Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Aportes del psicoanálisis al conocimiento de la mente del niño: El juego

PDF: colas-aportes-psicoanalisis-juego.pdf | Revista: 25 | Año: 1998

Posteriormente retomaré este paciente.

3) Juego patológico en la psicoterapia. Sus alteraciones:

Tiene relación con la conflictiva subyacente del niño. Voy a ir acercándome a intentar delimitar lo que entiendo por juego patológico, es algo que tiene relación con el no juego, en el sentido de Winnicott, tanto por patología del espacio transicional (Realidad y Juego), como por la acción de la conflictiva mental interna, que lleva a su bloqueo, o interrupción, a la actuación, al juego operatorio, o la falta de juego. Puede presentarse de entrada, en las entrevistas, o durante el tratamiento, al actualizarse conflictos, a los que el niño no puede enfrentarse.

Fue M. Klein en “La personificación en el juego de niños” (1929), la primera analista que describió la relación, entre determinados cuadros patológicos, sus ansiedades y defensas, con el juego. Ella comenta, “… Al mismo tiempo existe intensa represión de las fantasías masturbatorias, inhibidas por el sentimiento de culpa, y el resultado de todo esto es la inhibición del juego y del aprendizaje, …”. Describió la relación en el obsesivo,” la intensa inhibición del juego, por la inhibición de sus fantasías y la defectuosa relación con la realidad”. En las parafrenias “existe una gran represión de la fantasía y alejamiento de la realidad”. O dice, “si la fantasía de un niño es suficientemente libre, adjudicará al analista, durante su juego en el análisis, los roles más variados y contradictorios”. Ideas que intentaré desarrollar en el apartado 3 B.

3A) Patología del espacio transicional:

Siguiendo las ideas de Winnicott sobre el espacio transicional, “algo que pertenece al reino de la ilusión y que constituye la base de la iniciación de la experiencia”. El juego se desarrolla en este espacio. Permite manipular objetos externos, los juguetes, al servicio de su mundo interior.

Si retomamos la segunda entrevista, el niño muestra su incapacidad para explorar el espacio del despacho, algo externo, permaneciendo sentado. Espacio que le permitiría crecer, por la experiencia, y poder irse autonomizando e independizando. En sus intentos aparece la amenaza del trueno, con su sonido atronador, refugiándose en la cueva – silla. Cueva que puede representar una relación con una madre protectora, ante unas fantasías – trueno, tan persecutorias (tanto reales como proyectivas).

Esta cueva le sirvió de refugio durante mucho tiempo, era tanto la silla en el espacio del despacho, como su cuerpo en su propio espacio mental. Utilizaba su cuerpo, de forma teatral, (a través de una gran capacidad plástica y de dramatización, con sus gestos, tonos de voz, sonidos de diverso tipo, …) para mostrar sus emociones. Por ejemplo, por medio del dolor de tripas o de un dedo, me traía el dolor que sentía por nuestra separación. Cuando me hablaba de sus pesadillas, previamente representaba una situación de terror, a través de una gran tormenta, con agua, viento, truenos, etc. Su expresividad corporal, le permitió ser el responsable en el colegio de los efectos especiales, en las diversas actividades teatrales que se organizaban.

Durante la psicoterapia el niño ha usado muy poco los juguetes, y nunca ha desarrollado un juego con ellos, como consecuencia del fracaso en la aparición de ese espacio transicional.

Este chico se debate ante el terror de enfrentarse a la experiencia propia. Se va acercando a la realidad emocional del abandono de sus padres biológicos. Intenta eludir el dolor de esa vivencia, buscando que otros la sufran por él. “Se caga en la madre que le trajo al mundo”, de niños que son amigos suyos. Lo que provoca peleas y, a veces la pérdida de la amistad. En el tratamiento busca que yo me sienta un médico fracasado, inútil, sentir el dolor y la rabia de ser abandonado, ignorado. A través de abandonarme antes de finalizar la sesión, escenificando que mete el ticket del autobús y se larga de viaje, o burlándose de mí imitándome, vacilándome como él dice. O haciéndose el tonto y el loco, por la calle o en el colegio, para hacerme sentir un médico incompetente, fracasado y deprimido. Poniendo a prueba mi capacidad de quererle y seguir ayudándole, oscilando con el temor a que yo enfadado, le expulse del despacho y le abandone.

Sabemos por Freud, a partir de la descripción del “juego del carretel”, cómo el juego nos permite adueñarnos de la situación conflictiva, para poder prescindir del objeto.

En estos momentos del tratamiento, el paciente está descubriendo emocionado, la experiencia de jugar a “pelearse”, con sus amigos, poder hablar de sus enfados con ellos. En la sesión puede hablar en primera persona, sin recurrir al juego dramático corporal, o de otros niños en los que deposita sus sentimientos o pensamientos. Son momentos intercalados de movimientos regresivos, en los que aparece el funcionamiento descrito al principio.

La patología del espacio transicional, puede responder a una conflictiva interna del propio niño, así como de la interacción familiar. Pasaré a describir otro paciente, sin la gravedad del anterior. Es un niño de 8 años, con informe de minusvalía, y retraso importante del aprendizaje. Diagnosticado y tratado de trastorno hiperactivo y defecto de atención. Hijo único, tiene dificultades de relación con otros niños, a los que evita por miedo. No juega, prefiere moverse o bailar al ritmo de la música. Su imaginación la muestra inventando historias y cuentos o escribiendo.

Tolera mal las separaciones, tiene miedo a dormir solo por la noche, durmiendo en la misma habitación de la abuela materna. Lo hace con un conejito de peluche que tiene desde pequeñito. La familia muy volcada en el niño, pero abierta a la colaboración y con capacidad de cambio. La madre mantiene una relación muy estrecha con el hijo. El padre persona muy tímida, que trabaja mucho y algo distante del niño.

Durante la sesión, el niño tiene una gran capacidad para la expresión verbal. No juega, ignorando los juguetes. Me dice, de forma contrafóbica, que es muy valiente por la noche, pasando a continuación a hablarme de sus pesadillas, de “monstruos que le devoran, pero hay también un dinosaurio bueno…”. Continúa y empieza a criticar a su padre, (utiliza palabras y expresiones que parecen las de su madre), diciendo, “parece un bebe, parece un niño, como si fuese mi hijo y yo el padre, y mi madre su madre”.

Me entero que cuando el padre se va a trabajar, “me voy al cuarto de mi madre”, me dice, “se confunden mis cosas con las de ella”. Pasando a reprochar y a quejarse del padre por lo desordenado que es. Habla de la rabia que siente cuando por la noche oye los ronquidos del padre, “sino me despierta los sueños”.

En la entrevista siguiente, una semana después, me dice de entrada. “Que su padre ya ordena sus cosas, las de él y las suyas, y las de su madre. Que eso le gusta. Pero todavía no pone orden con la abuela (suegra). Me dice que ahora tiene sueños más tranquilos y en paz”. Se queja de que el padre no arregle cosas suyas, por ej. el aparato de música, pero sí otras.

Percibí la necesidad que tiene el niño, como él dice, a tener un padre que ponga orden con sus cosas, con el que poder identificarse, para él poder poner orden con sus cosas, y ayudarle a salir de una relación regresiva, fusional con la madre. (“Confundidas mis cosas con las de ella”). Identificado a esta madre interna, hablaba como ella, repitiendo frases y expresiones que descalificaban sus proyectos o deseos viriles, por ej. desear tener una moto grande, tema que varias veces me había contado, al referirme la descalificación y críticas de su madre, a sus proyectos y deseos de tener una moto grande. Un día me dice, “que a él y a su madre les pasan lo mismo, por tener catarro”.

Le comento que también puede ocurrir que lo que ella dice, le pase a él, criticando él sus deseos de tener una moto grande.
En la sesión siguiente me habla por primera vez de sus deseos de rivalizar, la necesidad de enfadarse para defender sus cosas en el colegio. A pesar de creer que enfadarse es malo y los padres le reñirán. Tras interpretarle, cómo esa madre interna critica que él quiera defender lo suyo o tenga deseos de tener una moto grande. Coge por primera vez los juguetes, una moto y una furgoneta. Empezando un juego con una temática en la que la furgoneta tiene que llevar muchas cosas suyas. Con una emisora conectada al taller, porque teme que pueda pasar algo, se atasque. Al final duda si necesitará llevar la emisora.

Desde entonces empezó a jugar al tiempo que lo iba describiendo.

Coincidiendo con estas sesiones los padres me informaron, de progresos en su capacidad de estar solo, entretenerse sentado jugando, o de jugar con otros niños. Acepta mejor las normas, perdiendo progresivamente su miedo.

En este caso, la relación regresiva, dual, con la madre, con tintes de triunfo narcisista sobre el padre, le lleva a una identidad falsa, hablando como un “loro” que es reflejo de su madre. Todo ello a costa de su Self auténtico. La suerte, era que el niño, al tiempo, reclamaba la figura y el papel de un padre que pusiera orden. Podérselo mostrar, al interpretar la prohibición materna, y poder rescatar sus propios deseos viriles, permite se despliegue el juego, sus diversos contenidos, ansiedades de separación y edípicas. Con todas las posibilidades elaborativas que la actividad lúdica conlleva.

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