Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Aportes del psicoanálisis al conocimiento de la mente del niño: El juego

PDF: colas-aportes-psicoanalisis-juego.pdf | Revista: 25 | Año: 1998

3B-3) En ocasiones la interrupción del juego, tiene más unos tintes defensivos, para evitar seguir viendo algo interno que siente doloroso y desagradable, que le enfrenta a sentimientos de culpa, tristeza, vergüenza, etc. El niño se pone a dar vueltas, a girar sobre sí mismo, a veces busca marearse, o se tira al suelo para no pensar. Otras intenta que tu no hables, haciendo ruido golpeando algún objeto, o gritando, o burlándose de lo que dices, o repite e imita tus palabras ridiculizándote. O incluso diciéndote abiertamente que te calles, insultándote, llamándote loco. También puede adoptar regresivamente una actitud, en la que te piden que juegues o dibujes por él.

Describiré parte de una sesión de un niño de 5 años, en psicoterapia desde hace 1 año, por encopresis y trastorno de personalidad. Es una sesión después de unas vacaciones de Semana Santa. Hace con plastilina un niño (cabeza y pies), que va a dar una vuelta en barco, … se pone a pescar, … pesca un pez, … porque tiene hambre. Hace 2 cañas más. Interrumpe el juego, y va a recoger un muñeco (el campeón, figura todopoderosa, que puede a todo el mundo, con características maníacas, menospreciando todo, que ha aparecido en más ocasiones).

Le comento. Como hace varias semanas que no nos vemos, debes sentir tanta hambre, y para no enterarte de ella dejas el juego.

Coge el muñeco de plastilina y lo destroza. Los peces van y le comen.

A continuación, coge “el campeón”, y dice “la moto está estropeada”, la mira y empieza “el campeón” a pelear contra el Sr. que es malo, pelea contra el resto de los juguetes, y los va tirando, al tiempo que hace comentarios despectivos de ellos.

Vienes con tanta hambre y rabia de mis cosas, que temes que yo me convierta en el Sr. malo, castigándote, y tienes ahora que defenderte como el campeón, luchando y matando todo.

Dice. Su color es éste (señala una pintura de color rojo). “No lo dices, porque tienen vergüenza”.

Se pone, a continuación, a dar vueltas en un sillón giratorio, pretendiendo que yo le dé vueltas. Cuando se incorpora, se tambalea, se ríe, y continúa girando.

Le comento. Quieres dar vueltas para no pensar, ni enterarte de cómo te sientes de rojo y avergonzado, después de destruirlo todo.

Empieza a insultarme.

Le digo. Te enfada lo que te digo porque no te gusta oírlo.

Sigue dando vueltas.“Estás loco, dices tonterías”.

Te asusta enterarte que con tus sentimientos y pensamientos, como “el campeón”, dañas y matas, y todo ello lo sientes algo loco.

Se burla de mí. Dando vueltas con el campeón, dice “lo mató todo”. Un rato después, se pone ante un papel, queriendo dibujar un caballo, sin intentarlo, me pide lo dibuje por él. (A lo que no accedo).

Intenta hacer el caballo solo. No le gusta, se enfada consigo mismo.

Le digo. El campeón se enfada, como si tener sentimientos de hambre, vergüenza o algo que te salga mal, no le gusta, enfadándose tanto, que todo lo mata.

Intenta de nuevo hacer el caballo, quedándole algo mejor.

En el juego el niño se va acercando a la voracidad tan intensa que siente por mí, su dependencia. No lo tolera, interrumpe el juego y se refugia defensivamente en “el campeón” (muñeco que representa, por otras veces, una figura interna maníaca, que menosprecia, se burla y maltrata agresivamente todo. Lo puede todo y no necesita de nadie, ni de mí). Matando todas mis cosas, que puedan despertarle hambre. La aparición del sentimiento de vergüenza, con el color rojo. Le lleva a recurrir defensivamente a cortar, dar vueltas, marearse, para no enterarse de nada. O se ríe, y me insulta.

El niño busca que yo me haga aliado de su defensa, intentando que yo le gire y le dé vueltas, o cuando quiere que dibuje por él. Al final intenta sólo dibujar, haciendo un caballo, mostrando levemente sus capacidades yoicas sanas, rescatadas del ataque de esa figura interna maníaca.

Otras veces los niños aparentan jugar o dibujar, como forma de llenar el tiempo, evitando acercarse y, que uno se acerque pudiendo ver o conocer algo, que justamente y por razones defensivas están evitando ver en ellos mismos. En ocasiones el juego lo realizan a escondidas, de forma total o parcial, ocultando escenas y secuencias, con un brazo o dándote la espalda; o bajando la voz de forma inaudible. No contesta a tus preguntas. Uno debe detectar el ingrediente emocional presente en la sesión, para poder entender el conflicto y la fantasía latente, que te oriente en la intervención, que tanto puede ser decir algo o permanecer en silencio. No es lo mismo que el niño lo haga por preservar un espacio propio de juego, buscando que el terapeuta respete y tolere esa exclusión temporal. Diferente, cuando existe una fantasía persecutoria que le lleva, por desconfianza, a callar y esconder lo que juega. O la situación dolorosa, como la descrita anteriormente, en la que el niño evita acercarse a una experiencia de dependencia, con pequeños atisbos de posición depresiva.

3B-4) Por fallos del Psicoterapeuta: A lo largo de mi exposición he pretendido dejar claro, la importancia de la actitud y disposición hacia el juego del terapeuta. La paciencia, capacidad de espera, de observar, preguntar, seguir las vicisitudes del juego, su acción, diálogos, etc. nos puede permitir entender. A veces uno tiene que hacer algún comentario de tanteo, poniendo énfasis en determinada acción, o verbalizando el sentimiento de un personaje, para obtener pistas.

Considero que todo ello forma parte de la tarea de escucha, de recoger datos e información, manteniéndose uno dentro de la trama del juego. Y al tiempo la distancia óptima, para pensar, razonar, y poder interpretar.

En mi experiencia, la mayor dificultad es poder contener y tolerar, el monto emocional que aparece, al traerte el niño su conflicto interno. A veces te pide que representes determinado personaje, con un claro componente emocional, de celos, rabia contra los padres, hermanos, … o de tristeza, etc.

Recuerdo a una niña de 9 años, con ausencias epilépticas y fracaso escolar, que en el 2.º año de psicoterapia me pide, que yo “haga de niño que está muy triste, y no tienes ganas de hacer nada, ni de pensar, te duele la cabeza”, “te pasa como a mí”. “Yo me imagino lo que piensas y sientes,… llorar es bueno, si no lo haces explotas por dentro, … no de verdad, pero lo sientes y tiemblas de miedo”.

La digo. Como un terremoto (algo que ya apareció en otras sesiones). “Sí”, contesta.

El hacerme cargo, como un personaje – juguete, de su profunda tristeza, la permite poner una distancia, y ella poder autointerpretarse, poder entender que el llorar y expresar los sentimientos es bueno. Todo lo contrario de lo que le ocurre a ella, cuando tiene sus crisis de ausencia (que han sido trabajadas, en otras sesiones al aparecer, como terremotos).

Otras veces el pedido que te hace el niño no es tan explícito. Obligándote a una observación contratransferencial, para evitar la actuación del profesional, como podía ser una intervención o interpretación inoportuna, o agresiva.

Tengo presente para ejemplificar, el caso de un niño de 8 años, que por una afectación muscular ha sido obligado, fundamentalmente por la madre, a un ritmo de estimulación psicomotriz muy estricto. Es un niño muy exigente y perfeccionista, enfadándose consigo mismo si algo le sale mal, o le cuesta, no dándose tiempo para hacer las cosas. Llevándole a interrumpir o no intentar una tarea. Mostraré una secuencia de sesión.

Saca los muñecos. El conductor, Borja (B) (su nombre), capitán Colás, Nuny, papá de Borja. Preguntan todos al conductor que dónde estaba. El conductor dice que va a llevar el autobús. Lo coge, se estrella dando la vuelta de campana.

Diálogo. Qué ha pasado (B). No sé (conductor). Necesitamos ayuda (B). Os ayudo (papá de B). Bueno (conductor). ¿Capitán Colás? (B). Qué (yo). ¿Nos ayudas? (B). Sí, ¿qué ha pasado? (yo).

Parece que ha fallado la magia, y el autobús ha tenido un accidente (B).

¿La magia? (yo). Sí (B).

Le digo. Igual el conductor quiere hacerse mayor mágicamente, y llevar el autobús como el papá, y por eso viene el accidente.

No sé (B), se lo preguntaré al conductor. Oye conductor, ¿has oído lo que dijo capitán Colás? (B). Sí, lo pensaré (conductor), (se vuelve a subir el conductor en el autobús).

Observo al tiempo un gesto de disgusto en el niño.

Comento. Me parece que al conductor no le gusta lo que ha dicho capitán Colás. Porque igual le hace sentirse mal al comprobar que no tiene magia.

(El conductor intenta conducir, y vuelve a tener otro accidente.).

Comentarios de todos los muñecos, con reproches, ”tenía prisa”, ” no dejo subir a la niña, …”. Diálogo entre todos. ¿Qué pasa conductor? (B). No sé (conductor). Será la rueda (B).Intentando de forma muy laboriosa arreglarla, con la ayuda del papá de Borja, Borja, y más personajes. Mientras el conductor permanece sentado en el autobús, sin participar.

Niña vete donde el conductor. Ella intentará entrar por una puerta que el conductor tiene cerrada.
Yo le digo. Igual está cerrada la puerta como los oídos del conductor, para no saber nada, porque le fastidia tener un accidente y darse cuenta que no tiene la magia para ser mayor y conducir.

Entra la niña en el autobús, con Borja, el papá, capitán Colás. Diálogo donde intentan aconsejar al conductor, que acaba saliendo del autobús. Volviendo a subir más tarde, intentando conducir con cuidado y mirando hacia atrás, al hacerlo retroceder sin accidentarlo.

Esta fase del juego, dura más de 10 minutos, yo voy sintiendo impaciencia, prisa, ganas de decir algo. Me fijo en estos sentimientos y asocio al conductor, con su actitud exigente y al tiempo altiva, de no dejarse ayudar, por todos los muñecos. Manteniéndome callado.

Poco a poco, en el juego se va consiguiendo que el conductor vaya cambiando, mire, baje del autobús, se deje ayudar por el resto, pudiendo conducir cuidadosamente.

Quiero centrarme en la asociación que yo internamente hago, al interrogarme sobre mis sentimientos impacientes. El relacionarlo, con la actitud del conductor altiva, me ayudó a mantenerme callado, y poder seguir observando y seguir el juego. Hasta que consigue que el conductor mire y se deje ayudar.

El conductor, podía haberme hecho contraactuar, (por contraidentificación proyectiva Dr. L. Grinberg). Convirtiéndome en alguien exigente, que le meto prisa con mis interpretaciones, que le hago conducir antes de tiempo el autobús (su mente), y lo accidento. No permitiéndole al niño hacerlo a su ritmo, ritmo laborioso, lento, en los diálogos y comentarios de todos los personajes que participaban en el juego. Poder entender mi contratransferencia, en el contexto de la sesión, me ayudó a contenerlos (descrito por H. Rosenfeld, en “Impasse e interpretación”), para mantenerme en silencio.

En otras ocasiones, del fracaso que uno tiene en esa capacidad de contención emocional, así como de la observación de sus consecuencias, uno tiene que extraer la información, para entender lo que ha pasado, para incluirlo en una interpretación, que ayude al paciente a retomar su espacio de juego. Lo ilustraré brevemente.

Es un niño de 8 años, con un diagnóstico de psicosis desorganizativa.

Inicia la sesión jugando con un coche en el que va un niño, constantemente y de forma repetitiva, el niño del coche se cae. Reaccionando el paciente de forma muy agresiva, riñéndole y castigándole. Pasando luego otro juego “los bomberos y la ambulancia van a una casa. El bombero muere”, metiéndole en la ambulancia. Intenta deshacerse de la escalera del coche de bomberos, “la tiro a la basura”, dice. Arrojándola a la papelera.

Le comento. Quizás imaginas que el bombero ha muerto por tus enfados tan grandes, te sientes malo por ello, y quieres deshacerte de esos pensamientos y sentimientos tirándolos a la basura.

A continuación, mete bajo mi silla, en la que estoy sentado, la ambulancia y el coche de bomberos, metiéndose en parte él también. Dice que es el garaje. Luego coge una moto, con la que sale a buscar a un niño accidentado. Me mira y tira la moto, yéndose a la ventana. Yo percibo que en el momento que me miró estaba algo distraído y me sentía cansado.

Le digo. Temes que yo me canse y que no pueda cuidar del niño.

Vuelve y retoma el juego. Lleva al niño al hospital, que es mi silla, metiéndose él mismo bajo la silla. Dice “llueve fuera y que yo los cuide”.

Es evidente que el niño captó mi distracción y falta de atención suficiente para él. Darme cuenta de ello y de mi cansancio contratransferencial (como dato real, es un niño que veo de los primeros en la jornada de trabajo), incluirlo y poderlo interpretar en el contexto de todo lo que el niño estaba depositando en mí, buscando ser cuidado y atendido como un hospital, le permite retomar el juego.

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