Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La evolución del lugar del padre a través de la historia y en la consulta terapéutica. Cambios en la estructura psíquica del niño actual

PDF: evolucion-padre-historia-terapeutica.pdf | Revista: 48 | Año: 2009

REPRESENTACIONES CULTURALES DE LA PATERNIDAD Y DE LA INFANCIA

Las podríamos definir como “una forma de conocimiento socialmente compartido, que tiene un sentido práctico y que converge en la construcción de una realidad común a un conjunto social”, siendo además, “un sistema de interpretación que rige nuestra relación con el mundo y los otros, orientan y organizan las conductas y las comunicaciones sociales” (Jodelet, D.).

Estas representaciones culturales forman parte de nosotros y parece ser una pauta que se transmite consciente e inconscientemente sobre un modelo esperado de conducta parental. Operando desde el imaginario social, hace cuerpo en el espacio psíquico familiar e individual, generando actitudes específicas sobre el “ser padres”.
Se puede tomar como un aspecto de la integración del sujeto a su entorno cultural.

Se puede tomar como un aspecto de la integración del sujeto a su entorno cultural.

Podemos encontrar una serie de representaciones culturales de la paternidad donde se esperaría de un padre:

  • Que se aleje lo más posible de la imagen de un padre autoritario.
  • Que no tenga una actitud directriz, ni directamente dominante (siendo el niño el que muchas veces “dirija” el desarrollo).
  • Que a veces anteponga los “derechos” del niño a sus propios deseos (para evitarle sufrimientos o traumas en su desarrollo).
  • Que sea “amigo” de su hijo, borrando las diferencias generacionales.
  • Que delegue precozmente en otros técnicos parte de la educación del niño (y no en las experiencias de sus mayores, abuelos, ni de sí mismos como padres).

En este último aspecto, el sociólogo C. Filgueira (1996) plantea que la “pérdida de funciones de la familia es uno de los rasgos más notables de las tendencias sociales de nuestro tiempo. Históricamente muchas de las funciones tradicionales que en el pasado se asociaban a la unidad familiar han sido transferidas total o parcialmente a otras instituciones especializadas de la sociedad, por ej. ha habido una transferencia de buena parte de las funciones de socialización y educación hacia otras instituciones específicas”.

En relación al niño actual, nos inclinaríamos a pensarlo como:

  • activo,
  • espontáneo,
  • explorador,
  • persistente,
  • autónomo,
  • precoz (motriz e intelectualmente),
  • en casi permanente interacción.

Por supuesto que no es la única imagen de niño en nuestra cultura, y también existen otras formas de ubicar el niño de otros grupos sociales.

Lo que sí podemos afirmar es que ha habido un cambio importante en el status del niño en nuestra cultura. El historiador L. de Mause (1982) plantea un cambio importante en la segunda mitad del siglo XX, “el niño sabe mejor que los padres lo que necesita en cada etapa de la vida e implica la plena participación de ambos padres en el desarrollo de la vida del niño, esforzándose por empatizar con él y satisfacer sus necesidades peculiares y crecientes”.

A diferencia de otras épocas, no se tendería a darles golpes ni a reprimirlos. Se buscaría responder continuamente a sus necesidades, jugar con él, tolerar sus regresiones, estar a su servicio y proporcionar los objetos adecuados a sus intereses y evolución.

El autor plantea como resultado de esa “educación ideal”, “un niño amable, sincero, que nunca está deprimido, que nunca tiene un comportamiento imitativo, de voluntad firme, y en absoluto intimidado por la autoridad”. Este hijo “ideal” estaría en relación con un cambio radical de la función paterna.

¿EL PADRE Y LA MADRE SON IGUALES?

¿A qué momento el padre puede ejercer una influencia sensible sobre el comportamiento del niño? A esta pregunta, obstetras, pediatras y psicogenetistas afirman que, tanto el padre como la madre, influyen en el niño desde el comienzo de su existencia. El estudio de las interacciones precoces nos muestra que el bebé percibe diferencias entre el comportamiento del padre y de la madre, aunque esto sólo lo sitúa probablemente desde el punto de vista identitario, no percibiendo todavía al padre en tanto que padre.

Algunos autores plantean que ya desde el embarazo y por la presencia de las ecografías se daría en el padre una reorganización de la imagen de sí mismo y de sus identificaciones intergeneracionales (Cupa y col., 2000). El mismo autor sostiene en 1999 que en relación a las crisis de llanto, los padres se sienten incompetentes, tienen sentimientos de impotencia y a veces de rivalidad con la madre del bebé.

Durante los seis primeros meses, el bebé da pruebas de reconocer a su padre y a su madre, y a comunicar de forma diferente con cada uno de ellos. Es el padre el que tiene que aceptar activamente de tomar ese lugar afectivo al lado de la madre, pudiendo representar una figura de tercero presimbólico. Recientemente, E. Fivaz (Lausanne) muestra cómo los bebés de algunos meses pueden ya funcionar de modo triádico, estableciendo momentos de interacción a dos y a tres en alternancia.

Algunas investigaciones muestran cómo los padres tienen una interacción más excitante e intensa que las madres, se enganchan a juegos más físicos (Frascarolo, F. 1997). Referente al lenguaje, los padres utilizan más palabras técnicas que las madres (Ratner, 1988). Los padres tienden a hablarles menos y a tener una interacción más física (F. Labrell, 1997).

En cuanto al apego, durante el último trimestre del primer año, el niño es capaz de expresar una preferencia por la figura de apego principal. Desde los trabajos de Main (1981) y Grossmann (1981), se sabe que el tipo de apego (seguro, evitante o ambivalente) puede ser diferente según que el niño esté en presencia de su padre o de su madre. Al parecer los padres tienen más propensión que las madres a abrir el universo del niño hacia las relaciones interpersonales y hacia la cultura. Se muestra más diferenciador que la madre, sobre todo si se trata de un varón.

¿Pero es el mismo el cuidado que pueda hacer un padre o una madre del niño a diferentes edades?, ¿al sostener de forma extrema la pluralización de funciones, no caemos en el riesgo de desmentir la diferencia?; esta indiferenciación podría tener repercusiones sobre las diferencias de generaciones, lo cual podría reflejarse en la estructuración psíquica del niño.

D. Gil (2002) plantea lo siguiente: “El padre puede hacer lo mismo que la madre pero lo hace de forma diferente. Estas diferencias no son expresión de una diferencia de esencia entre el hombre y la mujer sino que son diferencias culturales”.

UNA VISIÓN DEL PADRE COMO PROCESO

Creo que el padre no es sólo una representación mental estática, sino el elemento de una dinámica psíquica a lo largo de diferentes etapas del desarrollo.

En periodo preedípico, el padre no tiene una función separadora. Todo parece indicar que ejerce una función de unión y de contextualización en relación a la díada madre-bebé.

Estoy de acuerdo con F. Hurstel (2001) que señala que, desde el nacimiento, el padre mediatiza la relación de intimidad madre-bebé, ésta es una función de “holding”, de “envoltura” de la relación de intimidad, que ayudaría a organizar la diferencia de los lugares dentro de la parentalidad.

A mi parecer, la perspectiva lacaniana no es procesual; decir que el padre “castra” la madre, no significa que sólo asuma esta función, al mismo tiempo son posibles funciones de unión. En realidad, todo depende sin duda del nivel que se esté observando.

Efectivamente, el padre preedípico tiene un papel de apoyo, de continente de la díada madre-bebé, incluso yo diría de defensa contra la posición depresiva, mientras que el padre edípico tiene un papel diferenciador, separador.
La construcción del espacio paternal parece indisociable del acceso a la diferencia generacional, bien que inicialmente el padre puede ser percibido por el niño como otro bebé de la madre (fantasma del “nido de bebés” evocado por F. Tustin). La idea fundamental de todo esto es que el espacio paternal no es una construcción maternal propuesta, sino una coconstrucción de la díada madre-bebé, que se va construyendo progresivamente, con oscilaciones y alternancias entre los aspectos de tercero reparador y separador.

HACIA UNA COPARENTALIDAD, CAMBIOS EN LA ESTRUCTURACIÓN PSÍQUICA DEL NIÑO ACTUAL

La coparentalidad la podríamos entender como una forma de llevar adelante la tarea de ser padres de una forma compartida, sin delegar aspectos prácticos de la crianza en la madre únicamente, como se daba en otra época (P. Malrieu, 2001).

Esto configura un cambio importante en el plano de las mentalidades y las costumbres culturales, lo que implica una modificación significativa de papeles.

Pero también hay situaciones que hacen pensar en que esta coparentalidad es llevada al extremo, y la pluralización de la función paterna parece deslizarse hacia una indiferenciación de papeles (algunos padres dicen: “nos embarazamos”, “lo parimos”, “lo amamantamos”, “nos despertamos con él”, “elegimos todo juntos”). En estos casos extremos dejaría de haber un plano simbólico de coparticipación, para pasar concretamente a una “estructura única de tres”, se pasaría al niño rey (Lebovici S., 2001). De esta manera el padre se acercaría de una forma particular a su hijo, deseando y esperando que su hijo cumpla una serie de anhelos que le son propios.

De esto viene probablemente la idea muy actual de que “hay que estimular muy tempranamente al niño para que desarrolle desde el principio sus potencialidades”. De esta manera lo que cuenta es el futuro del niño, el fantasma fálico subyacente es que “ese hijo alcanzaría un desarrollo pleno de sus potencialidades”, quedando el pasado relegado a un segundo plano, casi desalojado. La infancia sería “una edad de espera”, y los niños “los hombres del futuro”.

Varios autores señalan una modificación de lo público y privado en la familia.

El historiador G. Caetano (1997) señala que “también la familia pierde crecientemente las funciones de cría y de la educación de los hijos…ámbitos considerados como íntimos de la esfera privada”. Esta “subjetividad externalizada” cobra vigencia en el niño a través de la importancia de que se “exprese”, sea “espontáneo”, y no de muestras de pasividad o de inhibición.

Todo esto tiene efectos sobre la transmisión de la cadena generacional. En ese “apuro por crecer” y en esa búsqueda de “saberes y completudes”, no tiene un lugar la generación de los abuelos. En muchas situaciones, se iría estableciendo un “borramiento de las diferencias de generaciones”, en esa estructura de tres, en ese “olvido” del pasado.

En el niño, generalmente muy estimulado cognitivamente, comienza a darse un apego especial con los padres, a veces tiránico, emergiendo ciertas dificultades que preocupan mucho a los padres actuales: los límites y la inquietud.

Inquietud que podría ser el resultado de una dificultad por parte de los padres a contener las pulsiones de los niños, quedando el niño “abandonado” a sus impulsos, con la consiguiente hiperexcitación que puede llevar en muchos casos a diagnosticar erróneamente de “síndrome de hiperactividad y déficit de atención”.
Son niños que al no haber integrado la diferencia de generaciones, entre otras cosas, tiene dificultades en la tolerancia a la frustración, y a la exclusión. No han adquirido “la capacidad de estar solos” (Winnicott), los padres dicen que no saben jugar solos, salvo a juegos de videos games. En estos niños la capacidad de simbolización se ve muy comprometida.

UN CASO CLINICO: CRISIS FAMILIAR EN URGENCIAS

En una de mis guardias recibí la llamada telefónica de la pediatra, también de guardia, que parecía desbordada ante una situación familiar “delicada”: “No sé lo que hacer, es una situación delicada, necesito la opinión de un psiquiatra infantil”.

Se trata de una madre que ha acudido con su hijo de 10 años a las urgencias de pediatría, el padre se halla detenido en comisaría.

Miguel es un niño pequeño para su edad pero con aspecto adultomorfo y con un lenguaje muy elaborado para la edad que tiene; todo esto contrasta con una actitud cariñosa, infantil y muy cercana hacia su madre, que mantendrá a lo largo de la entrevista.

La madre me relata lo ocurrido: Esa misma tarde se encontraban en casa, Miguel jugando con la Nintendo. Como ya llevaba toda la tarde jugando, los padres le dijeron que tenía que dejar de jugar y hacer los deberes.
Miguel se negó, comenzó a discutir con sus padres; la madre dice que su hijo comenzó a agitarse y que el padre intentó sujetarlo, provocando esto unas magulladuras en la cara del niño, que cogió un teléfono portátil y se encerró en el cuarto de baño, desde allí llamó al 061, que acudió inmediatamente con la policía y se encontraron con esta escena. El niño dice a la policía que el padre le ha agredido. La policía detiene al padre que es llevado a comisaría, y la madre acude con Miguel al servicio de urgencias.

Miguel parece asustado, me mira con desconfianza. “Yo no llamé para denunciar, llamé porque no sabía qué hacer para tranquilizarme…”.

La madre me dice que Miguel es hijo único, tuvo un desarrollo psicomotor muy rápido, fue un niño muy precoz, comenzó a tener rituales de limpieza desde muy pequeño, que continua manteniendo. No ha tenido problemas escolares y tampoco parece tener problemas relacionales con los niños de su edad.

La madre menciona que su hermana padece una esquizofrenia y que por ello, Miguel nunca ha querido tomar psicofármacos: “…Yo no estoy loco, no voy a tomar medicamentos como la tía…”.

La madre no lo expresa claramente, pero parece temerosa de cómo pueda evolucionar su hijo, detrás está la fantasía de que puede evolucionar como su tía, proyectando probablemente en su hijo aspectos de la relación con su hermana. De hecho, me dice que siempre han sido muy tolerantes con él: “… Siempre le hemos tratado como a un adulto, le explicamos todo… hoy le dijimos que no podía continuar jugando, ya llevaba toda la tarde…, le explicamos que debía de dejar de jugar para hacer los deberes”.

Pregunto por el padre, ahora en comisaría. La madre lo describe como un doble de ella misma, el papel materno y paterno parecen muy indiferenciados: “…Formamos un equipo, nos ayudamos en todo…”.

Dice que no pueden poner límites a su hijo, que todo lo cuestiona, parecen formar una “estructura única de tres”, donde el papel de padre, madre está borrado, sin capacidad para contener, sin capacidad para separar, Miguel me repite varias veces, “llamé al 061 a ver si me tranquilizaban, a ver si nos ayudaban…”.

La pediatra parecía preocupada por las repercusiones a nivel legal. “Esto va a llegar al juez y yo creo que estos padres no maltratan a su hijo… necesitan ayuda”. Se siente culpabilizada, se identifica a Miguel, que me dice una vez más: “…Yo no quería denunciar…”. Sí, quería que le ayudasen para que le fijasen límites y no quedarse detenido en el tiempo, poder crecer, evolucionar, y salir de esa “estructura única de tres”, intemporal, que no deja espacio para la fantasía.

Derivé desde urgencias a esta familia a un servicio de Psiquiatría Infantil. A mi parecer éste es uno como otros muchos casos que se están viendo en los servicios de Psiquiatría Infantil y en las urgencias y que muestran cómo han evolucionado las relaciones familiares y que se están produciendo cambios en la estructura psíquica del niño actual.

BIBLIOGRAFÍA

– “Análisis de una fobia de un niño de cinco años “, 1909, Obras completas de S. Freud.
– “El caso de Leonardo da Vinci”, 1920, Obras completas de S. Freud.
– “El yo y el ello”, 1923, Obras completas de S. Freud.
– “La identificación”, 1921, Obras completas de Freud.
– “Tótem y tabú”, 1913, Obras completas de Freud.
– “L’être- bébé “, B. Golse, PUF, pag 149-170.
– “l’Enfant, la mère et la question du père”, G. Neyrand, PUF, 2000.
– “Cambios en la paternidad: Reflexiones sobre algunos efectos en el psiquismo del niño de hoy”, V. Guerra, 2003. Trabajo presentado en las Jornadas “La paternidad hoy”, organiza- das por AUDEPP.
– “Introducción a la obra de Mélanie Klein”, H. Segal, PUF, 2003.
– «La problématique paternelle», Chantal Zaouche-Gaudron, ERES, 2001.

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