Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Los cuentos de hadas y el conflicto envidioso

PDF: valcarce-cuentos-hadas-conflicto-envidioso.pdf | Revista: 31-32 | Año: 2001

Mercedes Valcarce Martínez
Doctora en psicología.

“La paloma al gallo fiero; el gallo a la paloma lo ligero. Quiere el sabueso patas más felices, y cuenta como nada sus narices. El galgo lo contrario solicita; Y en fin, cosa inaudita, Los peces, de las ondas Ya cansados, Quieren probar los bosques y los prados; Y las bestias, dejando sus lugares, Surcar las olas de los anchos mares. Después de oírlo todo, El Águila concluye de este modo: ¿Ves, maldita caterva impertinente, que entre tanto viviente De uno y otro elemento, Pues nadie está contento, No se encuentra feliz ningún destino? Pues ¿para qué envidiar el del vecino? Con sólo este discurso, Aún el bruto mayor De aquel concurso Se dio por convencido. De modo que es sabido Que ya sólo Se matan los humanos En envidiar la suerte a sus hermanos”.
Samaniego, F. M.ª. Fábulas: El Águila y la Asamblea de animales (1745-1801)

Los cuentos deleitan y enriquecen la vida interna del niño porque empiezan, precisamente, allí donde están sus problemas psíquicos y emocionales. Hablan de fuertes impulsos internos, de un modo que el niño puede comprender inconscientemente y sin quitar importancia a las graves luchas internas que comporta el crecimiento. Ofrecen ejemplos de soluciones, temporales y permanentes, a las dificultades apremiantes.

“Aplicando el modelo psicoanalítico del desarrollo de la personalidad humana, los cuentos aportan importantes mensajes al consciente, preconsciente e inconsciente, sea cual sea el nivel de funcionamiento de cada uno, en un momento dado. Al hacer referencia a los problemas humanos universales, especialmente a aquellos que preocupan a la mente del niño, (como es el sentimiento de envidia) estas historias hablan a su pequeño Yo en formación y estimulan su desarrollo, mientras que, al mismo tiempo, liberan al preconsciente y al inconsciente de sus pulsiones. A medida que las historias se van descifrando, dan crédito consciente y cuerpo a las pulsiones del Ello y muestran los distintos modos de satisfacerlas, de acuerdo con las exigencias del Yo y del Superyo”. (Bettelheim, B., 1995: 12). (El paréntesis es mío).

Para poder dominar los problemas psíquicos del crecimiento –superar las frustraciones narcisistas, los conflictos edípicos, las rivalidades fraternas y las envidias, entre otras difíciles tareas de la vida– el niño necesita comprender lo que está sucediendo en su inconsciente. La tesis que sostuvo el psicoanalista B. Bettelheim (1994), con una larga experiencia en el tratamiento de niños gravemente perturbados, es que los cuentos y, especialmente, los cuentos de hadas, tienen la cualidad de recoger fantasías universales en el tiempo y en el espacio y ofrecen a la imaginación del niño nuevas dimensiones a las que le sería imposible llegar por sí solo. El niño adquiere una comprensión y con ella una capacidad de luchar, no a través de la comprensión racional de la naturaleza y de los contenidos de su inconsciente, sino ordenando de nuevo y fantaseando sobre los elementos significativos de la historia, en respuesta a sus pulsiones inconscientes.

Además, he podido comprobar algunas de las hipótesis de B.Bettelheim, al encontrar distintas versiones, en diferentes culturas. Por ejemplo, las versiones chinas de “La Cenicienta” bajo el título de “Shun, El Emperador sabio” y “Yen-hsien” (Sander’s Too Tao Liu / Pau Johnny, 1984: 35-36); el relato oriental “Historia del pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro” en la Noche LVI de la célebre obra: “Las Mil y Una Noches”, donde la sultana es víctima de la envidia de sus
hermanas. También el cuento escocés titulado “The Rashin Coatie” es similar a una cenicienta pero escocesa. Incluso podemos encontrar una versión muy parecida de la Fábula de Samaniego citada al comienzo del artículo, en un texto taoista titulado “Grande y Pequeño”:

“Kui, el dragón de una sola pata, tiene envidia (el subrayado es mío) del ciempiés. El ciempiés tiene envidia de la serpiente. La serpiente tiene envidia del viento. El viento tiene envidia del ojo. El ojo tiene envidia de la mente”. (Merton, T., 1999: 74)

Los cuentos no se refieren al mundo externo, aunque empiecen de manera realista e inventen personajes cotidianos. La naturaleza irreal de estas historias es importante, ya que ésta pone de manifiesto que el cuento de hadas no está interesado en una información útil del mundo externo, sino en los procesos internos que tienen lugar en el individuo.

Es importante recordar cómo, tanto para el niño como para el adulto, el inconsciente es un poderoso determinante del comportamiento. Si se reprime y se niega la entrada de su contenido al nivel de la conciencia, la mente consciente de la persona queda parcialmente oprimida o se ve obligada a un control tan rígido y compulsivo sobre él, que su personalidad puede resultar seriamente dañada. Sin embargo, cuando se permite que el material inconsciente acceda, hasta cierto punto, a la conciencia y sea elaborado, su potencial nocivo –para los demás o para nosotros mismos– queda considerablemente reducido. Entonces, algunos de sus impulsos pueden utilizarse para propósitos más positivos. Esto sucedería así, también, en el caso de la envidia.

No obstante, la creencia común de los padres es que el niño o no tiene envidia o debe apartársele de ella, así como también, de sus ansiedades desconocidas y sin forma y de sus caóticas, airadas e -–incluso– violentas fantasías. Esto sucede, por la opinión tan extendida, de negar la posibilidad de que los niños sepan que el origen de que muchas cosas vayan mal en la vida se debe a nuestra propia naturaleza y, por tanto, que se hagan cargo de sus impulsos hostiles y envidiosos; es decir, de la tendencia de los hombres a actuar agresivamente. Se prefiere que los niños crean que todos somos “buenos por naturaleza” como defendía Rousseau. Pero los niños saben que “ellos” no siempre son buenos; y, a menudo, cuando lo son, preferirían no serlo. Eso contradice lo que sus padres afirman y, por esta razón, a veces, el niño se vivencia a sí mismo como un “monstruo” por lo cual siente mucha culpa.

Los profundos conflictos internos que se originan en nuestros impulsos primarios y en nuestras violentas emociones están ausentes, en gran parte, de la literatura infantil actual. Así, las historias “modernas” evitan, generalmente, los problemas existenciales, aunque sean cruciales para todos. No mencionan la muerte, ni el envejecimiento, ni el deseo de vida eterna, ni la envidia, conforme al “pacto de silencio” general, respecto a este sentimiento tan temido. Mientras que, los cuentos de hadas “clásicos” enfrentan debidamente al niño con los conflictos humanos básicos los cuales, aunque se trate de negar su existencia, el Psicoanálisis ha demostrado, ampliamente, que se encuentran ya en el psiquismo infantil.

Los cuentos de hadas alientan a los niños a extraer sentido a su existencia luchando valientemente contra lo que parecen abrumadoras fuerzas superiores; enseñan que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable; pero que si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar los obstáculos alzándose, al fin, victorioso.

Antes de comenzar el análisis de aquellos cuentos en los que el conflicto existencial principal que plantean es la envidia, quiero referirme a dos cualidades específicas de los cuentos de hadas: por una parte, el carácter único de estos cuentos que les confiere la cualidad de ser auténticas obras de arte. Y ello por que, como en todas las artes, el significado más profundo de cada cuento, será distinto para cada persona e, incluso, para la misma persona en diferentes momentos de su vida. El niño, obtendrá significados distintos según sus intereses y necesidades del momento, recurriendo a la misma historia cuando esté preparado para ampliar los viejos significados o para sustituirlos por otros nuevos. Por otra parte, su cualidad fascinante, es, precisamente, porque no se sabe de qué manera actúa el encanto de sus historias sobre el psiquismo del niño. Esto es así, porque las experiencias y reacciones más importantes de un niño pequeño, ante la lectura de un cuento, son generalmente inconscientes y, así deberán permanecer hasta que éste alcance la edad madura y una mayor comprensión. Luego su capacidad de ayudar al crecimiento y a la elaboración de los conflictos, se realiza en el más absoluto secreto, que no debe ser violentado por los padres o educadores pues el niño lo interpretaría como un dominio ilimitado por parte de éstos y, por lo tanto, abrumador y destructivo.

Ahora, me voy a referir a algunos cuentos, los más conocidos, con el propósito de estudiar aquellos en los cuales, su principal significado, manifiesto y oculto, tiene que ver con los celos, la rivalidad fraterna y en general con la envidia. Analizaré, exclusivamente, aquellos aspectos del argumento que tengan que ver -directamente- con el tema de la envidia, aunque sin olvidar que contienen muchos otros elementos relativos a los problemas del desarrollo del psiquismo infantil.

CUENTOS TRADICIONALES CUYO ARGUMENTO PRINCIPAL ES LA ENVIDIA.

a) “Los Hermanos”

El cuento de “Los hermanos”, escrito por los Hermanos Grimm, comienza así:

“Éranse una vez dos hermanos, uno rico y otro pobre. El rico era orfebre, y su corazón rebosaba maldad; el pobre se las arreglaba haciendo escobas y era bueno y honrado. Este último tenía dos hijos gemelos que se parecían como dos gotas de agua”.

El hermano bueno encuentra un día un pájaro de oro y, sus hijos, al comer el hígado del animal, adquieren el poder de encontrar cada mañana un trozo de oro bajo sus almohadas. El hermano malvado, devorado por la envidia, convence al padre de los gemelos de que es cosa del diablo y de que, para salvarse, tiene que separarse de los chicos. Embaucado por su hermano, el padre expulsa a sus hijos, que son hallados por un cazador, que los recoge y los adopta. Al cabo de unos años, los niños se retiran un día al bosque y deciden que deben lanzarse al mundo. El padre adoptivo está de acuerdo en que lo deben hacer y, cuando parten, les regala un cuchillo que es el objeto mágico de la historia.

Los gemelos se separan, después de clavar el cuchillo en un árbol y siguen caminos diferentes. Al final de muchas aventuras, una bruja convierte a uno de ellos en una estatua de piedra; pero el otro, al ver que el cuchillo se había oxidado, corre a liberar a su hermano y lo consigue. Después, los dos hermanos se reúnen de nuevo y viven felices para siempre.

Al yuxtaponer lo que sucede entre el hermano bueno y el malo, que era el envidioso, así como también, entre los hijos gemelos del primero, el cuento nos indicaría que, si los aspectos contradictorios de la personalidad permanecen separados, disociados, estamos abocados a la desgracia: incluso el hermano bueno fracasa en la vida. Pierde a sus hijos porque no consigue comprender las tendencias malas que hay en nuestra naturaleza –representadas por la envidia de su hermano– y, por lo tanto, es incapaz de evitar las consecuencias destructivas. En cambio, los gemelos, después de vivir separados, acuden en ayuda uno del otro, lo que simboliza la integración interna y el aspecto positivo de la agresividad, pudiendo disfrutar, a partir de entonces, de una vida feliz.

b) “Jack y las habichuelas mágicas”

En la angustia del conflicto edípico, un muchacho odia a su padre por interponerse en el camino entre él y su madre, evitando que ésta le dedique toda su atención. El chico quiere que su madre le admire como si fuera el más grande de los héroes, lo que significa que debe eliminar al padre de alguna manera. Sin embargo, como ya vimos, este sentimiento genera ansiedad en el niño, porque ¿qué pasaría si su padre descubriera que él ha querido eliminarle? ¿Sería capaz de llevar a cabo una terrible venganza? Podemos decir al niño que algún día será como su padre pero no será suficiente. En cambio, el cuento le dice cómo puede sobrevivir con sus conflictos: le sugiere fantasías que él sólo nunca habría podido inventar.

El chico que pasa por el período edípico y que se siente amenazado por su padre porque desea sustituirlo en la atención de la madre, asigna al padre, el papel de monstruo u ogro amenazador. Esto parece demostrarle que su padre es un rival verdaderamente peligroso, porque si no fuera así ¿por qué sería tan temible esa figura paterna?

En síntesis, este cuento nos relata que la vaca “Leche Blanca” que, hasta entonces, había alimentado a Jack y a su madre, deja, de repente, de dar leche. Así comienza la expulsión de un paraíso infantil; el niño, en lugar de vender la vaca en el mercado, como le había pedido su madre –lo que expresaría un nuevo deseo de autonomía para evitar la fusión del estado anterior– se la cambia a un anciano por unas semillas mágicas, de las cuales, su madre se burla. La planta de habichuelas, de aspecto fálico, permite a Jack enzarzarse en el conflicto edípico con el ogro, a cuyos ataques sobrevive y al que, finalmente, vence sólo gracias a que la madre edípica se pone de su parte y en contra de su propio marido. Jack abandona su confianza en el poder mágico de la auto-afirmación fálica cuando corta la planta de habichuelas, lo que le abre el camino para la masculinidad madura.

La situación edípica, que es lo que nos interesa, comienza con una profunda decepción provocada por la madre y que implica una gran rivalidad y celos respecto al padre. El muchacho no confía aún –suficientemente– en el padre, como para poder relacionarse abiertamente con él. Para vencer las dificultades de este periodo, el niño necesita la ayuda de una madre comprensiva: Jack llega a poseer los poderes del padre-ogro sólo porque la mujer de éste le protege y le oculta.

Mientras Jack conquista una existencia más humana, al luchar y conseguir tres objetos del ogro, de los cuales, el último es un arpa que representa los valores superiores de la vida, se ve obligado a reconocer que las soluciones mágicas no son las mejores. En el instante en que el ogro baja tras él por la planta, Jack llama a su madre para que corte el tallo pero ésta queda paralizada por el terror. Eso, entre otras cosas, significaría que, aunque la madre pueda proteger a su hijo de los peligros implicados en su lucha por convertirse en hombre, no puede hacerlo todo por él; sólo el niño es capaz de conseguirlo por sí mismo. Jack arrebata el hacha al ogro y corta la planta, con lo que el ogro cae al suelo y queda muerto en el acto. Con esta acción, Jack se libera del padre experimentado como un ogro celoso que quiere devorarlo.

c) “Blancanieves”

Este cuento de hadas es, sin duda, el más conocido existiendo numerosas versiones sobre él. En la mayoría de ellas, el conde y la condesa o el rey y la reina no son más que los padres hábilmente disfrazados; y la niña, tan admirada por la figura paterna y hallada por casualidad, es una hija sustituta. Los sentimientos edípicos entre una niña y su padre y los celos que éstos provocan en la madre, que llega incluso a desear la desaparición de su hija, quedan más patentes en algunas versiones que en otras. Por ejemplo, en un Romance recogido por la tradición, la envidia de la Reina por la hija que consigue enamorar al conde Olinos, arrastra a la madre a ordenar la muerte inmediata del conde en lugar de desear la muerte de la hija: “Si es la voz del Conde Olinos yo le mandaré matar que para casar contigo le falta sangre real” (Díaz, J., 1999: 27) En la actualidad, la forma más comúnmente aceptada del cuento de “Blancanieves” relega los conflictos edípicos a la imaginación, en lugar de hacerlos surgir en nuestra mente consciente.

Por ejemplo, en “La joven esclava” de Basile, se pone en evidencia que la persecución de la heroína se debe a los celos de una madre (madrastra); y su causa no es, solamente, la belleza de la joven muchacha, sino el real o supuesto amor que el esposo de la madre (madrastra) profesa a la niña.

Por el contrario, en la versión más conocida actualmente, el personaje femenino que siente celos no es la madre, sino la madrastra; y no se menciona más que de forma desplazada, en la figura del príncipe, a la persona por cuyo amor ambas son rivales. De este modo, los problemas de la rivalidad edípica quedan limitados al poder de nuestra imaginación.

El cuento de hadas no percibe el mundo de modo objetivo, sino desde el punto de vista del héroe, que es, siempre, una persona en pleno desarrollo. El niño, al identificarse con Blancanieves, ve las cosas desde su punto de vista, no como las ve la reina. La niña pequeña cree que el amor por su padre es lo más natural del mundo y espera su reciprocidad, sin imaginar que eso suponga un problema, a menos que el padre no la quiera como ella espera, es decir, por encima de todo. Además, aunque la niña desea del padre más cariño para ella que para la madre, no concibe que, por eso, sienta la madre celos, aunque a nivel pre-consciente, sabe perfectamente lo celosa que ella se pone cuando sus padres se prodigan atenciones que desearía que fueran para ella.

A todo lo anterior se une el sentimiento, demasiado amenazador para el niño, de imaginar que el amor de uno de sus progenitores pueda originar los celos del otro, pues lo que realmente desea es ser amado por los dos. Ante la pregunta de si existen las brujas, el niño se tranquiliza contestándose a sí mismo que, por lo menos, su madre no lo es; que es “por ahí fuera” donde existen las madrastras, las hadas malas y las reinas malas que piden el corazón de la Blancanieves. Su madre, por definición, es buenísima y le quiere mucho. Normalmente, esta amenaza de provocar los celos del otro progenitor no se da, a menos que las relaciones conyugales sean nefastas o que los progenitores sean muy narcisistas.

En una relación “feliz” los celos de un niño, favorecidos por uno de los padres, estarán mitigados y controlados por el otro. Es aquí donde radica el mayor problema, que lo refleja –claramente- el cuento de la “Blancanieves”. Si este personaje fuera real, la Blancanieves no podría evitar sentirse profundamente celosa de su madre y de todos los privilegios que ésta posee, pues una madre (madrastra) narcisista no es un personaje apropiado para relacionarse e identificarse con él.

B. Bettelheim lo expresa así: “Si los cariñosos y tiernos cuidados de un progenitor del mismo sexo no son lo suficientemente fuertes como para crear vínculos cada vez más positivos e importantes en el niño, celoso por naturaleza mientras atraviesa la fase edípica –con lo que le ayudaría a iniciar el proceso de identificación, luchando contra esos celos–, dichos celos pueden llegar a dominar la vida emocional del niño”. (El subrayado es mío). (Bettelheim, B., 1995: 211).

Además sucede que si un niño no puede permitirse experimentar celos de un progenitor, porque queda amenazada su seguridad, proyectará sus propios sentimientos en ese mismo progenitor. Entonces el sentimiento de “estoy celoso de mi madre”, se transforma en “mi madre siente celos de mí”. El sentimiento de inferioridad se transforma, por reacción defensiva, en un sentimiento de superioridad.

El adolescente vivencia: “yo no compito con mis padres porque soy mucho mejor que ellos, son ellos quienes rivalizan conmigo”. Pero, desgraciadamente, existen padres que se empeñan en demostrar a los hijos que ellos son superiores en todo. La historia de “Blancanieves” demuestra que es un problema que ya existía hace mucho tiempo. Pero la competencia entre un progenitor y su hijo hace que la vida de ambos sea insoportable. Por ello, el niño desea deshacerse de un padre que le fuerza –constantemente– a competir o a resignarse. Este sentimiento provoca mucha culpabilidad y, por eso, el niño invierte los términos y proyecta ese mismo deseo en el progenitor, para eliminar los sentimientos de culpa. Por esta razón, en “Blancanieves” y en otros muchos cuentos, aparecen padres que desean eliminar a sus hijos.

En “Blancanieves”, el conflicto edípico de la niña en el período de la pubertad, no aparece reprimido, sino dramatizado en torno a la madre como figura rival. El padre, representado en la figura del sirviente-cazador de la reina, no mantiene una posición firme y definida, porque no cumple su obligación moral de procurar a Blancanieves la seguridad y el consuelo necesarios. No la mata directamente pero la abandona en medio del bosque, dejándola a merced de los animales salvajes que acabarán con la pequeña. El cazador intenta aplacar, tanto a la madre, fingiendo cumplir sus órdenes, como a la hija, perdonándole la vida. La ambivalencia del padre provoca en la madre celos y odio constantes que, en Blancanieves, se proyectan en la malvada reina, quien, por esta razón, vuelve a intervenir en la vida de la niña, encontrando su escondite en la casa de los enanos.

En este cuento y en otros muchos, aparece la figura del padre como inútil y la de la madre como despreciable y perversa. Ello hace referencia a lo que los niños esperan de sus padres. Tan sólo el cuidado amoroso, combinado con una conducta responsable por parte de ambos progenitores, facilitaría la integración de la rivalidad edípica en el niño.

La reina, celosa de la belleza de la Blancanieves, pide al cazador que una vez que le dé muerte, le arranque el corazón como prueba. Después se lo comerá y adquirirá así, según una antigua creencia, los atractivos de la protagonista, simbolizados por sus órganos internos.

El espejo mágico simbolizaría lo que una niña va diciendo sobre su madre a lo largo de su maduración personal. Al principio, el espejo declara que la reina es la más hermosa, como una niña diría de su madre. Sin embargo, a medida que va creciendo, piensa que ella es mucho más bella que su madre, como más adelante declara el espejo.

La huida de Blancanieves, expresaría el deseo de un hogar ideal con unos padres más bondadosos, donde la turbulencia de sus conflictos edípicos y de su envidia desaparecieran. Sin embargo, el cuento demuestra que este nuevo hogar no es “ideal”: los enanitos no pueden protegerla lo suficiente y su madre continúa ejerciendo sobre ella un poder al que Blancanieves no puede escapar, puesto que permite, hasta tres veces, que la reina entre en la casa, a pesar de las advertencias de los enanitos sobre los trucos de la reina y de que no deje entrar a nadie. Este episodio demuestra que sólo se pueden resolver los conflictos internos – que los niños suelen proyectar en los padres – enfrentándose a ellos y no negándolos o reprimiéndolos.

Las relaciones entre Blancanieves y la reina simbolizan los graves problemas que pueden darse entre una madre y una hija. Pero, al mismo tiempo, son también proyecciones, en dos personajes distintos, de las tendencias contradictorias de una misma persona. La facilidad con que Blancanieves se deja tentar por la madrastra, haciendo caso omiso de las advertencias de los enanitos, muestra lo próximas que están las tentaciones de la madrastra a los deseos internos de Blancanieves. En ese preciso momento, la madrastra representa los elementos –conscientemente negados en el conflicto interno de Blancanieves– que son sus deseos sexuales, propios de la adolescencia.

Madre e hija comparten la manzana y, lo que dicha fruta simboliza, es algo que ambas tienen en común y que se encuentra a nivel más profundo, incluso, que los celos que sienten la una de la otra: sus maduros deseos sexuales.

El final del cuento relata cómo la vanidosa, celosa y destructiva reina es castigada, obligándosele a calzar unos zapatos de hierro calentados al rojo vivo, con los que tiene que bailar incesantemente hasta morir. Es decir, los celos que intentan destruir a los demás, acaban por arruinar a quien los sufre y que las pasiones incontroladas hay que elaborarlas o se convertirán en la propia perdición. Sólo la muerte de la celosa reina posibilita la existencia de un mundo feliz, es decir, la eliminación de los conflictos envidiosos, donde la muerte representaría por una parte la represión de la envidia de la reina y, por otra, la satisfacción directa de la envidia de Blancanieves hacia su madrastra. Además nos indica que aquellos que quedan fijados en el estadío de desarrollo pre-edípico, como los enanitos, no conocerán nunca el amor y que aquellos padres que se dejen dominar por los celos edípicos, llegarán casi a destruir a sus hijos y, sin duda, se destruirán a sí mismos. Finalmente, también se habla de la sublimación de la envidia cuando Blancanieves emprende una nueva vida con el príncipe que la rescata del profundo sueño-muerte en que la sumió la envidia.

d) “Ricitos de Oro y los tres Ositos”

La fuente original de este relato es un cuento escocés de una zorra que se introduce sin permiso en casa de tres osos y éstos terminan por devorar a la intrusa. A pesar de las vicisitudes históricas que transformaron a la intrusa, de una zorra en una hermosa niña, lo que se mantuvo estable es que esta última, sigue siendo una extraña que nunca pertenecerá a la familia.

Se trata de una historia muy ambigua, por lo que yo me referiré –exclusivamente– al contenido simbólico respecto de la rivalidad fraterna. El episodio central, en este tema, es cuando Ricitos trata de sentarse en la sillita del Bebé Osito y ésta se viene abajo, lo cual simbolizaría cómo la llegada de un “hermanito” supone un “venirse abajo” en el equilibrio emocional del niño. Este cuento representa la sensación molesta que nos procura el odio de tener que aceptar a otro hermano, algo parecido a lo que un niño exclamó en la realidad cuando se enfrentó a la llegada del “intruso”: ¿“Quieres decir que se va a quedar? ¿Cuándo devolvéis a este chico nuevo al hospital? Ponedlo en una cesta y cerrad la tapa”. (Viorst, J., 1990: 89)

Si la historia se narra desde el punto de vista del Bebé Osito, Ricitos de Oro aparece como una intrusa que viene no se sabe de dónde, como ocurre con los “hermanitos” recién nacidos e intenta usurpar un puesto en la familia que, para Osito, ya estaba completa sin ella. Esta odiosa “intrusa”, roba su comida, le rompe la sillita e, incluso, intenta echarlo de su cama; y, por extensión, trata de ocupar su lugar en el corazón de sus padres. Por estos motivos, es comprensible que Bebe Osito quiera deshacerse de la recién llegada y no volver a saber nada de ella. Encarna esta historia, los temores, reales o imaginarios, que experimenta el niño respecto a la llegada de un hermano.

Si consideramos el cuento desde el punto de vista de Ricitos de Oro, entonces Bebé Osito representará al hermano y podemos empatizar con la niña por destruir el juguete de éste (la sillita) y ocupar su cama, a fin de que el pequeño no disponga ya de ningún lugar en la familia. Esto simbolizaría las consecuencias de ceder a la rivalidad fraterna hasta el extremo de actuar –destructivamente– contra los objetos del hermano. Si uno lo hace, se puede encontrar abandonado, “sin tener a donde ir”, como le sucedió a Ricitos de Oro.

e) “La Bella Durmiente”

“La Bella Durmiente” se conoce, hoy en día, bajo dos versiones distintas: la de Perrault y la de los Hermanos Grimm. El antecedente más antiguo de este cuento, se encuentra en el “Pentamerone” de Basile, cuyo título es “Sol, Luna y Talía”. Comenzaré por esta versión ya que el tema de los celos está presente de una manera más clara que en la versión actual.

La historia relata que, al nacer su hija Talía, un rey unió a todos los sabios y adivinos del reino para que profetizaran el porvenir de ésta. Todos estuvieron de acuerdo en que la niña correría un grave peligro por culpa de una brizna de lino. Para evitar este desgraciado accidente, el rey ordenó que, a partir de entonces, no entrara en el castillo, ni el lino ni el cáñamo. Pero un día, cuando Talía era ya una muchacha, vio a una anciana que estaba hilando junto a su ventana. La niña, que no había visto en su vida nada semejante, se quedó maravillada por el modo en que bailaba el huso. Llena de curiosidad, tomó la rueca en sus manos y comenzó a sacar el hilo. Pero entonces, una diminuta astilla de cáñamo se le clavó en una uña e, inmediatamente, cayó muerta al suelo. Después de lo sucedido, el rey sentó a su hija sin vida en una silla de terciopelo, cerró la puerta del palacio y se fue para siempre intentando borrar, así, el recuerdo de su infortunio.

Algún tiempo después, pasó por allí un rey que iba de cacería. Su halcón voló hacia el castillo, penetró por una ventana y no volvió a salir. Este rey, persiguiendo al halcón, se acerco y recorrió el palacio desierto. Allí, encontró a Talía como sumida en un profundo sopor, sin que nada pudiera despertarla. Su belleza le cautivó, de tal manera, que no pudo evitar acostarse con ella; tiempo después, se fue y olvidó su aventura. Nueve meses más tarde, Talía, todavía aletargada en un sueño, dio a luz dos niños, que se alimentaron de su pecho. Un día, cuando uno de los bebés intentaba mamar, al no poder encontrar el pecho, se puso en la boca el dedo en el que Talía se había herido. Chupó con tanta fuerza que, extrajo la astilla que estaba clavada en él y Talía despertó de su profundo sueño.

Un tiempo después, el rey volvió a acordarse de la aventura y se encaminó al castillo para ver a Talía. Al encontrar a la muchacha despierta y con dos niños, se sintió tan feliz que ya no pudo olvidarlos nunca más. Pero su propia mujer, descubrió el secreto y, a escondidas, envió a buscar a los dos niños en nombre del rey. Ordenó que los guisaran y que se los sirvieran a su marido. El cocinero se compadeció y escondió a los niños en su propia casa preparando, en su lugar, unos cabritillos que la reina ofreció a su marido. Más tarde, mandó a buscar a Talía y planeó arrojarla al fuego, porque ella era la culpable de la infidelidad de su esposo. En el último momento, apareció el rey, quien empujó a su mujer a las llamas, se casó con Talía y se reunió, de nuevo, con sus dos hijos quienes, gracias al cocinero, se habían salvado.

Perrault, al añadir en su cuento la historia del hada despreciable que pronuncia la maldición, explica por qué la heroína cae en ese profundo sopor y, enriquece considerablemente la historia, ya que en “Sol, Luna y Talía” no se menciona el motivo por el que la muchacha tiene que sufrir semejante destino. También los Hermanos Grimm, mantienen esta explicación del hada perversa que, enfurecida de rabia y de celos, profetiza el terrible destino de Bella Durmiente. Además, en la versión de Perrault, los dos reyes se transforman en rey y príncipe, siendo éste último, soltero y sin hijos. En un determinado momento, el rey manda quemar todos los husos del reino: el padre ama tanto a la hija que no permite que le pase nada malo en el cuerpo, el padre envidia de alguna manera a otros hombres. Quiere guardar para sí a la hija que crece, casta y de su propiedad. El sueño dura cien años, como queriendo indicar que rey y príncipe no tienen nada que ver. También el exilio de las niñas simbolizaría separarlas del padre y es una organización a favor de la envidia de la madre: la rival es alejada. Basile presenta la historia de tal manera, que podría tratarse de un único rey –rey padre y rey amante– tal y como lo viviría una niña en distintos períodos de su vida. Encontraríamos así, a la “inocente” niña de la fase edípica que no se siente, en absoluto, responsable de los sentimientos que despierta –o quiere despertar– en su padre.

Sin embargo, Perrault no logra desembarazarse, por completo, de las connotaciones edípicas: en su historia, la reina, no se siente desesperadamente celosa de la traición de su marido, sino que aparece como la madre edípica que tiene celos de la muchacha que su hijo, el príncipe, ha elegido por esposa e intenta destruirla. En cambio, en la versión de Basile, los celos de la reina son hacia el marido porque el pensamiento y el amor de éste están continuamente al lado de Talía y de los niños. Eso provoca que intente empujar a Talía a las llamas, ya que el “ardiente” amor del rey por la muchacha desata la “ardiente” envidia que la reina siente por ella.

En la historia de Basile, la reina desea alimentar a su marido, cocinando a los hijos de éste, lo que constituye el peor castigo que le puede infligir, por haber preferido a la Bella Durmiente. Sin embargo, en el cuento de Perrault, se los quiere comer la propia reina. Ambas versiones significarían la expresión proyectiva de las fantasías inconscientes envidiosas de ataques a los bebés y demás contenidos del vientre de la madre y a las relaciones sexuales entre los padres.

Me gustaría aludir ahora a lo que me parece ser uno de los aspectos centrales de la historia de la “Bella Durmiente” que conecta, directamente, con la envidia al pene que Freud describió en 1908 y el complejo de castración, íntimamente relacionados. El pasaje del pinchazo y la sangre podríamos pensar que hace referencia tanto a la menstruación como a la desfloración, cuestiones que, en el inconsciente, se interrelacionan. La viejecita perversa de la rueca es en este momento de la historia acusada –como se acusa a la madre– para castigarla porque la castró con el pinchazo decisivo. Podríamos ver aquí simbolizado el resentimiento hacia la madre que no ha dotado a la niña de un pene al cual se envidia e, incluso, el menosprecio hacia ésta que aparece como castrada. Si lo vemos desde el ángulo de la desfloración como expresión de la castración, hay también un castigo sádico de la madre llevada por la envidia hacia la hija: yo te hago esto para que me temas y para que renuncies al hombre. ¿Tú quieres ser una mujer adulta para competir conmigo? Mira entonces lo que sufre una mujer adulta, ahora sangrarás cuando el pene te penetre. Se observa de este modo cómo la proyección de la propia envidia convierte a la madre en un monstruo perverso. Todo esto forma parte de fantasías universales y lo probaría el hecho de que existen estudios etnológicos donde se subraya la existencia de rituales, en ciertas tribus del África portuguesa, donde se pega a las mujeres que aspiran a la madurez mientras la madre dice: “Peguen a mi niña por que ella no escucha lo que yo le digo, a fin de que recuerde que lo que yo hice es malo”.

Otro aspecto que podría indicar el funcionamiento de la niña “Bella durmiente” como expresión de su envidia al pene, es el párrafo donde después de quedar dormida, crece alrededor del palacio todo un cerco de espinas que supondría el aislamiento de los hombres y su castigo al dejarlos perecer en la maraña de su cerco de espinas Esto recuerda la descripción del envidioso de Nietzsche: “como yo no puedo obtener una cosa, el mundo entero no debe de tener nada, ¡el mundo entero debe perecer!” (Nietzsche, 1932: 195) Así la protagonista expresa su división interna: permanecer dormida, ignorante de las tormentas de la envidia o despertar y vivir su sádica venganza por la envidia sentida. Finalmente, su rechazo sexual llega a su terminación, cuando supera sus vivencias de castración y deja por fin acercarse, sin angustia, al hombre transformándose el cerco de espinas en flores que se separan por sí mismas y vuelven a cerrarse tras él. El que la leyenda ponga un periodo de cien años, es porque se cuenta a la manera de los niños, para los cuales cien es mucho. Transcurridos estos, la Bella durmiente puede amar a un hombre, cuando la madre se lo permite, cuando ya no necesita temer a la madre como rival.

f) “La Cenicienta”.

“En la lengua alemana existen numerosos ejemplos que nos demuestran que el hecho de verse obligado a vivir entre las cenizas, no sólo era símbolo de degradación sino también de rivalidad fraterna. (…) Martin Lutero, en sus Sermones, cita a Caín como el poderoso malvado, alejado de Dios, mientras el piadoso Abel se ve forzado a ser el hermano “ceniciento” (Aschenbrödel). (…) Nos recuerda que Esaú fue obligado a ocupar el puesto del hermano “ceniciento” de Jacob. Caín y Abel, Jacob y Esaú, son ejemplos bíblicos de la destrucción de un hermano a manos de otro”. (Bettelheim, B., 1995: 246).

Los cuentos de hadas poseen la característica de sustituir las relaciones fraternas por las relaciones entre hermanastros, mecanismo mediante el cual, se pretende encontrar una explicación a las rencillas entre hermanos que se desearía que no existieran. La rivalidad fraterna es universal y es la consecuencia natural de ser hermanos pero no es el único sentimiento. También existen sentimientos positivos entre los hermanos, que estimulan y ayudan al desarrollo de cada uno de ellos.

“La Cenicienta” expresa, de modo singular, las experiencias internas del niño pequeño que sufre la angustia de la rivalidad fraterna cuando se siente, desesperadamente, excluido por sus hermanos y hermanas.

Cenicienta, es –supuestamente- menospreciada y degradada por sus hermanastras; su madre (madrastra) la obliga a sacrificar sus propios intereses en beneficio de los de aquellas; tiene que realizar los trabajos más duros de toda la casa sin recibir gratificación alguna. Cada vez se le exige, más y más. Esta es la exacta descripción de cómo se siente un niño cuando le acosan los efectos de la rivalidad fraterna.

La rivalidad fraterna hace referencia, sólo de forma accidental, a los hermanos y hermanas verdaderas de un niño, ya que el origen del sentimiento del pequeño es respecto a sus padres. El que un hermano o hermana mayor sea más competente provoca, en el niño, un sentimiento de celos que desaparecerá después de algún tiempo. Pero, el hecho de que otro niño reciba especial atención por parte de los padres, sólo se convierte en un insulto, si el pequeño teme sentirse despreciado o rechazado por aquellos. Debido a esta ansiedad, uno o todos los hermanos de un niño, pueden llegar a convertirse en el aguijón que se clava en sus entrañas. Lo que provoca la rivalidad fraterna es el temor de que, al ser comparado con sus hermanos, el niño no logre ganar el amor y la estima de sus padres. Un niño no posee plena confianza en sí mismo ni capacidad para mirar con optimismo el futuro. Por eso, sólo encontrará alivio a través de las fantasías de grandeza –llegar a dominar a sus hermanos- que confía que puedan convertirse en realidad, si se da alguna maravillosa coincidencia, como sucede en el relato de “La Cenicienta”.

“Cenicienta” trata de los sufrimientos que la rivalidad fraterna origina, de la realización de deseos, del triunfo del humilde, del reconocimiento del mérito, aún cuando se halle oculto bajo unos harapos, de la virtud recompensada con el éxito y del castigo del culpable; es, pues, una historia íntegra. Pero bajo su contenido manifiesto, se esconde todo un extenso material inconsciente, al que aluden los detalles de la historia para poner en marcha nuestras asociaciones inconscientes.

Una primera cuestión la constituye el hecho de que muchos niños consideren el destino de Cenicienta como el destino que merece. Esto es así, por que todo niño, en algún momento de su vida, cree que, debido a sus secretas acciones clandestinas, merece ser degradado, apartado de otros y relegado a una existencia inferior, rodeado de cenizas y suciedades. Tiene miedo de que sus angustias se cumplan; odia y teme a todos aquellos que –como sus hermanos– “se ven libres de esta maldad”; tiene miedo de que ellos o sus padres descubran lo que él es –en realidad– y le traten como a Cenicienta.

Por otra parte, el comportamiento de las hermanastras para con Cenicienta, justifica los sentimientos –por muy bajos que sean– que el niño experimenta hacia sus hermanos: “éstos son tan ruines que merecen que deseemos que les ocurra cualquier cosa”.

La rivalidad fraterna, que es uno de los elementos constantes en todas las versiones de Cenicienta actuales, apenas sí tiene importancia en las antiguas historias, por lo que sólo me centraré en la de los Hermanos Grimm, haciendo una comparación con la versión china de “Shun, el emperador sabio”. En este último cuento, la originalidad descansa en que el protagonista es un hombre y no una cándida niña como la Cenicienta. El relato de la muerte de la madre es idéntico y de las nuevas nupcias del padre con una mujer “mezquina y avara”; tan sólo cambia el que las hermanastras son ahora hijo e hija de su verdadero padre y la madrastra. Narra el cuento que ésta le odiaba y el hermano, desfigurado por una gigantesca nariz, también.

En la versión de la Cenicienta, los deseos edípicos en cuanto al padre aparecen reprimidos, si exceptuamos el hecho de que la niña espera algún regalo mágico de éste. El presente permitirá a Cenicienta sustituir al padre por el príncipe.

El deseo de Cenicienta de eliminar a la madre está totalmente reprimido en las versiones modernas y sustituido, por desplazamiento y proyección: no es la madre la que desempeña el papel importante en la historia, sino la madrastra; la madre ha sido sustituida porque la niña no quiere rebajar a la verdadera madre para ocupar su lugar en la vida del padre, sino que proyectando ese deseo, es la “madrastra” la que anhela la desaparición de la niña. En el cuento de “Shun” sucede igual ya que, si bien se protege a la madre, disociada en “buena y mala” manteniendo a la primera fuera del escenario, ya que está muerta, además se produce un verdadero despliegue de la rivalidad edípica frente al padre puesto que se le describe como alguien que “no sólo tenía ciegos los ojos, sino también el corazón y la cabeza”. Además como el personaje central es hombre, éste proyecta su deseo de eliminar al padre siendo éste, junto con el hermano envidioso, quienes buscan cómo acabar con él. Otra señal de que hay un desplazamiento de los verdaderos sentimientos: en la Cenicienta son las hermanas quienes tratan de arrebatarle el lugar que, por derecho, corresponde a la heroína y, en la versión china, el hermano, de quien se dice que “la envidia se apoderó de su corazón”.

En las versiones actuales de la Cenicienta, el conflicto edípico ha sido suplantado por la rivalidad fraterna, que ocupa un lugar central en el argumento. Esto, también sucede en la realidad, en muchas ocasiones: las relaciones edípicas, positivas y negativas y la culpabilidad que de ellas se desprende, permanecen, a menudo, ocultas tras la rivalidad fraterna. Dicha culpabilidad se manifiesta en forma de ansiedad y la podemos ver muy claramente también en el cuento de “Shun” puesto que se trata de salvar un buena imago paterna en la figura del emperador Yao quien, impresionado por la bondad de Shun, le nombra heredero y le da a sus dos hijas en matrimonio.

El argumento de las versiones modernas se basa en la rivalidad fraterna; el hecho de que la madrastra degrade a Cenicienta no tiene otra causa que el deseo de favorecer a sus propias hijas, mientras que la hostilidad de las hermanastras se debe a los celos que sienten por la muchacha. En cambio, la versión oriental ha sabido conjugar, en cierta medida, estos dos argumentos latentes: la rivalidad edípica y la rivalidad fraterna.

“Cenicienta” no deja de despertar en nosotros aquellas emociones e ideas inconscientes que, en nuestra experiencia interna, están relacionadas con nuestros sentimientos de rivalidad fraterna. Debido a lo que la niña siente, sus deseos reprimidos de desembarazarse de la madre para poseer al padre de modo exclusivo y el sentirse culpable por esos “sucios” deseos, puede hacernos comprender por qué una madrastra es capaz de querer perderla de vista y de obligarla a vivir entre las cenizas, prefiriendo a las otras hermanas. Lo mismo podríamos ver en la actitud del padre de Shun quien convirtió la vida de éste en insoportable y, junto con el hermano Shiang, tramará la muerte del protagonista, por lo cual Shun decide abandonar el hogar.

La degradación de Cenicienta y de Shun, debida a la rivalidad fraterna, causa un impacto inmediato en el lector y provoca su empatía, por identificación con los héroes de ambas historias. Las razones, en el caso de Cenicienta, entre otras, pueden ser el significado inconsciente que representan las cenizas. Antiguamente, el lugar más cálido del hogar era la cocina y los niños pasaban allí, ratos felices con su madre. También, “el ir sucios de pies a cabeza” tiene un indudable atractivo para un niño. Por otra parte, se dice que “la Cenicienta llora la muerte de su madre” y el ir cubierta de cenizas es un símbolo de dolor y tristeza. Luego “las cenizas”, pueden tener ese doble mensaje de alegría de la primera infancia, en la cual, nos sentimos en el paraíso materno; y el dolor de la muerte ante la pérdida de esta intimidad con ella.

Mientras el niño es pequeño, los padres lo protegen contra los sentimientos ambivalentes de sus hermanos y las exigencias del mundo externo. Pero, de pronto, los hermanos mayores se vuelven tiránicos con el niño, ahora indefenso. Le imponen exigencias y, tanto éstos como la madre, adoptan una postura crítica ante él. Mientras, los hermanos parecen poseer todas las cualidades de las que él carece. No obstante, el niño, en su interior, vivencia que su “buena” conducta es una farsa, un engaño. Ésta es la imagen que corresponde a las “hermanastras” de Cenicienta. El niño pequeño, oscila entre sentimientos extremos: en un momento se siente lleno de odio y de crueldad; al instante siguiente, él es quién encarna la “inocencia”, siendo las demás criaturas malvadas. Y todo ello, al margen de las condiciones externas. Esto es lo que quiere reflejar el relato oriental cuando narra cómo la madrastra, el padre y el hermanastro ignoraban por completo al primogénito.

En una parte del cuento, Cenicienta pide a su padre una rama de avellano como regalo a la vuelta de su viaje y la planta en la tumba de su madre regándola con sus propias lágrimas. Esto sugiere que el recuerdo de una madre idealizada de la infancia puede ayudarnos en las circunstancias más adversas si se mantiene vivo, como parte fundamental, de la experiencia interna.

La “Cenicienta” de los Hermanos Grimm, transmite al niño, el siguiente mensaje: por muy miserable que pueda sentirse en ese momento –a causa de la rivalidad fraterna o por cualquier otro motivo– si es capaz de sublimar la tristeza y el dolor, al igual que Cenicienta hace al plantar y cultivar el árbol, el niño podrá solucionar los problemas de manera que todo resulte más agradable.

En la versión china, será el pasaje donde se relata, sucesivamente, cómo gracias a los regalos de un vestido con un enorme pájaro bordado sobre el, una túnica con un dragón pintado en ella y los polvos milagrosos que le entregan sus esposas, consigue salvarse en tres ocasiones de las trampas mortales preparadas por su hermano, el cual acosado por la envidia de verle casado con las dos hijas del emperador a quienes él deseaba, intenta por todos los medios destruirle.

Un aspecto que también puede analizarse en estos cuentos es, si sólo trata de la rivalidad entre personas del mismo sexo –como parece a nivel manifiesto– o, realmente, habría algunas alusiones indirectas a otras emociones más reprimidas, como la “envidia del pene” o la “angustia de castración”, como expresión profunda de una rivalidad entre distintos sexos. Para llegar a estos contenidos, primero hemos de aceptar las diversas asociaciones con el símbolo de la “zapatilla” y, en el cuento oriental, el pasaje referido a la prueba que tiene que superar Shun para obtener definitivamente el trono como emperador.

Un incidente que se repite en las versiones de “Cenicienta” es la mutilación de sus pies, que llevan a cabo las hermanastras, para poder calzarse la zapatilla. El príncipe, después de descubrir el engaño, encuentra a Cenicienta.

El rasgo de los pies grandes de las hermanastras, hace referencia a la masculinidad que éstas poseían, frente al pequeño pie de Cenicienta como símbolo de su feminidad. La auto-mutilación que realizan las hermanastras, significaría el deseo de castración para deshacerse de un pene imaginario y tratar de ser así más femeninas. La sangre que fluye y que descubre el príncipe, podría significar la menstruación.

Cenicienta, por el contrario, es la novia virgen; y la muchacha que permite que un hombre la vea sangrar no sólo es vulgar sino menos pura. A nivel inconsciente, lo que se trataría de contrastar, quizá, sería la virginidad de Cenicienta con la falta de pureza de las hermanastras.

La zapatilla simbolizaría la vagina o las fantasías inconscientes relacionadas con ella. Recordemos que los cuentos mencionan objetos adecuados a nivel consciente pero capaces de producir asociaciones totalmente distintas de su significado manifiesto.

En “la Cenicienta”, la imagen del diminuto pie ejerce un atractivo sexual inconsciente, unida a la hermosa zapatilla a la que el pie se ajusta perfectamente. Sin embargo, el hombre y la mujer reaccionan inconscientemente ante este símbolo, de manera distinta. El príncipe no pudo observar, en el caso de las hermanastras, que la sangre manaba de sus pies mutilados en la zapatilla – vagina, hecho que podría indicar, la angustia que tal hemorragia – menstruación le producía. Esto tendría que ver con la angustia de castración por la que todo individuo ha de pasar en la niñez. Cenicienta, en cambio, es la verdadera novia que libera al príncipe de su angustia, puesto que su pie se desliza suavemente por la zapatilla, sin necesidad de mutilarse o sangrar, imagen que evocaría una sexualidad no agresiva, por oposición a la de las hermanastras. El que el príncipe valore tanto la zapatilla, expresaría el valor que el hombre da a la feminidad; y el aspecto de Cenicienta, entre harapos le permite asegurarse de que la elige, a pesar de su aspecto.

En “Shun, el emperador sabio” la prueba de atravesar un bosque montañoso, oscuro y siniestro, poblado además de monstruos esperando atacar a toda criatura viva que se atreviera a entrar en sus dominios, simbolizaría la superación de la angustia de castración para poder enfrentar la salida del Edipo y la adquisición de la sexualidad adulta: “abriéndose paso entre la tupida maleza con gran calma” (El subrayado es mío) Es notable observar cómo en las otras pruebas a las que se ve abocado, por la envidia del hermano, recurre a los procedimientos “milagrosos” y a la protección materna desplazada en la figura de esas esposas con recursos propios de “las hadas”, que nos estaría hablando del pensamiento mágico de la infancia y de la inmadurez sexual de nuestro protagonista.

En la Cenicienta, el príncipe, al entregarle la zapatilla, le entrega también su reino. Pero nadie, excepto ella, puede encontrar su feminidad, a pesar de la ayuda del príncipe. Éste parece el significado más profundo de la historia, cuando se nos dice que “se sacó el pesado zueco de madera y se calzó la zapatilla que se ajustaba a la perfección”. En “Shun, el emperador sabio” se expresa así: “Había superado la prueba final y fue nombrado emperador”.

Al introducir el pie en la zapatilla, la novia sabe que, de ahora en adelante, su marido será dueño de su vagina y ella será la dueña del pene; y ya no se sentirá privada de ese órgano, hecho que simbolizaría el final de la angustia de castración.

“Cenicienta” y su versión oriental: “Shun, el emperador sabio” son cuentos en los que se habla de la rivalidad fraterna y de los celos y de cómo se puede conseguir una victoria total sobre ambos. Las características sexuales que uno posee despiertan los celos y la envidia más intensos en quienes carecen de ellas. El final de estos relatos, supondría la integración y superación de la rivalidad fraterna, así como de la rivalidad de tipo sexual. En el cuento oriental aparece claramente este deseo de reparación cuando se nos explica el destino final del hermano envidioso: “ Aunque su familia se había portado tan mal con él, él no la olvidó, dando una pensión a su padre y enviando lejos a su hermano, donde no pudieran tentarle los sentimientos de envidia. A ambos les perdonó pues estaban arrepentidos. Algunos meses después del solemne entierro de Shun, un hombre de piel oscura empezó a hacer sacrificios en su tumba. Era Shiang (…) los dioses habían decidido que debía expiar su perversidad en vida y, a causa de su gran nariz, lo habían transformado en elefante”.

SÍNTESIS

En mi opinión, el modo en que resolvamos o dejemos de resolver, nuestros conflictos de rivalidad entre hermanos, a menudo, se proyecta en nuestra vida adulta. Y mucho tiempo después del final de la infancia, en otros lugares y con otras relaciones –laborales, de pareja, etc.– podemos repetir nuestros primeros patrones de rivalidad fraterna.

Al hablar de la rivalidad entre hermanos que no ha podido solucionarse durante la infancia, muchos psicoanalistas consideran que los hermanos, cuando son adultos, compiten por el reconocimiento de los padres, aun cuando éstos pueden ser ya viejos, padecer de demencia senil o haber muerto; y, en ocasiones, esta herencia de la competición familiar se extiende a las relaciones profesionales y sociales, de tal manera que respondemos, ante los compañeros de trabajo, los amigos, los cónyuges y hasta con nuestros propios hijos, como si se tratara de nuestro hermano o hermana.

Freud en su obra “Sobre la Psicología del colegial” (1914), nos dice: “La naturaleza y la calidad de las relaciones de un niño con los de su propio sexo y con los del sexo opuesto, ya han quedado definidas en los primeros seis años de vida. Después, podrá desarrollarlas y transformarlas en cierto sentido pero ya no puede deshacerse de ellas. Las personas en las cuales se fijan sus relaciones son sus padres, hermanos y hermanas. Todos los que conoce más tarde llegan a ser figuras sustitutas de estos primeros Objetos de sus sentimientos… y están, por lo tanto, obligados a aceptar una especie de herencia emocional”. (Freud, S., 1973: 1893).

Deberíamos poder compartir el amor de la madre con los hermanos. Nuestros padres pueden ayudarnos a soportar la pérdida de nuestro sueño de amor absoluto porque es una pérdida necesaria, pero no pueden hacernos creer que no lo hemos perdido. Sin embargo, si todo va bien, podemos descubrir que hay amor suficiente para todos, que las hermanas y los hermanos nos dan la posibilidad de otro tipo de lazos familiares enriquecedores.

Aunque la rivalidad puede ocasionar mucho sufrimiento, también es cierto que puede subordinarse a lazos de afecto más duraderos entre esos mismos hermanos. Durante los últimos años, ha habido un número creciente de estudios sobre las relaciones entre hermanos a lo largo de sus vidas centradas no únicamente en su rivalidad sino también como personas que ofrecen consuelo y cuidado, que constituyen modelos y estímulos para triunfar, que pueden ser aliados fuertes y excelentes amigos. Es importante señalar que tales investigaciones subrayan que, para el desarrollo de tales lealtades, ha de darse previamente la presencia de una figura amorosa en los primeros momentos de la vida.

Yo sería más optimista que Freud y pienso que, incluso cuando las rivalidades se proyectan en la vida adulta, el cambio y la reconciliación son posibles. Los viejos modelos subsisten pero no me parecen grabados en piedra. A cualquier edad, el individuo puede mirar sus dolorosas repeticiones y, basándose en el reconocimiento de la realidad interna, en la vivencia que esta realidad causa y en la adopción de una acción adecuada para remediarla, al fin, podría liberarse y actuar de otra manera. Puesto que la mayoría de los datos revelan que la rivalidad disminuye con la edad, quizás una de las tareas más significativas del final de nuestras vidas sea la reparación y la renovación de las relaciones fraternas.

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