Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Ser cuidador; el ejercicio de cuidar

PDF: ser-cuidador-ejercicio-cuidar.pdf | Revista: 50 | Año: 2010

El Burn Out o Síndrome del profesional-trabajador “quemado”

Con este nombre se describe en la actualidad un síndrome patológico de la relación cuidador-cuidado, poniendo el énfasis en el cuidador.

Este cuadro ocurre o se presenta ante la frustración de ideales, crónica y repetida; frustración que simboliza o representa un obstáculo a una demanda afectiva o emocional y cuando esa demanda en el cuidador se constituye en la única o principal satisfacción o gratificación que el sujeto pretende obtener y que se acompaña de una vivencia dolorosa de “frustración interna”.

Les presento ahora los elementos necesarios para que pueda presentarse este “Burn Out” en un cuidador:

Por un lado un profesional, un cuidador que por el conjunto de factores biográficos que integran su personalidad y los que lo orientaron hacia esa actividad; más los aspectos idealizados y fantaseados, interiorizados durante su aprendizaje y formación, ayudaron a crear un profesional omnipotente y ambicioso. Que además, ha convertido ese objetivo idealizado en su principal o único objetivo.

Podríamos denominar a este profesional, por su adicción al narcisismo como una “personalidad narcisista-adictiva”.

Por otro lado el “cuidado”; un paciente o individuo atendido, cuidado o auxiliado que por las características de su afección y su evolución, indudablemente frustrará esos ideales exagerados, fantaseados y omnipotentes del cuidador.

A ello puede contribuir la estructura social, cuando restringe los medios necesarios para esa eventual labor auxiliadora, reparadora o curativa que gratificaría al cuidador.

Pero, el elemento principal o más evidente en la acción lesiva vivida por el cuidador será siempre “la relación”, que actuará como un disparador.

Desde el punto de vista psicológico, el estudio del Burn Out es una investigación de la frustración de tipo narcisista, pero con características individuales que modulan esa patología psíquica.

Lo que la realidad parece escapar al profesional no es cualquier tipo de satisfacción sino muy claramente esa única (narcisista) que busca. Esta frustración focalizada no proviene sólo del mundo exterior sino también de su mundo interior, de aspiraciones del Yo Ideal narcisista (construcción de un ideal no realista como expectativa, haciéndolo además, de espaldas a la realidad o negándola) cuando su narcisismo se frustra. Este “cuidador” “cree” que lo que padece es por culpa de la enfermedad o “con este enfermo”, con los colegas y jefes, con los reglamentos y disposiciones.

En la realidad lo que padece tiene que ver sobre todo con él mismo, lo externo actúa como el factor desencadenante.

Siguiendo con la frustración narcisista, ésta requiere omnipotencia y un grado de tolerancia a la frustración que es variable y relacionado con el desarrollo de la personalidad y con la aparición de una regresión conflictiva en el propio cuidador.

Como en una especie de balanza, cuanto mayor sea el narcisismo, el amor propio, las causas efectivas de la frustración narcisista pueden ser pequeñas, hasta parecer no significativas para el observador. Así, una persona puede frustrarse por razones nimias y esa frustración suele ser mucho más grave en sus efectos cuando se refiere a aspiraciones sublimadas, es decir no referidas a lo sexual, en el sentido psicoanalítico.

Para Freud la frustración narcisista es el resultado de una pulsión no satisfecha, de una identificación fracasada, pero además, quien la vive, está incapacitado para recibir gratificación.

En la frustración narcisista, según Lacan la falta es imaginaria. Es el campo de las exigencias sin límite. El individuo no puede reconocer estas circunstancias en sí mismo, pero recibe la evolución del paciente como una agresión narcisista. Debemos recordar que para que exista la agresión narcisista se requiere narcisismo y también, trastornos o psicopatología del narcisismo.

Psicopatología del Burn Out en el cuidador profesional

Como los trastornos psicopatológicos son en gran medida similares en este caso y en el del estrés crónico, me limitaré a describirlos someramente en el caso del Burn Out.

El síntoma más grave es la dificultad para la autocrítica. La ausencia o distorsión de la percepción de enfermedad o de riesgo que el sujeto tiene.

La creencia de tener ¡un perfecto control de mis emociones! (piensa él) es una de las situaciones narcisistas mayores y más peligrosas para la salud del ser humano. Esto conlleva además, grandes dificultades para pedir y recibir un tratamiento.

Podemos considerar la presencia de la sintomatología psíquica y conductual en 3 áreas: El agotamiento emocional, la desinvestidura de las relaciones y la falta del sentimiento de realización personal.

Parece que se ha levantado un muro que bloquea en ambos sentidos la comunicación afectiva. La aferentación afectiva, en la realidad, se cumple, pero es recibida por neuro-receptores diferentes que en lugar de provocar placer, inducen a frustración y disgusto. Se le ha llamado a este fenómeno, “disonancia emocional”.

Se la denomina “agotamiento” sólo para explicitar el cuadro, el cual siempre tiene un depositario determinado. Suele aparecer la frase: “¡Este paciente me agota!”.

La persona trabaja con tensión, está disconforme en múltiples aspectos. Pareciera que “busca lo que no está bien, pero no hace nada para mejorarlo”. Su irritación se traslada a su hogar y siempre es un individuo desgraciado.

Pierde fácilmente su humor y tolerancia y esto “se contagia” y se incrementa con el contacto con el resto del personal o con colegas y pacientes. Es “el conflictivo” en nuestra forma de hablar coloquial y suele ser temido en su medio.

Provoca conflictos interpersonales que le llevan al aislamiento y su frecuente agresividad dificulta el acceso terapéutico. Tiene pobre rendimiento y por eso suele ser cambiado de un lugar a otro.

La sintomatología depresiva agregada es frecuente y su diagnóstico diferencial es importante y difícil.

No es extraño que la persona afectada adopte conductas sádicas para con algún paciente, desoyendo peticiones de ayuda o de analgesia. Dado el pobre rendimiento habitual, no es extraño que, por ejemplo en enfermería, sea derivado a horarios nocturnos. Siniestra paradoja porque queda liberado de todo control y se cita el caso de haber recibido elogios porque nunca molesta al médico de guardia con demandas.

Es más frecuente en la edad media de la vida y con pocos recursos de afrontamiento, y donde los ideales fantaseados de su profesión pueden estar aún presentes.

El sujeto que padece el síndrome del profesional “quemado” presenta también trastornos psicosomáticos tales como: cefaleas, malestar en la vista, apetito desaforado y alteraciones menstruales, trastornos del aparato osteoarticular, modificaciones inmunológicas con disminución de linfocitos T, aumento del cortisol plasmático, frecuentes problemas de sueño, fatiga, y palpitaciones.

Puede sufrir también de adicciones a psicofármacos, cigarrillos, alcohol, y en enfermería y en los médicos, la drogadicción es favorecida por su fácil acceso a la sustancia adictiva.

Su tratamiento es complejo y difícil cuando el centro asistencial al que pertenece el afectado ignora, no posee, y a veces hasta obstaculiza las actividades individuales y grupales de orientación psicoterapéutica. La desorientación diagnóstica hace de la persona con Burn Out un incomprendido, un perseguido y un desgraciado. Se hace daño a sí mismo, a los pacientes y a la estructura asistencial.

La poca o nula preparación o comprensión, y los prejuicios en la elección de profesionales psicoterapeutas que puedan orientar, ayudar o proponer tratamientos posibles, es otro factor que dificulta el tratamiento. No obstante, pienso que es válido el concepto de que toda elección u orientación psicológica define al que elige, más que al elegido.

Creernos invulnerables a circunstancias anímicas es lo que nos transforma en “sujetos de alto riesgo”. El narcisismo y la omnipotencia patológica son tales, sólo para el observador. Frente a esto, es difícil proponer tratamientos a los que nadie, o muy pocos se presentarán.

Para hacer frente a esta realidad y dificultad se pueden asignar créditos de formación continuada y valor curricular a la asistencia a grupos terapéuticos.

Con frecuencia se opta por lo que parece fácil, que es cambiarlo de servicio o buscar una actividad que, en la opinión del entorno, lo gratifique. Esto no es efectivo porque la problemática padecida se lleva adentro.

Además, la gratificación que esa persona busca no es cualquiera, sino una determinada e imposible, como hemos visto.

Sin embargo, al distanciarlo del tipo de pacientes donde hubo fijado su situación psíquica actuando como disparador de su frustración, el cuadro clínico puede mejorar temporalmente.

También se puede proponer como tratamiento la organización de “juegos de rol”, que parecen ser efectivos y es una propuesta que suele ser fácilmente aceptada.

Deberá prestarse atención a los programas de enseñanza con objeto de no idealizar ni proyectar fantasías irreales sobre su futura actividad. Asimismo se tendrían que examinar las condiciones de selección de personal, para que atractivas idealizaciones no acaben en significativos disparadores de Burn Out.

Suponer que la labor misma, ¡la realidad de la vida! reorientará al afectado y le sacará de su problemática, es un error grave y frecuente. Es una receta siniestra que dañará a todos.

Es frecuente que en medicina, enfermería y otras actividades sociosanitarias y educativas se idealice demasiado la actividad profesional, insistiendo desde la cátedra de enseñanza sobre “los nobles sentimientos” del cuidador, “la profesión idealizada” y muchas otras cosas que la realidad de la vida llevará progresivamente hacia la frustración.

La participación en una técnica de grupos facilita la identificación y orienta su tratamiento. Su asistencia debería ser obligatoria y constituir un elemento evaluable de curriculum, adjudicando un cierto prestigio en su medio laboral y ventajas en su trabajo.

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