Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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¿Qué elementos aporta el juego al diagnóstico?

PDF: garcia-elementos-juego.pdf | Revista: 27 | Año: 1999

II. EVOLUCIÓN DEL JUEGO

Cuando el niño nace necesita adaptarse a un mundo nuevo al cual deberá conocer y comprender. Sus capacidades perceptivas (mirar, oler, escuchar, tocar) van construyendo una noción de ese mundo pero su incapacidad motriz limita su capacidad de exploración. Muchos de sus intentos de explorar se hallarán en la base de su futura actividad de juego. (1;8)

A partir de su nacimiento hasta los cuatro meses el interés del bebé se dirige casi exclusivamente a su madre. A los pocos días de vida es capaz de reconocerla por la voz y el olfato. desde que nace, el niño sabe mucho sobre su madre.

Como la vista se desarrolla desde el primer momento, el niño ya puede distinguir la luz de la sombra, su capacidad de gustar y reconocer sabores ya es notoria desde las primeras horas de vida y todas sus experiencias van configurando en su mente la imagen de la madre.

Otro sentido muy importante es el tacto, y que el pequeño pueda estar en contacto con la piel de su madre porque le permite elaborar la pérdida de la experiencia de haber estado en el vientre materno. Esta relación física es totalmente necesaria después del nacimiento y la carencia de esta relación satisfactoria trae como resultado trastornos en el contacto con la realidad y lo predispone a enfermedades de la piel (1)

En el tercer y cuarto mes se producen cambios importantes tanto psíquicos como físicos; el niño ya conoce a su madre, y comienza a jugar con su cuerpo (1). Winnicott afirma que las primeras experiencias del niño sano se relaciona con la primera posesión, y esta relación se vincula poco a poco con fenómenos autoeróticos, la succión del puño, del pulgar y más adelante con el primer animal o muñeca blandos y con los juguetes duros.

Cuando el bebé tiene cuatro meses, comienza su actividad lúdica. Empieza a controlar sus movimientos, coordina el movimiento con la vista y ya puede acercar la mano al objeto que ha focalizado con sus ojos siempre que éste se encuentre cerca.

El jugar a las escondidas es la primera actividad lúdica en la cual el niño elabora la angustia de reparación, el duelo por un objeto que debe perder. El niño a esta edad juega con su cuerpo y con los juguetes; desaparece tras la sábana y vuelve a aparecer; también juega con sus ojos a abrirlos y a cerrarlos, tiene el mundo y lo pierde.

El niño ahora es capaz de repetir los sonidos que salen de su cuerpo los escucha y su expresión cambia. Dichos sonidos son los “laleos”, su primer intento de expresión verbal.

El primer juguete que se ofrece es el “sonajero” (deriva de la sonaja, primer instrumento musical), y también algo con él aparece y desaparece: “los sonidos”.

Phillippe Gutton, en cambio, considera que la actividad de un bebé es pre-lúdica, porque el juguete sustituye parcial o totalmente el cuerpo materno y permite al niño asumir su ausencia, abriendo su curiosidad hacia el mundo. Sin embargo el prejuguete, es otra llamada a la madre tanto por su material como por los sonidos que acompañan a su manipulación. Otras de las diferencias que él observa es que el prejuguete es simple, en cambio el juguete es una estructura; y sólo a partir de dicha dialéctica pre-lúdica entre la madre y el niño se puede dar paso al vínculo estructural interno del juguete. (4)

El niño experimenta por medio de movimientos que al golpear un objeto también produce sonidos, lo chupa, lo explora, lo muerde y va reproduciendo experiencias que le tranquilizan. Cuando arroja sus juguetes al suelo, espera y exige que se los devuelvan. Dicha actividad es necesaria porque con ella, el niño experimenta que puede perder y recuperar aquello que ama. (1).

Tanto A. Aberastury como Phillippe Gutton consideran que es una etapa básica para el niño porque experimenta, intuye y elabora que las personas o los objetos pueden tanto aparecer como desaparecer y a través del prejuzgo, los niños expresan que son capaces de reconocer objetos, apartarlos y atraerlos hacia sí. En este punto, ambos autores consideran que a pesar de que el niño haya encontrado una forma de elaborar sus angustias de pérdida, reclaman con urgencia incontrolable la presencia de sus verdaderos objetos: sus padres. A esta edad el temor a su pérdida se intensifica y les angustia; su vida emocional está marcada por ella y conforma el motor de las actividades que describimos. (4)

En la segunda mitad del primer año el niño se interesa por los objetos huecos que puedan contener otros objetos penetrantes. Y pasa a utilizar todo lo que le sirva para penetrar; por ej. los ojos, los oídos, las bocas de las personas que están próximas le permiten hacer sus primeras experiencias de exploración. Sus objetos preferidos son pequeños, y son los herederos de sus dedos exploradores.

Otros de los juegos que aparecen en esta edad es jugar con los agujeros (de las bañeras, por ej.) las tazas de juguete, o con una rotura en la pared, o el agujero de una cerradura… un palo, un lápiz, sus dedos, todo sirve para poner y sacar, unir y separar.

Entre los 8 y los doce meses, el niño se desplaza gateando, amplía su campo de acción y comienza una minuciosa y constante exploración. (1)

Alrededor de los dos años, el niño descubre un sistema dialéctico de placeres complejos centrados en una nueva concepción del dentro y fuera que estructura el propio cuerpo en el medio circundante. Los excrementos tienen el significado de un regalo de que el cuerpo del niño acepta separarse y son ofrecidos a la madre con la esperanza de una gratificación (4). Pero debido a las prohibiciones del adulto, el niño busca sustancias permitidas como agua, arena y tierra con la cual jugar, realizando castillos, niños, animales salvajes, líquidos con poderes mágicos; más adelante con la plastilina podrá modelar objetos. (1).

En otras palabras, el objeto anal corporal es sustituido por un objeto neutro que adquiere un sentido en la relación binaria madre-hijo -objeto simbólico- (4). Por lo tanto a partir de dicha prohibición corporal se desarrolla la actividad lúdica. En este periodo del desarrollo se pueden observar algunos casos extremos que tienen un carácter patológico por lo tanto, volveremos a ello en el Cap. III

Otro interés que aparece en esta edad es la fecundidad, consecuencia de la unión; aparecen los tambores, los globos, las pelotas como juguetes predilectos que simbolizan el vientre fecundo, luego se transforman en un medio de comunicación y finalmente para la descarga de sus tendencias agresivas. Al finalizar el primer año, dichos objetos continuarán siendo centro de su interés, porque tanto el cuerpo materno como el propio se simbolizan en las formas esféricas; y persistirán como juguetes a través de los años.

En cuanto al aspecto social del juego en esta edad, Rubinstein y Howes (1976) estudiaron las actividades de niños de 8 a 18 meses y observaron que si bien no jugaban juntos, sí sentían intensamente la presencia de los demás niños (3).

A partir de los 2 años, los niños comienzan a darle vida a sus muñecas (3); tanto los muñecos como los animales predilectos corporizarán a los hijos fantaseados y serán objeto de amor y malos tratos (1;3). En este período comienza el aprendizaje de la maternidad y la paternidad (1). Y ya a esta edad se pueden observar juegos paralelos, es decir cuando el niño disfruta la presencia de otros niños. (3)

Los niños de dos años se observan mutuamente con intensidad y por lo general con una tendencia compulsiva a imitarse (3). Por lo tanto imita aquellas situaciones que están presentes a sus sentidos. (3)

Otras de las actividades que se manifiestan a los dos años es la de trasvasar sustancias de un recipiente a otro. Esa actividad lúdica puede tomarse como indicio que espera y necesita la enseñanza del control de esfínteres, es decir adquirir la capacidad de entregar a voluntad los contenidos del cuerpo. (1)

A partir de los dos años y medio, el niño adopta jugar con sus amiguitos de la misma edad, al escondite y a cogerse por sorpresa (6). También descubre cómo recrear y retener su propia imagen a través de los dibujos y así disminuir la angustia.

El niño comienza a interesarse por su propio cuerpo para luego interesarse por otros objetos inanimados; también cuando dibuja, es el cuerpo su primer interés. La casa que lo simboliza será también objeto central de sus paisajes (1).

Entre los tres y los cinco años el juego del niño se amplía y se complica; su riqueza e intensidad nos permiten evaluar su armonía mental. (1).

En cuanto al juego de las escondidas, los niños de 3 años prefieren esconderse de a dos y que un adulto sea quien les busque. Es extraño encontrar que un niño menor de seis acepte a regañadientes el rol solitario de buscador. (6)

A esta misma edad, el niño combina sus juguetes concentrando cada vez más su atención, y empleando más tiempo con ellos y comienza a jugar un poquito más con otros niños (3). El niño se fascina cuando reúne objetos y disfruta cuando repite ritualmente algunas acciones lúdicas. A los tres años comienza a desarrollarse las amistades y éstas se basan en el interés que ellos tienen ante el mismo tipo de actividades (3).

Los deseos genitales adquieren pujanza y se expresan en todo tipo de actividades. Los juegos sexuales entre niños son la norma y no son negativos sino que contribuyen al buen desarrollo (1). Los juegos sexuales propiamente dichos son el jugar a papás y mamás, al doctor, a la enfermera, a los novios, a los casados, a la sirvienta, y en ellos satisfacen sus necesidades de tocar, de mostrarse, de ser vistos y ver. (1). En estas secuencias se propone tanto la representación de las pulsiones parciales y su realización como también los procesos defensivos utilizados a lo largo de la historia del niño. Las actividades sexuales son el motor de este juego, cuyas secuencias lúdicas se impregnan de múltiples escenas en las cuales se condensan tramas simbólicas y figuraciones reales. (4).

Pasados los 5 años, el varón prefiere juegos de conquista, de misterio, de acción; utilizan pistolas, escopetas, revólveres y disfraces de Batman o de cowboys. En cambio, la niña tiende a buscar juegos más tranquilos, con muñecas, juegan a la peluquera, a preparar la comida, a servir el té, finge relaciones sociales, y también suele pedir ropa a su mamá y disfrazarse. (1)

A partir de los seis o siete años, muchos de los juegos se elaboran con variaciones y reglas; por ejemplo, entran en la actividad lúdica las largas discusiones –que algunas veces llegan a ser peleas– acerca de las reglas y del juego legal. También están presentes juegos menos estructurados.

Bajo los juegos del escondite, de cogerse por sorpresa o del perseguirse, se va configurando otro tema: el del cazador y el cazado. Entre los 4 y seis años dicho juego se representa como una dramática relación entre animales. A partir de allí, el juego se dirige hacia otro interés el del cruel opresor versus el valiente héroe que se resiste. Por ejemplo, Batman y Robin, Robin Hood, cowboys, -y en la actualidad los personajes de la bola de Drac-.

Las lecturas de ficción, los estudios de ciencias sociales y naturales, las letras y los números, también enriquecen y estimulan al niño, porque proveen una vía de expresión y de confrontación de su propia experiencia sobretodo cuando el juego se sitúa al límite del temor y del triunfo. (1; 6). Por lo tanto con el aprendizaje escolar aparecen nuevos juegos en los que se combinan las capacidades intelectuales con el azar.

El grupo permite que el niño realice el aprendizaje de la competencia y del compartir roles, a través de distintos juegos que van desde el azar hasta la pericia. Por ejemplo, las carreritas, la lotería, el dominó, el monopoli que le permiten conocer un mundo nuevo.

Al comienzo, la competencia significa aniquilar, se triunfa sobre alguien pero no con alguien. Uno de los juegos más empleados en esta edad es el “tatetí” o “tres en rayas”, es el símbolo de las vicisitudes que la vida impone hasta llegar a establecer la situación edípica. Los competidores son los hermanos y se lucha por conseguir la relación exclusiva con los padres al mismo nivel el uno con el otro. (1).

A través del monopoli se inicia el juego con un azar, que simboliza el equipo (los recursos) con el cual iniciamos nuestro enfrentamiento con el mundo. Hay distintas posibilidades de invertir el capital. Los actos de generosidad y avaricia, de derroche y ahorro, se ejercitan revelando mucho de la personalidad del jugador y de su forma de relacionarse con el dinero.

En el ajedrez el motor inconsciente del juego es la necesidad de enfrentar a los padres, entrar en el mundo de adultos y competir con ellos; el éxito depende de la habilidad para lograrlo, conociendo las reglas y utilizando adecuadamente sus capacidades.

Otros juegos que se desarrollan a esta edad son el football, el basquet o el balonmano, la rayuela en los que hay un significado genital encubierto. (1)

Philippe Gutton analiza detenidamente el juego de policías y ladrones y el de la gallinita ciega. En el primero, considera que el niño manifiesta de forma elaborada la ambivalencia en relación con su padre, a la vez temido y deseado.

En dicha actividad lúdica, el ladrón no está definido por los actos delictivos, sino por el hecho de que es perseguido por los guardias. El campo de lo prohibido es excluido. Se pone en evidencia la revisión de una relación erotizada con la autoridad, el poder, la fuerza. El ladrón puede ser atrapado, hecho prisionero, se puede escapar; el guardia puede fracasar en su tarea pero no puede ser cogido; siempre queda intacto. El placer del ladrón consiste en ser atrapado, para luego escapar, y luego ser cogido de nuevo.

A veces los niños sólo representan el papel de ladrones y otros de guardias, en otros casos los papeles se alternan sucesivamente como si les gustase representar las dos posiciones de la relación con los padres.

En cuanto al segundo juego, el de la gallinita ciega, el autor observa que el héroe del juego es ciego, al igual que Edipo. El niño que representa la gallina ciega se le vendan los ojos, porque tiene prohibido ver, y ha de coger a los demás compañeros que intentan dentro de un espacio delimitado, escapársele, evitándolo. No puede mirar pero sí tocar. La negación del castigo, la relación de la búsqueda, son momentos intensamente eróticos, durante los cuales –y al tener los ojos vendados– el otro es reconocido gracias a las diferencias de su cuerpo.

Durante los 7 u 8 años, el niño con sus amigos más íntimos pueden jugar durante horas sin la presencia del adulto porque ya saben que hay un adulto confiado que está disponible. Ahora bien, cuando durante el juego uno o varios niños pasan a ser el tirano opresor, los demás niños pueden espantarse o bien resistirse totalmente. A partir de ese momento “la representación” del juego, el hacer como si, se quiebra y emerge la sensación de un peligro real; entonces en ese momento el adulto puede ser visto como un mediador de la pelea y de esta manera los sentimientos se reconducen dentro de los límites de seguridad (6).

Entre los siete u ocho años y hasta llegar a la pubertad, el cuerpo vuelve a tener un papel fundamental. Se intensifica el gusto por la lucha, por las carreras y el football; se acentúa el placer por el escondite, por los juegos de manos. La culminación de estos juegos es el cuarto oscuro (1; 6) donde la exploración y la búsqueda ya tienen contenidos genitales muy evidentes. La oscuridad, como condición necesaria en ese juego, nace en la medida en que se van definiendo más, las capacidades genitales. (1;4)

Cuando el niño ya no juega y abandona estos objetos, es uno de los primeros fenómenos de la pubertad, el juego se borra… y el niño se orienta nuevamente de un modo definitivo hacia el cuerpo. Esto se debe a que el niño ya ha adquirido la genitalidad.

En este período aparece el aburrimiento, la morbosidad ansiosa. El niño pasa con esfuerzo y en forma progresiva de una relación lúdica a una relación de pareja (sexualizada). En la adolescencia, el juego adquiere significado en relación a la sexualidad: pretexto de encontrarse, actividad narcisística, etc.(4)

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