Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente

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Guía para la prevención y detección precoz del funcionamiento autista en el niño/a, en su primer año de vida

PDF: larban-guia-prevencion-deteccion-precoz-autista.pdf | Revista: 45-46 | Año: 2008

A PROPÓSITO DEL FUNCIONAMIENTO AUTISTA EN EL NIÑO/A

El ser humano nace con cuatro necesidades bio-psicológicas básicas para su supervivencia y desarrollo que estarían al mismo nivel que la sexualidad. La satisfacción adecuada de estas necesidades por parte del entorno cuidador facilita al niño/a, el desarrollo de las capacidades correspondientes que le permiten el acceso a la constitución de su psiquismo temprano y a su devenir como sujeto.

El funcionamiento autista del niño tendría que ver con fallos básicos, invasivos y generalizados en la constitución del ser humano como sujeto (con subjetividad), y por tanto, en la vivencia de Intersubjetividad (experiencia subjetiva compartida). Estas cuatro necesidades bio-psicológicas básicas serían:

  1. Necesidad de un vínculo de apego seguro con la persona significativa que le cuida y con la que se establece y desarrolla una interacción de dependencia, de pertenencia y confianza mutuas, a través de la cual el bebé va regulando progresivamente el miedo y la curiosidad.
  2. Necesidad de un espacio de desvinculación y de ensimismamiento, con la retirada relacional parcial y transitoria correspondiente. Espacio-tiempo “de soledad” a través del cual, el bebé va consiguiendo la autorregulación psicosomática, la integración cuerpo-psique y también la integración de los estímulos tanto internos como externos. Lo consigue, por ejemplo, cuando está ensimismado en el momento de tomar el pecho o el biberón, y también, cuando cierra los ojos tras una interacción emocionalmente intensa con quien le cuida. El bebé utiliza el parpadeo como una forma de cortar o segmentar el fl ujo de estímulos para así regularlos e integrarlos mejor (Golse).
  3. Necesidad de Intersubjetividad que es la capacidad de compartir la experiencia tanto intencional como emocional y cognitiva, además de la sensación de movimiento con el otro. Su desarrollo está en la base del aprendizaje humano, del acceso al simbolismo y del lenguaje verbal. Depende de la capacidad de identificación empática del cuidador con su bebé, de ponerse en su lugar, “como si” estuviese en su interior pero de forma parcial y transitoria para no confundirse con él. Proceso interactivo que a su vez facilita el desarrollo progresivo de dicha capacidad en el bebé, facilitándole la relación intersubjetiva con el otro. Se podría decir que la capacidad de intersubjetividad permite regular la intimidad del sujeto en su relación con el otro.

    Dicho de otro modo: En la medida que el cuidador de referencia es capaz de ponerse en el lugar del bebé, de identificarse con él de forma parcial y transitoria, sin confundirse con él, le está permitiendo al bebé, no solamente sentirse comprendido en sus necesidades, sino también reconocido en sus peculiaridades como sujeto. Se podría decir que esta experiencia compartida de “vivir virtualmente” lo que vive el otro está en la base de la empatía. Para la construcción de la imagen de sí mismo con la correspondiente integración de su esquema corporal, proceso necesario para constituirse como sujeto, el bebé necesita verse y reconocerse a través de la actitud y de la mirada empática del otro que le cuida sin confundirse permanentemente con él y posteriormente, de forma progresiva, también ante el espejo (6-18 meses). Comprenderemos el obstáculo importante que supone para el desarrollo de esta función en el niño/a, básica también para lograr acceder a la experiencia subjetiva compartida, la evitación de la comunicación y, sobre todo, la evitación y rechazo de la mirada en la interacción con el otro.

  4. Necesidad de desarrollar la capacidad de resiliencia
    que es la que incrementa los factores de protección de la salud mental del niño/a, incluso en circunstancias desfavorables para su adecuado desarrollo. En el desarrollo de dicha capacidad de resiliencia intervienen tanto factores constitucionales (psicobiológicos), como ambientales (psicosociales).

Todas estas capacidades y funciones, que se desarrollan en el bebé a partir de una necesidad bio-psicológica básica cuya adecuada satisfacción depende de la persona que le cuida, están profundamente alteradas e incluso frecuentemente ausentes en los casos mas graves en que el niño desarrolla un funcionamiento o proceso defensivo de tipo psicótico y autístico. Sin embargo, presentes de forma durable en el bebé sano, incrementan y potencian sus competencias y su desarrollo psíquico a la vez que aumentan su salud mental.

Las dificultades repetidas y durables del entorno cuidador para facilitar el desarrollo adecuado en el bebé de estas funciones básicas y esenciales en un momento crucial de su evolución, momento necesario para construir determinadas funciones esenciales tanto para su desarrollo psíquico como psicosomático, pueden colocar a éste en la necesidad de protegerse de forma defensiva tanto de la ausencia del aporte de estímulos refugiándose entonces en la autosensorialidad y el sueño, como del exceso de estímulos intrusivos y persecutivos que obligan al bebé a desconectar y aislarse, así como a ausentarse de la relación y comunicación con el otro, en lugar de ensimismarse momentáneamente para luego volver de nuevo a la interacción como hace el niño con un desarrollo sano.

Lo que en psicoanálisis se llama “barrera para-excitación” estaría profundamente alterada en los niños que desarrollan un funcionamiento defensivo autístico. Dicha barrera protectora y filtradora de estímulos tanto internos como externos sería como una piel psíquica porosa (yo-piel) que en condiciones normales y gracias al filtrado inicial de estímulos proveniente de la persona que ejerce la función materna se iría formando progresivamente en el bebé. Constituiría el continente psicosomático precoz, piel física y yo-piel o “piel psíquica” (0 a 6 meses) que va permitiendo al bebé constituirse como sujeto separado del otro y llenarse progresivamente del contenido, consciente e inconsciente, corporal y psíquico, de la experiencia compartida con el otro que una vez interiorizado e integrado pasa a formar parte de la experiencia y mundo interno propios del bebé.

La lectura atenta de la Guía que les presento nos muestra cómo, de qué manera y en qué momento se va produciendo de forma progresiva la desviación del proceso que lleva desde un funcionamiento sano hacia el funcionamiento autista en el niño/a, a través del estudio de la evolución de la interacción precoz padres-bebé.

La vinculación de apego inseguro, incrementando los miedos e inseguridades a costa de la curiosidad natural y espontánea del bebé, aunque no es específica de una posible desviación hacia un funcionamiento autista, sí podría serlo de una serie de vulnerabilidades y posibles desviaciones psicopatológicas que podrían facilitarlo.

Llegados a este punto, tenemos que decir que muchos son los padres de niños con autismo que tienen con ellos una vinculación de apego seguro.

El apego seguro incrementa la resiliencia en el niño/a.

La combinación del apego inseguro con la difi cultad duradera para desarrollar la capacidad de ensimismamiento que sería como la “llave de paso” hacia la patología psicosomática precoz, podría ser también la llave de paso hacia el funcionamiento autista precoz en el bebé, ya que potenciaría y agravaría la dificultad de compartir la experiencia vivida con el otro.

La imposibilidad duradera de acceder a la intersubjetividad sí que sería un factor de riesgo específi co de una posible evolución hacia un funcionamiento autista en el niño/a.

A través de la lectura de la Guía podemos ver cómo el bebé puede pasar de una posición evolutiva de ensimismamiento, lo que algunos autores han llamado “Posición autística normal” (Marcelli), hacia una posición anti-evolutiva duradera, de carácter defensivo y autístico. Esta “posición autística sana o normal” que es preferible llamar de Ensimismamiento, para no confundir los términos, es considerada en términos de desarrollo como evolutiva, adaptativa, sana y normal, comparándola con las posiciones evolutivas llamadas “Esquizoparanoide” y “Depresiva”, descritas por Melanie Klein, a las que precedería.
El niño/a que evolucionaría hacia un proceso autístico lo haría pasando de la actitud de ensimismamiento hacia una actitud de retirada relacional duradera con aislamiento y desconexión tanto en el plano emocional y cognitivo como en la comunicación y relación con el otro, lo que daría como resultado la imagen del “bebé mentalmente ausente”. Sin olvidar la evitación de la relación y comunicación con el otro a través de la mirada como signo característico de dicho funcionamiento defensivo autístico.

Además, hay que tener en cuenta que la evitación de la relación y comunicación con el otro puede evolucionar hacia el rechazo, caso de persistir los factores de riesgo en la interacción. Este funcionamiento defensivo y no evolutivo impide en el bebé el desarrollo de la intersubjetividad y, por tanto, el desarrollo de la capacidad de compartir la experiencia vivida con el otro. También podemos decir que dicho proceso autístico disminuye considerablemente la resiliencia del niño/a que lo padece debido a la negación de la necesidad de la interacción con el otro, interacción que es la que en el niño sano permite el despliegue de todo su potencial evolutivo.

Podríamos decir que el proceso autístico en el niño/a puede manifestarse clínicamente de forma progresiva, regresiva y/o fluctuante entre ambos.

Dicho proceso “autístico” se va desarrollando con el aumento progresivo en el niño de un funcionamiento defensivo anti-relación, anti-comunicación y anti-integración (desmantelamiento sensorial) que como acabamos de ver, incrementa a su vez un componente deficitario en el área de la interacción social que al hacerse cada vez mayor, agrava y refuerza el funcionamiento defensivo autístico del niño/a, originando así un círculo vicioso de difícil salida.

El “trabajo” que tiene que hacer el bebé con la ayuda del entorno cuidador en su interacción con él para integrar las partes con el todo y la sensorialidad con la motricidad puede verse severamente afectado con semejante funcionamiento defensivo.

La no integración de la sensorialidad hace a los niños que desarrollan un funcionamiento autista, hipersensibles a los ruidos como, por ejemplo, el procedente de un aspirador que le llega amplificado por no estar integrado con otros estímulos procedentes, por ejemplo, de la presencia y voz tranquilizadora de la madre. Para protegerse de este tipo de intrusión desorganizadora y devastadora para él, intentará aislarse sensorialmente y auditivamente, “haciéndose” el sordo (oye pero no atiende).
Importancia del Desmantelamiento Sensorial como mecanismo de defensa “anti-integración” del bebé:
En situaciones repetidas, vividas como estresantes y amenazantes por el bebé, éste utiliza precozmente un mecanismo de defensa basado en una dificultad inicial que padece y que es la dificultad de integrar los estímulos que le llegan por los diferentes canales sensoriales. El bebé se “protege” del efecto amenazante y desorganizador de los estímulos tanto internos como externos que no puede contener, ni asimilar, ni elaborar, desarrollando actitudes y conductas contrarias a la integración de esos estímulos que sería lo que se produciría en un bebé con un desarrollo sano. Actitudes que tienen como objetivo en el bebé con funcionamiento autista, el desmantelamiento sensorial de los estímulos percibidos, privilegiando su recepción a través de un solo canal sensorial para no integrarlos.

EVOLUCIÓN HACIA EL FUNCIONAMIENTO AUTISTA

La incapacidad del niño para desarrollar distintas funciones evolutivas esenciales para su maduración y desarrollo así como para su relación con el entorno, debida a factores constitucionales y a la imposibilidad del entorno cuidador de facilitarle y posibilitarle dicha tarea, coloca al niño en una posición de desamparo, dolor e indefensión.

Las vivencias intolerables y no integrables ni elaborables de tipo catastrófico, tales como la anihilación y disolución, la no sensación de existir, llevan al niño a protegerse con mecanismos de defensa de tipo psicótico (rechazo, negación y sobre todo denegación del otro, de la existencia del otro y de su necesidad de la relación con el otro para desarrollarse como sujeto) y de tipo autista (barrera anti-comunicación, anti-relación y antiintegración) que lo aíslan progresivamente cada vez más de su entorno, encerrándolo en una especie de fortaleza vacía.

Vacío y ausencia de límites que lo llevan a la auto-estimulación sensorial y a la búsqueda de la invariancia e inmutabilidad para negar su existencia y su presencia. Negar la existencia del otro separado y diferente de él. Evitar conectar con el mundo del otro, con el mundo emocional del otro por su impredecibilidad. Evitar la conexión con algo que pudiera tener un signifi cado que lo podría introducir en el mundo de la subjetividad, del pensamiento y de lo simbólico.

Al no poder tolerar el vacío, pues ellos parecen ser y sentirse por momentos el vacío y en el vacío, no pueden vivir la ausencia del objeto, condición necesaria para acceder a su representación mental. Las defensas que lo protegen le encierran a su vez en un funcionamiento patológico cronificante que impide su desarrollo.

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