Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Investigaciones sobre el desarrollo cerebral y emocional: Sus indicativos en relación a la crianza

PDF: investigaciones-desarrollo-cerebral-emocional.pdf | Revista: 49 | Año: 2010

CAMBIOS SOCIALES QUE HAN PRODUCIDO UN CAMBIO EN LA CRIANZA Y POR TANTO EN LAS INTERACCIONES

En los últimos decenios nuestra organización social ha ido cambiando mucho y lógicamente notamos las repercusiones desde nuestro trabajo como profesionales. La base del cambio sería la evolución de la familia desde familia patriarcal, tradicional o clásica, a familia post patriarcal o democrática, con sus corolarios o causas –ya que en realidad se trata de ambas cosas en situación circular–. Los cambios sociales que atañen a nuestra área de interés son:

  • la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral,
  • el aumento notable de las separaciones y divorcios,
  • el aumento de familias reconstituidas y de
  • nuevos tipos de familia –monoparentales, homoparentales…–.

Todos estos factores combinados desembocan en:

  • el importante cambio en las formas de crianza.

Evolución de la familia, incorporación general de la mujer al trabajo, aumento de las separaciones y divorcios, familias reconstituidas y nuevas familias, son fenómenos que dependen unos de otros. Su centro álgido son las distintas formas de cómo se organizan los padres para conciliar el cuidado de los hijos y el trabajo.

La incorporación de la mujer a la formación y al trabajo, lo cual significa a la mayoría de edad y a la autonomía, no cabe duda que es un derecho legítimo. Pero la atención a las necesidades de la mujer no deben lesionar la atención a las necesidades del hijo. Solamente así se está en una verdadera “conciliación” entre trabajo y crianza.

Muy a menudo nos encontramos con padres y madres muy absorbidos por la profesión, que trabajan muchas horas y que en consecuencia no tienen tiempo para estar con sus hijos. Cuando llegan a casa suelen estar tan cansados que todo los irrita y no tienen humor para jugar con ellos. No suele haber conversación en estas familias. En general estos padres no llegan a conocer bien a sus hijos. Suelen delegar su cuidado a menudo de manera muy poco adecuada a las necesidades de éstos. Incide también, la poca presencia de la familia extensa, especialmente los abuelos (en los que a veces, por el contrario, recaen completamente las funciones parentales) y a todo esto se suma el protagonismo preocupante de las instituciones cuidadoras. Se trata de cambios notables que alteran las interacciones básicas.

En cuanto a los divorcios, a menudo tienen que ver con la evolución de la familia de patriarcal a post-patriarcal o democrática, cuando los miembros de la pareja no han podido asumir los reajustes necesarios. Como encontramos en la clínica, en ocasiones se trata de parejas que se formaron en régimen patriarcal pero que han evolucionado divergiendo y no han podido asumir la transición hacia un régimen democrático. Hace falta mucha tolerancia por parte de ambos miembros de la pareja para que los nuevos roles post-patriarcales puedan integrarse o soportarse. No me entretendré en explicar lo que para la mujer y para el hombre significan estos cambios, pero el caso es que, cuando esto no se soporta, suele llegarse a la separación. Hoy en día una buena proporción de las separaciones son iniciativa de la mujer.

Otras veces las separaciones son debidas a que la pareja está formada por personas, una o ambas, a las que, en su infancia, no se les ha ofrecido vínculos estables y que, por tanto, ellos tampoco pueden establecerlos en la edad adulta. El problema es que el trastorno del vínculo se transmite transgeneracionalmente y repercute a través de la crianza en la evolución de los hijos.

A este conjunto se añade el consecuente aumento de las familias reconstituidas. Si bien esta reconstitución aporta una esperanza, un problema radica en que, como sociedad, no hemos desarrollado aún suficientemente la cultura necesaria para integrar esta nueva realidad y para ayudar a integrarla. Esto complica, aún hoy, la posición de los hijos en sus grupos sociales. Todo esto repercute negativamente en la crianza de los hijos, que se encuentran ante una situación social para la que sus propios padres –y profesionales– no tienen aún posiciones y conceptos claros válidos para integrar las nuevas situaciones.

A todo esto hay que añadir las llamadas “nuevas familias”: familias monoparentales –por separación, divorcio o elección– familias homoparentales, etc., ante las cuales aún estamos más carentes de la experiencia y la cultura necesarias para integrarlas socialmente e incluso para intervenir profesionalmente.

Por otro lado, no es infrecuente que la evolución de la familia –aún más si se suman separaciones o divorcios– desemboque en una familia desestructurada, hoy en día tan numerosas en nuestra práctica profesional. Sabemos de sobras la dificultad que representan para los hijos estos medios familiares. En ellas son habituales las dificultades para establecer vínculos estables lo que perpetúa la tendencia a la desestructuración que, como decía, se transmite transgeneracionalmente, incrementándose el malestar y la psicopatología en los hijos.

LA CRIANZA, UNA RESPONSABILIDAD SOCIAL

En su trabajo “Familia y Educación” el sociólogo Luís Flaquer se pregunta cuáles serán las características de la nueva familia que está emergiendo. En ella será necesario llegar, dice, a un compromiso entre los propios intereses y la imprescindible solidaridad del grupo familiar. En otras palabras, se trataría de conseguir atender las necesidades de cada uno de los miembros de la familia y especialmente de los más vulnerables, los pequeños.

Pero ¿qué es lo que estamos observando desde la escuela y desde la clínica? Este sociólogo señala el problema de la falta de tiempo para estar con los hijos como característico de la familia post-patriarcal, y destaca que en nuestra sociedad es habitual que los niños estén solos en casa cuando llegan de la escuela y que pasen demasiado tiempo cada día frente al televisor. Hay que añadir el hecho de que la mayoría de niños están “colocados” en un exceso de actividades extraescolares.

Me parece importantísimo que Flaquer, como sociólogo, destaque las repercusiones en la crianza de la falta de tiempo de los padres, sin embargo, debido a que focaliza únicamente en las edades escolares, no se refiere a un hecho absolutamente básico: que esta misma falta de tiempo conduce a que los hijos asistan demasiadas horas y desde demasiado temprano a la guardería.

Hoy en día es común que una mujer no lacte a su bebé o, en el mejor de los casos, que a los dos meses comience a preparar el destete para reincorporarse al trabajo a los cuatro. O sea que, tan temprano, cuando aún falta tiempo para llegar a consolidarse, se ve en la situación de romper el vínculo recientemente iniciado con su bebé, en ocasiones por temor a perder su puesto de trabajo. Además, como decía antes, estos padres que trabajan tantas horas no suelen llegar a casa con el estado mental necesario para interesarse por los hijos.

Por otro lado, sabemos que la procreación, además de ser un deseo de los padres es también una necesidad social, por tanto la sociedad debe contribuir ayudando a la crianza. Pero ¿cómo responden los políticos ante la dificultad de los padres de realmente conciliar crianza y trabajo? Podemos señalar las demagógicas y repetidas campañas electorales basadas en la promesa de crear miles de nuevas plazas de guardería, por tanto para bebés entre cero y tres años. Esta sería la forma de entender la “conciliación” entre trabajo y crianza por parte de los políticos: más horas y más plazas para institucionalizar a los bebés y a los niños, además con la propaganda de conseguir mejores resultados académicos en el futuro.

Estas políticas anti-educativas, no solamente no atienden las necesidades de los más pequeños para el desarrollo de su salud mental, sino que tampoco apoyan la tarea de la escuela de transmitir conocimientos y conducir a sus alumnos a un buen nivel académico.

Sin lugar a dudas, es en la familia, en el buen cuidado del bebé y del niño pequeño, donde se sientan las bases de lo que después la escuela podrá desarrollar. Como he explicado, es en los primeros meses y años cuando se preparan las bases anatómicas y fisiológicas del sistema nervioso central, para el desarrollo de la salud mental y del buen rendimiento escolar.

Las políticas educativas que pretenden arreglar el fracaso escolar con más horas de institución a cualquier edad o, basadas en la absurda idea de socializar al bebé, son anti-educativas para la población ya que transmiten –y a menudo inculcan– a los padres un error fundamental de concepto: precisamente la creencia de que hay que “sociabilizar” a los bebés a los pocos meses, que asistir muchas horas a la escuela es mejor que los cuidados que ellos pueden brindar y que los padres deben trabajar más y esforzarse para poder pagar muchas actividades extraescolares en aras de la formación de sus hijos. Es preocupante tanto retraso en la promulgación de leyes que realmente atiendan las necesidades de los pequeños en materia de salud mental y por ende de aprendizaje.

Como dice Rygaard, en la guardería, lógicamente, como sucede siempre en las instituciones, el modelo es hospitalario: todas las tareas están programadas y por tanto “ahora toca sacar los pañales, ahora sentarse en el orinal…” Justo lo opuesto de la individuación y de la creación de identidad. Se dan, lógicamente, muchos cambios imprevistos de cuidador durante el día. El contacto entre el niño y el cuidador e incluso entre los niños es escaso. No puede ser de otra forma. Pero sabemos la enorme importancia del contacto físico, del movimiento, del balanceo, como estímulo en el desarrollo del SNC. Es mucho mejor que el bebé esté cuidado por un grupo muy reducido de personas, siempre las mismas, para las que él sea importante y significativo, que conozcan sus necesidades y preferencias y entre las que él pueda orientarse completamente.

De hecho, el bebé no es alguien a quien se pueda explicar que lo queremos mucho pero que disculpe, que estamos ocupados y no podemos atenderle. No podemos quererlo desde la distancia. Todos los niños tienden a interpretar la separación como un rechazo, como una falta de interés, de cariño. El niño entiende que no lo queremos, por tanto que no es querible. Estas vivencias son la base de la baja autoestima, inseguridad y sentimientos de fondo depresivo que sufren muchos niños. Estas vivencias gravan sus posibilidades evolutivas.

Sabemos aún que, a menudo, los niños poco estimulados, duermen mucho durante el primer año de vida, no reclaman y suelen ser tan “buenos” que “no hay niño”: son poco estimulados y poco estimulantes. Muchos de ellos cambian después radicalmente: poco después de comenzar a caminar se vuelven hiperactivos, no paran, están siempre inquietos, en movimiento, no dan tiempo a protegerlos. Puede ser el inicio de lo que después se acabará diagnosticando como TDAH y con poca suerte, acabará recibiendo psicofármacos. Hay quien cree que todos los bebés en los primeros meses son inquietos, se mueven mucho y no se fijan en nada. Pero no es así. Podemos observar bebés que, a los pocos meses, se interesan por un objeto, lo alcanzan con la mano, lo observan, manipulan, prueban sus cualidades, lo llevan a la boca, totalmente interesados y concentrados en su exploración, ejercitando durante mucho rato su capacidad de atención focal. Los otros a que me refiero saltan de un objeto a otro, no pueden detenerse más que unos segundos en cada cosa, sin completar ninguna experiencia. El contraste es muy notable. No recibieron una contención de calidad y luego no se contienen. Resulta evidente que la evolución de las capacidades de exploración y de aprendizaje de unos y otros serán muy diferentes.

Observamos también que en nuestras consultas, son más numerosos los niños con un funcionamiento “inmaduro”: son niños desorientados, poco hechos como dicen a veces padres y maestros, más o menos confusos, sin criterio en relación a su edad. A menudo siguen a los otros niños sin comprender muy bien el significado ni las consecuencias de sus conductas, ni las relaciones humanas o el funcionamiento de su realidad externa (Rygaard, 2008).

Ha ido también en aumento el número de niños con rasgos autistas o Trastornos Generales del Desarrollo que recibimos en las consultas: niños que conectan de modo inseguro con el entorno, que desconectan fácilmente, su contacto visual es disperso o ausente.

A todo esto, se oyen muchas voces de preocupación en relación a la conducta de los niños y los adolescentes, sus resultados escolares, su pasividad. Hemos podido leer en la prensa artículos en que se rasgan las vestiduras ante las conductas de los adolescentes y ante las reacciones de los escolares. Consideran que a esos niños y adolescentes no se les puso, ni se les están poniendo, suficientes límites. ¿Pero nos hemos preguntado cómo se trató a esos niños y adolescentes cuando eran bebés? ¿No son seguramente estos niños y adolescentes los que han asistido demasiadas horas y desde demasiado pronto a la guardería? Se actúa como si se pudiera ofrecer cualquier tipo de crianza a los bebés y luego no pasara nada. Se habla de niños malcriados, cuando muchos han sido niños mal atendidos, o sea criados-mal.

Hoy en día asistimos a un aumento preocupante del mal llamado TDAH, de los problemas sociales, como las drogodependencias, el fracaso escolar, la violencia doméstica, la delincuencia juvenil, la promiscuidad sexual irresponsable, las nuevas y modernas dependencias, muchas de ellas ligadas a la tecnología: messenger, móvil, televisión, etc.

dres y profesionales que reclaman medidas para una conciliación real entre el trabajo de los padres y las necesidades del bebé para una evolución sana. Se trata de artículos, cartas en los periódicos, grupos que se unen para defender el derecho a ocuparse personalmente de sus hijos (Roser Jordà, 2007; Dr. Santiago García-Tornel, 2007, y muchos otros).

Hace unos meses, un grupo de varios centenares de padres mandó una carta abierta al Conseller Maragall con motivo de una de las propuestas de Ley de Educación. En esta carta se citan los informes publicados recientemente por las universidades de Stanford y Berkeley sobre los riesgos de la educación preescolar, que si bien favorecen la adquisición de habilidades cognitivas, dicen, incide negativamente en el desarrollo social y emocional de los pequeños, generando un incremento de los problemas de conducta.

Citan también el estudio publicado por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), sobre las políticas de educación y atención a la primera infancia en veinte países. Se describen los factores sociales, económicos y conceptuales que condicionan estas políticas, que informan de que en ningún país de la Unión Europea la enseñanza es obligatoria antes de los seis años (siete, en el caso de Dinamarca, Suecia y Finlandia). Tampoco lo es en Canadá, Estados Unidos ni Australia. Citan otro dato que consideran muy significativo: en el caso de Finlandia, país que en el último informe PISA obtiene los mejores resultados en materia de educación, el porcentaje de niños que van a la escuela a partir de los 3 años no supera el 50%, lo que contrasta con el 98% de niños catalanes según afirma Maragall al justificar la propuesta de escolarización obligatoria a los tres años.

La carta de los padres continúa preguntándose si habrá relación directa entre este déficit de atención en el sí de la familia durante la primera infancia y el creciente número de casos de depresión y trastornos de conducta entre los menores, o el hecho de que España tenga el dudoso honor de ser el tercer país del mundo en que se recetan más psicofármacos a menores.

Se basan en estas y otras referencias para defender la idea de que las medidas de conciliación propuestas hasta ahora no son defendibles. Consideran que las verdaderas medidas de conciliación pasan por ampliar los permisos de maternidad, legislar excedencias remuneradas y con garantía de reincorporación al lugar de trabajo y mantenimiento del sueldo para uno de los padres con niños pequeños, como sucede en los países que nos aventajan en los índices de bienestar y de éxito escolar. Faltaría añadir (Rygaard, 2008) que se debería ofrecer un período de reciclaje gratuito a la madre (o al padre) cuando ésta se reincorporara al trabajo. Este tipo de conciliación es radicalmente diferente de la noción, muy extendida, de que conciliar la vida laboral y la familiar consiste en mantener los niños “aparcados”, dicen, mientras los padres trabajan.

Creo que todo esto es claro indicio de que una medida imprescindible, en primer lugar, es la concienciación de la población, a través de campañas de difusión y de educación psicológica sanitaria, acerca de las necesidades de los niños y de las valiosas e insustituibles funciones de los padres, para conseguir ciudadanos sanos y capaces física y mentalmente. Esta concienciación haría, seguramente, que los ciudadanos supieran qué deben exigir a sus políticos para el bienestar de su familia y el sano crecimiento de sus hijos, y que no aceptaran como buenas las medidas demagógicas y antieducativas que se les ofrecen. Este paso podría, con suerte, mover a los políticos a ofrecer en sus campañas electorales aquello que la salud mental de la población realmente necesita.

Si no es así, se crea una grave contradicción: se invierte en más plazas de guardería, y después en más plazas de aulas de refuerzo para niños con fracaso escolar y de hospital de día para adolescentes, mientras no se está ayudando económicamente a los padres para que tengan tiempo para estar con sus hijos, para realizar actividades con ellos y fomentar una buena evolución, o sea salud mental. Estas son las verdaderas medidas preventivas. Sin ellas estaremos siempre tratando de corregir, en los años siguientes, lo que se ha comenzado mal en los primeros años. Y esto sí que resulta mucho más caro en todos sentidos, económicamente y emocionalmente.

CONCLUSIONES

Las investigaciones sobre el vínculo y la teoría del apego y aquellas en neuropsicología realizadas en base a la neuroimagen dejan bien clara la importancia de las interacciones de calidad entre el bebé y su madre como promotoras del desarrollo del SNC. Por esta vía, son asimismo promotoras del desarrollo intelectual, emocional y social.

La calidad de las interacciones y por tanto su destino, depende del tipo de crianza que los padres ofrecen a su bebé, que a su vez depende en buena medida de la organización social y del tipo de “conciliación” que los padres establezcan entre el cuidado del bebé y su trabajo.

Los cambios sociales de las últimas décadas han conducido a que los bebés asistan desde demasiado pronto y demasiadas horas a instituciones que se ocupan de su crianza.

Esta “institucionalización”, en contradicción total con lo que las investigaciones citadas nos enseñan, altera el carácter de las interacciones a veces con graves perjuicios para la evolución del niño. Estos cambios se aprecian en la clínica. Sería importante investigar la relación entre los cambios en la psicopatología y la modificación de los sistemas crianza. Otro aspecto relacionado es el aumento alarmante de la prescripción de psicofármacos, que pretende sustituir la contención de calidad que sería una buena crianza, por una “contención” química.

Hasta ahora, la aportación de los políticos a la “conciliación” ha sido la creación de nuevas plazas de guardería para institucionalizar a más bebés y la propaganda antieducativa de que más asistencia a institución aporta mejores resultados académicos en el futuro, cosa que el informe PISA demuestra que es falsa.

Creemos que ya sería hora de que se ayudara a los padres a una conciliación real entre trabajo y crianza. Consistiría en ofrecer ayudas económicas o de reducción de jornada a aquellos padres que desearan ocuparse personalmente de sus hijos, con conservación de sus puestos de trabajo y sueldo, y con reciclaje gratuito para las madres cuando se reincorporaran a su puesto laboral.

Notas

(1) Llamaré “madre” al cuidador principal y “bebé”, al bebé sea niño o niña, para no repetir cada vez “madre o padres” o “el bebé o la bebé”.

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