Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Propuesta de intervención de reparación personal en un caso de agresión sexual

PDF: estalayo-propuesta-intervencion-agresion-sexual.pdf | Revista: 43-44 | Año: 2007

CONCLUSIONES

Inicialmente incluimos una serie de conclusiones de carácter reflexivo y luego presentamos otras relativas a la intervención diseñada para el caso expuesto.

Dentro del primer bloque cabría señalar:

Entender que tras un diagnóstico apropiado se da un tipo de intervención que conlleva un contexto, un tipo de encuadre y técnicas concretas, además de un tipo de perspectiva relacional desde la figura del profesional.

Existen varias clasificaciones destinadas al propósito de mejorar la intervención de distintos autores, con diferentes orientaciones teóricas e, incluso, de distintos niveles de intervención que coinciden en algunos aspectos clasificatorios, así como en la visión dinámica de dichas propuestas. Todas ellas son útiles y necesarias en la intervención para prevenir malas prácticas, sin embargo, es necesario mantener la atención sobre los conflictos intrapsíquicos inconscientes, de forma que “las consideraciones diagnósticas psiquiátricas pueden restringir y sesgar la mente del psicoanalista y limitar su participación abierta a la exploración del inconsciente” (Kernberg, O., 2005: 106; Agresividad, narcisismo y autodestrucción en la relación psicoterapéutica; Manual Moderno, México).

Habida cuenta de lo anterior, tener siempre presente, más allá o junto al diagnóstico, la dimensión subjetiva. Es decir, “dada la diversidad de configuraciones psicológicas que puede adoptar la agresividad y el rechazo al funcionamiento normativo que presentan estos niños y jóvenes, necesitamos en el período de evaluación entender qué motivaciones sostienen sus comportamientos violentos y cuáles son las situaciones que actúan de activadores de tales comportamientos” (Emilce Dio Bleichmar; Diversidad subjetiva de los trastornos del comportamiento; 2004:160; tomado de “Trastornos del comportamiento en niños y adolescentes”, Fundación MAPFRE y Fundación O’Belen, Madrid, 2004).

Recoger la perspectiva de los estilos de apego y su incidencia en la aparición y mantenimiento de comportamientos agresivos. En este sentido, caben destacar los estudios de Sroufe et al. (1997) en los que se recoge que los niños que demuestran un estilo de evitación con sus cuidadores tienen más probabilidades de exhibir agresión, actitud belicosa y trastornos de conducta en la niñez tardía. Aquellos con un estilo de apego resistente tienden más a desarrollar alguna variedad de trastorno de ansiedad.

Incluir dentro de la intervención con este tipo de usuarios, la familia como un elemento más de relación de ayuda, según el tipo de patología. En este sentido, O. Kernberg señala que “siempre es útil estudiar la situación familiar del adolescente bajo evaluación en cuanto patología de carácter: la patología de la estructura social de la familia interactúa con la de carácter del paciente. La valoración del grado al cual el trastorno del paciente representa una reacción relativamente no específica a una grave trastorno famliar –en contraste con la presencia de una grave patología de carácter en el paciente mismo–, es un aspecto importante de este proceso diagnóstico y afectará la elección de estrategias de tratamiento” (Kernberg, O., 2005: 72; “Agresividad, narcisismo y autodestrucción en la relación psicoterapéutica”; Manual Moderno, Mexico). Todo ello, cuando uniendo este aspecto con el anterior del apego se pueden realizar acercamientos diagnósticos y planteamientos de hipótesis de intervención que tengan en cuenta la relación de apego como una característica continua de la personalidad que se manifiesta de diferentes maneras en el transcurso del desarrollo y parece trasmitirse de modo trasgeneracional, tal y como postulan Benoit y Parker (1994).

La importancia de la persona del profesional y de la relación que pueda establecer, ya que “la labor de resocialización normalizada va a requerir la misma estructura que en el curso del desarrollo normal permite aceptar las normas que nos conducen a la reciprocidad respetuosa, que es el establecimiento de una relación estable, de confianza y comprensión” (Emilce Dio Bleichmar; “Diversidad subjetiva de los trastornos del comportamiento”; 2004:162; tomado de “Trastornos del comportamiento en niños y adolescentes”, Fundación MAPFRE y Fundación O’Belen, Madrid, 2004).

De idéntica forma, resaltamos las características personales que permiten el establecimiento de relaciones estables. En esta línea, Gunderson & Gabbard (“Psicoterapia en los trastornos de personalidad”; 2002: 40; Ars Médica, Barcelona) recogen una serie de actitudes del terapeuta que consideran como necesarias para poder intervenir:

  • Piensa que el paciente tiene interés (p. ej., provocador, conmovedor, desconcertante, atrayente, necesitado, sagaz).
  • Considera que el paciente puede mejorar.
  • Acepta que él puede ser esencial para el bienestar del paciente: asume una responsabilidad importante.
  • Percibe al paciente con comprensión (las hostilidades, la impulsividad y los síntomas aparecen por alguna razón);
  • Piensa que puede ayudar.
  • Está dispuesto a perseverar pese a tener que hacer cosas que no desea hacer o pese a ser criticado u ofendido.
  • Está dispuesto a trabajar en colaboración con otros y a recurrir a supervisión o consultas.

Por otra parte, y además de estas actitudes, existen algunos rasgos de carácter importantes para el éxito de la intervención. Swenson (“Kernberg and Linehan: two approaches to the borderline patient”. Journal of Personal Disord 311: 26-35; 1989) señala que los terapeutas que suelen funcionar son responsables, algo audaces, orientados hacia la acción y alegres (los que no son delicados, remilgados, pasivos o controladores). También menciona que autores como Kernberg o Linehan, que provienen de enfoques terapéuticos muy diferentes, son autoritarios, seguros, enérgicos y claros, trasmitiendo la sensación de que están presentes, comprometidos y que son indestructibles. Parecen impertérritos ante el conflicto, e, incluso, parecen disfrutar de las discusiones y desacuerdos.

En la misma línea, Gradillas (“Trastornos de la personalidad en la práctica médica”, 2002:64; Masson, Barcelona), señala en referencia al médico no especialista en relación con personalidades disociales que “ha de mostrarse firme pero sin autosuficiencia, respetuoso, sin ocasionar con sus palabras o gestos motivos para irritar innecesariamente al enfermo, y limitarse sobre todo a su actuación profesional”.

Finalmente, solo añadir una preferencia de los autores de esta comunicación por una perspectiva reeducativa y psicoterapéutica de apoyo no ambulatoria, al menos en las primeras fases de la intervención o tratamiento, así como disponer de un equipo multiprofesional.

En un segundo bloque de conclusiones destacaríamos:

Plantearnos la evaluación del grado de consecución de los objetivos al término del año de intervención, así como los factores que lo expliquen. Ello parte de un estudio longitudinal de caso que conllevaría a un segundo momento de análisis.

Evidenciar las dificultades de diagnóstico que el equipo ha tenido al partir de modelos teóricos diferentes y ante las informaciones contradictorias según fuesen los agentes de intervención. Todo ello ha generado debate sobre los objetivos y acerca de cómo relacionarse con el menor, habiendo posibilitado construir un formato de trabajo en equipo multidisciplinar.

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