Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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2020-05-30 Carta de opinión A. Lasa tiempos virales

Adjuntamos la Carta de Opinión Sobre los tiempo virales, remitida por Alberto Lasa Miembro de Honor de SEPYPNA

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Recibido 14 de mayo de 2020

Carta a SEPYPNA – Mensaje en tiempos virales

La primera pregunta que nos hicimos cuando la pandemia nos cayó encima parecía girar en torno a cuanto de traumática sería la tragedia y cuánto y cómo nos afectaría, en particular a los niños.  Proteger a la prole de cualquier peligro es una preocupación humanitaria esencial pero también es una reacción innata de los mamíferos que somos. Al menos lo ha sido durante cientos de miles, quizá millones de años.

Cuando escribo “ha sido” apunto hacia otra pregunta: ¿Sigue siendo una reacción permanente y universal?  ¿Ha pasado a ser selectiva dependiendo de cuanto de cerca estén los niños afectados? ¿Qué es “cerca” en un mundo achicado por  la rapidez de todo tipo de comunicaciones?

Hemos visto la sensibilidad de la ciudadanía hacia el tiempo libre (el escándalo del “¡solamente una hora!”), hacia el espacio (el del “¡ni un parque abierto!”), o hacia la calidad de la alimentación (el del “¿pizza en vez de verduras?”) cosas que ahora parecen esenciales para la salud de quienes queremos que crezcan sanos. Y no puedo evitar preguntarme con cierta perplejidad. ¿No tienen nuestros niños capacidad de resistencia para sobrevivir sin daños a esas limitaciones?  ¿Resisten mejor          quienes más tienen o quienes están habituados a recibir poco o nada? ¿Cómo estamos educando a la infancia frente a las dificultades de la vida y frente a las diferencias entre unos y otros?

Por cierto ¿por qué tanto hablar de “resiliencia”?  Cuando el término, antes de ser adoptado por nuestro gremio, era patrimonio de los especialistas en “resistencia de materiales” y en la predicción de su adaptabilidad a condiciones variables… ¿tendremos que agradecer al Dúo Dinámico la actualización de un término -“Resistiré”- que había sido, creo que innecesariamente, dejado de lado? ¿Será esta reivindicación un sesgo del anciano resistente en el que muchos nos hemos convertido ante un virus que nos masacra, sobre todo en las jaulas de oro que nuestra sociedad del bienestar y la abundancia nos propone y nos gestiona al parecer con la racanería propia de los depredadores? Hasta ahora no lo sabíamos y aún está por ver cuántos y quiénes son los por ahora solamente “presuntos” usureros.

Pero vuelvo a mi perplejidad y trato de ponerme en la mente de cualquier niño africano, uno cualquiera de entre esos ¡millones! de menores de cinco años que mueren ¡cada año! en nuestro vecino continente. Me refiero a cualquier niño, también a los de antes y me temo que también a los de después del coronavirus. Suelen morir de cualquier infección, de las que en nuestra Europa se curan con antibióticos casi gratuitos que caducan en muchas de nuestras casas. La muerte por neumonía inespecífica (o sea, no por coronavirus sino por cualquier agente infeccioso que aquí muy rara vez nos mata) es la causa más frecuente, que se asocia a la debilidad que produce la desnutrición y la deshidratación, o sea el hambre. Disponer de agua corriente -y de las medicinas que nos sobran- salvaría millones de vidas de niños que viven a escasas horas de avión de nuestro paraíso terrenal en el que también fabricamos el doble de alimentos de los que consumimos. Y yo -ahora niño de África, continente muy cercano al nuestro- me pregunto: ¿por qué no hablan en la tele de nuestras cifras de enfermedad y de muerte antes de que lleguemos a los cinco años? ¿por qué no se pelean para anunciar a bombo y platillo que son los primeros en enviarnos el primer avión solidario con algo de los que les sobra?. Finalmente, la pregunta que -como niño africano que soy- más me abruma: ¿de qué se quejan teniendo de todo? Y lo que desde tan dolorosa miseria les diría: ¿pensabais que sois inmortales?  ¡Pues a ver si os enteráis de algo de lo que pasa en el resto del mundo!

No se trata de suplir a ninguna ONG ni de crearla. Ya sé que las hay y que podemos colaborar con ellas en sus generosos esfuerzos. También sé que hay algunas “mini-áfricas” en algunos de nuestros barrios marginales. De lo que sí se trata es de no olvidar las insoportables desigualdades que nos rodean, de saber que sin pensarlo hacemos a diario cosas que las mantienen. De que aprovechemos las circunstancias para caer en la cuenta de nuestra indiferencia de privilegiados. De la nuestra y -si no les educamos su sensibilidad- de  la de nuestros niños.

Pienso que hay algo que sí parece que hemos descubierto en estos tiempos de deberes escolares caseros compartidos con madres y padres que han tratado de supervisarlos, de imponerlos o de hacerlos con sus hijos.  Me atrevo a decir que nuestra sociedad ha llegado a un consenso: enseñar es trabajoso y nada fácil. Y hacerlo con veinticinco niños a la vez es para profesionales de un oficio que tampoco es de los mejor considerados. Reconozcamos que, si lo hacen, se ganan sobradamente su sueldo y sus vacaciones, esas que tantos envidiamos algunos con cariño y con cierto enojo muchos más. Y que piensen también ellos que si les debemos mucho es por la alta responsabilidad que libremente eligieron. Tengo mucha relación y amistad con muchos maestros y trato de hacerles entender donde vemos su privilegio. Unas largas vacaciones de verano son  el recuerdo nostálgico de un paraíso infantil perdido, les digo.  Un recuerdo que solo ellos pueden reactivar cada año.  Veo que mi argumento no recibe una aprobación unánime por su parte.

Me pregunto si entre los niños confinados no habrá algunos -¿muchos o pocos?- tan contentos como los que anhelábamos un diluvio de nieve que nos obligara a quedarnos en casa. Y también cuantas madres y padres se apuntarían en el futuro -con igualdad de salario- a una temporada de confinamiento preferible al trabajo habitual alejado del hogar. ¿Podemos soñar que nuestros políticos y nuestros poderes fácticos pensarán en hacer viable tal opción?

Cuando opiné (en el vídeo solicitado por SEPYPNA) respecto a la intensidad del mal que nos está afectando recordé la respuesta de Freud a los encuestadores que le preguntaban sobre el mal en otros tiempos dramáticos: “el mal es todo aquello que nos amenaza con la pérdida de los seres queridos”.  Si esto es así, está claro que estamos ante una situación que nos hará daño.  Diversos daños.

Ahora recuerdo a otro afamado sabio, Albert Einstein  (no puedo precisar si en la misma encuesta o en otra parecida) que respondía a una pregunta de los periodistas  acerca de lo que sus conocimientos científicos sobre la física nuclear podían aportar a la sociedad como una enseñanza útil para hacer frente a la amenaza atómica que podía terminar con el mundo y con la humanidad.  Con su cáustica ironía Einstein nos dejó su tajante opinión: “fundamentalmente he aprendido solo dos cosas. Una, que el universo se expande permanentemente hacia el infinito. Otra, que la estupidez humana también. Sobre la primera aún tengo alguna duda”.

Pienso que, exactamente igual que ahora ocurre, la eternamente “nueva” pregunta -siempre repetida en los momentos de grandes crisis  y siempre olvidada una vez que pasan- es: ¿servirá todo esto para que aprendamos algo?

Tenemos diversidad de pareceres en las respuestas. Para empezar las de dos sociólogos -y filósofos- considerados como sagaces observadores del mundo actual. El esloveno Slavoj Zizek (que además tiene una perspectiva psicoanalítica lacaniana) piensa que las cosas cambiarán y además mucho: “el coronavirus es un golpe al capitalismo y podría conducir a la reinvención del comunismo”. Quien le responde, mucho más escéptico, es el profesor de la universidad de Berlín, de origen coreano, Byung-Chul Han: “tras la pandemia el capitalismo continuará aún con más pujanza y los turistas seguirán pisoteando el planeta. Ningún virus es capaz de hacer la revolución”.

Más cercano a nuestras realidades peninsulares, resultan tan estremecedoras como siempre las incisivas y escuetas palabras con las que ha respondido Antonio Gamoneda, uno  de nuestros más profundos y realistas poetas. Nos señala que “las previsiones generalizadas tienen contenidos muy dispares” que van desde el  “después de esto no seremos los mismos” hasta la predicción de “grandes cambios en los modelos de producción y de mercado, consecuencia “ineludible” de la recesión económica”.  Observa que todos los planteamientos aclaman el advenimiento de una sociedad con más solidaridad y más democracia pero que contraponen “viejas nociones de izquierda versus derecha” y denotan la confrontación entre “una imprecisa voluntad revolucionaria (algo cambiará) versus la estructura e intereses del estatus liberalismo más capitalismo (todo seguirá igual)”. Precisando más, ahora más como ciudadano comprometido que como poeta, nos añade lo que supondrá la opción intereses del estatus: “abaratamiento del mercado de trabajo; incremento de las plusvalías derivada de la producción (mediando tecnologías viciadas, degradación ambiental y climática, incremento “tóxico” del consumismo); prever numerosa ruina (y más paro) de las pymes; y por vía gubernamental-presupuestaria: reducción de los recursos de aplicación social (sanidad, educación, cultura, dependencia, desigualdades, reivindicaciones feministas y migración)”.

En solamente una página y -¡en una sola frase!-,  con su certero y afilado lenguaje le basta para sentenciar que todo esto “en un lenguaje más antropológico” equivale a un escueto enfrentamiento: “empatía natural versus programas de depredación”.

Los que le leemos con fervor temblamos, al menos yo, con su predicción final: “los intereses del estatus prevalecerán, mediando o no parlamentarismo (y/o reticencias políticas) con anuencia del Ejecutivo de turno“, porque es sabido que (estos intereses) son “legítimos y naturales en un sistema constitucional universalmente aceptado”.

Así las cosas, un primer recuento de (estas) opiniones confirma que ganan. por tres (Einstein; Gamoneda y Byung-Chul Han) contra uno (Zizek), los partidarios del no aprenderemos nada y nada cambiará.

Personalmente echo de menos en mi recuento la opinión de otro sociólogo ausente ya para siempre, Zygmunt Bauman No podemos saber lo que respondería a nuestra pregunta pero siempre he encontrado en sus textos respuestas a las paradojas de nuestra vida actual. Buscando entre lo mucho que escribió aplicable a nuestra situación anoto el título de unos de sus libros: “Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global”. En sus comentarios sobre los efectos que tuvo otra catástrofe natural -no era un virus sino el huracán Katrina- nos dice: “es cierto que el huracán en sí no es selectivo ni clasista y que puede golpear a ricos y pobres con igual ecuanimidad; sin embargo la catástrofe, que todos reconocieron como “natural”, no fue igualmente “natural” para la totalidad de las víctimas (…) si el huracán no fue en sí mismo un producto humano, es obvio que sus consecuencias para los seres humanos sí lo fueron (…) los afectados fueron en su gran mayoría los pobres. Los negros pobres”. En el mismo texto, citando a Günther Anders, nos alerta. “en nuestros días la tarea moral más importante consiste en hacer que los demás tomen conciencia de la necesidad de alarmarse, porque los miedos que los acosan está fundados”.

Un tanto desolado por lo poco esperanzador de estas opiniones -que ciertamente no tienen volumen estadístico suficiente para atribuirles categoría de evidencia científica (expresión que ya nos persiguió durante años recientes en el mundo universitario primero y en el profesional poco después y que ahora nos martillean nuestros responsables políticos)- he tratado de buscar sosiego en otro de mis sabios más queridos, el escritor Albert Camus. Resulta que como escribió “La Peste” -ficción dedicada a una epidemia de peste bubónica en Orán-Argelia en la primera mitad del siglo XX- su libro se ha convertido en una de las lecturas más consultadas en estos meses de encierro, particularmente por los literatos pero también por muchos que no lo somos. Libro, como casi todos los suyos, altamente aconsejable que dice muchas cosas aplicables al momento actual, porque Camus era un gran experto en describir las reacciones propias de la naturaleza humana: frente a lo cotidiano y frente a las hecatombes, frente a los sentimientos más sencillos y honestos y frente a las grandes verdades trascendentales.

Me permito compartir algunas de sus palabras (algunas las conoceríais ya o las habréis visto comentadas en textos diversos): “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo pestes y guerras sorprenden a las gentes siempre desprevenidas  (…) puede decirse que la peste se convirtió en asunto de todos. Hasta entonces, a pesar de la sorpresa y la inquietud, cada cual había proseguido sus ocupaciones. Hasta entonces nuestros ciudadanos daban por supuesto que las plagas eran imposibles, continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones (…) esta invasión brutal de la enfermedad tuvo como efecto el obligar a nuestros conciudadanos a obrar como si no tuvieran sentimientos individuales(…) una vez cerradas las puertas se dieron cuenta de que todos estaban atrapados en una misma red y que había que ponerse de acuerdo (…) la especulación había empezado a intervenir y solo se conseguían a precios fabulosos los artículos de primera necesidad que faltaban en el mercado ordinario (…) las familias pobres se encontraban así en una situación muy penosa, mientras que las familias ricas no carecían de casi nada”.

A través del personaje principal -el doctor Rieux- Camus nos transmite dos mensajes importantes. El primero atañe la heroicidad de la que tanto se habla ahora: “no se trata de heroísmo, se trata solamente de honestidad; el único medio de luchar contra la peste es la honestidad  (…) no sé que es la honestidad en general, pero en mi caso sé que no es más que hacer mi oficio “. El segundo atañe claramente a nuestro oficio, a la obligación moral de decir lo que vemos de cerca y a hacerlo con una humana receta que une empatía y tolerancia: “decidió redactar (el doctor Rieux) la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, por testimoniar a favor de los apestados  (…) y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

Albert Camus, niño pobre que no conoció a su padre -al que buscó sustituto durante toda su vida- fue criado “mono-parentalmente” por una madre analfabeta. Murió joven -víctima de un accidente de coche a los 48 años- pero le dio tiempo a recibir, cuatro años antes, el premio Nobel de literatura. Entre los restos del vehículo en que murió encontraron una bolsa que contenía un manuscrito de 144 páginas escritas rápidamente, a veces sin puntos ni comas, que permitió la publicación póstuma, treinta y tres años después de su muerte, de su último libro “El primer hombre” . Empieza con una dedicatoria a su madre, aún viva cuando la redactó: “a ti que nunca podrás leer este libro”.

Lo primero que hizo al recibir el premio Nobel fue enviar una breve carta a su primer maestro de escuela: “He recibido un honor demasiado grande que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto (…) no es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido  y sigue siendo para mí y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

He releído este texto en muchos encuentros con profesionales que se dedican a tratar, a enseñar, o a cuidar niños. Lo he rescatado porque muestra algo de lo que sí podemos estar seguros. Los niños no olvidan lo importante.

Después de todo esto, como después de otras cosas peores aunque menos aparatosas,  también recordarán. Con agradecimiento o con resentimiento.  Con un dolor imborrable o con un olvido protector. Con necesidad de ser escuchados, sobre todo cuando no puedan hablar. Allí nos tocará estar. Quizás entonces nos enseñarán algo. Quizás entonces aprenderemos  mucho.

Fdo. Alberto Lasa Zulueta

14 de mayo 2020

 

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