Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Las nuevas procreaciones y sus retos

PDF: nuevas-procreaciones-retos-fernandez-galindo.pdf | Revista: 48 | Año: 2009

EL PROBLEMA DE LA ESTERILIDAD PSICÓGENA

Silvie Faure-Pragier dice que se trata de un concepto nómada, importado de la medicina somática (5). Sería una esterilidad psicógena la que:

  • No tiene causa orgánica y
  • Que es curable si se cura la causa –psíquica– que la motiva.

Desde hace muchos años, los psicoanalistas se han visto envueltos en el tratamiento de mujeres estériles. Desde 1942, fecha de publicación del trabajo pionero de Therese Benedek6, en la literatura aparecen casos de esterilidad psicógena. Aun en 1998 hay bibliografía recogida por Roberta J. Apfel y Rheta G. Keylor con ese diagnóstico. A falta de otras explicaciones, las teorías psicoanalíticas han atribuido la causa de la infertilidad a varios y diferentes factores psicológicos:

  1. Miedo inconsciente y conflicto con el sexo y el embarazo.
  2. Rechazo de la identificación femenina-materna y de su consiguiente destino reproductivo.
  3. Rivalidad y consiguiente culpa hacia los varones de la familia.
  4. Deseo de dependencia.
  5. Identificación con el padre.
  6. Envidia de la masculinidad.
  7. Culpa y hostilidad hacia hermanos enfermos o muertos.
  8. Apego desorganizado o inseguro (7).

Puede ser que todas o alguna de estas causas contribuyan a la ambivalencia que muy frecuentemente las mujeres tienen hacia la maternidad y que sean también el motivo de que, en algunos casos, una mujer posponga la realización de su deseo de maternidad hasta una fecha en que el ocaso de la fertilidad incline la balanza hacia la imposibilidad del embarazo.

Pero también es cierto, como dicen las autoras citadas, que esos factores son muy familiares y están presentes en el análisis de muchas mujeres que no tienen ningún problema para embarazarse, ya sea planeada o accidentalmente… (Apfel & Keylor, 2002).

La tendencia a sobreinterpretar y a abusar de la generalización de casos individuales ha sembrado dudas sobre la naturaleza científica de las formas psicoanalíticas de conocimiento, prosiguen las autoras, afirmación que suscribo.

Al mismo tiempo, la literatura psicosomática ha especulado también con las supuestas causas de esterilidad. Por ejemplo, hay un trabajo citado por las autoras a las que vengo refiriéndome que postula la falta de orgasmo, corolario de la frigidez, causada por la masturbación, la que impedía el proceso de inseminación. (Kelly, 1942, en op. cit).

Benedek también piensa que la infertilidad es una defensa que proteje al self y al niño no nacido, al mismo tiempo que le evita a la mujer sufrir la ambivalencia respecto a sus deseos de maternidad.

Esta idea de que la esterilidad “protege” a las mujeres que la padecen de sufrir de ambivalencia frente a los deseos de maternidad, es mantenida en tiempos mucho más recientes.

Y así, Janaud y Delaisi de Parseval critican apasionadamente la estimulación ovárica en mujeres que no tienen ovulación: “Condenar a una mujer a ovular, en efecto, es negarse a considerar el significado inconsciente de la anovulación y esa negación contribuye a reforzar las resistencias o a desplazarlas (la cursiva es mía: parece que los autores ven en la anovulación un rechazo al embarazo…) … Negar el valor de síntoma de la anovulación equivale a hacer pasar a la paciente del estado de mujer al de animal, pues este tratamiento se acompaña del fantasma megalomaníaco de hacer ovular a la mujer como se hace poner un huevo a una gallina ante una señal… (8)

Ni qué decir que la condición “no tiene causa orgánica se ha reducido enormemente cuando la investigación sobre la fertilidad ha puesto de manifiesto la causa –orgánica– que no era visible con métodos de investigación más rudimentarios.

A medida que se han ido poniendo de manifiesto más y más causas orgánicas de infertilidad, los diagnósticos de infertilidad psicógena han ido reduciéndose.

Hoy en día, menos del 5 % de parejas estériles no encuentran la causa y los avances recientes en genética molecular descubren cada día nuevas causas, ocultas en el fondo del genoma.

A pesar de ello, sigue habiendo literatura reciente que postula causas psicológicas para la esterilidad: Duelos no elaborados por la separación temprana de uno de los padres o por la muerte de uno de los padres (Christie, 1998), culpa por la muerte o el hándicap de un hermano (Allison, 1997), ausencia de ambivalencia y negación de sentimientos negativos hacia el embarazo y la maternidad (Christie, 1998), etc. (9)

De todos modos, para algunos psicoanalistas que, por otro lado admiten la banalidad de un diagnóstico por exclusión, siguen manteniéndose causas psicológicas para la esterilidad (como, por ejemplo, esterilidades secundarias después de duelos, de la pérdida de un hijo, o del nacimiento de hijos anormales) ( S. Faure-Pragier, 1993).

Esto nos llevaría a pensar sobre la enorme cantidad de mitos que se sostienen respecto a la procreación y sus vicisitudes, en la medida que, como decía al principio, la reproducción sigue, aún, considerada como un enigma, como el misterio de la vida.

ALGUNOS MITOS SOBRE LA FERTILIDAD

La frigidez no disminuye la fertilidad. Igualmente, la adopción no la aumenta. Existe la creencia de que la tensión que genera la espera por un embarazo que no llega provoca, en un mecanismo de retroalimentación, la dificultad para concebir10. Y que, en consecuencia, resolver la falta de hijos vía adopción restaura la fertilidad. Esto puede ser anecdóticamente verdad para algunas parejas pero no tiene ningún soporte estadístico. Trabajos de los años 60 ya demuestran que la adopción no tiene la menor influencia en la concepción después de largas esperas. Y, paradójicamente, ocurre que más parejas (35 %) que no adoptan, conciben después de una larga espera que parejas que adoptan (23 %) (Tyler et al., 1960; Weir & Weir, 1966, citados por Apfel & Keylor, op. cit.).

LA (PRESUNTA) PSICOPATOLOGÍA DE LAS (Y LOS) DEMANDANTES DE REPRODUCCIÓN ASISTIDA

Mucho se ha escrito sobre las fantasías conscientes e inconscientes, arcaicas, regresivas, que la procreación en esas condiciones suscita. Entre todas ellas, yo destacaría las siguientes:

Fantasía partenogenética, la Inmaculada Concepción (11). Por ejemplo, algunas lesbianas que conciben banco de semen mediante, al menos en lo manifiesto, establecen una poderosa negación sobre la colaboración de un varón en su embarazo. Lo masculino reducido a una muestra (12).

Fantasías de omnipotencia proyectadas en el médico. Es frecuente que las mujeres sometidas a reproducción asistida establezcan un vínculo transferencial profundamente idealizado con su médico y desarrollen sentimientos regresivos de infantilización y sometimiento y también fantasías incestuosas, según las cuales un padre demiurgo les daría el hijo deseado.

Fantasías de eternidad. La cuestión de los embriones congelados. La posibilidad de guardar embriones sobrantes de una estimulación ovárica con el fin de acometer futuros implantes genera toda una serie de conflictos, en el imaginario y en la realidad. Los problemas éticos y legales que se suscitan son interminables. Y el terreno de nadie legal favorece una fantasía de vida eterna.

Sin embargo, todas estas fantasías no son específicas de los embarazos tecnológicos. La fantasía de autoengendramiento, de partenogénesis, puede aparecer, y aparece, en mujeres que han concebido de manera natural, fantasías de las que, por otra parte, está llena la literatura y la mitología. Esto no le extrañaría al que conoce las teorías sexuales infantiles que son muy anteriores a estos métodos de procreación milagrosa.

Tampoco tiene ninguna especificidad la fantasía omnipotente ni la transferencia idealizada con el médico. Es habitual que el ginecólogo ocupe un lugar de representante del padre omnipotente de la infancia. Igual que el médico y, más precisamente, el cirujano, en pacientes con enfermedades graves en las que se le idealiza como salvador.

Pero, como dice Sylvie Faure-Pragier, es fundamental no confundir la fantasía con la realidad…, …no se puede volver al pasado, detener el conocimiento…, …aunque sí podemos interrogarnos sobre hacia donde nos llevan esos conocimientos.

Aquí estamos, incómodos por tener que admitir la incertidumbre. Atrapados en un sistema ético, no podemos plantear asertos más que parciales y provisionales… (S. Faure-Pragier, op. cit.).

Las mujeres con infertilidad crónica y duradera tienen los mismos perfiles en los tests psicológicos que las mujeres con cáncer, enfermedad cardíaca, hipertensión, dolor crónico y sida (Domar & al., 1993. Citados por Apfel & Keylor). Hacer frente a la infertilidad es exactamente igual que hacer frente a una enfermedad grave (13).

Claro que las nuevas tecnologías pueden crear, o contribuir a crear, un trauma adicional que la terapia psicológica está en condiciones de ayudar a minimizar. Pero lo cierto es que unas mujeres resisten mejor que otras. Y, en ese sentido, el propósito de exigir, que no ofrecer, consulta psicológica para las mujeres en esas circunstancias, me parece abusivo.

De las seis mujeres de mi casuística, todas lograron un embarazo mientras estaban en tratamiento. Pero eso en absoluto me permite pensar que el éxito tuvo que ver con la psicoterapia. En un caso, el tratamiento la ayudó a tolerar con paciencia la espera para un embarazo natural que se retrasaba y para el que ya había hecho una consulta de infertilidad. ¿Tal vez sin mi ayuda no habría esperado y se habría lanzado a un tratamiento costoso y molesto? No lo sé.

En otro caso, la paciente había venido a tratamiento por otro motivo, pero cargaba con el fracaso de cinco intentos de FIV en el pasado. Fue en el curso del tratamiento que decidió solicitar y aceptar una donación de óvulo, lo que terminó en el nacimiento de una niña sana. ¿Fue la psicoterapia la que, al deshacer algún conflicto del pasado infantil y algunos duelos “atascados”, le ayudó a afrontar su deseo y su destino de madre? Tampoco lo sé.

Al acabar mi reflexión me di cuenta de que había dejado completamente de lado las consecuencias sobre el psiquismo masculino de estas “nuevas procreaciones”, es decir, que había caído yo también en la fantasía de autoengendramiento que he descrito anteriormente y en el mito de la concepción inmaculada. Parecería que este asunto de las procreaciones medicalizadas es cosa de mujeres y sólo de mujeres. Por otro lado, bien es verdad que son las mujeres las que afrontan la parte más pesada de las técnicas reproductivas.

He de decir que carezco de experiencia sobre el terreno. Nunca he tenido un paciente que haya sido partícipe de una concepción artificial.

Conozco tres niños gestados con óvulo de donante en los cuales el padre, padre biológico y padre legal, tienen un vínculo con sus hijos absolutamente gozoso.

En general, en mis casos de mujeres en procesos de fecundación asistida, sus parejas han impuesto un secreto estricto sobre las prácticas de fecundación, expresión, supongo, del intenso malestar narcisista que les produce una fantasía de esterilidad (aunque no sean físicamente estériles). El no ser capaces de embarazar a su mujer y, por tanto, de rivalizar con éxito con el padre procreador, hace que vivan la intervención médica con vergüenza y violencia. Frente a su incapacidad está la omnipotencia del médico que le dará a su mujer lo que él no ha podido darle (14).

Hay estudios en función del género, sobre las vicisitudes de las parejas infértiles y parece que los hombres soportan las técnicas con menos estrés que las mujeres (15).

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