Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

Paseo de la Castellana 114, 4º Pta. 3 - 28046 Madrid • Teléfono/Fax: 91 319 24 61

2020-05-31 Carta de opinión M. Muñoz El virus que visitó nuestras vidas

Adjuntamos la Carta de Opinión sobre  «el virus que visitó nuestras vidas» , remitida por  Mayte Muñoz  miembro de SEPYPNA

Descargar

Recibido 21 de mayo de 2020

 

El virus que visitó nuestras vidas

 Cuando la Humanidad que tiene al planeta Tierra como casa común parecía estar en un momento culminante de desarrollo y conquistas a todos los niveles: social, cultural, económico… de modo repentino, sin avisar, surge un elemento que, si bien no cabe considerarlo nuevo, puesto que en ámbitos científicos ya había sido observado e identificado, sí lo ha sido la forma intrusiva, voraz y letal con la que se ha instalado entre nosotros, haciéndonos vivir una realidad distópica. Se trata de un microorganismo que ha sido nominado como SARS CoV-2 (acrónimo en inglés de Síndrome Agudo Respiratorio Severo) y a la enfermedad que causa, la OMS la ha denominado oficialmente COVID -19 (COrona VIrus Desease del año 2019). Con esta compleja nomenclatura ha entrado en nuestras vidas un virus que ha trastocado el “orden establecido”, ha hecho que se impongan medidas restrictivas, tanto que incluso estas medidas han establecido frontera con derechos ampliamente reconocidos y defendidos, tales como, por ej. el de las personas a circular libremente, a relacionarse estrechamente con los suyos, y en definitiva, a participar en la vida social en interacciones mutuas. El enorme poder científico y tecnológico tiene también un efecto perverso: el que creíamos que lo podíamos todo, y en este punto la Naturaleza nos impacta con un golpe de realidad y nos pone en nuestro sitio, haciéndonos tomar conciencia de nuestros límites.

Ni mucho menos planteo que hubiera un mundo feliz anterior a la llegada del virus. Enemistades, odios, agresiones al medio ambiente, injusticias, abusos, hambrunas, guerras y otras muchas catástrofes y calamidades nos han acompañado y siguen presentes desde el principio de los tiempos. Entonces ¿por qué este invisible agente ha causado y producido la reacción global de peligro que, de un día para otro, ha hecho que diéramos un giro a nuestro modo de vida? Tomo prestadas unas reflexiones de nuestro veterano filósofo D. Emilio Lledó cuando dice a sus lúcidos 92 años: “De repente, mi cabeza se ha llenado de recuerdos de guerra. Yo era un niño, pero me vinieron imágenes muy vivas. La misma inseguridad. Los hábitos de miedo: no salir a la calle, protegerse, ponerse a cubierto. Pero aquel era un miedo concreto, sabíamos quién era el enemigo. Sin embargo, éste es un miedo abstracto, difuso, extraño. Por eso estamos tan desconcertados y éste es el gran problema. El desconcierto no ayuda a pensar bien, cuando lo que más necesitamos en este momento es justo lo contrario: la razón contra el caos”.

Caos. De alguna manera esta ha sido la vivencia que el virus nos ha hecho sentir. Lo más elemental de nuestra vida cotidiana: salir a trabajar, visitar a los nuestros, abrazarnos, tocarnos, tiene que ser radicalmente alterado, porque todos y cada uno de nosotros nos hemos convertido en potencialmente peligroso para los demás, porque en lugar del afecto que queremos compartir con ellos, lo que podemos transmitirles es la enfermedad, tal vez la muerte, el caos.

El coronavirus ataca el corazón de los humanos en la base más esencial de su ser: la vida con el otro.Es decir, la inversión de nuestros valores ha tomado posiciones no sólo en nuestra cotidianeidad, sino también en nuestro mundo afectivo y mental. De alguna manera — en este caso intrusiva— un elemento extraño, ajeno, toma el rumbo de nuestra vida.

No es que un cambio de vida sea en sí mismo perjudicial o negativo, es algo que se hace continuamente. Las personas cambiamos nuestras condiciones de vida en razón de proyectos de mejora o incluso del propio discurrir de la vida en el proceso de maduración. Hablamos en estos casos de cambios conocidos, planificados e incluso deseados. Pero el SARS CoV-2 ha introducido un cambio que ha hecho que de pronto nos hayamos descubierto frágiles, vulnerables y desasistidos.

Disponemos de un enorme poder científico y un no menos inmenso desarrollo tecnológico con el que podemos controlar e incluso modificar coordenadas de realidad para ajustarlas a nuestras necesidades y deseos. Se han traspasado barreras que hasta no hace demasiado tiempo parecían infranqueables y se ha hecho posible lo que se consideraba imposible en otros tiempos. En la cúspide de las sociedades de bienestar, el desconcierto y la confusión que ha traído la pandemia causada por este virus, invaden nuestra capacidad de pensar y más aún, de mentalizar.

La situación derivada de la irrupción de un microorganismo al que no vemos ni sabemos dónde está, un enemigo invisible pero omnipresente, ha venido a trastocar nuestro modo de estar en el mundo y a plantearnos algunas paradojas de las que, por otra parte, si fuéramos capaces de pararnos a reflexionar, podemos extraer enseñanzas de cara al planteamiento de lo que ha venido en llamarse “nueva normalidad”.

Es paradójico que en un mundo en donde la “velocidad” es considerada un bien en sí mismo y una conquista del desarrollo social (medios de transporte ultrarrápidos, transmisión de datos, sistemas de comunicación… todo ello a velocidades de vértigo), un ente microscópico hace que toda la humanidad tenga que pararse en seco, poner el freno de mano y detener  su productividad con el enorme perjuicio económico/social a que dicha detención da lugar.

Pues bien, mientras las personas estamos paradas, es el virus el que corre velozmente. Ahora, la velocidad que tanto valoramos se ha transformado en letalidad por su alto poder de contagiosidad. La “velocidad de crucero” ha pasado a ser “velocidad de contagio”.

Se transmite insistentemente el mensaje de que “este virus lo paramos juntos” pero, por otra parte no podemos estar físicamente juntos. Es una acción comunitaria y bien está que sea así lo que se nos pide, pero sabemos que toda crisis tiende a acentuar el abismo entre los individuos y esto hace que nuestras relaciones personales se vean afectadas.

El trauma, en todo caso, está garantizado porque la irrupción del virus a nivel de epidemia mundial, es decir, pandemia, tiene todos los elementos de una situación traumática.  Es además una situación de la que no hay registros previos, no hemos podido ir a consultar ningún archivo ni hemeroteca. Epidemias sanitarias sí han habido a lo largo de la historia. Por mencionar algunas, ya Tucídides en su historia de la guerra del Peloponeso describe la que asoló a Atenas llegando a causar más de 100.000 muertos en el siglo V a.de C. La peste negra de 1348, se llevó a millares de personas en Europa, la mal llamada gripe española de 1918 también causó estragos, y sin duda no son los únicos ejemplos. Lo que sí ha resultado único, ha sido el mandato de recluirse en las propias casas y cortar todo contacto y aproximación con los demás. Y esto, no en una zona más o menos acotada geográficamente, sino para toda la población mundial y en todo el planeta. El hecho de que se haya propagado a una velocidad vertiginosa en todo el mundo en comparación con las grandes epidemias del pasado, nos da alguna pista de lo que podríamos considerar el lado oscuro de nuestro mundo híperconectado.

El efecto psicológico que ha tenido en todos nosotros es que se nos ha presentado algo de lo que no teníamos representación previa. Se presenta, pero no se representa y necesita ser representado. En Psicología y también en Filosofía se entiende por representación “la reproducción de una percepción anterior” es decir, algo que hemos percibido, experimentado, sentido… por primera vez, se inscribe como una huella en nuestro “sistema mnémico” (memoria).  Si bien, memoria no entendida como un mero receptáculo o almacén de imágenes, porque también la memoria se acompaña del afecto ligado al acontecimiento primero. Algo que ha ocurrido, que se ha presentado, podemos evocarlo posteriormente mediante una representación. La ecuación percepción-representación es el resultado de un trabajo de construcción que caracteriza la vida psíquica. Si el acontecimiento originario o primero fue traumático, poderlo representar posibilita mitigar el monto de angustia con que se vivió por primera vez al haberlo podido procesar psíquicamente.

Es una forma de tener conocimiento de aquello que nos afecta, nos compete o nos interesa, lo que es también un acercamiento a poderlo controlar.

El SARS CoV-2 nos ha encontrado sin representación, teniendo que procesar mentalmente la terrible realidad de lo desconocido que a todos nos ha provocado angustia, miedo, depresión y desamparo.

La pandemia —y todo lo que ello comporta— ha supuesto una invasión de algo que ha venido de fuera a ocupar nuestro modo de vida individual, personal y social, en una suerte de mundos superpuestos uno de cuyos efectos es el de la vivencia de la temporalidad. La interrupción de la vida “normal” ha tenido el curioso efecto de alterar nuestra percepción del tiempo durante el estado de confinamiento. Dado que todos los días eran iguales, era como vivir en un presente suspendido, parándonos a pensar —a veces— en que día de la semana estamos

Todavía estamos en el “ahora” de la crisis, pero cuando pasemos a la fase del “después”, es  cuando tal vez hagan su aparición síntomas que pudieron quedar  también “confinados” y para los que no se encontraron  palabras de contención en el confuso y extraño momento crítico en que nos visitó el SARS CoV-2.

 

Mayte Muñoz Guillén

Psicóloga Clínica

Miembro Ordinario de Sepypna

Carta enviada el 21/05/2020

Subir