Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Ser padres. Interacciones precoces padres-hijos: reflexiones a propósito de la prevención y detección precoz de los trastornos del desarrollo en el bebé

PDF: larban-ser-padres-interacciones-precoces.pdf | Revista: 41-42 | Año: 2006

La situación de crisis, por lo que conlleva de sufrimiento, de vulnerabilidad (brecha en el sistema defensivo), de desequilibrio y de necesidad de adaptación a un proceso de cambio, es un momento evolutivo de transición y de riesgo que puede ser fecundo y madurativo, pero también generador de patología (enfermedad). La persona en crisis, y en este caso los padres y sobre todo la madre, suelen estar muy receptivos ante la necesidad de cuidados, de ayuda y de cambio.

En este sentido, el apoyo y ayuda de las respectivas familias de origen y en el caso de la futura madre, de su propia madre, es muy importante. El apoyo y ayuda del marido o pareja, todavía lo es más. Con él se establece más claramente la diferenciación entre las familias de origen y la propia. La implicación del marido, proporciona elementos nuevos de cuidados y maternaje que eviten o contengan la repetición de conflictos primitivos entre la futura madre y su propia madre, por ejemplo.

Los futuros padres, como hemos ido viendo a lo largo de esta exposición, se hacen padres con el patrimonio y capital de recursos y competencias que han adquirido en su propia familia y en su relación con los otros a lo largo de su vida. También llevan consigo, en relación con su propia biografía, un mayor o menor grado de vulnerabilidad ante los elementos estresantes (situaciones existenciales de cambio) y un mayor o menor nivel de riesgo en función de las separaciones, pérdidas y duelos que les haya tocado vivir y sobre todo por la forma en que los han vivido o no.

Llamamos duelo al proceso de sufrimiento, de trabajo psíquico que realiza el ser humano para adaptarse e integrar el cambio que supone una pérdida psicológicamente valiosa e importante para él. Puede tener las mismas características que una reacción depresiva o estado depresivo tras una separación o pérdida pero sin la hemorragia de autoestima y deterioro de la propia imagen que se dan en las depresiones. Depresiones que por definición son trastornos afectivos que afectan al estado de ánimo y al funcionamiento psíquico del sujeto que las padece.

Como vemos, la forma en que los padres se sienten, se ven y se aprecian a sí mismos, como personas, como futuros padres y como pareja, es otro elemento determinante a la hora de valorar los riesgos de una eventual depresión post-parto.

El duelo (proceso normal) como reacción a la separación y pérdida que supone el parto, o la pérdida de un ser querido, así como la depresión y otras reacciones patológicas tras el parto, tanto en la madre como en el padre, representan una situación difícil y/o de riesgo no sólo para la madre, sino también para la relación temprana madre-hijo y para el propio hijo, como veremos más adelante.

En las sociedades primitivas, los rituales de “paso” o de transición, en situaciones de cambio y de crisis, ayudaban socialmente a la persona que los vivía y a su familia, evitando sufrimiento y enfermedades. Hoy día, en nuestra civilización y cultura, apenas contamos con rituales que, por su alto valor simbólico, nos ayuden a superar las pruebas y desafíos que nos supone tanto nuestra propia evolución como la vida misma.

Uno de ellos sería, desde mi punto de vista, el de obtener, mediante examen, el carné de conducir, con lo que ello representa de “prueba” de paso de la adolescencia a la edad adulta.

Referente al tema que nos ocupa, en sociedades primitivas y también antiguamente aquí en Ibiza, se practicaban rituales que hoy día se conocen con el nombre de “Covada”. Estaban destinados a integrar al padre activamente en el proceso de parentalización, desde el embarazo de su pareja, haciéndole someterse, por ejemplo, a ciertos tabúes como el de no comer carne o el de la caza (no ir de caza).

Con ello se conseguía un refuerzo de la identificación a lo maternal, en cuanto a los cuidados que requiere el embarazo y la madre, conteniendo a su vez los sentimientos de hostilidad hacia la pareja y futuro hijo que pueden acompañar vivencias de celos, envidia o rivalidad por parte del padre hacia su hijo.

Tras el parto, se hacía participar activamente al padre en el proceso de “dar vida” a su hijo, por ejemplo, soplando de forma ritual y simbólica sobre los órganos de los sentidos del recién nacido, o también el ritual por parte del padre, de meterse en la cama durante unas horas para recibir las felicitaciones de familiares y amigos. Este último aspecto es válido también para la madre que muchas veces pasa a segundo plano cuando familiares y amigos acuden a ver al hijo recién nacido.

¿Por qué les cuento todo esto? Hoy día, lo que se considera que es la preparación al parto, tanto de las primíparas (1.ª vez) como de las multíparas (más de un parto), podría ser interpretado y practicado tanto en su vertiente informativa como de apoyo psicológico e integración de roles y funciones parentales, como uno de esos rituales de paso, actualizados y adecuados a nuestra cultura y civilización. Como veremos más adelante, la participación activa de los padres en el proceso de preparación al parto que normalmente realizan las enfermeras especializadas, llamadas comadronas, es un recurso preventivo de primer orden en cuanto a la aparición de patología tanto en la madre como en el padre e hijo.

En el padre, que también tiene que vivir su propio proceso de duelo, pueden aparecer reacciones depresivas más o menos durables y a veces camufladas por mecanismos de defensa como la actuación y conductas de evitación. Por ejemplo, padres que en el mejor de los casos se vuelcan en el trabajo, en lugar de estar más presentes en casa, que es lo que verdaderamente necesitan la madre y el hijo.

Tras la salida del hospital, el regreso al hogar es un momento crítico para la madre y el bebé, si no cuentan con el apoyo y ayuda adecuados por parte de la familia y sobre todo del padre.

El padre, si a su vez no tiene el apoyo y ayuda necesarios y adecuados, si se encuentra en situación de crisis, de vulnerabilidad y de riesgo, puede desarrollar trastornos psicosomáticos y psíquicos que pueden ir desde un parto simbólico, como sería la expulsión de cálculos renales, hasta desarrollar una patología adictiva o delirante en los casos más graves.

Tanto en el padre como en la madre, el riesgo de enfermar o descompensarse psíquicamente es mayor tras el parto y en los primeros meses de interacción padres-hijos, que durante el embarazo.

La madre puede también presentar trastornos psico-afectivos que van desde el duelo post-parto, también llamado blues o depresión normal, que sigue al alumbramiento, hasta una depresión psicótica, con síntomas confusionales, alucinaciones corporales y exaltación defensiva y maníaca de su estado de ánimo, pasando por la depresión post-parto de la que vamos a hablar más en detalle ahora.

Desde el punto de vista epidemiológico, la depresión postparto es muy frecuente, ya que abarca desde un 10 % a un 15 % del conjunto de madres.

La sintomatología es la de una depresión típica. Tristeza, apatía, desinterés, auto-reproches, auto-desvalorización, etc. Aparece frecuentemente alrededor del tercer mes después del nacimiento y puede durar hasta un año e incluso más. Frecuentemente se trata de una depresión enmascarada por sintomatología fóbica (miedos) o desconexión emocional como mecanismo de defensa frente a un sentimiento intenso y con repercusiones sobre su entorno, es decir, sobre la relación madre-hijo. Como vemos, es un problema de salud pública, tanto por su frecuencia como por sus efectos sobre el desarrollo de los niños. Una buena parte de esos efectos se atenúa considerablemente si el padre no deprimido juega un papel activo de apoyo a la madre y ejerciendo la función materna sustitutiva.

Otras veces, la depresión aparece encubierta bajo la forma de un juicio moral que se hacen las propias madres, considerándose “malas madres”. En estos casos es frecuente que no pidan ayuda, que más bien se escondan y oculten su sufrimiento. La depresión de estas madres no suele ser tratada y cuando se detecta su problema, suelen ser poco colaboradoras con el terapeuta.

Para ver si estas depresiones post-parto podían ser detectadas y tratadas preventivamente antes, se ha realizado una investigación llevada a cabo por el Servicio Médico-Pedagógico de Ginebra, en Suiza. Publicada recientemente en un libro titulado “Las relaciones precoces entre padres e hijos y sus trastornos” (1).

La investigación, realizada sobre un grupo de 570 mujeres elegidas al azar, se efectúa en tres momentos evolutivos:

  • En el último trimestre del embarazo.
  • Tres meses después del nacimiento, en la casa (con observación de la relación madre-hijo).
  • A los 18 meses después del nacimiento, también en la casa (madres deprimidas y grupo control) con observación de la relación madre-hijo y del estado de desarrollo del niño.

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