Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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La simbolización y el proceso psicodiagnóstico: apuntes para un seminario

PDF: puertas-simbolizacion-proceso-psicodiagnostico.pdf | Revista: 25 | Año: 1998

Pilar Puertas Tejedor
Psicólogo clínico. Hospital de Basurto (Bilbao)

Seminario impartido en Bilbao en marzo de 1998 dentro del Curso de Psicopatología y Psicoterapia de Niños y Adolescentes organizado por la Asociación para la Promoción de la Salud de Niños y Adolescentes ALTXA.

1. PSICODIAGNÓSTICO Y MODELO CONTINENTE-CONTENIDO

Hemos elegido la simbolización como motivo de reflexión en estos días porque constituye una herramienta excelente en el diagnóstico infantil. Mi experiencia en una institución como es un Hospital General me ha llevado a tener que discriminar, en un período corto como es el que puede otorgar una institución a un psicodiagnóstico, lo esencial de lo secundario en una estructura psíquica así como patología severa de patología leve. Para ello la capacidad simbólica ha sido para mi un punto de mira de primer orden, ya que en ella confluyen diferentes vertientes del psiquismo y constituye, como vamos a ver, la encrucijada entre lo afectivo y la génesis y desarrollo del pensamiento.

No obstante, y aquí ya entro en el primer punto de nuestro programa, no podemos utilizar la capacidad simbólica como punto de mira diagnóstico si no nos movemos con un modelo psicodiagnóstico en donde podamos estar tanto en contacto con la simbolización del niño como con la nuestra. Se me ocurría que este modelo tenía ciertas similitudes con el modelo continente-contenido de Bion, como un modelo de comunicación humana en dónde una de las partes se ofrece como continente de la otra y se va retroalimentando con las respuestas que le llegan. El continente tiene que disponer de una receptividad – serenidad como para transformar lo depositado en ella por el contenido, devolviéndolo con una cualidad diferente de modo y manera que pueda ser introyectado. Estamos explicando la transformación de elementos beta impensables, asimbólicos, en elementos alfa, disponibles para ser pensados y para potenciar la capacidad simbólica. En el contenido que nos ocupa, se trataría de poder recibir y procesar un contenido (compuesto por la estructura psíquica del niño, ubicada en una complicada red de relaciones familiares) para que con nuestra intervención pueda estar disponible para una transformación.

Si no es en este contexto, nuestra herramienta privilegiada no tiene utilidad. Cuando hablamos de psicodiagnóstico estamos empleando un término muy amplio que no especifica el modelo de acercamiento al objeto de conocimiento que en este caso es la estructura mental del niño que tenemos delante.

El continente que somos tiene que abordar una situación desbordante y enormemente compleja. Cuenta con dos instrumentos básicos: sus conocimientos teóricos y su capacidad de escucha, de asociación. En definitiva, su función de rêverie que como decíamos es esa disponibilidad personal para transformar lo incomprensible en comprensible.

El contenido: se trata de una estructura psíquica inmersa en una red complejísima de corrientes afectivas circulando a veces en varias direcciones, estamos hablando de las proyecciones de la madre, del padre, de los pactos inconscientes de la pareja en dónde el niño tiene encomendada una misión de mantener ciertos equilibrios, incluso de los pactos entre abuelos y padres en dónde también el niño puede estar cargando con misiones inconscientes, etc.

Solamente siguiendo el discurso asociativo de los padres, ubicados a una cierta distancia “sin memoria y sin deseo”, podemos tomar contacto con aquello que trasciende a lo evidente, que es aquello que intentamos comprender. Toda esta multiplicidad de variables es aquello que debemos aprehender por el pensamiento e intentar ponerlo en vías de transformación. Para ello el momento del psicodiagnóstico y de la devolución es esencial. Es un momento privilegiado al que a menudo no se le otorga la función terapéutica que puede tener en el proceso personal del niño.

Entendemos que el recurso a disociar el caso entre varios “psis” (asistente social, psicólogo, psiquiatra) incapacita el desarrollo de este modelo de acercamiento y comprensión de la situación que se nos demanda. Del mismo modo el recurso, a veces estereotipado, a los tests lo entendemos como una intolerancia a la frustración del no saber, no entender, erigiéndose como un recurso omnipotente que devuelve al clínico su asentamiento narcisístico-profesional puesto en cuestión por la dificultad de la tarea a abordar. Con esto no es que consideremos que a veces no sean útiles, estamos hablando de esa utilización defensiva de las pruebas que, además de lo dicho, sirve para asentar una territorialidad artificial entre los médicos y los psicólogos.

Volviendo a nuestra capacidad de rêverie, es con ella con la que intentaremos transformar la demanda en un cauce de comprensión, tejiendo las hipótesis psicodiagnósticas a través del hilo de una elaboración personal que inevitablemente nos confronta a lo que somos, lo que fuimos y lo que sabemos.

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