Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Yin & Yang: encuentros culturales de crianza

PDF: yin-yang-encuentros-culturales.pdf | Revista: 48 | Año: 2009

Sonia Villero Luque
Facultativo Especialista de Área de Psiquiatría. Complejo Hospitalario Mancha Centro – USMIJ. 13600 Alcázar de San Juan (Ciudad Real)

Carlamarina Rodríguez Pereira
Psicóloga Clínica. Complejo Hospitalario Mancha Centro

Mª Dolores Ortega García
Facultativo Especialista de Área de Psiquiatría. Complejo Hospitalario Mancha Centro

Isidora Casas Ochoa
Diplomada Universitaria en Enfermería. Complejo Hospitalario Mancha Centro.

Comunicación libre premiada presentada en el XXII Congreso Nacional de SEPYPNA que bajo el título “Nuevas formas de crianza: Su influencia en la psicopatología y la psicoterapia de niños y adolescentes” tuvo lugar en Bilbao del 22 al 24 de octubre de 2009. Reconocido como actividad de interés científico-sanitario por la Consejería de Sanidad y Consumo del Gobierno Vasco.

ABSTRACT

From the exposition of K’s case; a 9 years old child, who is the son of a Chinese marriage which live in Spain for 20 years, we reflect on share maternity; mother’s motivations, appropriation of the receiver and the double attachment feeling of this child. It is consider the influence on clinic and therapeutic work of clinic-personal, transgenerational, transcultural, new rearing ways, familiar dynamics and attachment factors.

Keywords: share maternity, immigration, attachment, transcultural factors and rearing ways.

INTRODUCCIÓN

El fenómeno de la inmigración es uno de los factores que mayor impacto está teniendo a nivel social, económico, cultural y sanitario en nuestro país. Como psicoterapeutas, se nos plantea un nuevo reto en la aproximación clínica a la psicopatología de niños y adolescentes procedentes de culturas alejadas del marco teórico en que se ha fundamentado nuestra formación médica y psicoanalítica, esencialmente individual y occidentalizada. Se hace necesario incluir nuevos referentes para dar cuenta de la complejidad social y familiar en que estamos inmersos en el mundo actual: multiculturalidad, nuevas formas de parentalidad y crianza, nuevos estilos de comunicación y relación con el otro, el alto nivel de exigencia del medio externo y la privilegiación de la conducta y el movimiento sobre los espacios de pensamiento y reflexión, la baja tolerancia a la frustración… Y, dado que el ser humano tiene su inscripción psíquica en lo sociocultural, hemos de prestar especial atención a conceptos como el de “la alteridad cultural”, es decir, el descubrimiento que el “yo” hace del “otro”, con una amplia gama de imágenes y representaciones de otro distinto, del “nosotros”, así como visiones múltiples del “yo”. Este acercamiento al otro deviene en una serie de dificultades en el entendimiento mutuo a partir de factores idiomáticos, estilos de comunicación no verbal y estereotipos, valores morales y culturales diametralmente opuestos, que conducen a la necesidad responsable del desarrollo y revisión constante de la auto-observación o auto consciencia del terapeuta. Como dice Peter, “el límite es la captación de nosotros mismos, es nuestro sentido de la realidad, la decisión de volvernos más humanos”. De ahí que hayamos querido empezar nuestro análisis de un caso clínico “desde la mente” del terapeuta, a través de la experiencia del saberse uno, observándose a sí mismo y acercándose al otro. Antes, a modo de pinceladas, y con la intención de facilitar la contextualización de aquel, aportamos una breve introducción sobre la cultura china. Finalmente, se propone un modelo de aprehensión del caso que pretende integrar, a modo de piezas de un puzle, perspectivas virtualmente distintas con el objeto de una mejor aproximación a la complejidad clínica de aquel: biológica, evolutiva, fenomenológica, estructural, vincular, sistémica y transcultural.

…DE LA CULTURA CHINA

“Yin y Yang. Oriente y Occidente. Más de diez mil kilómetros teñidos por diversas culturas hasta llegar al otro extremo. Y en mitad de ese recorrido trataremos, “el yo”, “el otro”, “el nosotros”, de encontrar nuestro lugar.”

Para presentar el caso comenzaremos abriendo la maleta de tradiciones chinas que trajeron los padres de K a España veinte años antes de su nacimiento, haciendo un breve recorrido por la concepción familiar (maternidad, familia, crianza…) en la cultura asiática, levantado el peso de la inscripción cultural a pesar del tiempo. Las identificaciones tempranas puede encontrarlas este niño en una trama familiar que es congruente y está contextuada con los modelos que la cultura propone en ese momento, pero que en K (Oriente y Occidente) coexisten mirándole a un mismo tiempo.

En China, la familia fue siempre considerada como base de la sociedad, y el matrimonio el único sistema para constituirla y para tener hijos. La familia tradicional se puede caracterizar como patrilineal y patriarcal, en donde la posición de las mujeres es baja y los hijos son siempre valorados dentro de las necesidades del contexto familiar. Así, en la tradición china “el lugar apropiado de la mujer, esposa y madre es adentro”, mientras que “el de un hombre es afuera” y así “la casa está en buen camino”.

Es indudable, por tanto, que como madre la mujer tenía un coto de poder que le era negado en sus demás papeles. Tener hijos, sobre todo hijos varones, era la expectativa de la familia política, y al cumplir ésta, la mujer afianzaba su posición. A ella se le asignaba también el papel de educadora y socializadora de los pequeños, antes de que fueran entregados a manos de un tutor.

Si examinamos los libros clásicos, vemos que de las cinco relaciones básicas (padre e hijo, esposo y esposa, hermano mayor y hermano menor, soberano y súbdito, amigo y amigo) que sostienen la sociedad y el Estado en China, tres se refieren a la familia pero no hay ninguna que se refiera a la relación madre-hijos. La prioridad está siempre dada a la piedad filial, al amor y el respeto hacia los padres que tienen precedencia sobre cualquier otro sentimiento. Al igual que a los niños, a las niñas se le inculcaban principios morales y se hacía hincapié en tal piedad filial.

En el Liji, al precisar la relación entre padre e hijo, se dice lo siguiente: “Éste es el afecto de un padre para sus hijos (varones: ama a los valiosos y pone en una escala más baja a los que no demuestran tener habilidades; el amor de la madre es de tal modo que mientras ama a los valiosos, siente lástima por los que no demuestran tener habilidades; la madre se relaciona con ellos por el afecto y no por el honor y el padre por el honor y no por el afecto”.

En la realidad sociocultural china actual se añaden, además, las consecuencias de la política del hijo único y la occidentalización progresiva con el reciente auge económico, que han dado lugar a la difícil tarea de aunar concepciones orientales y colectivistas con concepciones más individualistas y globalizadoras, que conllevan a una sobreprotección de los hijos a la vez que se depositan en ellos unas expectativas elevadas de éxito social y profesional.

Si buscamos la representación del amor materno, tal y como lo entendemos en Occidente, vemos que está ausente de los textos clásicos y aún de la literatura tradicional de China. Sin embargo, a pesar de construcciones y conceptos diferentes, en las dos tradiciones hay coincidencias en cuanto a las actitudes que pueden responder más a las situaciones sociales y económicas dentro de un contexto histórico, que a un ideal abstracto. Y es, a través de K., y para K., por el que trataremos de alcanzar el equilibrio de dichas coincidencias.

VIÑETA CLÍNICA: K

“En la mente del terapeuta…”

«Entra una mamá por la puerta acompañada de un niño de 9 años. Digo “acompañada de” porque éste mantiene una actitud que en una lectura simplista de la situación me hace atribuir su desgana a su momento evolutivo latente. Natural de Hong Kong, se aparece atractiva y elegantemente vestida. Narra su parte de la historia de una manera que se me antoja desesperada, aunque me desconciertan gestos y aspavientos, lo que salda enseguida mi prepotencia occidental tildando a la señora de histérica. Mucho después un amigo sinólogo me diría que no me fiara de esquemas europeos para interpretar las expresiones de un chino, al que acusaría injustamente de casi siempre enfadado. Dice que ya no puede más, que ha tenido que luchar con K como padre, que es muy mentiroso y muy lento, que tiene que estar encima de él para todo, que no hace caso de nada. “Y ahora, además, desde hace unos meses, dice que le duele la tripa para que vaya a recogerlo al colegio”.

»Mientras el niño se mantiene aparentemente ajeno al discurso, la mamá cuenta cómo su marido y ella vinieron a España hacía casi veinte años y cómo se dedicaban exclusiva sin casi, y literalmente en cuerpo y alma al negocio familiar. Me cuenta cómo se deprimió al nacer su hija, y cómo no recuerda si le pasó lo mismo con el pequeño. Y aunque me cuesta conectar con ella, esta mamá me transmite culpa, que es casi más vergüenza porque yo la observo, cuando explica cómo tuvo que dejar desde el nacimiento a sus hijos al cargo de una solterona entrada en años que altruistamente satisfacía sus necesidades de maternaje dándoles de comer papilla hasta los seis años. Digo dejar y no ceder aunque los críos pasaban noches enteras con esta “doble mamá” cuando pataleaban a “la verdadera entre comillas” cuando iba a recogerlos.

»La mamá habla de dolor por la rivalidad no explicitada y no tengo claro si impuesta desde fuera. Me pregunto en ese momento desde mi acomodada posición de observadora qué parte había de limitaciones materiales para la crianza y cuál de deseos inconscientes o de patología en la pobre madre… Contaba cómo los niños preferían estar con “la señora”, como la llamaban, que según ella les dejaba hacer cualquier cosa y servilmente les complacía, y cómo decidió cortar con ello en cuanto la hermana fue lo suficientemente mayor como para dejarles solos, hacía ya casi un año medio. Me pareció, no obstante, terrible y enternecedor cómo seguía llevando a sus hijos a verla de cuando en cuando porque entendía que la querían.

»Ante la supuesta banalidad de la demanda expresada en el énfasis de la desobediencia (que bastante fastidio me inspiraba), esta mamá se declaraba absolutamente desolada. Y yo la juzgo inmediata e impúdicamente como intolerante y severa. Pero también tan triste… Y más cuando en vago lamento explicaba que no sabía “quién se encargaba de estas cosas en España, que “allí” sí sabría qué hacer, no como aquí, que esto tan perdida…”.

»A solas con el niño, le pregunto por su nombre, y me da la versión española K. del original K. que se ha apañado él solo para minimizar complicaciones. Pienso qué difícil responder a dos nombres distintos, y ser manchego con rasgos asiáticos, y qué difícil hablar con tu madre y con tu padre en una lengua tan distinta a la que usas en el cole, y qué difícil tener casi dos mamás tan distintas…

»Mantiene una actitud de cierta indiferencia durante la entrevista, que yo vivo como defensiva. Él viene obligado, por supuesto. Se lleva bien con todo el mundo, aunque sólo dos chicos le hablan. No está especialmente enfadado, ni especialmente triste, ni cansado… Aunque yo lo siento extrañamente de todas esas formas. Un niño que se describe a sí mismo a trozos, en yuxta y en contraposición a su padre: “No soy tan nervioso como papá, pero me enfado mucho. Soy tranquilo, no me enfado cuando me insultan, y casi siempre no termino las cosas”. Un niño que desea la paz en el mundo y que todos sean felices, y que no necesita un tercer deseo.

»Me llama la atención, frente a la para mí incongruente y exagerada expresividad materna, el plano lenguaje no verbal de K, y vuelvo a pensar qué difícil no perderse entre los gestos de la mamá A y de la mamá B, y me pregunto si se ha defendido no eligiendo ninguno. Y me llama la atención, también, lo que me irrita este niño.

»Teniendo en cuenta mi particular dificultad para identificarme con las madres, me pregunto cómo se ha producido de pronto el que yo me sienta con él de forma casi idéntica a lo descrito por su madre. A lo mejor esto es una identificación proyectiva. Al fin él es capaz de poner palabras a lo que siento y protesta: “¡Me aburro…!”. Es casi como si deliberadamente tardara demasiado en hacerlo todo. Me pregunto si es una manera burda de protestar a una madre abandónica, o si se trata de un mecanismo más elaborado en que un niño trata de rescatar a la que es alfin y alcabo su mamá, de la depresión y el desarraigo.

»Al salir me desembarazo de esa sensación de fastidio y soy capaz de verlo como un niño triste que pasa extrañamente desapercibido. ¿Será ésta la tristeza mal-llamada “neurastenia asiática” proyectada desde los padres o genuina de la primera generación?”

»Poco después veo a los padres solos. Me sorprende ver aquí al papá. Al comienzo pienso que este hombre no entiende bien el idioma porque se sienta casi vuelto hacia la madre evitando el contacto ocular conmigo. Pregunto y la madre me dice: “No es la lengua, él es así”.

»Trato de imaginar en vano cómo coexisten hoy día la China moderna de la madre y la tradicional del padre. Cómo la política del hijo único y la proliferación de la clase media malcría a los niños a la vez que deposita en ellos la responsabilidad de superar a sus padres. Y cómo a la vez los valores se enraízan en el respeto de joven al anciano, de la mujer al hombre y del hijo al padre (o piedad filial); y en la definición de la mujer en tanto hija, esposa y sobretodo madre, educadora y socializadora del hijo.

»Lo que al principio me parece desprecio, entiendo que puede ser vergüenza del padre por lo que define fracaso en su hijo, varón mediocre y desobediente. La mamá me explica con lágrimas en los ojos cómo decidió apartar a su marido de la crianza de sus hijos por su severidad, que le impide hasta besarles en público. Pienso en cuán solos parecen estar y sentirse ambos, y cuán alejados el uno del otro, a tantos miles de kilómetros…

»En la última entrevista, la mamá se muestra, tranquilizadoramente para mí, más relajada. K ayuda en el restaurante y ha ganado un premio de piano. Le encantaría, dice, que hubiera podido verlo.

»El niño a solas, como en previas, comienza instalado en la queja por haberle traído su madre a un sitio tan aburrido. Me ofendo secretamente, pero se me pasa enseguida. En algún momento, le digo que debe ser difícil para mamá y papá estar aquí, desde un sitio tan lejos. Y que a lo mejor también es difícil para él, a veces.

»Me dice que no, porque él poco tiene que ver con Asia, salvo cuando le castigan por las tardes escribiendo letras chinas, o cuando tienen que ir a ver a la familia de sus padres. No sé si será un castigo a o de su parte china.

»Me cuenta que no le gusta ir allí, que es incómodo, dice triste, porque allí mis padres ya no tienen sitio.

»Me quedo con esa frase en la cabeza y me pregunto si este niño también habrá nacido un poco sin sitio.»

LÍNEA VITAL

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