Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La violencia del padre y su repercusión en el hijo adolescente

PDF: aduriz-ugarte-violencia-padre-repercusion.pdf | Revista: 53 | Año: 2012

2. MATERIAL CLÍNICO

Para profundizar en lo mencionado anteriormente voy a exponer de forma sucinta el caso clínico de un paciente de casi 17 años. Su madre me llamó para pedir una consulta por su hijo. Éste había sufrido una situación humillante en el colegio: un compañero había dibujado una viñeta ridiculizando a Alejandro, viñeta que pasó de mano en mano provocando en Alejandro una inmensa vergüenza y un fracaso académico en la primera evaluación. Más tarde me enteré de que este compañero había sido hasta entonces el mejor amigo del paciente y se había vengado de su inferioridad física y académica.

En la entrevista con la madre me contó que se separó del padre de Alejandro cuando este tenía un año a causa de los malos tratos que padecía: su marido la humillaba psicológicamente, llegando en ocasiones a agredirla también físicamente.

Durante el primer año de tratamiento Alejandro describió con insistencia y minuciosidad escenas en las que había sufrido una violencia psíquica paterna: era obligado a ir de vacaciones con su padre, su padre le metía la cabeza en el agua del mar para fortalecer a su hijo, su padre le había insultado llamándole cobarde, marica, etc. Le había exigido que limpiara con su camiseta los vómitos de su hermana pequeña. Ahora le imponía clases particulares de ciertas asignaturas que él mismo le impartía. La lista de agravios era infinita y ocupaba la mayor parte del tiempo de las sesiones.

Alejandro vivía con su madre y los fines de semana se sentía obligado a ir a casa de su padre que vivía con su nueva mujer.

Durante los primeros tiempos del tratamiento me llamaban asimismo la atención los despistes del paciente: perdía cosas valiosas y a causa de esos despistes se veía envuelto en situaciones rocambolescas que tenían en común el verse como un “pobrecito”.

Alejandro tenía miedo de que sus amigos se separaran de él y le tomaran por tonto. No se enfadada nunca con ellos y era muy pasivo dejándose llevar sin tomar iniciativas; ser muy complaciente era una manera de evitar que pudieran dejarle los amigos puesto que él lo que más temía era quedarse solo. Se le “metió” un amigo en su casa durante una semana y lo vivió como si fuera un intruso, como si fuera un hermano que le quitaba la comida y la atención de mamá.

Poco a poco Alejandro fue teniendo mayor relación con las chicas: le gustaba ser amado pasivamente por una mujer y le costaba asumir una posición activa. Cuando se animaba a decirle a una chica que le gustaba después le asaltaban las dudas, se sentía culpable y temía que hasta podría casarse con ella por sentirse obligado.

Alejandro no había podido construir una escena primaria representando a unos padres que se desearan el uno al otro. Me dijo que cuando se enteró de cómo venían los niños sintió un escalofrío al imaginarse a su padre con su madre, no podía imaginarlos a ninguno de los dos en esa situación, pues los dos eran ideales. Ver a su madre entregada a los brazos de su padre le resultaba inconcebible.

En relación con la sexualidad el paciente se fue dando cuenta del peso represivo que la religión había cumplido para él. Se produjo un cuestionamiento de los valores de su madre: por ejemplo no estaba de acuerdo con la idea de que Dios hace que los pobres existan y experimentaba miedo por no ir a misa, ya que podría ser castigado. Se dio cuenta de que estaba demasiado ligado a su madre para estar con una chica y anhelaba buscar un margen de libertad.

De pronto, ante una ausencia de su madre, sintió un miedo infernal frente a una imagen que había en su casa. Evocó que cuando era pequeño pensaba que si dejaba sola a su madre la imagen podría matarla. Pudimos abordar entonces sus miedos infantiles a estar solo, sus ataques agresivos contra su madre y la rabia experimentada ante su padre que le “secuestraba” sin que su madre hiciera nada.

Realizó un viaje con su madre y le salieron eczemas en la cabeza, se le inflamaron los ganglios, cuando volvió a sus ocupaciones habituales se le pasó. Insistía en que se veía raro cuando su madre al volver a casa le contaba cosas del trabajo, se veía ocupando el lugar del padre.

Asoció que con las chicas tenía miedo a comprometerse porque podía verlas como a su madre maltratada por su padre y temía hacerles daño. Decía que era nervioso aunque no lo aparentara, a su madre necesitaba a veces expulsarla de su lado, deseando que se fuera para ser él mismo y esto le hacía sentir culpable. Por otra parte estaba el hecho de que él se sentía lo más importante para ella y casi lo único que tenía.

Pudimos ir constatando que perder cosas, ser despistado, verse como “un pobrecito” eran diversas formas de reclamar una atención de su madre. A los dos años de tratamiento se produjo una ruptura con su padre porque no soportaba más su situación de sometimiento: ser coaccionado a dar clases particulares con él, verse obligado a restringir la relación con sus amigos y deber hablar y callar según el arbitrario criterio de su padre.

Encontró un diario que escribió entre los 12 y los 15 años: anotaba cosas aunque decía que aún no las había digerido, era como una descarga. Ha tenido que volver sobre ellas para elaborarlas. Al evocar cómo durante las vacaciones le llevaba obligado su padre y cómo lo pasaba en su compañía se daba cuenta de que entonces se hallaba al borde de la desesperación. En la habitación donde se alojaban su padre dormía con su hija pequeña y con él en la misma habitación; la mujer de su padre dormía en otra habitación separada.

Si su padre era la ley del mundo y de la realidad se veía urgido a buscar en su madre una protección ante esa realidad violenta y hostil, dándole a su madre la razón contra su padre. Desde entonces, desde su pubertad, había concebido el sexo como algo sucio y violento si se realizaba con una mujer.

Durante el tiempo de ruptura con su padre al principio le ignoró, pero un día lo encontró casualmente y huyó presa de un temor irracional; más tarde me comentó que en el baño descubrió que se afeitaba como su padre y también criticó a su padre porque le había dicho a su hermanastra que Alejandro era como el hijo pródigo que un día volverá a casa de rodillas, arrepintiéndose de sus pecados. Comenzó a pensar en escribir a su padre. Murió repentinamente el padre de un amigo y este suceso le hizo pensar que él no iba a sentir nada si su padre muriera; pero no estaba tranquilo, se daba cuenta de que le daba miedo ocupar el lugar simbólico del padre, salir de la pasividad y no achantarse.

Le impactó que su hermana expresase una ambivalencia hacia su padre, llamándole la atención el amor femenino hacia el padre que él había rechazado. Descubrió que se había colocado en una posición femenina de amante despechado del padre, le resultaba difícil unir el amor y el odio. Lo asoció con que con los amigos se colocaba a menudo en una posición de pasividad y no elección. Pudo hablar de algo que había mantenido oculto: sus escrúpulos para beber del vaso de un amigo o que éste bebiera del suyo; en su casa tenía un vaso para él solo y no quería compartirlo con nadie. Vimos como el escrúpulo estaba unido al temor homosexual del contacto con la saliva del otro, Alejandro tenía que mantenerse a distancia (añoraba al padre y si se juntaba con un amigo aparecía el temor homosexual).

Por otra parte soñó tres veces seguidas con su padre, en los sueños volvía a someterse a su padre como un niño; en uno de los sueños su padre comía con él y le empujaba haciéndole caer de su sitio. En las fantasías diurnas se veía pidiendo perdón a su padre como el hijo pródigo que vuelve a casa, o no queriendo llamarle para mantener su libertad, pero no se veía tratando a su padre de tú a tú, tal vez porque le seguía teniendo miedo.

Se planteó verle. Asoció el sometimiento a su padre con la sexualidad y aparecieron dos imágenes diferentes de la madre: la madre maltratada y la madre deseante, que es la que se acostaba con el maltratador y por esa unión le tuvieron a Alejandro: había una escena primaria sádica y otra naciente en la que la madre aparece como deseante. Ambas escenas están mezcladas aún y tal amalgama está presidida por el asco que le produce al paciente que esa madre que se quejaba del maltrato hubiera sido capaz de acostarse con ese hombre.

En el vínculo transferencial-contratransferencial me sentía a veces molesto con él, puesto que mantenía una distancia conmigo y no se “mojaba”. Una sesión me expresó la rabia hacia su madre, al decirme que ella le había insistido que me contara lo de su miedo a los aviones; él no quería hablar de eso porque no le da importancia; vimos que se trataba de un miedo a volar, a despegar, a perder la tierra-madre y también a que se pudiera caer el avión. Le recordó cuando su padre le llevaba de vacaciones y su madre no hacía nada para impedirlo. Cuando hablaba con ella por teléfono desde la distancia procuraba ser amable porque temía que ella se fuera a olvidar de él. Le dije que quizá no quería hablarme de su miedo a los aviones para no reconocer ante mí lo que le pasaba con su madre. Además me confesó que le había molestado que su madre le instara a contarme sus síntomas, como si de ese modo traicionara una complicidad entre ellos.

Fue apareciendo claramente cierta disociación que se producía conmigo, como que no estaba del todo en el tratamiento; un día me anunció sin haberme avisado previamente que era el último día que venía porque había pensado dejar el tratamiento coincidiendo con las vacaciones de verano. Pudimos hablar sobre ello y constatamos que Alejandro sólo tenía confianza con su madre y a mí me excluía como si yo representara a la figura paterna. Le dije asimismo que sentía rabia hacia su madre por haberlo abandonado y que desde ahí tal vez podía sentirse culpable si se lo pasaba bien con su padre. Me respondió que a él siempre le había parecido que tenía una relación rara con su madre, mucho más fuerte que la relación que tiene con sus amigos. Se hizo consciente de que su descuido en las relaciones, como si en verdad no tuviera ningún amigo, sólo tuviera a su madre. A partir de aquí pudimos comenzar a abordar la angustia de separación conmigo que hasta entonces estaba muy negada.

Con las chicas seguía pesando la idea de que si se acercaba a ellas y las tocaba o tomaba cualquier iniciativa podía rebajarlas, las tenía idealizadas y le costaba mostrarse seductor. A partir de estar con una chica que no sabía si le gustaba apareció la idea de ocupar el lugar del padre en tanto hombre, lugar que para él era necesario ante las chicas y ante los amigos, pero le costaba mucho apropiarse de ese lugar, se veía poco hombre todavía. Era consciente de que en su manera de funcionar a menudo dejaba las decisiones libradas al azar para quedar bien o ser querido por los demás, o bien las ponía en manos de su madre.

La demanda hacia mí, pedirme algo, mostrarse, le colocaba en una posición femenina que temía. Trajo un sueño en el que instaba a un amigo a que se acostara con una chica y éste amigo le daba una respuesta enigmática: “dentro de dos semanas”, que coincidía justamente con el plazo que se había dado para hablar con su padre, lo cual no le dejaba dormir porque tenía sueños y pesadillas: miedo a que le citara en su casa y le acorralara, a que todo siguiera igual, a que no pudiera hablar a este padre terrible de tú a tú. Las asociaciones del sueño apuntaban a que hablar con el padre sería un paso adelante para él.

Llamó a su padre y tomó la iniciativa también con una chica, leyendo los signos de que él podía gustarle. Mantenerse a la espera era esperar la acción o la imposición del otro, entonces sólo cabía soportar esa imposición pasivamente pero sin mostrar los afectos. Por eso debía coger el toro por los cuernos. Le sorprendió que su padre le dijera que no había actuado porque Alejandro debía dar el primer paso, como si su padre le hubiera hecho una prueba educativa. El paciente experimentó un sentimiento de culpa hacia su madre por llamar a su padre, sentía que estaba traicionando algo: no temía que su madre le retirara su amor sino que se planteaba el problema de que ya no sería su madre su guía moral, que Alejandro no seguiría sus principios sino los suyos propios. Hasta ahora siempre había pensado ante una situación problemática en lo que haría su madre en la misma tesitura. Siempre había discutido con ella (en especial desde la adolescencia), pero con la convicción que ella iba a estar ahí incondicionalmente. Hasta ahora nunca se había planteado que ella podría faltar y la constatación de ello le hizo sentir más el paso del tiempo, acceder a una nueva dimensión de la temporalidad.

En ese momento del proceso analítico se le planteó a Alejandro el problema de construir un ideal del yo propio y no el de sus padres. Para ello hubo de cuestionar los ideales transmitidos, diciendo “no” a aquellos que para él habían tenido un valor traumático, de dominio y humillación, o un valor incestuoso, y diciendo “sí” a aquellos que eran aprovechables para constituir su propio bagaje para andar por la vida.

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