de su padre. Tal maltrato hiere al adolescente donde más le duele e influye en la asunción de su identidad sexual y en su compromiso con la realidad.

Pero además quiero plantear que el enfoque de esta situación desde una perspectiva psicoanalítica implica que el adolescente no quede fijado en su condición de víctima sino permitirle reconocer sus servidumbres, para que al liberarse de sus ataduras pueda rescatar su ilusión de crear y de vivir.

En primer lugar hay que dar todo su peso al hecho de que la violencia del padre ha estado apuntalada en nuestro país, en nuestro medio social, en una mentalidad autoritaria que ha otorgado al padre un poder abusivo sobre su mujer e hijos. No debemos olvidar que el marco social y cultural influye sobre el psiquismo individual, al incidir sobre los modos como se configura la subjetividad. Sabemos que la mentalidad autoritaria propicia la culpa y el temor al castigo.

Cuando hablo de la violencia del padre sobre su hijo adolescente me refiero a un conjunto de modalidades, que pueden darse en su totalidad o sólo algunas de ellas: el maltrato físico y el ejercicio del insulto y de la humillación, así como la violencia ejercida por la certeza de tener la razón y, por ende, de tratar de imponerla con rigidez, inflexibilidad e impenetrabilidad. El padre que no se mueve de su verdad ni se conmueve, que nunca pregunta ni toma en cuenta lo que su hijo quiere, que no reconoce lo propio de su hijo, está incapacitado para escucharlo y para ponerse en su lugar. Esta violencia desespera, deshumaniza, anula al hijo como sujeto y produce una herida duradera en su amor propio. Precisamente si el adolescente tiende a provocar a su progenitor, en el sentido del pro-vocare, de la llamada al otro para hacerlo trabajar psíquicamente con sus retos y sus salidas de tono, y su progenitor se mantiene impermeable a esta llamada, a esta confrontación que le propone, el adolescente va a sentirse profundamente herido y decepcionado.

Pero la violencia del padre no va a quedar en una simple decepción. La vía privilegiada a través de la cual el adolescente capta la violencia del padre es la de la identificación. Mediante la identificación el padre pasa de ser una figura externa a formar parte del mundo interno del joven; éste interioriza no sólo ciertos rasgos y comportamientos del padre sino lo que podríamos llamar el fantasma del padre violento. La identificación puede manifestarse de diversas maneras, una de las principales sería como identificación con el agresor, a través de la cual el sujeto mismo se convierte a su vez en un ser violento. Esta forma de identificación siempre está presente de un modo manifiesto o latente, pero yo quiero referirme más bien a identificarse con el lugar de víctima pasiva.

Para el adolescente varón será muy importante poder tomar de su padre o de las personas que puedan sustituirle y ocupar su lugar, los atributos o las insignias que le permitan sentirse un hombre y construir su identidad masculina. Este “tomar” al que me refiero no es algo meramente imitativo sino un proceso que pasa por cuestionar los ideales transmitidos por el padre para quedarse con algunos y rechazar otros. Precisamente este proceso puede ser bloqueado por la incorporación psíquica de un padre violento.

Decía que ser víctima pasiva es uno de los destinos de la identificación con un padre violento. La pasividad es un concepto complejo y rico en sentidos, yo me refiero a la actitud pasiva que consiste en no tomar iniciativas, esperar que el otro diga lo que uno es y lo que uno ha de hacer, amoldarse y complacer a los otros, no enfrentarse y no decir “no” por miedo. Esta pasividad tiene grandes consecuencias en todas las actividades propias del joven, pero en especial en la relación con sus compañeros y con sus amigos. El adolescente pasivo puede sentirse como un niño débil y su conciencia moral juzgarlo como un ser inocente que conserva un mundo infantil idealizado y protegido de la sexualidad genital. A causa de esto es muy fácil que pueda convertirse en blanco de bromas y burlas sin poder responder a ellas y, en general, estar expuesto a ser excesivamente influido por lo que puedan decir o pensar los otros. Si uno no puede decirle “no” a otro tampoco puede creer en sus propios juicios, defender sus propias ideas y confrontarlas con los demás disponiendo de un sitio propio para pensar y para decir.

La posición de ser víctima pasiva lleva aparejada una inhibición de la agresividad, de esa agresividad necesaria para vivir, para respetarse y ser respetado. Es preciso diferenciar la violencia de la agresividad, la primera tiene un fuerte componente destructivo y la segunda está al servicio de la necesaria discriminación del otro y de la vida. El hecho de vivir en el papel de objeto marcado por la violencia paterna puede favorecer que la emergencia de los impulsos agresivos inconscientes pueda ser experimentada por el sujeto como la posibilidad de que se realicen en la realidad y ante ello han de ponerse en marcha urgentes medidas defensivas que inhiben radicalmente toda agresividad. Un arañazo producido en una pelea con un compañero de clase puede despertar el miedo de haberle sacado un ojo y acompañarse de un terrible sentimiento de culpa.

Una de las tareas fundamentales de la adolescencia es la de representarse el adolescente como un sujeto producto del encuentro de dos deseos, el de su madre y el de su padre. Los psicoanalistas llamamos a esto construir internamente una escena primaria, en la que el sujeto pueda imaginarse excluido de la relación sexual entre sus padres pero a la vez pueda rescatar la curiosidad y los deseos activos que le suscita esta escena. La escena primaria está configurada por la imago materna y por la imago paterna y por la conjunción entre ambas. La imago sería la construcción de una figura animada por el deseo inconsciente. Los materiales con los cuales se construyen las imagos son restos de cosas vistas u oídas, es decir, restos de percepciones de los vínculos con los padres que son transformados por los deseos inconscientes.

El padre violento contribuye a que el hijo construya una escena primaria sádica y violenta entre sus padres, a menudo la figuración de un padre que trata mal a una mujer, con la cual el hijo se siente fuertemente identificado. Pienso que la imago paterna está hecha de una mezcla de idealización del padre, orgullo paterno, temor y profundo rechazo y odio al padre. Ese padre es inalcanzable, tocado a veces por la suerte del genio; autosuficiente y orgulloso, jamás se rebaja, no necesita de nadie; ese padre es un deus ex machina, causa de todo. Pero asimismo es muy difícil expresar lo que es, puesto que a menudo el joven tiene la convicción de que es preciso haber sufrido en propia carne la violencia para hacerla creer. Esta imago le deja al adolescente ante la necesidad de protegerse en la madre, pero a la vez queda inerme ante una imago materna omnipotente. En la relación cotidiana con la madre si su hijo se altera, se enfada, grita o se descontrola y su madre le dice: “eres como tu padre”, este juicio rápidamente le lleva al hijo a imaginarse como un padre que maltrata, dificultando y mucho el proceso de separación psíquica de su madre. A menudo el hijo adolescente insiste en que la madre le ve a veces como su pareja, como si fuera su padre. La manifestación de los afectos en la relación con la madre puede verse seriamente comprometida. Todo esto va a tener un profundo efecto en la relación con las chicas, como si una maldición o una compulsión a repetir un fracaso se hubiera instalado ahí. El adolescente puede sentir por ejemplo que si toca a las chicas las rebaja, les falta al respeto.

He mencionado antes que la identificación con el padre como hombre es esencial para que el adolescente construya una identidad masculina; ahora bien, para que se produzca esta identificación es condición que el adolescente ame a su padre y que ese amor se transforme en una identificación con él. Sabemos que desde la mentalidad autoritaria no está bien visto que los hombres manifiesten sus afectos. La violencia paterna coadyuva a la inhibición radical de este amor y facilita una intensa erotización inconsciente que se degrada en un vínculo sado-masoquista. ¿Cómo se manifiesta este vínculo? Especialmente por una fijación masoquista en el adolescente a hacerse pegar, a excitar la violencia del otro, a experimentar situaciones que le conducen a perder cosas, a perderse él mismo, a ser en ocasiones el hazmerreír.

Desde la perspectiva del psicoanálisis no podemos contentarnos con exponer los efectos de la violencia paterna, dejando a nuestro adolescente fijado al estatuto de víctima; ya que ser víctima es una forma de ser. Recuerdo una entrevista a un preso en la que ante la pregunta: ¿Quién eres?, repetía una y otra vez: “yo soy pirómano”: era su orgullosa identidad. Es preciso por tanto trascender este lugar de víctima. Como decía Bárbara Dürhkop, viuda del senador Enrique Casas, asesinado por ETA, en El País del 27 de Enero de 2006: “La grandeza de las víctimas está en trascender el propio dolor para lograr ver otro camino, quizás largo y doloroso, pero viable y esperanzador, intentando superar odios y rencores”.

Como psicoanalistas hemos de tener la suficiente sensibilidad y capacidad de contención para que el adolescente sienta confianza para animarse a compartir su dolor. Pero asimismo tenemos la responsabilidad de ayudarle a trascender su papel de víctima. En primer lugar favoreciendo que pueda mostrar su genuina agresividad para confrontarse con su padre y con los otros, que pueda rescatar su propio amor propio y su carácter para enfadarse y decir “no”, saliendo de la situación pasiva de complacer a los demás o de vivir satisfacciones masoquistas.

Pero además es esencial que pueda desplegar sus fantasmas de la escena primaria para ser consciente de ellos y poder transformarlos: el paciente que presento más adelante tenía la fantasía “de ser hijo de una Virgen madre unida a un Dios que pone los niños dentro de ella”. En esta fantasía inconsciente Dios Padre es quien premia y castiga y no hace falta que el adolescente sea responsable de sus actos, ya que tal responsabilidad está proyectada en Dios. Asimismo nos hallamos en muchas ocasiones ante la disyunción: “o con mamá o con papá”, por la que irse con papá es alejarse de mamá que se queda sola y a la que puede pasarle algo, e irse con mamá es estar seguro pero quedarse encerrado en ella y pensar como ella piensa. Podemos constatar como el adolescente no encuentra en esta alternativa su propio lugar como sujeto. También deseo incluir aquí la fantasía de que la misión del adolescente sea matar al padre tirano.

Es vital esclarecer este mundo de fantasías para que el adolescente pueda asumir una posición activa ante los estudios y ante la vida. En esta perspectiva podemos situar la construcción y disolución de la fantasía: “que la madre, como hada buena, me rescate del padre-ogro”, haciéndose cargo de las cosas del adolescente, sacándole “las castañas del fuego”. Esta fantasía conduce al adolescente a esperar la salvación de la madre, la protección de ella del principio de realidad, inhibiéndose frente a dicha realidad. Al elaborar esto, nuestro joven cae en la cuenta de que se había apoyado en la omnipotencia de la madre para defenderse de la situación con el padre, pensando que la madre iba a sacarle de cualquier apuro, pero a condición de dejar las cosas en sus manos, sintiendo que las cosas no son para sí sino para ella, por ejemplo el estudio. Descubre que ha buscado esta protección porque el padre ha representado una ley de vida que a él le producía miedo a la vida, figuración de un mundo hostil como principio de realidad. Por ello es preciso que el adolescente elabore la hostilidad hacia el padre para tener una relación creativa con la realidad.

Finalmente es muy importante para el adolescente hacer el trayecto que va desde “mi madre me ve a mí como su pareja” al descubrimiento de “me da vergüenza reconocer que a veces siento que mi madre no es mi madre, es otra cosa, es como mi cónyuge, puede ser que por eso no puedo decirle que está guapa o que voy a echarla de menos”. Dar este paso significa reconocer el deseo edípico incestuoso que anida en el corazón del adolescente, para así poder renunciar a él y poder amar a una chica. Este camino complejo y hermoso pasa también por reconocer al padre, echarle de menos en lo que puede aportar y darse cuenta de que aquel hombre temible pero ideal ha envejecido, y que por tanto el hijo adolescente ya no es un niño, puede morir un día y ahora puede confrontarse de tú a tú con el padre.

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