Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La simbolización y el proceso psicodiagnóstico: apuntes para un seminario

PDF: puertas-simbolizacion-proceso-psicodiagnostico.pdf | Revista: 25 | Año: 1998

Así se establecen esas relaciones profundas, que persisten toda la vida, y que llamamos simbólicas, entre el cuerpo humano y el mundo de los objetos. En ese estadio, el niño no ve en el mundo más que las reproducciones de su corporeidad y, por otra parte, aprende a figurar por medio de su cuerpo toda la diversidad del mundo exterior” (en Chasseguet-Smirgel, 1991).

Empezaremos con la primera forma espacial, la más arcaica.

Para abordar este tema complejo vamos a intentar hacerlo a través de la cronología, siguiendo el vínculo madre-hijo y siguiendo tres parámetros:

  1. Cuerpo
  2. Objeto
  3. Espacio

En un primer momento veíamos que el deseo y la realidad se confunden. La madre suple las necesidades del niño sin que éste esté expuesto a la frustración que supone la percepción de la separación real de la madre. Para el bebé en este momento, el espacio de la realidad o perceptivo se confunde con el espacio imaginario.

¿Cómo son estas vivencias espaciales?

El cuerpo se vive disociado, lo externo se confunde con lo interno, el dentro y fuera están desdibujados, el propio cuerpo se vive en situación de complementariedad con lo externo, como continente de lo externo y a la vez como contenido. Así las diferentes percepciones externas se pueden vivir en el interior del propio cuerpo, como por ejemplo en la boca o en la cabeza. Hay una sinestesia de las diferentes zonas corporales. Los órganos de los sentidos transmiten sensaciones amorfas. La impresión visual es algo indefinido que puede adquirir un volumen gigantesco o se hace muy pequeño. Hay pues una fusión de las diferentes zonas corporales, lo visual, lo táctil, lo auditivo y una vivencia disociada del cuerpo. Lo parcial se identifica con lo total.

Ejemplo:
Relato de una paciente de Sami-Ali (1974): “Es como si fuera tan pequeñita, como un punto y que algo muy pesado estuviera sobre mí. A menudo dibujo con mi mano un triángulo en el que falta un lado. Lo dibujo en la masa, como si la masa fuese una pasta. Después siento como si todo esto estuviera en mi boca –impresión que no es desagradable– y en mi cabeza. Se parece a un balón. Es una especie de sensación desencarnada que no me inquieta y que no me aplasta…”

Aquí vemos el juego de complementariedad entre la percepción del cuerpo propio y la del mundo externo: al volumen minúsculo de uno responde la grandeza excesiva del otro como si los términos se completaran a pesar de su oposición.

Estos estados tan regresivos se observan en los adultos en situaciones febriles o estados hipnagógicos.
Bowles en su novela magistral “El cielo protector” describe con una intuición psicológica admirable el estado mental de uno de los protagonistas cuando padecía una situación febril que desembocó en su muerte.

“(…) las palabras eran mucho más vivientes y mucho más difíciles de manejar ahora (…) Se deslizaban en su cabeza como el viento en una habitación y apagaban la frágil llama de una idea que se estaba formando en la oscuridad. Cada vez las empleaba menos para pensar. El proceso se hacía más móvil; seguía el curso de los pensamientos porque estaba atado a ellos. El camino era a menudo vertiginoso pero no podía despegarse. No había repetición en el paisaje; era siempre un territorio nuevo y el peligro aumentaba constantemente. Lenta, implacablemente, el número de dimensiones disminuía. Había cada vez menos direcciones posibles que seguir. No era un proceso claro, nada preciso le permitía decir: “Ahora no hay más un arriba”. Sin embargo había comprobado en varias ocasiones que dos dimensiones diferentes confundían deliberadamente, con malevolencia, sus identidades, como para decirle: “Trata de saber cuál es cuál. Su reacción era siempre la misma: Una sensación que las partes exteriores de su ser
se precipitaban hacia dentro en busca de protección, con el mismo movimiento del caleidoscopio cuando gira muy lentamente y las partes del dibujo caen de golpe en el centro. ¡Pero el centro! A veces era gigantesco, doloroso, crudo y falso; se extendía de un lado a otro de la creación, no había modo de decir dónde se hallaba: estaba en todas partes. (…) el espacio estaba lleno de cosas. A veces las veía, sabiendo al mismo tiempo que en realidad sólo podían ser oídas. (…) A veces podía tocarlas con sus dedos y al mismo tiempo verterlas en su boca. Todo era absolutamente familiar y totamente horrible.”

El objeto en esta situación se convierte en un receptáculo del propio cuerpo. Estamos hablando de relaciones de inclusiones recíprocas. Lo externo incluye lo interno y esto a su vez incluye lo externo. (Así se expresa la nostalgia del reencuentro en el cuerpo materno que posibilita el reencuentro con la propia identidad corporal). El sujeto y el objeto están fusionados. Los objetos son el sujeto y viceversa. No hay pues alteridad. Los objetos no son constantes (su forma y dimensiones se modifican continuamente). Lo pequeño es igual a lo grande.

Cada movimiento, cada mirada, parecen modificar lo real en su esencia, las cosas se estiran, se deforman en todos los sentidos porque se instalan en un espacio sin profundidad. Son estructuras en superficie que carecen de derecho y de revés.

El objeto solo tiene un delante y un detrás, como una hoja fina de papel.

En cuanto al espacio, se trata como si formara parte del propio cuerpo y éste perteneciese a una estructural espacial que lo engloba. Es una superficie plana sin profundidad que gira en torno a un punto invisible. Es un espacio bidimensional con un dentro-fuera y con una negación del plano aquí-allá, siendo además el dentro-fuera lo mismo.

Ejemplo:
Un paciente de Kubie cuenta un sueño: “El sueño era algo puramente blanco, como un muro interminable que no se veía, pero que con los ojos cerrados se le sentía solamente o sin sentirlo se sabía que estaba ahí como si se viese a través de una ventana una sustancia lechosa o como si yo me encontrara tan cerca del muro que me envolvía y era interminable, de tal manera que estaba a la vez dentro, formando parte de él y fuera haciéndole frente.

En el fondo estamos hablando del estado de bienestar que se acompaña de un sentimiento oceánico o una masa de impresiones sensoriales que hacen aparecer al mundo como desordenado, amorfo y sin contornos. Es el recuerdo más precoz del bebé que se duerme colmado por la madre.

En el siguiente nivel, es decir en el espacio imaginario más evolucionado, que corresponde a una mayor diferenciación del cuerpo materno, el espacio imaginario se constituye en tres dimensiones no calcado del espacio de la percepción.

Es el momento en que el principio de realidad se empieza a hacer evidente y genera la constitución del espacio en profundidad. Este aparece a través de la frustración y la ambivalencia. Hay una puesta a distancia del objeto frustrante lo que permite la percepción del aquí – allá. Esta puesta a distancia deriva de un movimiento agresivo que rompe la cápsula narcisista de fusión. Estamos en el momento en que la madre no suple todas las necesidades del bebé y está posibilitando la desilusión progresiva.

El cuerpo. La referencia de uno mismo en el espacio es el otro, hay una vivencia simétrica. El niño no se puede situar en el espacio fuera de la referencia del otro, del cuerpo del otro. Hay una totalidad imaginaria entre el cuerpo propio y el del otro. Se logra la unidad corporal, ya no estamos en un cuerpo disociado. Dicha unidad está conseguida a través de la exitosa relación primaria. Dicha unidad proyectada hacia fuera conquista la unidad objetal y espacial. La unidad provee el a priori de la representación, el a priori simbólico. El sujeto se reconoce y reencuentra a través del otro, y la ausencia de ese otro, de la madre, puede ser cubierta con el mismo sujeto. Su unidad corporal una vez conquistada le permite cubrir la ausencia por una identificación sujeto-objeto.

Objeto. Hay una identificación en espejo, los objetos tienen derecho, revés, dentro, fuera. Estamos en el momento en que se reconoce lo de fuera diferente de lo de dentro. El objeto adquiere entonces un rudimento de características propias.

El espacio imaginario en tres dimensiones está caracterizado por una aprehensión de aquí-allá pero con la particularidad que son polos absolutos y no reversibles. Son una organización simétrica en espejo.

Es una forma perceptiva que engloba en una totalidad imaginaria el propio cuerpo y el del otro. Está regida por relaciones de simetría dobles a los lados y un eje vertical. Es un espacio atravesado por dos líneas de fuerza cruzándose como dos coordenadas para construir un cuadro de referencia en dónde se puedan situar los objetos. Está limitado por dos polos, el cuerpo del sujeto y el del otro. El otro es un polo fijo en relación al cual el sujeto se orienta. El punto de fuga está aquí y no allí. El otro es el allá absoluto que determina el aquí relativo. El sujeto se vive como un objeto parcial que pertenece a ese todo imaginario. El cuerpo de la madre y el suyo. Estamos pues ante la simetría especular y la complementariedad imaginaria.

Las fijaciones a este nivel darán lugar a las famosas alteraciones del esquema corporal, a la no diferenciación derechaizquierda ya que la referencia es el otro. El cuerpo propio carece de coordenadas propias. También las alteraciones en la escritura y las confusiones en las letras cuando tienen una simetría (d, b, p, q, etc). Los errores en el cálculo y la incapacidad de realizar operaciones numéricas se deben a que los números deben situarse en un espacio en dónde las relaciones son reversibles, no irreversibles. Solamente si el sujeto se sitúa en un espacio dominado y con una lateralidad conquistada puede realizar este tipo de operaciones mentales.

En los grafismos se observan grupos de dos y uno de los personajes tiene lo que le falta al otro. La simetría es evidente.

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