Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Hiperactividad y trastornos de la personalidad II: sobre la personalidad límite

PDF: lasa-hiperactividad-trastornos-personalidad2.pdf | Revista: 34-35 | Año: 2003

Pese a ello, o quizás también gracias a estos mecanismos, y a diferencia de los psicóticos, mantienen capacidades adaptativas relativamente eficaces para intentar restablecer vínculos que les protejan y que pueden camuflar limitaciones múltiples. Sin embargo, la discontinuidad e ineficacia de estos mecanismos, les obliga, por la necesidad apremiante de combatir angustias intensas, a buscan a la desesperada relaciones de satisfacción inmediata, destinadas a un “relleno” de su vacío interno, pero que no favorecen la autonomía, ni el acceso a instrumentos simbólicos que les permita controlar su intensa vida fantasmática.

Suelen hacerlo, por ejemplo a través de mecanismos de escisión y organización de un “falso self” adaptativo, conformista y complaciente; pero en general persisten mecanismos mágicos y prelógicos de relación que idealizan esperanzas de relaciones (anaclíticas y narcisistas) en las que el otro atiende y satisface inmediatamente todas sus necesidades (ansiedad oral), y que explican la inestabilidad y oscilación relacional desde la euforia y control maníacos (para fusionarse con un objeto ideal) a la rabia y desesperación ligadas a profundos sentimientos de tristezadepresión y abandono, y proyectadas sobre el objeto “abandonante” desvalorizado y despreciado (“lo quiero todo y lo quiero ya”… “y si no me lo das es porque me odias” …o “te odio porque nunca me das lo que necesito…, y… no me vas a engañar distrayéndome con promesas de otra cosa”).

2. Fracasos en el registro transicional. Insuficiente espacio y elaboración mental. Déficit de mecanismos de sustitución simbólica.

Siguiendo a Winnicott y su concepto de “area y actividades transicionales”, –que describe, en el desarrollo psíquico favorable, el paso de una fase de ilusión omnipotente a un proceso de desilusión progresivo, favorecido por una adecuada actitud materna, que posibilita la creación y “apropiación” de objetos subjetivos “transicionales o intermediarios” (16), que reemplazan a la madre ausente–, puede comprenderse la patología límite como resultado del fracaso de este proceso.

Incapaz de elaborar y poseer objetos internos “transicionales” y del placer mental que su creación y utilizacion conlleva, el niño sigue enganchado al objeto real, a la presencia permamente de la madre. En esta dependencia extrema, que siempre provoca decepciones muy dolorosas, sólo puede: o defenderse activamente del sentimiento de intrusión e invasión (inseparable de la necesidad apremiante de su presencia, vivida como imprescindible, pero también imprevisible y “caprichosa”) rechazando bruscamente la relación; o sencillamente negarlo, tratando de ignorar su intenso sentimiento de dependencia y la importancia de la presencia del objeto, del otro (17) (pero arrastrando una anulación de la capacidad de expresar, verbalizar y matizar sus afectos y con ello un sentimiento de vacío interno imposible de comunicar).

La incapacidad de tolerar y elaborar la ausencia, y de consolarse con objetos y actividades (transicionales) sustitutivas, que además tampoco son reconocidas ni estimuladas por el entorno, lleva a la “imposibilidad de jugar sólo en presencia del otro” descrita por Winnicott (es decir la imposibilidad del placer del funcionamiento mental ligado a la elaboración y sustitución simbólica).

Esta incapacidad de separarse, es resultante y equivalente de una desaparición-destrucción de la función tranquilizadora de la presencia maternal. La imposibilidad de sustituir al objeto ausente se explica porque separación es un sinónimo y una condensación de agresión (recíproca) y destrucción (mutua). Y la interiorización de un objeto amenazante supondría incluir un elemento perturbador (perseguidor) en la mente. Por eso la tendencia a un excesivo apego a la figura materna, a través de su idealización desmesurada, que pretende, escindiéndola, liberarla de sus aspectos amenazantes.

Estos fenómenos mentales, y su correlato en el desarrollo y en el comportamiento que marca los procesos de separación y autonomía, se explican porque la incapacidad para crear un espacio potencial intermediario entre su mundo interno y la realidad externa (espacio transicional de Winnicott), no le permite metabolizar los imprevisibles estímulos externos, –y con ello distanciarse y protegerse de sentirse perplejo, invadido o atacado “desde fuera”–, ni adaptar y matizar la expresión de sus pulsiones y fantasías a las expectativas reales de su entorno, habitualmente sorprendido por la impulsividad y la “inadecuación” de las expresiones emocionales y afectivas descontroladas del niño border-line.

3. Defectos en la elaboración de la posición depresiva y dificultades en los procesos de separación-individuación. Vulnerabilidad a la pérdida objetal. Hipersensibilidad a la dependencia.

En la medida en que no ha conocido el ejercicio de la función de contención materna, tampoco la puede interiorizar. Sometido así al riesgo de sentirse desbordado por el exceso de tensión interna e incapacitado para ligar y trasformar afectos y emociones en representaciones simbólicas, expresables a través del lenguaje, los exteriorizará a través del cuerpo y la acción. Esta incapacidad de transformación y regulación del proceso primario en secundario, le lleva a desgastarse y agotarse en el control y dominio de los objetos externos, en detrimento de sus capacidades de interiorización y de acceso a un espacio mental intermediario. No hay por tanto mecanismos que permitan soportar el alejamiento materno, y no son posibles ni la creación de objetos “transicionales” de consuelo sustitutivos, ni la de una representación mental tranquilizadora que permita esperar tranquilamente la vuelta de la persona ausente (permanencia de objeto).

Correlativamente, dificultados así los movimientos de separación-individuación, quedarán caracterizados por una marcada vulnerabilidad a la pérdida objetal que se manifiesta en la hipersensibilidad a decepciones y separaciones.

Su tendencia al apego fusional con un objeto maternal desmesuradamente idealizado y el deseo de incluirse y protegerse en su interior, se acompaña del pánico a sentirse invadido y poseído por un objeto tan poderoso (figura maternal englutidora). La oscilación permanente y el escaso margen entre la angustia de intrusión y la amenaza de vacío interno suele traducirse por la repetición desesperante de conductas de apego regresivo que buscan experiencias de fusión-inclusión (saltar sobre alguién, arrollarle hasta meterse y protegerse dentro del cuerpo… “materno”, buscando caricias corporales y satisfacciones regresivas tales como acaparar con voracidad todo tipo de “alimento”) seguidas –ante la reacción habitualmente huidiza o evitativa de la persona “receptora”– de explosiones de rechazo agresivo, a menudo seguidas de estupor y desconcierto masivos (“destrucción” del objeto y de sí mismo, “olvídame y muérete ya”…, “lárgate y deja de comerme el tarro”).

Por eso suele ser muy frecuente en su juego (dibujos, juego de roles) y en su conducta, la aparición de imágenes maternales todopoderosas, caprichosas, englutidoras y devorantes y su contraste con figuras paternas amenazadas, inconsistentes, débiles pero vengativas. A menudo en la convivencia diaria se plasman en bruscos insultos y acusaciones, dirigidos a compañeros o a adultos (“gorda, ballenato, chupapollas” / “cagao, pichalánguida” y otras lindezas) y también con el desarrollo grotesco de identificaciones masivas con tales personajes (“mirar como hago el putón” “ahora te acojonabas como un mariquita”).

Esta temática da la impresión de una problemática edípica típica, pero su carácter inestable, su impregnación de fantasías agresivo-destructivas, evidenciada por la emergencia frecuente de “ecuaciones simbólicas” (18) y la persistencia de momentos de confusión fantasía-realidad, que invade su capacidad de percibir ésta objetivamente, obligan a calificarlas de “psudoedípicas o pseudoneuróticas”. (Por ejemplo el niño que no percibe a los adultos, hombres y mujeres, del centro de día como sustitutos de figuras parentales, y en vez de interiorizar su significado de terceros excluyentes y fantasear y curiosear posibles relaciones entre ellos, les acusa directamente y les insulta soezmente por cometer supuestas obscenidades sexuales, en un tono mitad maníaco y “de broma” y mitad rabioso y cargado de intensos sentimientos de abandono).

Insistiendo en la incapacidad para acceder al carácter estructurante de la triangulación edípica y siguiendo aquí las concepciones del desarrollo habitual del psiquismo de Melanie Klein, (necesaria escisión del objeto en bueno y malo –posterior integración de los sentimientos ambivalentes de amor y odio en la posición depresiva– necesidades de reparación y recurso a defensas maníacas para protegerse de las angustias depresivas), proceso que para que transcurra favorablemente necesita la buena cooperación de la función maternal, Misès sostiene que son las fallas precoces (“pregenitales”) de este proceso las que condicionan la vulnerabilidad a la pérdida objetal, para él una de las características estructurales fundamentales de la patología límite.

Para el niño, sus movimientos hacia la autonomía suponen, tanto para él como para su madre, una intolerable amenaza de destrucción mutua. Es así porque la persistencia de mecanismos arcaicos de escisión, imposibilita tolerar la ambivalencia y hace equivalentes alejamiento y agresión, separación y destrucción, ausencia y muerte. Sólo en la proximidad permanente, sin decepción ni insatisfacción alguna, es posible la supervivencia de ambos.

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