Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Sobre un síntoma actual: La violencia invisible

PDF: sobre-sintoma-actual-violencia-invisible.pdf | Revista: 51-52 | Año: 2011

Mayte Muñoz Guillén (Psicóloga Clínica)
Alicia Monserrat Femenía (Psicóloga Clínica)

Comuniciación presentada en el XXIII Congreso Nacional de SEPYPNA que bajo el título La Psicoterapia Más Allá del Síntoma tuvo lugar en Barcelona el 22 y 23 de octubre de 2010. Reconocido de interés Científico-Sanitario por el Instituto de Estudios de la Salud de la Generalitat de Catalunya (IES) y acreditado como Formación Continuada por la Universidad Ramon Llull y por la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP)

En la clínica nos encontramos cada vez con mayor frecuencia con una patología relacionada con conductas violentas y/o agresivas. Los padres están desbordados y no se “hacen” con sus hijos. La sintomatología está en relación con conductas o actividades que bordean el terreno de lo asocial cuando no, directamente de lo delictivo. Es una sintomatología que se centra en dificultades en las relaciones interpersonales. La sintomatología –a veces- es poco clara, confusa, indefinida, caracterial…. en cualquier caso, de corte regresivo y narcisista. Se habla de “personalidades psicopáticas” y de modo mucho más amplio de “trastornos del comportamiento”.

Detrás de patología de extrema agresividad y violencia, es frecuente encontrar familias que no han permitido las funciones de afirmación e individuación del niño, “hogares” en donde no se estableció la diferencia jerárquica entre padres e hijos, quedando éstos, muchas veces fusionados, cabe mejor decir atrapados, en lazos pegajosos y adhesivos que no discriminan el yo del niño del de los padres

No sólo en la clínica, también es lo que vemos a nivel social, chicos y chicas con una absoluta intolerancia a la frustración, con la irritabilidad que ello conlleva, y sin apenas capacidad para la  espera. Con un funcionamiento mental más propio de proceso primario que ya de un pensamiento más secundarizado y elaborado, por lo que predominan mecanismos mentales en los que se utilizan recursos tales como: omnipotencia del pensamiento, negación, autopercepción de un yo grandioso, etc.  Las relaciones interpersonales que establecen son de una gran intensidad pero también de una gran superficialidad, reclamando constantemente aportes narcisistas.

Niños y jóvenes que adolecen de una importante deficiencia afectiva, en ausencia de figuras paternas suficientemente sólidas y estables, que permitan poder hacer buenas identificaciones, que den paso a convertirse, posteriormente, en adultos con capacidad de entender al otro, como Otro Yo, capaz de sentir y de padecer lo mismo que el propio sujeto, y vivir esta diferenciación “Yo-Los Otros”, como un enriquecimiento, en lugar de percibir a los demás como elementos peligrosos y amenazadores para su frágil identidad.

En la negociación y tramitación que todo sujeto debe hacer entre su mundo psíquico interno y la realidad  externa, la articulación entre ambos fracasa  cuando la respuesta es lo que viene en llamarse, comportamiento violento.

Unos apoyos narcisistas sólidos, sin dudas ni fracturas por parte de los padres en lo que están transmitiendo a sus hijos, es lo que constituye la base de una relación segura. Cuanto más sólidos son estos apoyos que recargan el narcisismo estructurante del niño -no el narcisismo maníaco/omnipotente-  más fácil le es entrar en contacto con un objeto que no amenaza su Yo. Diferente es la situación del niño que se siente vacío de una aportación y transmisión afectiva que le hagan entirse “apegado” (teoría del apego) a un objeto suficientemente bueno que pueda tolerar esa “violencia de vida” que el bebé dirigirá hacia la madre, para que ésta, la recoja, la metabolice y la desactive, devolviéndosela transformada en ternura generadora de seguridad. Transformación de elementos beta en elementos alfa, siguiendo a Bion.

Padres

Es frecuente encontrarnos en la actualidad con padres “asustados”,  frágiles, que no son capaces de incluir a sus hijos en una normativa que organice límites (externos e internos) con los que el niño pueda sentirse protegido y seguro. Actualmente prevalece un planteamiento  de sociedad sin límites y también de familia sin límites (anecdóticamente señalamos que en el lenguaje publicitario cada vez es más frecuente incluir la expresión “sin límites” para definir la bondad del objeto de consumo a vender: “placer sin límite” “satisfacción sin límite”, etc.), y cuando no hay límites lo que hay es vacío; vacío  de objetos internos contenedores,  y sobre todo, hay confusión.

Este vacío interno,  hay que llenarlo compulsivamente de “cosas”, encontrándose así, el adolescente, “parasitado en su deseo por un deseo anónimo que, engañosamente identifica como propio”. Las funciones parentales no se transmiten ni circulan en el campo de lograr una verdadera humanización y socialización.

Lo sintomático de la invisibilidad de la violencia

El concepto “violencia invisible” (Enriqueta Moreno)  llamada así porque no se puede identificar fácilmente, está inmerso en nuestra cultura y erosiona los pilares fundamentales del hombre: el pensamiento y los afectos.  No tiene personificación en ningún líder ni representa a ninguna ideología. Lleva al sujeto a tratar de llenarse porque su mente ha quedado vaciada de significantes propios.

Por otra parte, la represión, necesaria y saludable, para organizar el mundo interno se confunde con el autoritarismo, mezclado con la idea –equivocada- de que la frustración es contraproducente  para el buen desarrollo evolutivo del niño. En su lugar, se instaura una corriente de permisividad condescendiente, que lejos de proteger al niño/adolescente, le coloca en situaciones de las que no se puede hacer responsable. El niño tiene permiso  para hacer actividades que pueden llegar a ser lesivas, incuso para su propia integridad física.  (ej. niños profesionales de las carreras de motos)

Incorporar en lo cotidiano lo que resulta ser fruto de la desorientación proveniente y promovida por parámetros culturales y sociales que no extrañan ni enajenan lo perverso, es ir más allá del síntoma, que, después de todo, es organizador y más allá del síntoma lo que puede haber es adormecimiento psíquico, anestesia que anula y derrota la alteridad, lo que va contribuyendo a fraguar la idea de que el “Otro” no es sino un medio para conseguir fines. “La adormecida prodigalidad de nuestra familiaridad con el horror es una radical derrota humana” (Georges Steiner). Lo perverso… lo transgresivo se normaliza. Darwin decía que el hombre es el único ser al que se le puede reconocer con certeza la facultad moral. Esta afirmación implica que la facultad moral está comprometida con la existencia de leyes y normas, cuya transgresión supone culpa y necesidad punitiva.

Si se normaliza lo transgresivo, si la pulsión no domesticada es “modus vivendi”,  nos encontramos en una sociedad  que borra fronteras, que no discrimina y cierra los ojos, aunque paradójicamente haya entronizado los medios audiovisuales elevándolos a la categoría de imperativo. Un ejemplo claro lo tenemos en la telerrealidad, donde la exhibición impúdica de la intimidad es un producto de consumo normalizado, integrado y generalizado. En ocasiones se trata incluso de conductas abiertamente delictivas, que no son sancionadas, y cuyos autores son reconocidos económica y socialmente. Se invierte la Ley y se hace de lo zafio y amoral, norma; borrando la barrera necesaria entre ambos campos. Cargas de profundidad contra la capacidad de pensamiento crítico. Violencia invisible pero efectiva.

La pareja parental, atravesada a su vez por lo que acabamos de señalar, puede representarse en el mundo psíquico del niño como difusa, sin capacidad de transmitir con suficiente claridad la instauración de la represión primaria, con lo que la estructuración edípica, cuando se instaura, lo hace débilmente.  Violencia invisible que impide o tiene efectos en el proceso de constituirse como sujeto.

La trama vincular se establece con ligazones fusionales que amordazan y capturan el psiquismo infantil, pudiéndole hacer depositario del trauma  padecido y no resuelto por la generación anterior. “Violencia secundaria” lo llama Piera Aulagnier, para nombrar el fenómeno por el que, lo que en la mente de la madre o del padre no ha pasado por la representación, es transmitido al hijo. Éste, se hace entonces, depositario de una parte no explícita y no accesible de la historia de Otro (los padres), quedando alienada su propia subjetividad, sin un pasado historizado, sino con un pasado-presente que funciona como un fantasma. Una forma gráfica de entender este proceso es, en analogía con un ventrílocuo. El hijo no es sentido como otro, sino como un depositario de un secreto familiar, un duelo no elaborado, manteniendo un tiempo circular en el que Tánatos es el protagonista de la escena y la pulsión de muerte es la que prevalece. Como el muñeco del ventrílocuo, el discurso es de otro. El trauma de una generación, no resuelto por su inabordabilidad dado su carácter de tristeza inenarrable se invisibiliza y oculta en criptas psíquicas, espacios internos a modo de separatas de la vida psíquica, en donde el trauma queda “encriptado” siguiendo el pensamiento de Nicolas Abhaham y Maria Torok.

Alianza cultura/omnipotencia infantil

La sociedad de consumo se presenta como “La Gran Madre” dispensadora y gratificadora de necesidades y deseos, y la omnipotencia infantil se ve así, alimentada en lugar de frustrada. La capacidad de espera, mediante la que  poder tolerar la demora en la consecución de los objetivos, no se presenta como una función a desarrollar y potenciar, sino que queda elidida y se coloca en su lugar la urgencia de la satisfacción inmediata, “aquí y ahora”. La mente infantil está avasallada por exigencias consumistas que reclaman sustitución inmediata de juguetes con los que no se ha podido llegar a establecer relación de afecto ni hacer historia con la propia historia personal del niño.

Por otro lado, la invasión excesiva de estímulos, imposibles de procesar psíquicamente, da origen a una saturación interna para las que el niño y el adolescente no tienen aún recursos organizados con los que poder dar respuesta. La avalancha de juguetes con los que, a veces, se sepulta literalmente al niño, dotados de una tecnología muy por encima de las capacidades de poderla comprender, dado que dicha tecnología es abrumadora y  posibilita acciones para las que no es necesario comprender la base de su funcionamiento, facilita la creencia de que los conocimientos y los procesos cognitivos son secundarios a la ejecución del “acto”, presentándose éste casi como algo “mágico”. Cuando un objeto se estropea o rompe, queda sustituido, casi de inmediato por otro igual o mejor.

Curiosa y paradójicamente, este avance científico y tecnológico en lugar de dar paso a una apertura de pensamiento secundario en la línea del proceso de desarrollo maduro y adulto, viene a entroncarse con el más primitivo e infantil de los funcionamientos mentales: la omnipotencia que no tolera la renuncia ni la castración y recurre a la “magia”, como hacía el hombre primitivo, para explicar aquellos fenómenos que se sitúan fuera de su alcance cognitivo.

El conocimiento, la valoración del trabajo y la teoría que subyace a cualquier desarrollo  científico, quedan relegado al terreno de lo “desechable” en identificación con los propios objetos, las más de las veces, también desechables.

Visibilidad de la violencia invisible

Las conductas violentas se presentan, así, como un intento de adquirir una identidad grandiosa y fuerte que resulta ser una pseudo identidad con la que intentar protegerse de los duelos de fondo, que no han podido ser elaborados por no haber podido ser, ni tan siquiera planteados. ¿de qué duelos hablamos? de los duelos que  tienen que ver con el sentimiento de soledad y abandono en que se encuentra el niño que no recibe la cobertura necesaria, tanto en su versión deficitaria (niño que no recibe nada) como desbordante (exceso de excitación no ligada, y no sostenimiento de la parentalidad).

En ambos casos, la relación entre conducta violenta e inseguridad interna creemos que es fuertemente estrecha, propiciando un sentimiento de vulnerabilidad del Yo. El Yo se siente amenazado  en su identidad, lo que, paradójicamente, da lugar a una extrema dependencia del objeto, dependencia que es sentida como intolerable porque aquello de lo que se tiene necesidad, es lo que impide la autonomía. La necesidad del “Otro” no es sentida como tal, sino como una invasión, como un poder que el “Otro” ejerce sobre el Yo, sintiéndose éste amenazado, desbordado por la intensidad de sus emociones para las que no encuentra cauce por las que hacerlas circular. La única salida que encuentran es la expulsión violenta y desorganizada al exterior, actuando así, la fantasía de ejercer un control omnipotente y un dominio sobre la víctima, control  que es el que no puede aplicarse a sí mismo y a su propio mundo interno.

No se dio la  diferenciación que haya permitido al bebé  -en su momento- separarse del objeto (figura protectora, madre…), por lo que no ha podido  incorporar mediante introyección, las funciones simbólicas que le van a permitir organizar su capacidad de pensar y también su capacidad de retener al objeto ausente pudiendo deprimirse. El bebé que no ha podido llevar a cabo este proceso ha sido objeto de “violencia invisible”.

Todos sabemos de la importancia que para el incipiente ser humano (el bebé) tienen los vínculos de apego a sus objetos amorosos, es característico de la especie humana la importancia de la duración y la intensidad de estos vínculos.

El bebé es un emisor de pulsionalidad y reclama todo aquello que venga a aliviar su estado de displacer. Si no hay un objeto receptor de esa pulsionalidad que ejerza como continente de la misma y propicie el placer de la actividad mental, en sustitución de la autoestimulación física, el niño precozmente carenciado, desarrollará una actividad de búsqueda de sensaciones que conllevan una dimensión autodestructiva. Sin ese objeto receptor y transformador, la pulsionalidad no es más que violencia en busca de contención y de límites.

En su lugar, la angustia que no ha podido ser metabolizada mediante la función alfa… la capacidad de reverie…  ni la acogida por parte de unas figuras paternas suficientemente buenas, se reintroyecta como una violencia sin nombre, invisible, preñada de odio destructivo que no tiene más salida que la evacuación del aparato mental. Enriqueta Moreno señala cómo la búsqueda desesperada del objeto bueno que nunca se tuvo o se tuvo de forma fragmentada, se transforma en odio vengativo. La angustia no ha podido ser tramitada, porque los padres no han sabido devolver a la mente de sus hijos, los terrores transformados y con un significado para poderlos pensar o soñar.

Siguiendo el pensamiento de Melanie Klein, diremos que fueron niños que no pudieron avanzar de la posición esquizo-paranoide a la posición depresiva lo que constituye una importante falla estructural.  Según la conceptualización teórica de Balint, serían niños aquejados de lo que él llamó la “falta básica”.

En esta situación, se intenta restaurar mediante la posesión y el dominio violento sobre los objetos externos, una identidad que  se percibe amenazada y como riesgo de fragmentación como dice Ph. Jeammet. El acto violento se presenta como defensa frente a la amenaza  que planea sobre la identidad del sujeto.  Y la identidad es conflictiva, porque las instancias encargadas de transmitirla a través de las funciones parentales y sociales no lo hicieron, o lo hicieron deficitariamente, lo que venimos a considerar como violencia por omisión.

Para el sujeto violento, el depositario de su violencia, es decir, quien sufre y padece el acto violento, es un sujeto “des-subjetivado” alguien que no ha sido investido como sujeto, sino –y de forma parcial-  como “objeto”. El adolescente violento, de alguna manera, se vive “en espejo” con su víctima y se siente amenazado en un destino similar. Esta amenaza proviene de  experiencias en donde fue él, quien se vivió a sí mismo como un sujeto “des-subjetivado”, o lo que es lo mismo, como objeto. Ejecuta ahora en forma de violencia visible (acto violento) lo que padeció y sufrió como “violencia invisible”.

Violencia por omisión o violencia enmascarada

La violencia más eficaz es aquella que constituye una violación a las mentes en formación, es decir, a las de los niños y adolescentes. Así, el niño que padeció la violencia de no encontrar donde depositar su insatisfacción y displacer, y recibe en lugar de la función transformadora una avalancha de objetos materiales que taponan el acceso a una capacidad moderada de tolerancia a la frustración,  está inserto  -todos lo estamos-  en una cultura de la violencia. Las imágenes de agresión son demasiados frecuentes en el entorno y, en ocasiones, dado el realismo con el que se presentan, es difícil separar ficción de realidad. De nuevo el límite es muy impreciso.

Es la violencia de permitir sin límite, disfrazando esa permisividad de actitud tolerante para encubrir el miedo que a algunos padres les produce vivirse a sí mismos como seres adultos. Es la violencia de dar demasiado para no tener que dar nada.

La omisión de la función parental comprometida con la crianza de los hijos, la contemplamos como una forma de violencia hacia ellos, una forma de violencia enmascarada y/o violencia invisible.

Se trata de “padres/niños” con personalidades infantiles y que no facilitan el acceso de sus propios hijos a la madurez, o -al contrario-  padres que instalados en esos posicionamientos infantiles, convierten a sus hijos en “padres de ellos mismos”. En cualquier caso, confusión de roles, seducción perversa y relaciones familiares, unas veces demasiado adhesivas y pegajosas y otras, ausentes, carentes de la envoltura que permite poner en marcha la autoestima narcisista necesaria para actuar como organizadora y preservadora de la vida.

En esta comunicación hemos querido traer a debate, otra clase de violencia, no es la violencia por acción sino la violencia por omisión, no por exceso sino por defecto. Actitud violenta hacia los hijos, hacia los “miembros de la tribu” (José Antonio Marina) cuyo cuidado y protección, ésta no ha asumido. En su lugar, la tribu/sociedad permanece adormecida y anestesiada, incorporando y normalizando “valores” que no son tales. Registros de irracionalidad (genocidios, guerras, limpiezas étnicas….) que oscurecen la comprensión de formas de sufrimiento que nosotros como profesionales de salud mental, tenemos que abordar más allá del síntoma,  situándonos en el quehacer de enhebrar en un diálogo diferentes discursos, psíquico, social, político….

Recapitulando y recogiendo lo dicho hasta ahora, queremos señalar lo importante que nos parece considerar la violencia que se ejerce desde el grupo familiar y social cuando éstos, no son capaces de, contener y tramitar la pulsionalidad infantil. En su lugar, las funciones protectoras que deben ejercer los padres y la propia sociedad, se trasladan o, sencillamente son inexistentes confundidas con la permisividad,  quedándose  el niño  con “huecos afectivos” que no sabe cómo llenar.  En su lugar, algunos jóvenes intentarán cubrirlos más adelante con indumentarias protésicas (clavos, botas, objetos duros….), corazas con las que intentar cubrir la fragilidad interna y de paso, aprisionar los sentimientos de culpa para no tener que entrar en contacto con ellos. Violencia invisible…. síntoma actual… o más allá del síntoma.

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