Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Acercamiento psicoanalítico a la epilepsia infantil

PDF: colas-acercamiento-psicoanalitico-epilepsia.pdf | Revista: 31-32 | Año: 2001

LA RELACIÓN FUSIONAL Y NARCISISTA CON LA MADRE

En todos los casos he detectado una conflictiva de extrema dependencia con la madre, cuya relación fusional limita la autonomía y la separación. Sabemos por M. Klein (1978) y M. Mahler (1984) que los intentos de separación despiertan intensas ansiedades de muerte, destrucción y persecución. A diferencia de otros niños con esta conflictiva fusional expresada psicopatológicamente como clínica simbiótica, en estos no es tan evidente como para no impedirles relacionarse con otros niños a los que buscan y participan en sus juegos. Lo cual puede despertar múltiples interrogantes dada la intensidad de las ansiedades de muerte que luego mostraré.

Con estos niños tengo la impresión como si el cuerpo y sus síntomas epilépticos sirvieran como un espacio de contención de la conflictiva psicótica, acorde con las ideas de J. Mcdougall, que dice “para salvar al yo de una muerte psíquica, se descarga al cuerpo las tensiones.” (37). En mi experiencia parece que a veces a la espera de una mejora en las capacidades mentales de contención del propio niño así como de los padres, que les permita una elaboración de esta relación fusional. Un intento en definitiva de demorar la resolución de unas ansiedades que en ese momento no pueden ser afrontadas ni por el niño ni por los padres; no ignorando el efecto protector y contenedor para los padres de un tratamiento farmacológico, un apoyo médico y un diagnóstico que no cuestiona el funcionamiento mental y la capacidad de los padres ni del niño, algo que no debemos subestimar. Creo que debo dejar las conjeturas y adentrarme a mi experiencia concreta.

En todos los casos he observado una implicación de los padres, cuyas dificultades personales están jugando un papel importante, al interferir los intentos de elaboración mental del niño, impidiendo por tanto el proceso normal de separación e individuación de éste; llegando al extremo de invadir intrusivamente este espacio mental naciente del hijo como para provocar una desorganización psicótica. Lo mostraré con una ilustración que es un resumen de unas entrevistas.

Es un niño de 11 años que padece “Status eléctrico del sueño” resistente a la acción de los fármacos según el informe de su neurólogo. Los padres relatan que es hijo único, adoptado con un mes aproximadamente, se crió bien sin detectar nada reseñable en la valoración diagnóstica. Con dos años le cambiaron a su propio cuarto con ansiedad por la madre que iba frecuentemente a verle, ante el temor de que se ahogara con el chupete, sin embargo el niño dormía bien acompañado de una oveja de peluche con la que se encariñó. Empezó el preescolar con 4 años adaptándose bien, jugando y relacionándose con otros niños sin problemas, continuando en el mismo colegio la EGB y siendo su rendimiento escolar el primer año aceptable, fue al finalizar ese curso cuando empezó a estancarse. Comentan que el niño era desigual en la expresión de sus afectos a veces poco cariñoso y otras muy impulsivo. Con 6 años y 9 meses, en Junio, los padres deciden informarle de que es adoptado sin existir demanda ni preguntas del niño, me dicen “el niño no asimila que fuese adoptado”, su reacción fue de “no le dio importancia ni aprecio”. Dos meses más tarde estando en el pueblo de vacaciones presenció la muerte de la abuela materna por la noche, a la que quería mucho; “estuvo una semana diciendo que tenía miedo por la noche al acostarse”, me comentan que “no lloró, se quedó cortado, su primo que también estaba sí hacía preguntas y lloraba, pero él no”; casi un mes después aparecen “crisis” multisintomáticas en las que aparece llanto pero sin articular palabra alguna, otras veces está ausente o pierde el conocimiento cayéndose al suelo con convulsiones que duraban casi 5 minutos; desde hace años estas crisis son sólo por la noche, se pone rígido y abre los ojos. Desde entonces el niño cambió. se hizo rebelde, “como si tuviera rabia a la madre, luego la extendió al padre y al resto de la familia, lleva la contraria en todo”; esta sintomatología desborda la capacidad de los padres que responden agresivamente con castigos físicos el padre o hasta enzarzarse en una pelea la madre con el hijo, o llegar a la ruptura de su juguete preferido por parte de la madre. Me comentan su desorientación temporal y espacial, mezclando el final con el principio de una frase impidiéndole contar las cosas, lo confunde todo; mal rendimiento escolar aunque allí si obedece y acepta las normas. Ha tenido
varios accidentes porque cruza la carretera sin mirar, “es un alocado no ve el peligro”.

Me sorprende la actitud emocional de los padres que hablan del hijo sin angustia ni preocupación, se ríen; no son capaces de poder relacionar mínimamente, ante mis preguntas o sugerencias, la sintomatología del hijo con situaciones emocionalmente importantes para el niño, centrándose sólo en la epilepsia; esta incapacidad de reconocer un espacio emocional y psíquico en el niño, a pesar de compararle con el primo en el que sí reconocen ese espacio emocional y mental, les impide reconocer y acompañar al niño cuando expresaba el miedo que sentía por la noche. La respuesta de la madre fue dormir durante 3 años con el hijo “por miedo a que le pasara algo por la noche”.

Parece que el niño hace un intento en el terreno mental de expresar lo que siente, durante una semana habla de sus miedos al acostarse en un intento proyectivo de crear un espacio imaginario, en el sentido de Sami-Alí, espacio que desaparece al empezar las crisis epilépticas casi un mes después. La poca empatía emocional que detecté en los padres durante la entrevista por un lado, así como la respuesta patológica de la madre al ser incapaz de contener sus propias emociones y fantasías de muerte por la pérdida de su propia madre, proyectadas en el hijo cuando se va a dormir durante 3 años con él; trae como consecuencia no sólo la falta de reconocimiento en el niño de su propio espacio mental y emocional, sino la invasión de su precario espacio mental, desorganizando el frágil yo del niño, que al faltarle un sostén narcisista en la madre es incapaz de mantener sus capacidades de elaboración mental regresando a un funcionamiento corporal a través de las crisis epilépticas.

En la primera entrevista el niño tiene una actitud maníaca, riéndose constantemente, con desprecio hacia todo el mundo, de sentirse superior a todos, les hace trampa en los juegos, etc. me habla con risas de un atropello que sufrió “iba en bici y abollé el coche, je, je, je (riéndose), qué miedo pasaron mi madre y mi tía”.

Le digo que riéndose no tiene que enterarse del miedo, me contesta, “a veces tengo esos pensamientos (hace gestos con la mano como para apartar algo), pero los olvido”, y “por las noches me pongo a contar chistes”. A continuación empieza a hablarme de múltiples accidentes que ha tenido: caídas corriendo y con la bicicleta, o de ir en coche y tener un accidente. En la siguiente entrevista habla de animales que han parido, “una perra tonta que tuvo hijos y no los atendía”, me dice que murió la perra y luego su hijo atropellado por un tren. A continuación se pone a dibujar un Nacimiento, dice “San José está furioso con María, y Herodes que va a matar a los niños”.

Creo que el niño trae en las dos entrevistas unas vivencias de muerte de las que se defiende con sus defensas maníacas de negación, riéndose y de identificación proyectiva buscando que otros sientan miedo por él; mientras que en la segunda entrevista muestra una gran desesperanza, una madre que no atiende y que muere tanto ella como su hijo. Desesperanza traída luego en las sesiones de psicoterapia cuando el niño me planteaba preocupado, si yo podré ayudarle a arreglar algo suyo, a través de un dibujo donde el techo de su casa gotea porque él es despreocupado, me dice que tiene olvidos y deja los grifos abiertos, y me pregunta “¿qué harás si me da la epilepsia?, porque ya sabes lo que puede pasar…, que puedo matar a un niño”.

En estos niños he detectado una severa conflictiva relacionada con pensamientos de muerte propia o de poder matar a otros, por la intensidad de sus sentimientos agresivos, como el niño expuesto, llevándoles a una severa inhibición de su agresividad. Estas ideas de muerte e incluso intentos de suicidio están escenificadas en el “drama somático” del ataque epiléptico, con el que se enganchan las propias fantasías inconscientes de muerte de la madre. Todo lo cual refuerza una relación fusional ya preexistente, encubierto ahora por la crisis epiléptica como muerte. Esto explica las muchas dificultades de muchas madres de aceptar las explicaciones médicas que no la calman ni tranquilizan, donde se injerta el fantasma de la muerte al ataque epiléptico.

En este niño la percepción de sus impulsos mortíferos los puede verbalizar, creyendo que puede matar a otro niño cuando le da la epilepsia, en un contexto en el que se interroga y también me interroga sobre mi capacidad de protegerle de ello, así como de si los toleraré y no me asustaré, para ayudarle a reparar el daño mental sufrido, mostrado en el dibujo a través del techo-cabeza de su casa que gotea porque él es despreocupado y se olvida de cerrar los grifos. Olvido que tiene tanto un carácter de defensa maníaca para evitar percibir y enterarse del miedo que siente ante estos pensamientos de muerte, como me mostró en la primera entrevista “a veces tengo esos pensamientos, pero los olvido, y por las noches me pongo a contar chistes”; siendo este funcionamiento maníaco, despreocupado y olvidadizo, el que daña su techo-cabeza. Como también en ese olvido y despreocupación él se está identificando a una madre interna mortífera, como la perra tonta que no atiende, que abandona y acaba muriendo ella y el hijo.

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