Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La infancia frente a los hechos de la vida: Los sueños en los personajes infantiles de las novelas contemporáneas de Don Benito Pérez Galdós

PDF: ingelmo-infancia-frente-hechos-vida.pdf | Revista: 43-44 | Año: 2007

En este sueño, que es el último que tiene Cadalsito en la novela, éste, Cadalsito, reconoce definitivamente que la colocación de su abuelo es imposible, que es una quimera y que ya no hay esperanza de ningún tipo en relación con la misma. Que él no puede hacer nada por conseguir que a su abuelo le den una colocación. En sueños anteriores, cuando Dios no se comprometía y no resolvía los problemas de Don Ramón y su familia, en Luisito surgía una sensación de impotencia/desamparo (Freud, 1926) que determinaba, al reconocer el niño que la realidad no podía ser modificada y que su abuelo no tendría ni colocación ni dinero para comer, la aparición de un fenómeno muy particular que Fairbairn (1943) denominó “culpa defensiva” y que, posteriormente, Killingmo (1989) ha denominado “culpa por intencionalidad secundaria”: Luisito, por sus malos rendimientos escolares, es el responsable de que Dios no le conceda una colocación a su abuelo (11); por tanto, si Luisito mejora sus rendimientos, Dios le concederá la colocación a su abuelo. De esta manera, el sentimiento de impotencia/desamparo se mitiga, la realidad que escapa al control del niño se hace manejable, ya que el control de la misma depende de que él estudie más o menos, de que sea más o menos culpable. Pero, en este último sueño, aunque Luisito hace una referencia a que ahora estudia, la culpa defensiva ha desaparecido y el niño acepta la realidad tal y como ésta es. Hay que aceptar la realidad, aunque sea una realidad desagradable y que asuste. Por otra parte, Luisito reconoce que su destino en la vida es ser Miau para los demás, que esa imagen es la que los demás tienen de él y que, en todo caso, el tendrá que actuar de tal forma que la desmienta. Es, por tanto, un sueño de aceptación de la verdad, de reconocimiento de la verdad aunque ésta produzca desagrado y miedo. En cierto modo, Luisito es un personaje esperanzado, que descubre, a diferencia de su familia, las posibilidades de no engañarse a sí mismo, las posibilidades de aceptar las verdades de la vida tal y como éstas son.

Y, para finalizar, quisiera detenerme en una conversación que Cadalsito mantiene con su abuelo en estado de vigilia, y que en mi opinión es un momento culminante de la novela y el momento culminante de la función de Luisito en la novela, como aquel que puede pensar, a través de los sueños, los hechos de la vida, los acontecimientos vitales que asustan al resto de la familia. Y en esta conversación los hechos a los que se enfrentan no son pensados a través de ningún sueño, sino que son pensados en estado de vigilia.

“Dime, Luis –propuso Villaamil, abrazándole con cariño–. ¿Quiéres tú de veras irte con la tía Quintina? ¿Crees que estarás bien con ella, y que te educarán e instruirán los Cabrera mejor que en casa? Háblame con franqueza.

Puesta la cuestión en el terreno pedagógico, y descartado el aliciente de la juguetería eclesiástica, Luis no supo qué contestar. (…)

–Pero suponiendo que yo falte, que Pura y Milagros se vayan a vivir con Abelarda, señora de Ponce, ¿con quién te parece a ti que estarías mejor?

–Con la abuela y con la tía Quintina juntas (…)

–Eso no puede ser (…)

–¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se alborotase otra vez y te quisiera matar? (…)
–No se alborotará. Ahora se casa y no volverá a pegarme (…)

–¿De modo que tú… no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y nosotros, ¿qué prefieres? (…)

–Prefiero… que vosotros viváis con la tía (…)

Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirlo: “Mira hijo, todo eso que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado para que no te resistieses a salir de casa”; pero se contuvo, esperando que el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la rodilla de su abuelo y, echándole una mano al hombro para sostenerse bien, se dejo decir:

–Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan a vivir con Quintina (…)

–¿Y yo? –preguntó el anciano, atónito de la preterición (…)

–¿Tú? Te diré. Ya no te colocan… ¿entiendes? Ya no te colocan, ni ahora ni nunca (…)

–¿Por dónde lo sabes? (…)

–Yo lo sé. Ni ahora ni nunca… Pero maldita la falta que te hace (…)

–¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? (…)

–Pues… Yo… Te lo contaré; pero no lo digas a nadie… Veo a Dios… Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla (…) Tiene la barba blanca es tan alto como tú, con un manto muy bonito… Me dice todo lo que pasa… y todo lo sabe (…)

–¿Y cuándo le has visto? (…)

–Muchas veces: la primera en las Alcorconas, después aquí cerca, y en el Congreso y en casa… Me da primero como un desmayo, me entra frío, y luego viene él y nos ponemos a charlar (…) Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas al cielo, mejor. (…) Pues eso me dijo… Que morirte es lo que te conviene, para que descanses y seas feliz (…)

–Vamos, hijo, vamos a casa de la tía Quintina –dijo al nieto, levantándose y cogiéndole de la mano (…)

Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacrorecreativos. Al llamar a la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió a abrir. Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos a su nieto, entrególe a su tía paterna, y bajó a escape sin siquiera dar a ésta los buenos días. Como al bajar creyese oír la voz del chiquillo que gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que sus flojas piernas le permitían”.

La negación de realidad (tanto externa como interna, tanto del self como del otro), la renegación de la realidad como diría Freud (1927 y 1938), es el motor de la conducta de muchos de los personajes de La de Bringas y de Miau y, precisamente, en este ambiente en el que todos están instalados en la ceguera sobre sí mismos y sobre el ambiente interpersonal y social, en el que todos los personajes pretenden “hacer la vista gorda” (Steiner, 1995), porque son incapaces de asumir lo que han hecho y lo que hacen y acaban, por tanto, refugiados en una relación con la realidad externa de naturaleza patológica y, obviamente, en una relación consigo mismos de la misma naturaleza. Tal vez Don Ramón Villaamil, al final de la novela, cuando tiene decidido el suicidio, enfrenta la realidad, tanto la externa como la interna, de una manera más drástica y huye de la verdad no a través de la renegación de lo externo y de lo interno, sino a través de la omnipotencia. Y, precisamente, en este ambiente, viven Isabelita Bringas y Lusito Cadalso, intentando, a través de los sueños, no “hacer la vista gorda”, sino pensar la realidad familiar y social y a ellos mismos de otra manera a como piensan sus familias, de pensar la realidad desde una perspectiva más realista y menos mentirosa. Y en este proceso de acceder a la verdad, a su verdad, no parecen estar acompañados de otros personajes que actúen como objetos contenedores (Bion, 1962a) o como objetos transformacionales (Bollas, 1987).

1 Numerosos psicoanalistas, incluido Freud, han realizado importantes contribuciones no sólo a la denominada teoría psicoanalítica del emisor (autor), sino también a lo que, hoy día, ha dado en llamarse teoría psicoanalítica del receptor (espectador, lector). En relación con la teoría psicoanalítica del receptor o de la recepción de la obra literaria por el lector o espectador, las aportaciones de Freud han ido, básicamente, en dos sentidos. Por una parte, planteando la idea de la identificación del lector-espectador con el personaje, como por ejemplo hace en “La interpretación de los sueños” (1900) al estudiar Edipo, rey, y Hamlet. Y, por otra parte, planteando, siguiendo en cierto modo a Aristóteles, la teoría de la catarsis o teoría del placer-catarsis, como por ejemplo hace en “Personajes psicopáticos en el escenario” (1905) y en “El creador literario y el fantaseo” (1908). Posteriormente, algunos discípulos de Freud desarrollaron está líneas de la identificación con los personajes y del placercatarsis que supone la obra literaria para el receptor. Entre otros, por ejemplo, tenemos a Ernst Kris (1952), Bruno Bettelheim (1977) y Didier Anzieu (1981).
2 La finalidad de la tragedia, desde la griega a la actual, es siempre más
o menos la misma: aumentar el conocimiento de los personajes y del público que la contempla (por ejemplo, Simon, 1978; García Gual, 2006, etc.). Así entendida la tragedia, ya sea la griega, la shakesperiana, la lorquiana o la de algún otro autor, funciona como una suerte de psicoterapia. El espectador enfrentado a unos hechos que permanecen normalmente ocultos, amplía su visión del mundo y de sí mismo, tras experimentar no sólo una purgación de los afectos (según Aristóteles y, posteriormente, Freud), sino también una remoción y reorganización profunda de los mismos (Simon, 1978; Feal, 1989). Podría decirse, por tanto, que la literatura es una suerte de psicoterapia para el lector, ya que le ayuda a organizar sus emociones y a simbolizarlas (es decir, a desarrollar su capacidad de mentalización), a desarrollar su capacidad reflexiva, a organizar sus ideas, etc.
3 Pero no sólo la literatura se convirtió en la “vía regia” para llegar al conocimiento del ser humano, de sus motivaciones, de sus defensas y de su forma de operar mentalmente; la filosofía también colaboró con Freud en esta tarea de conocer las motivaciones y el funcionamiento del ser humano: Platón, Epicuro, Lucrecio, Descartes, Rousseau, Schopenhauer, Nietzsche, etc., fueron algunos de los filósofos que ayudaron a Freud en su empresa de “conquistar” el conocimiento sobre el ser humano.
4 Y también podría decirse que la obra de determinados autores, posteriores a Freud, sería ininteligible sin el antecedente previo del psicoanálisis. Entre estos autores, cabría citar, por ejemplo, a Marcel Proust, James Joyce, Virginia Wolf, Williams Faulkner, Thomas Mann, Lillian Hellman, Dashiell Ham-met, Hemingway, Scott Fitzgerald, Eugene O’neill, Luigi Pirandello, Jean Paul Sartre, Albert Camus, etc., y entre los españoles, una parte importante de la denominada generación del 27 o generación de la República, sobre todo en la poesía y en el teatro (Vicente Aleixandre y Federico García Lorca, entre otros).
5 Sin embargo, es muy posible que Galdós conociera, aunque solo fuera de referencias, la filosofía del inconsciente de Eduardo Hartmann (1842-1906), que atrajo mucho la atención en los años en que Galdós escribió las novelas contemporáneas.
6 Siguiendo los planteamientos de Lecours y Bouchard (1997), la mentalización se puede entender, hoy en día, como una proceso intrapsíquico relacionado con la habilidad del sujeto para poner en palabras o imágenes (es decir, en forma simbólica) las experiencias que vive e integrarlas al servicio de la creación psicológica de sentido. En otros términos, la mentalización ha sido conceptualizada por los autores citados como el proceso por el cual “las excitaciones somáticas pulsionales-afectivas son transformadas y conservadas en forma simbólica”.
7 Freud nunca utilizó el término mentalización, pero las actuales teorías sobre la mentalización derivan de los conceptos iniciales de Freud, sobre la ligazón o enlace (1893, 1920, 1923 y 1938) y sobre la elaboración psíquica (1895 y 1914).
8 Bion (1962a y 1962b) tampoco utilizó nunca el término mentalización pero describió un proceso muy similar: la función alfa (actividad de ligazón o rêverie, inicialmente desarrollada por la madre y, posteriormente, por el sujeto), que consiste en una transformación de los acontecimientos intolerables, vivenciados como cosas-en-sí-mismas concretas (elementos beta), en experiencias tolerables y pensables (elementos alfa).
9 Los ideales de la revolución de septiembre acaban prostituyéndose, como Rosalía acaba también prostituyéndose. Esta constatación supone para Galdós una gran desilusión, que aparece bien reflejada en la siguiente novela que analizaremos, Miau, en la que ya hay poco lugar para la esperanza.
10 Ricardo Gullón (1987) al estudiar los sueños en Galdós plantea que éste siempre intenta una explicación racional de los fenómenos oníricos, y en muchos casos se sugiere una relación clara de causa efecto entre una enfermedad y los sueños, como acabamos de señalar en el caso de Isabelita Bringas, donde una gran ración de un dulce desencadena una pesadilla y en otro momento será una gran ración de gazpacho la que desencadena la pesadilla.
11 Como muestra de la idea que estamos desarrollando tenemos el siguiente fragmento de otro de los suelos de Lusito: “es preciso que te hagas cargo de las cosas (…) ¿Cómo quieres que yo coloque a tu abuelo si tú no estudias? Ya ves cuán abatido está el pobre señor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con un cabello. Pues tú tienes la culpa, porque si estudiaras…(…) Luis meditó sobre aquello. Su razón hubo de admitir el argumento, creyéndolo de una lógica irrebatible. Era claro como el agua: mientras él no estudiase, ¡contro!, ¿cómo habían de colocar a su abuelo? Parecióle esto la verdad misma, y las lágrimas se le saltaron. Intentó hablar, quizás prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una fiera”.

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