Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La infancia frente a los hechos de la vida: Los sueños en los personajes infantiles de las novelas contemporáneas de Don Benito Pérez Galdós

PDF: ingelmo-infancia-frente-hechos-vida.pdf | Revista: 43-44 | Año: 2007

LOS SUEÑOS DE LOS PERSONAJES INFANTILES EN LAS NOVELAS CONTEMPORÁNEAS DE GALDÓS

En dos de las novelas contemporáneas, La de Bringas (1884) y Miau (1888), los personajes que sueñan son dos niños, Isabelita Bringas y Luisito Cadalso, aunque en Miau también sueña un personaje adulto, Víctor Cadalso, el padre de Luisito. Isabelita Bringas y Luisito Cadalso son, como ha señalado la crítica (Gullón, 1987; Oliveros, 1987, entre otros), dos de los soñadores más notables de la novelística galdosiana. Son unos niños enfermizos que tienden a responder con sueños, más o menos elaborados, ante los “hechos de la vida” que les ha tocado vivir. Pero, ¿cuál es la enfermedad que padecen estos dos niños? Galdós, obviamente, no da ningún diagnóstico clínico, más allá de hablar, en el caso de Isabelita Bringas, de predisposiciones epilépticas, y en el caso de Luisito Cadalso de una tendencia a quedarse dormido en los sitios más insospechados, así como de una falta de definición a nivel de género. Sin embargo, Galdós tiene claro qué es lo que les pasa a estos niños. En relación con uno de los sueños que tiene Luisito Cadalso, cuando se queda dormido en un descampado al que ha ido a pasear con Paca, la portera, dice el narrador:
“Empezóle a Cadalsito la consabida desazón; se le iba el conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvanecía, le entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que próxima tenía, se durmió como un ángel”. Son, por tanto, niños que viven con miedo los diversos acontecimientos de la vida; miedo que es un trasunto del miedo con que sus padres y abuelos viven los acontecimientos históricos que se relatan en ambas novelas: los meses anteriores al triunfo de la Gloriosa en septiembre de 1868 y el desencanto por los principios defendidos por esta revolución durante los primeros meses del año 1878.

LOS SUEÑOS DE ISABELITA BRINGAS: LOS SUEÑOS COMO FORMAS DE PENSAR LOS CONFLICTOS EXISTENTES EN EL SENO FAMILIAR

La de Bringas, cuya acción, situada entre marzo y septiembre de 1868 (momento en el que triunfa la Revolución de Septiembre), transcurre en el palacio de Oriente, y es la historia de Rosalía Piapón de la Barca, esposa de Don Francisco Bringas, mujer vanidosa y no demasiado inteligente, descendiente de una antigua familia de burócratas, que por aparentar lo que no es, por querer aparecer como su amiga Milagros (Marquesa de Tellería), sufre angustias casi grotescas a lo largo de los seis meses que dura la novela para poder pagar las deudas en que ha caído al comprar ropas de lujo cuyos precios están fuera de su alcance, y que acaba prostituyéndose cuando descubre el valor de su cuerpo, para poder seguir viviendo en ese mundo de apariencias y despilfarro, donde todo se puede comprar a crédito. Como contrapartida de la mentalidad que Rosalía va adquiriendo a lo largo de la novela en su trato con la Marquesa de Tellería y con otros personajes, expresión de un nuevo orden social y económico que se inaugura con la Revolución del 68 (9), su marido, Don Francisco Bringas, sostiene unos principios económicos totalmente contrapuestos (sólo es posible comprar pagando a tocateja, nunca a crédito) y es enormemente meticuloso con los gastos diarios de la casa y lleva una contabilidad muy estricta, decidiendo, incluso, lo que se debe o no comer cada día. Este conflicto vertebra la novela y en medio de estas dos formas tan diferentes de ver la vida y sus hechos viven los hijos del matrimonio, especialmente Isabelita que es la que con más intensidad responde a toda esta problemática.

Desde los inicios de la novela, Galdós plantea las diferencias que existen entre los esposos. Rosalía empieza a desear “un poquito siquiera de lo que nunca había tenido, libertad, y salir, aunque sólo fuera por modo figurado, de aquella estrechez vergonzante”. A partir de ese momento, el ansia de libertad va a ir en aumento hasta el final de la novela. “Se tendrá que acostumbrar Bringas a verme un poco más emancipada”, dice Rosalía casi al final de la novela. De cómo Rosalía se emancipa nos enteramos al final de la novela: mediante la prostitución, pero manteniendo las apariencias. Don Francisco Bringas, mediada la novela, se queda ciego y así no puede ver todos los trapicheos en los que incurre su mujer con objeto de aparentar, de satisfacer su pasión por los trapos y poder emanciparse: comprar a crédito, empeñar joyas y enseres de la casa, robarle dinero a su marido, pedir un préstamo al usurero Torquemada, acostarse con Don Manuel Pez –amigo de su marido–, recurrir para conseguir dinero a una prostituta de lujo (Refugio) y, por último, prostituirse ella misma.

Y en esto llega la Revolución de septiembre, La Gloriosa. Y Rosalía, a pesar de sus convicciones monárquicas y de su amor por “la Señora”, se encuentra deseando que vengan “tiempos distintos, otra manera de ser, otras costumbres”. Don Francisco Bringas, al quedarse sin reina, se le hunde el mundo, sus temores a quedar cesante, presentes a todo lo largo de la novela, se concretizan y el pobre hombre entra en un lamentable estado de confusión, agravado por sus problemas de la vista. Concretamente, se le acaba la vida en Palacio, ya que al quedar cesante, la familia se ve obligada a mudarse. Y es entonces cuando, frente a lo desconocido, frente al “pavor de lo desconocido”, pero armada ya de conocimientos fundamentales sobre el valor del dinero y sobre el valor de su cuerpo, Rosalía se hace cargo de la familia, y como dice el narrador supo “triunfar fácilmente y con cierto donaire de las situaciones penosas que le creaban sus irregularidades”.

Y en este contexto familiar va a vivir Isabelita Bringas y sus hermanos (Paquito y Alfonsín), con una madre dominada, como dice Galdós, por la “pasión trapística”, “por el querer ser”, por la “pasión por mantener amistad con personas de mejor posición” y por un ansia de libertad un tanto vana, que sólo se ocupa de sus hijos para que éstos vayan bien vestidos cuando van al paseo, pero que le da lo mismo lo que puedan o no comer. Y, con un padre aterrorizado ante la posibilidad de quedarse cesante y con un carácter obsesivo bastante pronunciado, que se dedica a controlar al céntimo los gastos de la casa y que también está aterrorizado ante la posibilidad de que su mundo tan bien organizado se derrumbe y él entre en un estado de confusión. De un padre que, ante una enfermedad de un hijo, no es capaz de gastar el dinero necesario para que sea bien atendido (su hija Isabelita paseará por el Retiro y se bañará en el Manzanares, pero no ira a tomar baños de mar, como había recomendado el médico), incluso, él mismo, cuando se queda ciego no quiere que lo atienda un especialista por el dinero que va a costar. Por otra parte, Don Francisco es un hombre capaz de arreglar cualquier desperfecto doméstico y se dedica, desde el comienzo de la novela, a hacer un cenotafio con pelos de diversos colores en honor de una hija muerta de Don Manuel María José del Pez, con el que tenía diferentes deudas de gratitud. Y es, precisamente, este trabajo tan minucioso el factor que desencadena sus problemas de la vista.

Isabelita es descrita por Galdós como una niña enfermiza que solía tener terribles pesadillas cuando “presenciaba algo que excitaba su sensibilidad. Las pesadillas se solían agravar por exceso en las comidas o por malas condiciones de éstas” (10). Por otra parte, Isabelita, como su padre, era enormemente ahorradora y tenía la manía de coleccionar cuanta baratija inútil cayera en sus manos. Y, por último, Isabelita “tenía la fea maña de contar cuanto oía. Era un reloj de repetición, y en su presencia era forzoso andar con mucho cuidado, porque enseguida la faltaba tiempo para ir con el cuento a su papá”.

A lo largo de la novela, Isabelita Bringas tiene dos pesadillas: una el día de Jueves Santo de 1868 y otra el 25 de julio de ese mismo año. Vamos a centrarnos en el análisis de esta segunda pesadilla. En los meses transcurridos entre la primera y la segunda pesadilla han ocurrido muchas cosas en la familia Bringas: Rosalía había incurrido en gastos excesivos y suntuosos que oculta a su marido, había comprado numerosas telas caras para hacerse vestidos, había comprado la famosa manteleta, había empeñado los candelabros de plata, había comenzado el coqueteo con Don Manuel de Pez, le había robado dinero a su marido, le había hecho un préstamo con el dinero robado a la Marquesa de Tellería, etc. Don Francisco, por su parte, se había quedado ciego, aunque su enfermedad sufría altibajos, había rumores de revolución que lo ponían descompuesto, que lo aterrorizaban, etc. Realmente, habían ocurrido muchas cosas en esos pocos meses, intuyendo Isabelita algunas y sabiendo a ciencia cierta otras, como la enfermedad de su padre.

“Al día siguiente, que fue 25 de julio, día de Santiago, apretó el calor de una manera horrible (…) Aquel mismo día de Santiago el gran economista (Don Francisco Bringas) había anunciado solemne y decididamente que no irían a baños, con lo cual estaba Rosalía más sulfurada que con el calor. ¡Prisionera en Madrid durante la canícula, cuando todas sus relaciones habían emigrado! (…) Su excitación era tal que en todo el día no dijo una palabra sosegada, todas las que de su augusta boca salían eran ásperas, desapacibles, amenazadoras (…) Isabelita no soportaba la temperatura (…) no tenía gusto para nada; no hacía más que observar lo que en su casa pasaba, que fue bastante singular aquel día. Don Francisco dispuso que se hiciera un gazpacho para la cena. Él lo sabía hacer mejor que nadie (…) Más no pudiendo en aquella ocasión ir a la cocina, daba sus disposiciones desde el gabinete. Isabelita era el telégrafo que las transmitía, perezosa, y a cada instante iba y venía con partes culinarios (…) Por la noche la pobre niña tenía un apetito voraz, y aunque su papá decía que el gazpacho no había quedado bien, a ella le gustó mucho, y tomóse la ración más grande que pudo. Cuando se acostó (…) su cerebro, cual si estuviera comprimido entre dos fuerzas (…) empezó a funcionar con extravagante viveza, reproduciendo todo lo que durante el día había actuado en él por conducto directo de los sentidos. En su horrorosa pesadilla, Isabel vio entrar a Milagros (Marquesa de Tellería) y hablar en secreto con su mamá. Las dos se metieron en el Camón y allí estuvieron un ratito contando dinero y charlando. Después vino el señor De Pez, que era un señor antipático, así como un diablo, con patillas de azafrán y unos calzones verdes. El y su papá hablaron de política, diciendo que unos pícaros muy grandes iban a cortarles la cabeza a todas las personas, y que correría por Madrid un río de sangre. El mismo río de sangre envolvía poco después en ondas rojas a su mamá y al propio señor Pez, cuando hablaban en la Saleta, ella diciendo que no iban ya a los baños, y él que no podía detenerse más, porque sus chicas estaban muy impacientes (…) Después el señor Pez se ponía todo azul y echaba llamas por los ojos, y al darle a la niña un beso la quemaba (…) Más tarde, cuando ningún extraño quedaba en la casa, su papá se había puesto furioso por unas cosas que le contestó su mamá. Su papá le había dicho: “eres una gastadora”, y ella, muy enfadada, se había metido en el Camón… Después había entrado otra visita. Era el señor de Vargas, el cajero de la Intendencia, la oficina de su papá (…) Vargas había dicho a su papá que, por orden del Intendente, a partir del mes siguiente sólo se le abonaría la mitad del sueldo (…) su papaíto se había quedado más blanco que el papel (…) Vargas y su papá dijeron también que iban a correr ríos de sangre, y que la llamada revolución venía sin remedio (…) su mamá entró en el gabinete (…) y habían vuelto a decirse cosas así como de enfado y a ponerse de vuelta y media (…) nunca había visto ella sus papás tan enfurruñados.

–Eres una gastadora.

–Y tú un mezquino.

–Contigo no es posible economía ni orden.

–Pues contigo no se puede vivir…

–Que sería de ti sin mí…

–Pues a mí no me mereces tú…

(…) Su mamá se había metido en el Camón llorando. Ella fue detrás y entró también para consolarla (…) su mamá (…) desenfadándose, había sacado un vestido, y luego otro, y muchas telas y cintas (…) entra su papá de repente, sin venda y su mamá da un grito de miedo.

–Ya veo señora, ya veo –dice su papá muy atufado– que me ha traído usted una tienda de trapos…

(…) En esto, la pobre niña, sintió que dentro de su cuerpo se oprimían extraños objetos y personas. Todo lo tenía ella en sí misma, cual si se hubiese tragado medio mundo. En su estómago chiquito se asentaban, teñidos de repugnantes y espesos colores, obstruyéndola y apretándola horriblemente las entrañas, su papá, su mamá, los vestidos de su mamá, el Palacio, el señor Pez, Vargas… Retorcióse doloridamente su cuerpo para desocuparse de aquella carga de cosas que la oprimían, y ¡bruumm…!, allá fue todo fuera como un torrente”.

Es evidente que Galdós utiliza el sueño de Isabelita para decirnos algo sustancial sobre el mundo familiar de los Bringas, de sus anhelos, de sus angustias, de sus diferentes formas de mirar la realidad, etc., como se ha ido viendo a lo largo de la novela. Los acontecimientos son relatados desde un doble punto de vista: desde la perspectiva de Rosalía y desde la perspectiva del sueño de su hija, alcanzando así un visón más completa de la realidad. Pero esto es, simplemente, un recurso estilístico que usa Galdós para alcanzar el multiperspectivismo al que aspira como escritor siguiendo el modelo de Cervantes (Caudet, 1992). Y en este sentido, los sueños están relacionados con el resto de los elementos novelescos que utiliza para alcanzar el mismo fin. Pero, ¿y el sueño visto desde Isabelita Bringas, desde el personaje que lo sueña? En este sentido, ¿qué función cumple el sueño de Isabelita y cuáles son los efectos perseguidos por Galdós al utilizarlos? Habida cuenta que Galdós, a partir de 1879, y como consecuencia de la desilusión que le ha producido la Revolución de 1868, había abogado por hacer énfasis en lo humano, aunque sin olvidar el referente socio-histórico (Caudet, 1992), podemos decir que esta pesadilla de Isabelita, como la anterior, hablan de las dificultades de la niña en el seno de su familia y de sus intentos de mentalizar (Lecours y Bouchard, 1997), simbolizar (Segal, 1981) y pensar los acontecimientos (Bion 1962a y 1962b), los hechos que están ocurriendo en el seno de ella y en España como nación. En otros términos, los sueños como forma de mentalizar/simbolizar/pensar lo que está pasando en la vigilia. Pero, posiblemente, y a falta de un objeto continente, la actividad de mentalización/simbolización/actividad de pensar de los hechos de la vigilia sea una situación que la sobrepasa y de ahí los vómitos con los que termina la pesadilla, como expresión de que aquello que ocurre a su alrededor es difícilmente digerible para ella, para su pequeño estómago, como dice Galdós, para sus recursos mentales, diríamos nosotros. Probablemente, incluso, la propensión epiléptica a la que hace referencia Galdós, y que se corrige con baños de mar, esté relacionada con la escasez de recursos mentales de los que dispone la niña, y no por un problema de retraso, según nos parece, sino porque los objetos externos (su madre y su padre), los objetos del self en denominación de Kohut (1971) no contribuyeron a dotarla de esos recursos, debido a lo cual nos encontramos, según lo entendemos, frente a una situación de patología por déficit (Killingmo, 1989).

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