Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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El ADHD y los diagnósticos en la infancia: la complejidad de las determinaciones

PDF: janin-adhd-diagnosticos-infancia.pdf | Revista: 41-42 | Año: 2006

Es claro que son niños, no pueden sostener la representación de la madre y no se suponen existiendo en la cabeza de ella, en sus pensamientos, cuando no están. Suelen exigir una especie de “cuerpo a cuerpo” con ella, pero esto también les resulta insoportable y se alejan, intentando desprenderse a través del movimiento, acto con el cual vuelven a convocarla, sin que ninguno de los dos pueda separarse.

  • Dependencia de la mirada materna

    Es habitual que el movimiento del niño capture la atención del adulto, que está pendiente, mirándolo como potencialmente peligroso. El otro intenta controlarlo con su mirada y este control, al ser vivido como encerrante, suscita mayor movimiento, en un intento de volver a ejercer un dominio que siente perdido. La angustia se manifiesta como descontrol de su propio cuerpo y supone que es la madre la que se ha adueñado de sus movimientos. Y lo que es cierto es que el adulto intenta muchas veces manejarlo a “control remoto”.

    Podemos ver estas situaciones en los casos en que, después de trabajar con un niño durante 50 minutos, llega su madre a buscarlo al consultorio. Inmediatamente, el niño comienza a correr por el consultorio, a tocar todo, mientras ella le repite: “Quédate quieto. No toques, no saltes”, lo que potencia el actuar del niño. Es casi como si él entendiera como órdenes: “muévete, toca, salta”, las indicaciones maternas.

  • Falla en la estructuración de representaciones preconcientes

    Sabemos que lo único que frena la acción inmediata es el pensamiento. Es la posibilidad de interponer recorridos más complejos lo que frena la vía directa entre el impulso y la acción.

    Pero para esto tuvo que haberse instaurado una red de representaciones preconscientes, como caminos alternativos, modulando el devenir pulsional.

    ¿Cómo se instaura esta red?

    Para que un niño sostenga pensamientos, tuvo que haber sido pensado por otros, tuvo que haber sido sostenido no sólo por los brazos de otros sino también por pensamientos de otros. Ser pensado implica recibir un baño de pensamientos y es posibilitador del armado de pensamientos propios (D. Anzieu, 1998). Armado imprescindible para frenar la descarga inmediata de la tensión.

    El niño va armando sus redes representacionales, va constituyendo sus circuitos de pensamiento, en relación a los otros que lo rodean, fundamentalmente en relación al funcionamiento psíquico de esos otros. Si los adultos pueden metabolizar sus pasiones, tolerar sus propias angustias y contener al niño, le irán dando un modelo que le posibilitará pensar. En este sentido, el otro humano es condición de la posibilidad de discernir, es sobre él que el niño aprende a diferenciar bueno y malo, fantasía y realidad y a construir vías alternativas a la descarga directa e inmediata de la excitación.

    Si lo pensamos en términos de Bion, como función alfa y beta, podemos decir que para construir el aparato para pensar los pensamientos, el niño tiene que encontrarse con una madre que lo piense, que frente a sus irrupciones, metabolice, piense y responda poniendo y poniéndose palabras frente a los efectos del niño.

    En la medida en que se va pensando a sí mismo como alguien, en que puede ir armando una representación de sí, a partir de la imagen de sí que le dan los otros, esta organización representacional va a actuar inhibiendo la descarga directa, la tendencia a la alucinación o a la defensa patológica (la expulsión del recuerdo).

    Pero hay modos de traducir, de organizar los pensamientos inconscientes de un modo preconsciente que es anterior a la palabra, o que puede ser simultánea a ella. Son lo que llamamos preconsciente cinético y preconsciente visual. Por ejemplo, cuando un nene se cayó y uno le pregunta que pasó, realiza toda la acción, diciendo nene-apumba. Pero no dice sólo nene-apumba, él repite la acción, arma toda la escena nuevamente, se tira al piso, se vuelve a tropezar con lo que se tropezó.

    Entonces, en primer lugar, es necesario el armado de un conjunto de representaciones preconcientes (primero, a nivel motriz) que abra vías más complejas para re-encontrar la satisfacción.

    Hay niños que fracasan en la instauración del sistema preconsciente, así como en la elaboración de los procesos terciarios: así la capacidad para mentalizar tambalea y predominan las manifestaciones a través del cuerpo y de la acción.

    Pero, además, es habitual que los niños que se mueven sin rumbo no hayan podido estructurar representaciones preconscientes ya en el nivel del pensamiento cinético. O sea que sus movimientos no sean modos de relatar con acciones. También esto explica la bibliografía sobre el tema en la que se afirma que la hiperactividad del niño no tiene “sentido” y que, por eso, los adultos nos angustiamos e intentamos ponerle nombre o explicar aquello que no “dice” claramente (a diferencia de un niño que cuenta con sus acciones y sus gestos lo que le pasa). Esto no quiere decir que el niño no “diga” con lo que le pasa, sino que sus actos no son acciones sino manifestaciones de angustia, de desesperación, de estallido interno.

    Se podría afirmar que el movimiento, en estos casos, sería un sustituto fallido de la actividad ligadora de las representaciones.

  • Fracaso en la constitución del espacio de la fantasía

    He planteado en otros artículos que estos niños actúan sus fantasmas, quedando atrapados por ellos. Sus juegos, entonces, tienen un carácter muy particular que pondría en duda el hecho mismo del jugar. ¿Hasta dónde podemos hablar de juego o es más bien una escena que está siempre en el límite mismo entre realidad y juego, escena que no puede ser estrictamente representada sino que genera movimientos?

    A la vez, la satisfacción que implica el juego es diferente a una actividad mecánica, repetitiva. Así, el carácter elaborativo del juego está ligado a la posibilidad de hacer pequeñas variaciones en la repetición, lo que suele fracasar en estos casos. (Esto plantea la necesidad, por parte del analista, de ir incluyendo pequeñas variaciones en las escenas, para pasar de la actuación al juego).

  • Déficit en el armado de una “piel” unificadora

    También el desfallecimiento narcisista deberá ser tomado en cuenta.
    Hay niños que se mueven buscando un “borde”, un armado narcisista del que carecen. La falta de seguridad interna, así como los imperativos del yo ideal (que no permiten construir ideales que permitan un margen de libertad), dejan a estos niños con severas dificultades para armar una imagen sostenible de sí mismos.

    No pueden constituir el yo como envoltura, como representación totalizadora del propio cuerpo y entonces buscan límites en el afuera, al golpearse contra las paredes o en el grito del otro (límites que lo dejan más indefenso aún, más angustiado y que lo re-envían a un movimiento con el que trata de ligar una angustia indecible).

    Así, la envoltura que le da la misma excitación (como sensación), la voz y las miradas de los otros, son el modo de sustituir la falla en el armado del yo-piel.

  • El tema de la muerte

    Diferentes autores se han referido a la hiperactividad (o inestabilidad o hiperkinesia) como defensa maníaca contra la depresión. (R. Diatkine, P. Denis, 1985). Me parece que esto es así en algunos casos, pero no en todos.

    La problemática de la muerte (propia y de los padres y hermanos) se plantea habitualmente. Para un niño, la muerte suele ser equiparada a la quietud. Y cuando el adulto los conmina a estar quietos, suelen suponer que lo quieren eliminar, lo que en parte se corresponde con el deseo del adulto de que ese niño “no moleste”.

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